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Catalina II de Rusia

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Catalina II de Rusia
Emperatriz y Autócrata de Todas las Rusias
Reinado28 de junio de 1762 – 17 de noviembre de 1796
(34 años, 4 meses y 20 días)
PredecesorPedro III de Rusia
SucesorPablo I de Rusia
Coronación22 de septiembre de 1762,
Catedral de la Dormición, Moscú
Emperatriz consorte5 de enero de 1762 – 9 de julio de 1762
Nombre completoCatalina Alexéyevna Románova
(en ruso: Екатерина Алексеевна Романова)
Nacimiento21 de abril de 1729
Stettin, Pomerania, Reino de Prusia
(actual Szczecin, Polonia)
Fallecimiento17 de noviembre de 1796
San Petersburgo, Imperio ruso
DinastíaRománov (por matrimonio)
PadreCristián Augusto de Anhalt-Zerbst
MadreJuana Isabel de Holstein-Gottorp
CónyugePedro III de Rusia (matrimonio en 1745; viuda en 1762)
DescendenciaPablo I (1754-1801)
Alekséi Bóbrinski (1762-1813)
ReligiónIglesia ortodoxa rusa
(luterana antes del matrimonio)
Apodo«La Grande»

1. Resumen[editar]

Catalina II de Rusia (en ruso: Екатерина Алексеевна, Ekaterina Alekséyevna), llamada Catalina la Grande (en ruso: Екатерина Великая, Ekaterina Velíkaya), nació en Stettin, provincia de Pomerania, en el Reino de Prusia (actual Szczecin, Polonia), el 21 de abril de 1729, y falleció en San Petersburgo, Imperio ruso, el 17 de noviembre de 1796 según el calendario gregoriano. Fue emperatriz reinante de Rusia durante 34 años, desde el 28 de junio de 1762 hasta su muerte, a los 67 años. Llegó al poder después de derrocar a su marido, Pedro III. Durante su largo reinado, inspirado por las ideas de la Ilustración, Rusia experimentó un renacimiento de la cultura y las ciencias, que condujo a la fundación de muchas nuevas ciudades, universidades y teatros, junto con una inmigración a gran escala desde el resto de Europa y el reconocimiento de Rusia como una de las grandes potencias de Europa.

La vida de Catalina se divide en dos partes, aproximadamente de la misma duración. Entre 1729 y 1762, pasó de ser una princesa alemana a una gran duquesa rusa; a partir de 1762 hasta su fallecimiento en 1796, fue emperatriz de Rusia. La principal fuente de información sobre su vida personal son sus Memorias, escritas en francés.

Tras ascender al poder y ponerse a gobernar el Imperio, Catalina confió a menudo en sus nobles favoritos, sobre todo el conde Grigori Orlov y Gregorio Potemkin. Con la ayuda de generales de gran éxito, como Alexander Suvórov o Piotr Rumiántsev, y almirantes como Samuel Greig o Fiódor Ushakov, gobernó en una época en la que el Imperio ruso se estaba expandiendo rápidamente por medio de la conquista y la diplomacia. En el sur, el Kanato de Crimea fue anexado tras las victorias sobre la Confederación de Bar y el Imperio otomano en la guerra ruso-turca. Con el apoyo de Gran Bretaña, Rusia colonizó los territorios de la Nueva Rusia a lo largo de las costas de los mares Negro y Azov. En el oeste, la Mancomunidad de Polonia-Lituania, gobernada por el antiguo amante de Catalina, el rey Estanislao Augusto Poniatowski, fue repartida en varias ocasiones y el Imperio ruso obtuvo la mayor parte. En el este, los rusos se convirtieron en los primeros europeos en colonizar Alaska, estableciendo la América rusa.

Muchas ciudades y pueblos se fundaron por orden de Catalina en las tierras recién conquistadas, sobre todo Yekaterinoslav, Jersón, Nicolaiev y Sebastopol. Catalina, admiradora de Pedro el Grande, continuó modernizando Rusia de acuerdo con las directrices de la Europa occidental. Sin embargo, el servicio militar obligatorio y la economía siguieron dependiendo de la servidumbre, y las crecientes demandas del Estado y de los terratenientes privados intensificaron la explotación del trabajo de los siervos. Esta fue una de las principales razones detrás de las rebeliones, incluida la rebelión de Pugachov de cosacos, nómadas, pueblos del Volga y campesinos.

