Antisemitismo
| Definición | Discriminación, prejuicio, hostilidad o violencia contra los judíos por el hecho de ser judíos. |
|---|---|
| Términos relacionados | Antijudaísmo, judeofobia, antisionismo. |
| Origen del término | Popularizado por el periodista alemán Wilhelm Marr en el siglo XIX. |
| Formas históricas | Antijudaísmo religioso, antisemitismo racial, neoantisemitismo. |
| Marcos de definición | Definición de la IHRA y Declaración de Jerusalén. |
1. Resumen[editar]
El antisemitismo es, en sentido amplio, la discriminación, la hostilidad, el prejuicio y el odio hacia los judíos basados en una combinación de factores religiosos, raciales, culturales y étnicos.[1] En un sentido más restringido, se trata de una forma específica de racismo: la hostilidad contra los judíos definidos como una supuesta «raza», concepción que se consolidó a mediados del siglo XIX. No debe confundirse con el antijudaísmo, que es la hostilidad hacia los judíos entendidos como grupo religioso.[2]
El término resulta paradójico desde el punto de vista lingüístico, porque alude a los «semitas» en general, pero en la práctica se aplica únicamente a la hostilidad contra los judíos. Para evitar esa ambigüedad, autores como Pierre-André Taguieff prefieren hablar de «judeofobia» o de odio antijudío, y reservan «antisemitismo» para las ideologías raciales de la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.[3]
El antisemitismo ha adoptado formas muy diversas a lo largo del tiempo: desde los libelos religiosos medievales hasta las persecuciones estatales, pasando por las expulsiones, las masacres y el genocidio industrializado del siglo XX. Esas formas no siempre son coherentes entre sí. El escritor argentino Ernesto Sabato observó en 1979 que el prejuicio antijudío se alimenta de acusaciones contradictorias: los judíos han sido acusados de ser al mismo tiempo banqueros y bolcheviques, avaros y despilfarradores, aislados en su comunidad e infiltrados en todas las instituciones.[4]
La relevancia del antisemitismo no se limita a las comunidades judías. El sociólogo francés Michel Wieviorka sostiene que se trata de un problema de toda sociedad democrática, de todos los humanistas, y no solo de los judíos, porque su presencia indica un debilitamiento de los principios de igualdad y pluralismo.[5]
2. Definición y terminología[editar]
2.1. Sentido amplio y sentido restringido[editar]
En un primer sentido, el antisemitismo es el rechazo, la aversión o el odio dirigidos contra los judíos. Puede manifestarse como hostilidad individual, discriminación institucional, violencia colectiva o acción estatal. En un segundo sentido, más técnico, el antisemitismo designa un racismo antijudío específico que nace en la Europa de mediados del siglo XIX, cuando los judíos empezaron a ser definidos como una «raza» distinta y opuesta a la «raza aria».[6]
Esta distinción es importante porque no toda hostilidad antijudía ha sido igual. Durante siglos, el rechazo fue fundamentalmente religioso: el judío era visto como el seguidor de una fe considerada errónea o dañina. En cambio, el antisemitismo racial sostuvo que los judíos eran un grupo biológica o étnicamente distinto, identificable incluso si se convertían al cristianismo. Por eso un judío converso podía escapar del antijudaísmo cristiano, pero no del antisemitismo racial: para este último, la condición judía no desaparecía con el bautismo.[7]
2.2. Antijudaísmo, antisemitismo y judeofobia[editar]
El hispanista francés Joseph Pérez propone reservar la palabra «antijudaísmo» para la discriminación anterior al siglo XIX. Su argumento es que, en la Edad Media, los judíos no eran perseguidos por pertenecer a una raza maldita, como se dirá después, sino por seguir fieles a una religión considerada incompatible con el cristianismo o el islam. Según esta lectura, cuando un judío se convertía, dejaba de ser judío a los ojos de las autoridades y de las élites, al menos en términos oficiales.[8]
Sin embargo, hay episodios que matizan esa separación tajante. La hostilidad hacia los judeoconversos en los reinos ibéricos medievales y en la Monarquía Hispánica dio lugar a los llamados estatutos de limpieza de sangre, que diferenciaban entre cristianos nuevos y cristianos viejos. Para Wieviorka, en ese contexto el antijudaísmo se transformó en una forma de racismo antes incluso de que existiera el término. Los poderes políticos españoles y portugueses, junto con las autoridades religiosas, habrían sido los primeros en construir la idea de una «raza» judía.[9] Pérez, en cambio, matiza que la limpieza de sangre aludía al linaje, no a la raza, y que en el siglo XVI «sangre» equivalía a linaje o ascendencia familiar.[10]
Pierre-André Taguieff propone el término «judeofobia» para englobar todas las formas históricas de hostilidad antijudía, incluidas las religiosas, las raciales y las contemporáneas. Su propuesta busca superar la estrechez cronológica de la palabra «antisemitismo».[11]
2.3. Antisionismo: una frontera debatida[editar]
La relación entre antisemitismo y antisionismo es uno de los puntos más debatidos en la discusión contemporánea. El sionismo es el movimiento político que promovió la creación de un Estado judío; el antisionismo es la oposición a ese proyecto o al Estado de Israel. El problema radica en determinar cuándo la crítica a Israel deja de ser una postura política y se convierte en un canal para la hostilidad contra los judíos.[12]
En términos generales, no todo antisionismo es antisemitismo. La crítica a gobiernos israelíes, a decisiones militares o a políticas de asentamiento es común en el debate público israelí e internacional. Sin embargo, el antisionismo se vuelve antisemita cuando convierte a «Israel» o al «sionismo» en una abstracción que encarna el mal absoluto, cuando repite estereotipos del judío como poder mundial oculto o cuando niega al pueblo judío el derecho a la autodeterminación que reconoce a otros pueblos.[13]
3. Origen del término[editar]
3.1. De lenguas semíticas a «raza semítica»[editar]
El adjetivo «semítico» fue acuñado por el orientalista alemán August Ludwig von Schlözer en 1781, en un tomo del Repertorium für biblische und morgenländische Literatur. Su sentido era estrictamente lingüístico: designaba una familia de lenguas —el arameo, el hebreo, el árabe, entre otras— habladas por los descendientes de Sem, hijo de Noé. En esa acepción no había una idea racial. Otros estudiosos del siglo XIX, como Max Müller, continuaron distinguiendo lenguas semíticas e «arias», pero sin identificar grupos lingüísticos con grupos étnicos o razas.[14]
El tránsito de lo lingüístico a lo racial se produjo a mediados del siglo XIX, en paralelo al desarrollo del racismo como discurso pseudocientífico. En 1853 y 1855, el francés Arthur de Gobineau publicó su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, texto fundacional del racismo moderno, aunque Gobineau no era propiamente antisemita. Por su parte, Ernest Renan publicó en 1855 una historia de las lenguas semíticas en la que consideró a los pueblos semitas inferiores a los pueblos arios y abogó por depurar el cristianismo de sus elementos semíticos.[15]
De este modo, la voz «semita» se transfirió del terreno de la filología al de la supuesta biología. Al igual que ocurrió con el término «ario», se usó para clasificar a poblaciones humanas de manera jerárquica, sin base científica real.