Catalina recogió el legado de Pedro I de Rusia, «una ventana hacia Occidente en la costa del Báltico», y la engrandeció, abriéndola al mar Negro. Pedro importó tecnología, instituciones de gobierno y organización militar, y Catalina trajo de Europa la filosofía jurídica, política y moral, además de medicina, arte, cultura y educación.

El Manifiesto sobre la libertad de la nobleza, emitido durante el breve reinado de Pedro III y confirmado por Catalina, liberó a los nobles rusos del servicio militar o estatal obligatorio. La construcción de muchas mansiones de la nobleza, en el estilo clásico respaldado por la emperatriz, cambió la faz del país. A menudo figura en las listas de déspotas ilustrados. Como mecenas de las artes, presidió la época de la Ilustración rusa, incluyendo la creación del Instituto Smolny de Nobles Doncellas, la primera institución de educación superior para mujeres financiada por el Estado en Europa.

2. Primeros años[editar]

Catalina nació en Stettin, provincia de Pomerania, Reino de Prusia (actual Szczecin, Polonia). Su padre, Cristián Augusto, príncipe de Anhalt-Zerbst, era un general prusiano de la familia gobernante alemana de Anhalt, que ejercía de gobernador de la ciudad de Stettin en nombre del rey de Prusia. Su madre era Juana Isabel de Holstein-Gottorp. Aunque nació como Sofía Federica Augusta (en alemán: Sophie Friederike Auguste von Anhalt-Zerbst, apodada «Figchen»), una princesa alemana de rango menor, Catalina tenía una remota ascendencia sueca relacionada con Carlos IX. Debido a que el primo segundo de Sofía, Pedro III, se había convertido al cristianismo ortodoxo, el hermano de su madre llegó a ser el heredero del trono sueco y dos de sus primos hermanos, Gustavo III y Carlos XIII, más tarde se convirtieron en reyes de Suecia.

De acuerdo con la costumbre imperante por entonces entre las dinastías gobernantes de Alemania, recibió su educación principalmente de una institutriz francesa y de tutores. Isabel Babette Cardel era el nombre de la gobernanta francesa que le enseñó a leer, escribir y hablar francés a la pequeña futura emperatriz. Entre otros, le hizo leer a Corneille, Racine y Molière, cosa que influiría en el futuro. El pastor luterano y capellán castrense Wagner complementó estos primeros estudios con clases de religión, geografía e historia. Según sus memorias, Catalina era considerada un marimacho y había aprendido a dominar la espada.

Aunque Catalina nació princesa, su familia tenía muy poco dinero. Su ascenso al poder fue apoyado por los ricos parientes de su madre Juana, que eran tanto nobles como parientes reales. Las más de 300 entidades soberanas del Sacro Imperio Romano Germánico, muchas de ellas bastante pequeñas y sin poder, crearon un sistema político altamente competitivo en el que las diversas familias principescas luchaban por aventajarse una a la otra, a menudo mediante matrimonios políticos.

Para las familias principescas alemanas más pequeñas, un matrimonio ventajoso era uno de los mejores medios para promover sus intereses, y la joven Catalina fue preparada durante toda su infancia para convertirse en la esposa de un gobernante poderoso con el fin de mejorar la posición de su dinastía. Además de su alemán nativo, Catalina llegó a dominar el francés, la lengua franca de las élites europeas en el siglo XVIII. De joven recibió la educación estándar para una princesa alemana de la época, concentrándose en la etiqueta, el francés y la teología luterana.

Catalina conoció a su futuro esposo y primo segundo, el futuro Pedro III (hijo de Ana Petrovna y, por tanto, sobrino de la zarina Isabel), a la edad de 10 años en 1739. Ambos eran bisnietos de Cristián Alberto de Holstein-Gottorp (1641-1695). Según sus escritos, encontró a Pedro detestable al conocerlo. No le gustaba su tez pálida ni su afición al alcohol. Más tarde escribió que ella se quedó en un extremo del castillo y Pedro en el otro.

En 1739, Pedro se convirtió en duque de Holstein-Gottorp, bajo la regencia de su tío Adolfo Federico Holstein, que era obispo de Lübeck. En 1742, la emperatriz Isabel lo llevó a Rusia con la intención de convertirlo en su sucesor. Desde muy joven, Pedro se mostró bastante inestable, situación que empeoró tras su llegada a Rusia, país que no le gustó nada.

3. Matrimonio y reinado de Pedro III[editar]

La elección de Catalina como la futura esposa del zar (Pedro de Holstein-Gottorp) la realizó la emperatriz Isabel I y fue comunicada por carta a la familia cuando la seleccionada contaba 14 años de edad. La madre de Catalina, Juana Isabel de Holstein-Gottorp, que seguía con interés los asuntos rusos, preveía el matrimonio de su hija con Pedro en fecha próxima. Tras enviar retratos de su hija a la corte rusa, fue invitada a viajar con ella a Rusia en enero de 1744.

Influyó en la elección la gestión diplomática entre el conde Lestocq y Federico II de Prusia en el llamado asunto Lopujiná. Ambos querían fortalecer la amistad entre Prusia y Rusia para debilitar la influencia de Austria y arruinar al canciller Alekséi Bestúzhev-Ryumin, consejero de la zarina Isabel, que era un conocido partidario de la alianza ruso-austríaca. Además, a la emperatriz le gustaba esa familia, ya que ella había estado prometida al tío materno de Catalina, Carlos Augusto de Holstein-Gottorp, que había muerto de viruela en 1727 antes de que se casaran. Asimismo, Catalina era joven y carecía de experiencia política, por lo que posiblemente no representaba mayor peligro para el trono ruso. Por su parte, Catalina, que entonces tenía 14 años, comprendía lo que estaba en juego. Lejos de ignorar el prestigio y el poder asociados a su futuro estatus, hizo caso omiso de las dudas de su madre.

En febrero de 1744, Catalina y su familia fueron recibidos con gran fasto en Moscú, conociendo a la zarina Isabel I en el palacio de Annenhof, entonces residencia de la familia imperial. Allí mismo le fue concedido el título de Gran Duquesa Catalina Alekseyevna.

La intriga diplomática casi fracasó, en gran medida debido a la intervención de la madre de Catalina, Juana Isabel, una inteligente y ambiciosa mujer. La imagen histórica de la madre de Catalina ha quedado como la de una mujer emocionalmente fría, así como una trepadora social que amaba las intrigas y los chismes de la corte. Juana estaba tan cegada por la ambición de convertir a su hija en emperatriz de Rusia que logró enfurecer a la zarina Isabel, la cual la obligó a salir del país, acusándola de espiar para el rey de Prusia. No obstante, a Isabel siempre le gustó la hija, y finalmente el matrimonio se celebró en 1745.

Al llegar a Rusia en 1744 a la edad de 15 años, la princesa Catalina no escatimó esfuerzos para congraciarse no solo con la emperatriz Isabel y con su marido, Alekséi Razumovski, sino también con el pueblo ruso. Se dedicaba con tal celo a aprender la lengua rusa que se levantaba por la noche y caminaba descalza para repasar las lecciones. Esto dio lugar a que tuviera un grave ataque de neumonía en marzo de 1744. Cuando escribió sus memorias, describió cómo había formado su mente al llegar a Rusia para hacer todo lo que fuese necesario y profesar en todo lo que se requiriera de ella a fin de estar calificada para llevar la corona. Aunque llegó a dominar el idioma, conservó un acento alemán que nunca pudo perder.

Catalina recordó en sus memorias que, nada más llegar a Rusia, enfermó de una pleuritis que casi la mata. Atribuyó su supervivencia a las frecuentes sangrías, llegando en un solo día a recibir hasta cuatro flebotomías. La oposición de su madre a esta práctica le valió el desagrado de la emperatriz. Cuando la situación de Catalina parecía desesperada, su madre Juana quiso que recibiera a un pastor luterano. Sin embargo, al despertar de su delirio, Catalina al parecer le dijo: «No quiero a ningún luterano; quiero a mi padre ortodoxo». Esto elevó aún más la estima que le tenía la emperatriz.