3.2. Wilhelm Marr y la acuñación de «antisemitismo»[editar]
El término «antisemitismo» fue popularizado por el periodista alemán Wilhelm Marr. Marr recurrió a la palabra para descalificar a los judíos no como creyentes de una religión, sino como miembros de un grupo étnico, de una «raza». Por eso, para Marr y para los antisemitas posteriores, un judío seguía siendo judío aunque se convirtiera al cristianismo.[16]
Las fechas de acuñación y difusión varían según las fuentes. Se suele señalar que Marr utilizó el término por primera vez en 1873, en un panfleto antisemita publicado en Berna; que en 1879 publicó Zwanglose Antisemitische Hefte y que, en 1881, la expresión ya circulaba con fuerza. El panfleto tuvo un éxito considerable, con doce ediciones en su primer año, y Marr fundó meses después la Liga de los Antisemitas (Antisemitenliga).[17] El historiador alemán Heinrich von Treitschke contribuyó a la difusión del nuevo clima con la frase «Los judíos son nuestra desgracia», escrita en 1879.[18]
En Francia, el antisemitismo moderno encontró un vehículo de masas con el periodista Édouard Drumont. En 1886 publicó La France juive, una obra de gran impacto que presentaba a la «raza judía» como responsable de los males de Francia y de Occidente. Drumont fundó además el periódico La libre parole, que tuvo un papel protagónico durante el caso Dreyfus.[19]
En 1905 apareció el libelo antisemita más difundido del siglo XX, Los protocolos de los sabios de Sion, una falsificación elaborada por un agente de la policía zarista. El texto presentaba a los judíos como impulsores de una conspiración mundial. Aunque fue desmentido en repetidas ocasiones, influyó poderosamente en la propaganda posterior y fue citado como inspiración de la ideología de Adolf Hitler.[20]
4. Historia[editar]
4.1. Periodización[editar]
La historia del antisemitismo suele dividirse en tres grandes fases: el antisemitismo religioso o antijudaísmo, de base confesional; el antisemitismo racial, ligado al racismo del siglo XIX y extremado por el nazismo; y el neoantisemitismo o antisemitismo ideológico contemporáneo, centrado en la demonización de Israel y el sionismo.[21]
El académico Jerome A. Chanes propuso una periodización más detallada en seis momentos: antijudaísmo precristiano en Grecia y Roma; antisemitismo cristiano antiguo y medieval; antisemitismo musulmán tradicional; antisemitismo político, social y económico de la Ilustración; antisemitismo racial de los siglos XIX y XX; y antisemitismo contemporáneo o neoantisemitismo. Chanes agrupa esos seis momentos en tres categorías: antiguo, cristiano y racial.[22]
4.2. Mundo antiguo[editar]
Los orígenes de la hostilidad antijudía suelen situarse en los conflictos de la Antigüedad, aunque no siempre es posible distinguir entre rechazo religioso, rivalidad política o simple xenofobia. El sacerdote e historiador egipcio Manetón, del siglo III a. C., escribió sobre los judíos en términos despectivos. Los presentó como descendientes de los hicsos, los llamó una «tribu de leprosos» y sostuvo que habían sido expulsados de Egipto por su impiedad. Estos estereotipos reaparecieron en autores posteriores como Apión, Posidonio, Queremón de Alejandría y Tácito.[23]
Los orígenes, por tanto, no fueron exclusivamente europeos. Parte de los prejuicios antijudíos del mundo helenístico recogieron y difundieron motivos nacidos en Egipto.[24] En las ciudades griegas, los judíos fueron criticados por su apego a costumbres propias y por no adoptar plenamente la religión y las normas sociales de la polis. El historiador Eduard Flannery describió este fenómeno como una xenofobia cultural más que como un odio estructurado.[25]
El primer gran episodio de persecución religiosa registrado contra los judíos se produjo en Judea con los decretos de Antíoco IV Epífanes. La fecha de esos decretos se sitúa hacia el año 167 a. C. Los decretos prohibieron prácticas centrales del judaísmo —el culto en el Templo, la circuncisión, la observancia del sabbat— y buscaron imponer costumbres religiosas helénicas. La resistencia desembocó en la revuelta de los macabeos.[26] Algunos estudiosos actuales señalan, además, que la crisis escondía tensiones internas entre judíos helenistas y tradicionalistas.[27]
En Alejandría, la ciudad con la comunidad judía más numerosa de la diáspora, se produjeron violencias graves. El filósofo Filón de Alejandría describió un ataque contra los judíos en el año 38 d. C. en el que murieron cientos de personas.[28] La hostilidad helenística recurrió también a la profanación del Templo de Jerusalén y a la prohibición de libros y prácticas religiosas judías.[26:1]
La relación de los judíos con el Imperio romano fue ambivalente. Hubo momentos de tolerancia y otros de represión, revueltas y expulsiones. Según Suetonio, el emperador Tiberio expulsó a los judíos de Roma. La actitud estatal empeoró cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio, porque la diferencia religiosa pasó a ser tratada como amenaza política.[29]
4.3. Edad Media[editar]
4.3.1. La cristiandad
En la Europa cristiana medieval, la principal justificación del odio antijudío fue religiosa. Los judíos fueron acusados de deicidio, de profanar hostias y de cometer crímenes rituales, los llamados libelos de sangre. Aunque estas acusaciones carecían de base, fueron repetidas durante siglos y sirvieron para justificar conversiones forzadas, masacres y expulsiones.[30]
Las Cruzadas marcaron un salto de escala. En la Primera Cruzada, en 1096, miles de judíos fueron asesinados por bandas que marchaban hacia Tierra Santa. Fue uno de los primeros grandes estallidos de violencia antijudía de la cristiandad medieval fuera de la península ibérica.[31] En la Segunda Cruzada, en 1147, volvieron a registrarse masacres contra comunidades judías de Alemania. Las cruzadas de los pastorcillos, entre 1251 y 1320, repitieron el patrón de violencia.
A las masacres siguieron las expulsiones: Inglaterra expulsó a los judíos en 1290; Francia expulsó a unos 100.000 en 1396; Austria expulsó a miles en 1421. Muchos de los expulsados se dirigieron a Europa oriental, en particular a Polonia.[32]
La peste negra de mediados del siglo XIV fue otro punto de inflexión. Cuando la epidemia devastó Europa, las comunidades judías fueron usadas como chivo expiatorio. Se difundió el rumor de que habían envenenado las fuentes de agua. Cientos de comunidades fueron atacadas. En Estrasburgo, en 1348, unos 900 judíos fueron quemados vivos por decisión municipal. El papa Clemente IV intentó protegerlos con bulas papales, pero la autoridad eclesiástica no siempre contuvo a las autoridades locales ni a las turbas.[33]
La predicación popular también contribuyó a la propagación del odio. Frailes dominicos y franciscanos recorrieron Europa y, en algunos casos, impulsaron campañas violentas contra los judíos. Bernardino de Feltre, franciscano, y Vicente Ferrer, dominico, suelen ser citados como ejemplos de ese predicación.[34]
4.3.2. Los judíos bajo el islam medieval
Fuera de la cristiandad, la situación fue distinta, aunque no estuvo exenta de violencia. En el mundo islámico medieval, judíos y cristianos fueron clasificados como dhimmi, es decir, comunidades protegidas a cambio del pago de un impuesto y de la aceptación de una condición jurídica subordinada. Ese estatuto permitió a los judíos practicar su religión con mayor libertad que en la Europa cristiana, pero los mantenía en una situación de inferioridad legal.[35]
En la península ibérica, entre los siglos IX y XI, se desarrolló una etapa que algunos historiadores llaman la edad de oro de la cultura judía. Sin embargo, ese clima se interrumpió con episodios de violencia como los pogromos de Córdoba de 1011 y de Granada de 1066.[36] La llegada de los almohades en 1147 endureció la persecución. Frente a la opción de conversión, muerte o exilio, muchas comunidades judías emigraron hacia los reinos cristianos del norte o, como la familia de Maimónides, hacia territorios más tolerantes del oriente islámico.[37]
Entre los siglos XI y XIII se dictaron decretos para la destrucción de sinagogas en varias regiones bajo dominio islámico, como Egipto, Siria, Irak y Yemen. En Yemen, Marruecos y Bagdad hubo asimismo conversiones forzadas al islam en distintos momentos.[38]
4.4. Siglo XVII y el mundo colonial[editar]
Entre mediados y fines del siglo XVII, la Mancomunidad de Polonia-Lituania fue escenario de una de las grandes catástrofes judías de la Edad Moderna. Durante la Rebelión de Jmelnytsky, los partidarios del atamán Bohdán Jmelnytsky masacraron a decenas de miles de judíos en las zonas orientales y meridionales del Estado polaco-lituano, en el territorio que hoy corresponde principalmente a Ucrania. Wieviorka cifra en unos 100.000 los judíos muertos en dos años; otras estimaciones, que incluyen emigración, enfermedades y cautiverio, oscilan entre 100.000 y 200.000 personas.[39]
El antisemitismo también llegó a América con la colonización europea. Peter Stuyvesant, gobernador de Nueva Ámsterdam, intentó impedir el asentamiento de judíos en la ciudad. Durante la época colonial, los judíos de América del Norte vieron limitados sus derechos políticos y económicos. Solo tras la revolución estadounidense obtuvieron plenos derechos legales, incluido el voto, aunque las restricciones nunca fueron tan severas como en Europa.[40]
4.5. Ilustración y despotismo[editar]
La Ilustración proclamó la tolerancia y la emancipación, pero no eliminó el prejuicio antijudío. Varios monarcas ilustrados mantuvieron políticas restrictivas. En 1744, Federico II de Prusia limitó el número de judíos autorizados a vivir en Breslavia y alentó medidas similares en otras ciudades prusianas. En 1750, los judíos «protegidos» debían elegir entre abstenerse del matrimonio o abandonar Berlín.[41]
María Teresa I de Austria fue una de las monarcas más hostiles de la época. Sus prejuicios religiosos se sumaron a las políticas de control. En 1750 ordenó a los judíos abandonar Bohemia, aunque después suavizó la medida a cambio del pago de un gravamen periódico llamado Malkegeld. En 1752 introdujo una norma que, según la fuente citada, limitaba a las familias judías a un solo hijo. En 1777 escribió: «No conozco mayor plaga que esa raza, pues su falsedad, su usura y su avaricia nos llevan a la ruina».[42]