Su padre, un devoto luterano, se opuso firmemente a la conversión de su hija a la Iglesia ortodoxa rusa, condición necesaria para contraer matrimonio con un príncipe ruso. Pero a pesar de sus instrucciones, el 28 de junio de 1744 fue bautizada con el nombre de Catalina (Yekaterina o Ekaterina) y el patronímico Alekséyevna (hija Alekséi) según la costumbre rusa, de manera que quedó convertida en tocaya de Catalina I, madre de Isabel y abuela materna de Pedro III. El compromiso tuvo lugar al día siguiente, cuando se convirtió en «Gran Duquesa y Alteza Imperial». Al año siguiente se celebraron los esponsales, y Catalina se casó con el gran duque Pedro el 21 de agosto de 1745 en San Petersburgo. Catalina acababa de cumplir 16 años, y su padre no viajó a Rusia para la boda. Los recién casados se instalaron en el palacio de Oranienbaum, que fue la residencia de la «joven corte» durante 54 años. Desde allí gobernaron el ducado de Holstein-Gottorp (que ocupaba menos de un tercio del actual estado alemán de Schleswig-Holstein, incluso con la parte de Schleswig ocupada por Dinamarca) para adquirir experiencia para gobernar Rusia.

4. El golpe de Estado de 1762[editar]

Aparte de brindarles tal experiencia gobernando, el matrimonio fracasó debido supuestamente a la impotencia y la inmadurez del gran duque Pedro, que contaba 18 años el día de la boda y no pudo consumarlo durante ocho años. Tras ocho años de matrimonio (1753), Catalina seguía sin tener hijos. La emperatriz Isabel I, ella misma sin hijos, insistía a su sobrino para que le diera un heredero. Incluso, al parecer, le propuso que tomara como amante al príncipe Lev Alexandrovitch Narychkin (1733-1799) o al conde Sergéi Saltykov.

Para entonces, el distanciamiento de la pareja parece ser definitivo y Pedro toma una amante (Yelizaveta Vorontsova), mientras que Catalina no duda en replicarle involucrándose con otras figuras prominentes de la corte y manteniendo relaciones con Sergéi Saltykov, Charles Hanbury Williams, Estanislao II Poniatowski y otros hombres a lo largo de su reinado.[1] Pronto ganó popularidad entre varios grupos políticos poderosos que se oponían a su marido. Se hizo amiga de Catalina Dáshkova, la hermana de la amante de su marido, quien le presentó a varios grupos de políticos poderosos que se oponían a él. Sin embargo, Catalina había estado metida en planes militares contra Isabel, desde al menos 1749, con el probable objetivo de deshacerse posteriormente de Pedro III.

En 1754 tuvo un hijo, Pablo (1754-1801), cuya paternidad es ambigua.[2]

Aburrida de su marido, Catalina se volvió una ávida lectora de libros, principalmente en francés. Menospreciaba a su marido por la devoción de este a la lectura, por un lado, de «libros de oraciones luteranos, y por el otro, de historia y el juicio de algunos ladrones de caminos que habían sido ahorcados o despedazados en la rueda». Catalina leía mucho y se mantenía informada sobre los acontecimientos de Rusia y del resto de Europa. Fue durante este período cuando leyó por primera vez a Voltaire y otros filósofos de la Ilustración francesa. A medida que iba aprendiendo ruso, se interesó cada vez más por la literatura de su país de adopción. Finalmente, fueron los Anales de Tácito los que provocaron lo que ella llamaba una «revolución» en su mente adolescente, ya que Tácito fue el primer intelectual que leyó que entendía las políticas de poder tal como eran, no como deberían ser. Catalina quedó impresionada especialmente por su argumento de que las personas no actúan por sus profesas razones idealistas y, en cambio, aprendió que era necesario buscar los «motivos ocultos e interesados». Mantuvo correspondencia con muchas de las mentes prominentes de la época, tales como Voltaire y Diderot.[3]

En 1759, Catalina quedó embarazada de su segunda hija, Anna, que sólo vivió 14 meses. Debido a varios rumores sobre la promiscuidad de Catalina, a Pedro se le hizo creer que no era el padre biológico del niño y se sabe que proclamó: «¡Vete al diablo!» cuando Catalina rechazó enojada sus acusaciones. En consecuencia, Catalina pasó gran parte de este tiempo sola en su tocador privado para esconderse de la personalidad abrasiva de Pedro. En la primera versión de sus memorias, editadas y publicadas por Aleksandr Herzen, Catalina dio a entender claramente que el verdadero padre de su hijo Pablo no era Pedro, sino Serguéi Saltykov.