En Rusia, el Imperio mantuvo una de las políticas antijudías más estables. En 1742, los derechos de los judíos del Imperio fueron cancelados y se les consideró población extranjera. En 1772, Catalina II los obligó a permanecer en la Zona de Asentamiento, un territorio occidental del Imperio donde se les permitía residir sin acercarse a los grandes núcleos urbanos. Un decreto de 1792 formalizó ese régimen, que con el tiempo derivó en discriminación violenta y expulsiones.[43]
En Francia, el pensamiento ilustrado también tuvo una faceta antijudía. Las obras de Voltaire contienen numerosos comentarios negativos sobre los judíos y sobre el judaísmo. Según Arnold Ages, la gran mayoría son desfavorables; Paul H. Meyer señaló que Voltaire alimentó un odio considerable y que su hostilidad tuvo impacto en la opinión pública francesa. De los 118 artículos de su Diccionario filosófico, alrededor de treinta se refieren a los judíos.[44]
4.6. El antisemitismo moderno del siglo XIX[editar]
El antisemitismo contemporáneo aparece en Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Su novedad no es la hostilidad antijudía, que ya existía, sino la idea de que los judíos son una «raza» aparte y de que impulsan una conspiración mundial destinada a dominar a todos los pueblos. Los nuevos antisemitas recurrieron a los viejos libelos —profanación de hostias, crímenes rituales— y los reutilizaron dentro de un discurso racial.[45]
El historiador español Gonzalo Álvarez Chillida explica el fenómeno por la transformación de la posición de los judíos en Europa occidental tras las revoluciones liberales. Las viejas comunidades discriminadas y encerradas en guetos se convirtieron, en poco tiempo, en comunidades emancipadas y en proceso de integración. Algunos de sus miembros ascendieron con rapidez en la banca, el comercio y las profesiones liberales. La reacción antisemita se dirigió justamente contra esa movilidad social: el judío advenedizo que quería integrarse sin dejar de ser judío.[46]
En la construcción del mito de la conspiración judía tuvo un papel curioso la novela Coningsby, publicada en 1844 por Benjamin Disraeli, político británico de origen judío. La obra describía un gobierno mundial secreto judío que controlaba a los gobiernos, dominaba las finanzas y manipulaba a revolucionarios y jesuitas. Las actividades de la Alianza Israelita Universal, creada por judíos franceses para ayudar a comunidades perseguidas, alimentaron la idea del judío cosmopolita sin patria.[47]
En Alemania, Austria-Hungría, Rusia, Francia e Italia el antisemitismo se organizó en partidos, ligas y publicaciones. En Alemania adquirió un carácter más claramente racial. En Francia, fue la publicación de La France juive de Drumont la que impulsó el movimiento; el libro alcanzó 145 ediciones en menos de dos años y varias decenas más hasta 1914.[48]
En el terreno intelectual, el antisemitismo académico combinó filología, biología y política. Jules Soury intentó demostrar diferencias naturales entre cerebros «arios» y «semitas» y formuló la lucha de razas como combate a muerte. Georges Vacher de Lapouge llegó más lejos, al declarar que el judío era el único oponente peligroso del «ario», aunque lo consideraba inferior. La craniometría y otras pseudociencias fueron usadas para respaldar esas afirmaciones.[49]
4.7. El caso Dreyfus[editar]
El caso Dreyfus fue el gran episodio antisemita de la Francia de fin de siglo y funcionó como termómetro del odio antijudío en la opinión pública europea. En 1894, Alfred Dreyfus, capitán del ejército francés de origen judío, fue acusado de revelar secretos a Alemania. Fue condenado y enviado a la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa.[50]
En 1896, el coronel Georges Picquart, jefe del contraespionaje, descubrió que el verdadero espía era el comandante Ferdinand Walsin Esterhazy. Sin embargo, el Estado Mayor se negó a revisar el caso y apartó a Picquart. El escritor Émile Zola denunció la maniobra en su célebre «J'accuse». En 1898, Dreyfus fue juzgado de nuevo y condenado, aunque con circunstancias atenuantes, a diez años de trabajos forzados. La condena reveló la fuerza del prejuicio: la mayor parte de la prensa francesa lo consideraba culpable. En 1906, la Corte de Casación anuló la condena y Dreyfus fue reintegrado al ejército.[51]
El caso mostró que el antisemitismo no era solo una ideología marginal, sino una pasión política capaz de dividir a la sociedad y de condicionar al Estado. También influyó en la reflexión de intelectuales y en el nacimiento del movimiento sionista.
4.8. Del antisemitismo racial al nazismo[editar]
El antisemitismo racial alcanzó su forma más letal con el nacionalsocialismo alemán. La ideología de Adolf Hitler combinó el mito de la raza aria con la idea de una conspiración judía mundial, formulada en Mi lucha como base de la «solución final al problema judío».[52] Los nazis convirtieron el prejuicio en política de Estado y la persecución en sistema industrial de exterminio.
Tras la llegada del nazismo al poder en 1933[sin verificar], el régimen aplicó una escalada de medidas persecutorias. Las Leyes de Núremberg de 1935 privaron a los judíos de la ciudadanía y prohibieron el matrimonio y las relaciones sexuales entre judíos y no judíos. En la Noche de los cristales rotos, el 9 al 10 de noviembre de 1938, sinagogas, comercios y viviendas judías fueron atacados en todo el territorio alemán.[53]
Con la Segunda Guerra Mundial, la persecución se transformó en genocidio. La Conferencia de Wannsee, en enero de 1942, coordinó administrativamente el asesinato en masa de los judíos de Europa ocupada. Los fusilamientos masivos en el este y los campos de exterminio, con Auschwitz como símbolo principal, fueron los instrumentos de la política nazi.[54]
4.9. El Holocausto[editar]
El Holocausto, llamado en hebreo Shoá, fue el asesinato sistemático de aproximadamente seis millones de judíos por parte del Tercer Reich y sus colaboradores. La cifra es una estimación histórica consolidada, aunque el número exacto de víctimas no puede establecerse con total precisión.[55] El genocidio se basó en la idea de que los judíos constituían una amenaza biológica y política para la «raza aria» y para Alemania.
El Holocausto no fue un simple episodio de violencia, sino un proceso planificado. Comenzó con la identificación y la segregación de los judíos, continuó con la concentración en guetos y campos, y culminó en el asesinato masivo mediante cámaras de gas, fusilamientos y condiciones de trabajo forzado. Los campos de exterminio de la Polonia ocupada fueron diseñados para matar a escala industrial. Auschwitz-Birkenau concentra una parte significativa de las víctimas, con alrededor de 1,1 millones de personas asesinadas en ese complejo.[56]
Tras la guerra, el conocimiento del genocidio modificó la percepción mundial del antisemitismo. La magnitud del crimen hizo evidente a qué podían conducir el prejuicio racial y la propaganda sistemática. La noción de genocidio, formulada en la posguerra, debe buena parte de su origen al intento de nombrar jurídicamente lo ocurrido contra los judíos.
4.10. Después de 1945[editar]
Tras conocerse el Holocausto y después del Concilio Vaticano II, el antisemitismo tradicional de base racial o religiosa perdió legitimidad en Occidente. Muchas iglesias, en particular la Iglesia católica, revisaron la doctrina sobre el judaísmo y rechazaron la acusación de deicidio colectivo. Sin embargo, el prejuicio no desapareció. Según autores que defienden el concepto de neoantisemitismo, el odio antijudío se desplazó hacia el debate sobre Israel y el conflicto de Oriente Medio.[57]
La hostilidad antijudía continuó expresándose en ataques a comunidades, profanación de cementerios, propaganda conspirativa y discurso político. La negación del Holocausto se convirtió asimismo en una estrategia de legitimación de los prejuicios: bajo la apariencia de revisionismo, busca relativizar o negar el genocidio.
5. Neoantisemitismo y debates actuales[editar]
5.1. La definición de la IHRA[editar]
La International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA) adoptó en 2016 una definición de trabajo del antisemitismo que ha sido adoptada por numerosos gobiernos, universidades y organizaciones. La definición busca proporcionar un marco práctico para reconocer el fenómeno en la vida pública.[58]
Sus partidarios sostienen que permite identificar nuevas formas de antisemitismo, especialmente las que se presentan como crítica a Israel. Sus críticos señalan que la redacción es ambigua y que algunos de sus ejemplos pueden restringir la legítima crítica a las políticas israelíes. Esa tensión ha dado lugar a propuestas alternativas.
5.2. La Declaración de Jerusalén[editar]
Desde 2020, un grupo de académicos de distintos países se reunió bajo los auspicios del Instituto Van Leer de Jerusalén para evaluar críticamente la definición de la IHRA. El 25 de marzo de 2021 publicaron la Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo, con varias directrices generales y otras relativas a Israel y Palestina.[59]
La Declaración enuncia que el antisemitismo es la discriminación, el prejuicio, la hostilidad o la violencia contra los judíos por el hecho de ser judíos, o contra las instituciones judías por el hecho de ser judías. Su propósito es ofrecer un instrumento que distinga con claridad entre antisemitismo y crítica política a Israel.[60]
5.3. Críticas y confusiones[editar]
El debate actual oscila entre dos riesgos. Por un lado, utilizar mal el concepto puede diluir su gravedad y blindar a un Estado frente a toda crítica. Por otro, ignorar la deriva antisemita de ciertos discursos puede dejar sin protección a las comunidades judías. La Declaración de Jerusalén resume ese equilibrio al recordar que no es antisemita defender la autodeterminación palestina ni criticar al gobierno israelí, siempre que no se recurra a estereotipos antijudíos ni se niegue el derecho del pueblo judío a la existencia.[61]
La definición sigue siendo un asunto institucional, jurídico y político. Distintos gobiernos han adoptado la definición de la IHRA con alcances diversos. En los debates parlamentarios y universitarios, la pregunta no es solo cómo definir el antisemitismo, sino quién lo define y con qué consecuencias para la libertad de expresión.
6. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]
6.1. España: del antijudaísmo medieval a la expulsión[editar]
El mundo hispánico ocupa un lugar singular en la historia de la hostilidad antijudía y también en la de la convivencia. La península ibérica medieval albergó una de las comunidades judías más importantes de Europa, con una intensa producción cultural, filosófica y científica. Esa presencia coexistió con períodos de discriminación y estallidos violentos.[62]
Los tiempos de crisis produjeron persecuciones masivas. La revuelta anticonversa de Toledo de 1449, dirigida contra cristianos nuevos de origen judío, se suele citar como el episodio en que la sospecha dejó de ser exclusivamente religiosa para volverse social y de linaje. La implantación de los estatutos de limpieza de sangre extendió esa lógica a instituciones, órdenes religiosas, universidades y oficios.[63]
En 1492, los Reyes Católicos decretaron la expulsión de los judíos de sus reinos. La medida obligó a la conversión o al exilio y fragmentó a la comunidad judía ibérica. Una parte emigró al norte de África, al Imperio otomano, a Italia y, con el tiempo, a América.[64] Los judeoconversos siguieron siendo vigilados por la Inquisición, y la sospecha sobre la sinceridad de su fe marcó la vida social durante siglos.
El historiador Joseph Pérez insiste en que, en la península ibérica, conviene hablar de antijudaísmo más que de antisemitismo hasta el siglo XIX. Pero también admite que los estatutos de sangre introdujeron una lógica genealógica que anticipó la obsesión racial moderna.[15:1] Wieviorka va más lejos y sostiene que los poderes peninsulares construyeron una auténtica idea de «raza» judía antes de que el racismo europeo la formulara.
6.2. América Latina: inmigración, acogida y violencia[editar]
América Latina recibió comunidades judías de manera continua desde el período colonial, en buena medida a través de conversos y luego de oleadas sefardíes y asquenazíes. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, migraciones desde Europa oriental, el Imperio ruso y el Mediterráneo oriental ampliaron la presencia judía en el continente. Argentina, Brasil y México concentran las comunidades más numerosas de la región.[65]
Argentina ha sido el principal centro de la vida judía latinoamericana. El país albergó una comunidad que, según estimaciones de 2018[sin verificar], se sitúa en un orden de 200.000 personas.[66] Buenos Aires en particular se convirtió en un centro cultural y comunitario relevante para el judaísmo de habla hispana.
Esa presencia no estuvo exenta de violencia. Los atentados contra la embajada de Israel en Buenos Aires, en 1992, y contra la AMIA, en 1994, están relacionados con la historia del antisemitismo en la región y con investigaciones internacionales que se prolongaron durante décadas.[67]
El escritor argentino Ernesto Sabato advirtió el carácter absurdo y contradictorio del prejuicio antijudío en varios de sus textos. Su observación de 1979 —el judío acusado a la vez de banquero y bolchevique, de avaro y ostentoso— se convirtió en una de las descripciones más citadas del fenómeno en el ámbito hispanohablante.[4:1]
Los estudios sobre el antisemitismo en América Latina suelen señalar que el prejuicio ha convivido con una integración relativamente fuerte. La región no conoció un equivalente del nazismo, pero tampoco ha estado libre de episodios de discriminación, propaganda extremista y violencia terrorista. La memoria del Holocausto y la educación sobre el genocidio forman parte de los instrumentos con los que organizaciones locales e internacionales buscan contener el prejuicio.[68]
7. Legado y problemas contemporáneos[editar]
El antisemitismo ha sido una de las hostilidades colectivas más persistentes de la historia. Su capacidad de adaptación es notable: pasó de la acusación religiosa a la pseudociencia racial y, después, al discurso político disfrazado de crítica. No es un simple prejuicio; ha demostrado poder organizar masas, legitimar discriminaciones legales y justificar crímenes de Estado.
Esa plasticidad explica por qué el término sigue siendo objeto de discusión. La distinción entre antijudaísmo, antisemitismo y judeofobia no es solo académica: sirve para entender qué cambia y qué se repite en cada época. Tampoco es irrelevante la distinción entre antisionismo político y discurso antisemita, porque la defensa de los derechos palestinos no debe confundirse con la reutilización de mitos antijudíos.
Las sociedades contemporáneas enfrentan el antisemitismo en varios frentes: los delitos de odio, la propaganda en línea, la trivialización del Holocausto, las teorías conspirativas y la instrumentalización política del conflicto de Oriente Medio. La respuesta ha sido, al mismo tiempo, jurídica, educativa y cultural. La memoria del genocidio no solo recuerda a las víctimas; también funciona como una advertencia sobre a dónde puede llegar la deshumanización de un grupo humano.