Al morir la emperatriz Isabel el 5 de enero de 1762, Pedro subió al trono con el nombre de Pedro III de Rusia y la pareja se trasladó al nuevo Palacio de Invierno en San Petersburgo; Catalina se convirtió así en emperatriz consorte de Rusia. Sin embargo, las excentricidades del nuevo zar, su política de secularización de bienes y la tendencia filoprusiana le granjearon la enemistad de varios sectores, entre ellos la Iglesia.

A la muerte de la emperatriz, el ejército ruso, aliado con la Francia de Luis XV y la Austria de María Teresa en el marco de la guerra de los Siete Años, estaba sitiando Berlín, capital del reino de Prusia de Federico II, e incluso estaba a punto de vencer. Pedro III, sin embargo, apoyaba a Federico II, mermando gran parte de su apoyo entre la nobleza. Asimismo cesó las operaciones rusas contra Prusia, y Federico II sugirió la partición de los territorios polacos con Rusia. Pedro III incluso prometió unirse a Federico II en su guerra contra Austria. Para complicar más el asunto, Pedro III intervino en una disputa entre Holstein y Dinamarca sobre la provincia de Schleswig, apoyando al primero, su país natal, y despertando la impopularidad entre la nobleza ante una guerra muy alejada de los intereses de Rusia, en tanto que Dinamarca había sido un aliado tradicional de Rusia contra Suecia.

En julio de 1762, apenas seis meses después de convertirse en emperador, Pedro III cometió el error político de retirarse con sus guardias de Holstein y sus amigos a Oranienbaum, dejando a su esposa en otro palacio cercano en San Petersburgo. Catalina, que se sentía amenazada, decidió tomar el poder por la fuerza y derrocar a su marido con la ayuda de Nikita Panin y los hermanos Orlov (en particular su amante, Grigori Orlov). En la noche del 8 de julio, Catalina recibió la noticia de que uno de sus cómplices había sido arrestado por su marido y que el golpe que habían estado planeando se llevaría a cabo de inmediato. Al día siguiente, Catalina abandonó el palacio y partió hacia el Regimiento de Ismailovsky, donde pronunció un discurso pidiendo a los soldados que la protegieran de su marido. Luego, Catalina marchó con el Regimiento de Ismailovsky al Cuartel de Semenovsky, donde el clero la esperaba para ordenarla como única ocupante del trono ruso y comenzó su reinado como Emperatriz de Rusia como Catalina II. Entonces ordenó arrestar a su marido. El 13 y 14 de julio, la Guardia Imperial Rusa, al mando de Grigori Orlov, amante de Catalina, se rebeló, deponiendo a Pedro III y proclamando a su esposa como gobernante de Rusia.[4] Catalina II lo obligó a firmar un documento de abdicación, sin dejar a nadie que pusiera en duda su ascenso al trono. El golpe triunfó sin derramamiento de sangre; Catalina Dáshkova, confidente de la emperatriz, señaló que Pedro III parecía no oponerse a abandonar el trono y solo pedía a cambio una tranquila finca, su viejo violín y suministros de tabaco y vino de Borgoña.

Seis meses después de ascender al trono, y tres días después de su destitución, el 17 de julio de 1762, Pedro III falleció en Ropsha posiblemente a manos de Alekséi Orlov (hermano menor de Grigori). Se admite generalmente que Pedro III fue asesinado, pero se desconocen a ciencia cierta las causas de su muerte. La causa oficial, tras una autopsia, fue un ataque grave de cólico hemorroidal y un derrame cerebral. En cualquier caso, los historiadores de la época soviética acusaron a Catalina II de haber ordenado el asesinato y de haber dispuesto el de otros posibles reclamantes al trono (Iván VI y la princesa Tarakánova), pero muchos historiadores modernos creen que no tuvo que ver con ello.[5]

Al momento del derrocamiento de Pedro III, entre los posibles rivales por el trono figuraban Iván VI (1740-1764), que había estado confinado en Schlüsselburg, en el lago Ládoga, desde que tenía seis meses y de quien se pensaba que estaba loco. Iván VI fue asesinado durante un intento de liberarlo como parte de un fallido golpe de Estado contra Catalina. Al igual que Isabel I antes que ella, Catalina II había dado instrucciones estrictas de que Iván debía ser matado en caso de tal intento. La mujer conocida más tarde como la Princesa Tarakánova (c. 1745-1775) era otra rival potencial.