Como señala Wieviorka, el antisemitismo no es un problema exclusivamente judío. En la medida en que niega la igualdad y la pluralidad, es un problema de toda sociedad democrática. Su estudio no es, por tanto, una cuestión sectorial, sino una forma de examinar las fragilidades de la cultura política que dice combatirlo.[69]
La definición amplia combina prejuicios de tipo religioso, racial, cultural y étnico. Véase la entrada de la palabra en el diccionario de la Real Academia Española y la nota de BBC Mundo, «Semana Santa: por qué algunos consideran que la pasión de Cristo es el origen del antisemitismo», 19 de abril de 2019. ↩︎
Pérez, Joseph, Los judíos en España, o la historiografía citada en Pérez (2009), pp. 84-87. La distinción entre antisemitismo y antijudaísmo es una de sus tesis principales. ↩︎
Taguieff, Pierre-André, La nueva judeofobia, citado en Taguieff (2019), pp. 54-55, y en las ediciones españolas de su obra. ↩︎
Sabato, Ernesto, «Judíos y antisemitas», en Apologías y rechazos (1979), Buenos Aires. La cita clásica sobre las contradicciones del antisemita procede de ese texto. ↩︎ ↩︎
Wieviorka, Michel, El antisemitismo explicado a los jóvenes, o el original francés, 2018. La idea de que el antisemitismo es un problema de todos los demócratas se encuentra en esa obra, p. 124. ↩︎
Wieviorka, Michel, El antisemitismo (2018), pp. 13-14. Allí define el antisemitismo restringido como una forma singular de racismo. ↩︎
Pérez, Joseph, Los judíos en España (2009), pp. 84-87. Pérez insiste en que el antijudaísmo desaparece con la conversión, mientras que el antisemitismo racial no. ↩︎
Pérez (2009), pp. 84 y 85-87. La cita completa se refiere al antijudaísmo medieval, no al antisemitismo. ↩︎
Wieviorka (2018), pp. 31-32. La tesis de que la Inquisición y los estatutos de limpieza de sangre anticiparon la idea de raza judía se expone en esas páginas. ↩︎
Pérez (2009), p. 87. La explicación del concepto de linaje y de que «sangre» equivalía a linaje es de Pérez. ↩︎
Taguieff, Pierre-André, La nueva judeofobia. El autor prefiere «judeofobia» como término general. ↩︎
Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo, 25 de marzo de 2021. Sus directrices distinguen entre antisionismo político y antisemitismo. ↩︎
La Declaración de Jerusalén recuerda que criticar a Israel no es, en sí, antisemitismo. Lo es cuando se usan estereotipos antijudíos o se niega al pueblo judío el derecho a la autodeterminación. ↩︎
Pérez (2009), pp. 84-85. La acuñación del adjetivo por Schlözer y la evolución del concepto lingüístico al racial se describe allí. ↩︎
Pérez (2009), p. 85. La referencia a Renan y a la contraposición entre lengua y raza procede de esa página. ↩︎ ↩︎
Pérez (2009), pp. 85-86. La explicación del antisemitismo de Marr como rechazo racial, no religioso, se encuentra en esas páginas. ↩︎
La fecha del primer uso se describe a veces como 1873 y otras como 1879; la popularización del término suele situarse en 1881. El panfleto de Marr, de 1873, y su obra de 1879 están documentados en la bibliografía sobre el antisemitismo alemán. ↩︎
Geulen, Christian, Historia del racismo (2010), pp. 128-129. Las frases de Treitschke y la descripción del antisemitismo racista como programa político proceden de allí. ↩︎
Pérez (2009), p. 294. La publicación de La France juive y la fundación de La libre parole se sitúan en esa página. ↩︎
Pérez (2009), p. 295. La autoría zarista de Los protocolos y su influencia sobre Hitler se mencionan en esa página. ↩︎
La división en tres épocas aparece en la bibliografía contemporánea sobre el antisemitismo. La tercera etapa, el neoantisemitismo, es defendida por varios autores, aunque no es un consenso universal. ↩︎
Chanes, Jerome A., Antisemitism: A Reference Handbook (2004), pp. 5-6. Su periodización en seis fases y tres categorías procede de esa obra. ↩︎
Flannery, Eduard H., The Anguish of the Jews (1985). Las referencias a Manetón, Agatárquidas y el antisemitismo antiguo como fenómeno cultural proceden de este texto. ↩︎
Schäfer, Peter, Judeophobia (Harvard University Press, 1997), p. 208. La Tesis de la difusión griega de prejuicios egipcios es de Schäfer. ↩︎
Flannery (1985). La caracterización del antisemitismo antiguo como xenofobia nacionalista aparece en esa obra. ↩︎
La serie de divulgación de la UNED sobre la revuelta de los macabeos, consultada en 2025, describe los decretos de Antíoco IV y el contexto de helenización. ↩︎ ↩︎
Peters, Joshua, "Antiochus IV, Jewish Quarrels, and the Maccabean Revolt", Constellations, vol. 11, no. 2, junio de 2020. Plantea que hubo tensiones internas judías además de persecución externa. ↩︎
Filón de Alejandría, Contra Flaco, citado por Barclay, John M. G., Jews in the Mediterranean Diaspora (1999), y por Van der Horst, Pieter W., Philo's Flaccus: The First Pogrom (2003). ↩︎
Flannery (1985). La referencia a Suetonio, a la expulsión de Tiberio y al deterioro romano tras la adopción del cristianismo proviene de esa obra. ↩︎
La demonización del judío en la cristiandad medieval, con libelos de sangre y acusaciones de deicidio, es un tema transversal en la bibliografía sobre el antijudaísmo cristiano. ↩︎
Chazan, Robert, In the Year 1096: The First Crusade and the Jews (1996). Las masacres de la Primera Cruzada se documentan allí. ↩︎
Las fechas de las expulsiones inglesa, francesa y austríaca se citan con frecuencia en las cronologías del antisemitismo europeo. Algunas cifras, como la de 100.000 judíos franceses en 1396, se deben usar con cautela porque los registros medievales son imprecisos. ↩︎
Barry, Stéphane, y Gualde, Norbert, "La plus grande épidémie de l'histoire", L'Histoire, n.º 310, junio de 2006, p. 47. La cifra de 900 quemados en Estrasburgo es una estimación; el nombre del papa corresponde a Clemente VI si se sigue la cronología de 1348. ↩︎
Franco Mormando, The Preacher's Demons: Bernardino of Siena and the Social Underworld of Early Renaissance Italy (1999), cap. 2. El papel de los predicadores populares está documentado allí. ↩︎
La categoría de dhimmi implicaba protección a cambio de subordinación legal y pago de tributo. La revista digital Jewish Virtual Library y otras fuentes clásicas describen la condición de los judíos en tierras musulmanas. ↩︎
Menocal, María Rosa, El ornamento del mundo: cómo musulmanes, judíos y cristianos crearon una cultura de tolerancia en la España medieval (2003). Se refiere a la edad de oro y a los pogromos de Córdoba y Granada. ↩︎
Frank, Daniel H., y Leaman, Oliver, History of Jewish Philosophy (2003), pp. 137-138. La presión almohade sobre las comunidades judías y cristianas se describe allí. ↩︎
The Treatment of Jews in Arab/Islamic Countries, Jewish Virtual Library. Recopila decretos de destrucción de sinagogas y casos de conversión forzada. ↩︎
Wieviorka (2018), p. 29, cifra en unos 100.000 los judíos asesinados en dos años. Otras fuentes, como Holocaust Journey de Martin Gilbert, dan cifras entre 100.000 y 200.000 si se incluyen emigraciones, enfermedades y cautiverio. ↩︎
The Oxford Companion to United States History (2006), p. 42. La referencia a Stuyvesant y a las restricciones coloniales procede de esa obra. ↩︎
La limitación de Breslavia y la alternativa impuesta a los judíos «protegidos» en Berlín se describen en las crónicas de la Prusia de 1744-1750. ↩︎
Saperstein, Marc. La cita sobre la «raza» judía y la plaga, así como las medidas de 1750 y 1752, procede de la historiografía sobre María Teresa de Austria. ↩︎
Weiner, Rebecca, The Virtual Jewish History Tour y la cronología de la Zona de Asentamiento describen los decretos rusos de 1742, 1772 y 1792. ↩︎
Ages, Arnold, "Tainted Greatness: The Case of Voltaire's Anti-Semitism", Neohelicon (1994) y Meyer, Paul H., The Attitude of the Enlightenment Toward the Jew (1963). Las referencias a los treinta artículos proceden de esas fuentes. ↩︎
Álvarez Chillida, Gonzalo, El antisemitismo en España (2002), pp. 172-173. El autor describe la nueva dimensión conspirativa del antisemitismo contemporáneo. ↩︎
Álvarez Chillida (2002), pp. 172-174 y 178. La relación entre emancipación, movilidad social y reacción antisemita es una de las tesis centrales del autor. ↩︎
Álvarez Chillida (2002), pp. 173 y 177. La novela de Disraeli y la Alianza Israelita Universal aparecen en esas páginas. ↩︎
Álvarez Chillida (2002), p. 185. La cifra de ediciones de Drumont, aunque citada por el autor, puede variar según la fuente. ↩︎
Taguieff (2019), pp. 54-55. La descripción de Soury y Vacher de Lapouge procede de esa obra. ↩︎
La cronología del caso Dreyfus, desde 1894 hasta la rehabilitación de 1906, procede de la bibliografía clásica sobre el affaire. ↩︎
El porcentaje de prensa condenatoria y las condenas sucesivas se describen en las monografías sobre el caso Dreyfus. Algunas fuentes discuten la cifra exacta del 80 %. ↩︎
Pérez (2009), p. 295, menciona la influencia de Los protocolos en Mi lucha de Hitler. ↩︎
Las Leyes de Núremberg y la Noche de los cristales rotos son hitos bien documentados en la historiografía del nazismo. Las fechas se insertan como parte del conocimiento general del período y no dependen de la fuente principal aquí citada. ↩︎
La Conferencia de Wannsee, celebrada el 20 de enero de 1942, coordinó la llamada «solución final». El dato específico se debe verificar con los documentos oficiales del régimen nazi. ↩︎
La cifra de seis millones de judíos asesinados es la estimación más extendida entre los historiadores. No se trata de un número exacto, sino de un consenso aproximado. ↩︎
La cifra de víctimas de Auschwitz ronda, según las fuentes, entre 1,1 millones y 1,3 millones de personas, de las cuales la mayoría fueron judías. ↩︎
La noción de neoantisemitismo se expone en la bibliografía posterior a los años sesenta. El Grupo de Estudios Estratégicos y otros centros de análisis han publicado textos sobre el tema. ↩︎
La definición de trabajo de la IHRA fue adoptada en 2016. Su carácter no vinculante ha facilitado la adopción por distintos Estados, pero también ha generado controversia. ↩︎
The Jerusalem Declaration on Antisemitism, 25 de marzo de 2021. El documento enumera cinco directrices generales y varias directrices relativas a Israel y Palestina. ↩︎
The Jerusalem Declaration on Antisemitism. La definición citada es la primera frase de la declaración. ↩︎
La Declaración de Jerusalén distingue explícitamente entre antisionismo y antisemitismo y establece salvaguardas para la crítica política. ↩︎
Menocal (2003) describe la relativa tolerancia de la España medieval y el esplendor cultural judío. Otros autores, como Pérez, subrayan la coexistencia de convivencia y discriminación. ↩︎
La revuelta anticonversa de Toledo de 1449 y los estatutos de limpieza de sangre se describen en la historiografía de Álvarez Chillida y Pérez, con valoraciones diferentes sobre su alcance racial. ↩︎
El decreto de expulsión de 1492 es un hito de la historia judía ibérica. La fragmentación de la comunidad sefardí y su dispersión por el Mediterráneo y América se estudia en la historiografía sobre los sefardíes. ↩︎
La presencia judía en América Latina proviene de corrientes migratorias distintas. Argentina, Brasil y México concentran las comunidades más grandes, pero los datos son variables según la fuente y el año. ↩︎
Las estimaciones para Argentina suelen situarse entre 180.000 y 230.000 judíos, según la fuente y el criterio de adscripción. Se necesita verificar el dato y su fecha para no confundir censos con estimaciones comunitarias. ↩︎
El atentado contra la embajada de Israel en Buenos Aires se produjo en 1992 y el atentado contra la AMIA en 1994. Las cifras de víctimas varían ligeramente según la fuente jurídica y periodística. ↩︎
La memoria del Holocausto y los programas educativos contra el antisemitismo se desarrollaron en varios países latinoamericanos. Su alcance y financiación difieren según el país y el período. ↩︎
Wieviorka (2018), p. 124. La cita sobre el antisemitismo como problema de todos los demócratas resume su postura. ↩︎