Catalina II, aunque no descendía de emperadores rusos, sucedió a su marido tras el precedente establecido cuando Catalina I sucedió a Pedro I en 1725.[6] Su deseo de acceder al trono justifica su sucesión, citando la «elección unánime» de la nación. La coronación de Catalina la Grande tuvo lugar el 22 de septiembre de 1762 en el Kremlin.[7] Tenía treinta y tres años, la misma edad que Isabel I de Rusia cuando organizó un golpe contra Anna Leopoldovna. Su hijo Pablo tenía ocho años.

Sin embargo, una gran parte de la nobleza lo consideró como una usurpación, tolerable solo durante la minoría de su hijo, el gran duque Pablo. En la década de 1770, un grupo de nobles relacionados con Pablo (Nikita Ivánovich Panin y otros) contemplaron la posibilidad de dar un nuevo golpe para deponer a Catalina y transferir la corona a su hijo, cuyo poder quedaría restringido previamente en una especie de monarquía constitucional. Pero nada de esto se llevó a cabo, y Catalina reinó hasta su muerte.

5. Reinado (1762-1796)[editar]

Catalina fue coronada en la Catedral de la Dormición de Moscú el 22 de septiembre de 1762. Su coronación marca la creación de uno de los principales tesoros de la dinastía Romanov, la Corona Imperial de Rusia, diseñada por el joyero de diamantes de la corte, suizo-francés Jérémie Pauzié. Inspirada en el diseño bizantino, la corona estaba construida con dos medias esferas, una de oro y otra de plata, que representaban los Imperios Romanos de Oriente y Occidente, divididas por una guirnalda foliada y sujetas con un aro bajo. La corona contiene 75 perlas y 4.936 diamantes indios que forman hojas de laurel y roble, símbolos del poder y la fuerza, y está rematada por una espinela de rubí de 398,62 quilates que perteneció a la emperatriz Isabel I y una cruz de diamantes. La corona se creó en un tiempo récord de dos meses y pesaba 2,3 kg. A partir de 1762, la Gran Corona Imperial fue la corona de coronación de todos los emperadores Romanov hasta la abolición de la monarquía en 1917. Es uno de los principales tesoros de la dinastía Romanov y ahora se exhibe en el Museo de Armería del Kremlin de Moscú.

Tras asumir el control de Rusia, Catalina II revirtió inmediatamente las reformas de Pedro III, devolviendo a la Iglesia ortodoxa toda la tierra que había sido secularizada, devolviendo los viejos uniformes y estructura a los regimientos de la Guardia y cancelando la guerra con Dinamarca.[8]

En cuanto a la política interior y exterior, intentó una europeización del país y otorgó a la nobleza un puesto relevante que hasta ese momento no había tenido.[9] Anteriormente fracasó en su intento de crear un código con las ideas de Montesquieu y vivió una contienda en 1773 con los campesinos, por la nefasta situación social en que la población vivía. Esto provocó una nueva reestructuración del gobierno regente. En el exterior, se centró en la expansión territorial a costa de Polonia y Turquía. Se la denominó Semíramis del Norte y fue considerada como una mujer inteligente, culta, sagaz, muy hábil y apasionada. Mantuvo una gran amistad y relaciones con los grandes ilustrados franceses, como Diderot, Montesquieu o Voltaire, o con el escritor belga Charles-Joseph de Ligne. El gran amor de su vida fue el príncipe Grigori Potiomkin, que fue su gran apoyo político.

5.1 Política interior[editar]

Al mismo tiempo que extendía los límites de Imperio, Catalina II introducía novedades en la agricultura y la industria, basándose en el pensamiento del Siglo de las luces. Creó una estructura para reformar las leyes al instituir una Comisión Legislativa (en ruso: Уложенная комиссия, Ulozhénnaya komíssiya) que representaba a todas las clases salvo a los siervos, pero se disolvió antes de que pudiera ser eficaz, tal vez porque había pasado a ser demasiado conservadora tras la insurrección del atamán cosaco Yemelián Pugachov en 1773 y 1774.

Rebelión de Yemelián Pugachov

Durante 1768-1774 en la guerra con el Imperio otomano, Rusia experimentó una agitación social importante causada por la sublevación de Pugachov. En 1773, un cosaco del Don llamado Yemelián Pugachov declaró ser el destronado zar Pedro III, rechazando la autoridad de la emperatriz Catalina II. Otras comunidades y agrupaciones cosacas, además de varias etnias turcomanas que sentían el choque del Estado centralizado ruso, junto con trabajadores industriales en los Montes Urales y los campesinos que esperaban escapar a la servidumbre, se unieron en una rebelión de alcance masivo. La preocupación principal del régimen imperial era entonces la guerra contra Turquía y ello permitió a los rebeldes de Pugachov tomar el control de un gran territorio en la cuenca del río Volga, pero el ejército regular sofocó ferozmente la rebelión en 1774.

La sublevación de Pugachov alentó la determinación de Catalina II para reorganizar la administración provincial de Rusia. En 1775, dividió Rusia en provincias y distritos según las estadísticas de la población. Se otorgó a cada provincia una amplia administración, destacamentos de policía y un aparato judicial. Los nobles tuvieron que servir, no superando el tiempo establecido por el gobierno central, pues la ley así lo había exigido desde tiempos de Pedro el Grande, y muchos de ellos recibieron papeles significativos para administrar gobiernos provinciales, con lo cual la autoridad imperial confiaba tales puestos a aristócratas de confianza, obedientes al zar y que aseguraban que el poder central llegase a cada rincón del Imperio.

Catalina II también procuró organizar la sociedad en grupos sociales bien definidos y estratificados. En 1785, publicó las cartas a los nobles y señores del pueblo. La carta a la nobleza confirmaba la liberación de los nobles respecto del servicio obligatorio y les daba derechos como clase privilegiada y servidora directa de la autocracia rusa. La carta a las ciudades probó ser más complicada y en última instancia mucho menos acertada que la publicada para los nobles. No se llegó a publicar una carta similar para los campesinos, ni para mejorar las condiciones de los siervos.

Los historiadores han discutido la sinceridad de Catalina II como monarca representativa de la Ilustración, pero pocos han dudado que creía realmente en el activismo del gobierno dirigido, desarrollando al máximo los recursos del Imperio y haciendo su administración más eficaz. Inicialmente, Catalina II procuró racionalizar los procedimientos del gobierno mediante modificaciones en las leyes.

En 1767, Catalina II creó la Comisión Legislativa (en ruso: Уложенная комиссия, Ulozhénnaya komíssiya), formada por nobles, grandes terratenientes y otros aristócratas, para sistematizar las leyes del Imperio ruso adoptadas con posterioridad al cuerpo legal del Sobórnoye ulozhéniye de 1649. Aunque la Comisión no formuló un nuevo Código legal, La Instrucción (en ruso: «Наказ», Nakaz de Catalina II) a la Comisión Legislativa introdujo a la sociedad rusa en el pensamiento político y legal occidental, desarrollado por Montesquieu (especialmente en El espíritu de las leyes), Cesare Beccaria (en De los delitos y las penas), d'Alembert y Diderot.

Consecuencias del expansionismo

Aunque integrar parte del territorio de Polonia a su Imperio significaba apoderarse de nuevas tierras fértiles, esto también creó nuevas dificultades para el Imperio ruso. Al perder a Polonia como Estado colchón, Rusia tuvo que compartir frontera —a partir de esos momentos— con las grandes potencias, Prusia y Austria, que podrían ser eventuales rivales. Además, el Imperio ruso llegó a ser más étnicamente heterogéneo que antes al absorber a una gran cantidad de etnias, tales como los ucranianos, bielorrusos y judíos. Los ucranianos y bielorrusos, que en su mayoría trabajaban como siervos bajo el dominio polaco, cambiaron poco su situación al principio bajo poder ruso. Los polacos, tradicionalmente católicos y herederos de una antigua potencia militar, se resistían a perder su independencia económica y cultural. Al ser un pueblo difícil de controlar, efectuaron a lo largo del siglo XIX varias sublevaciones fallidas contra los rusos.

También a fines del siglo XVIII, Catalina II suprimió la autonomía de Ucrania al este del río Dniéper, la de los territorios bálticos y la de varias áreas pobladas por cosacos. Así ordenó la supresión de la Sich de Zaporozhia vulnerando el Tratado de Pereyáslav de 1654. Con su énfasis en un imperio uniformemente administrado, Catalina II (aunque era alemana por su origen) puso las bases de una política de rusificación que en sus últimos años de reinado ya se había impulsado, y que sería ejecutada más intensamente por sus sucesores.

Reducción de judíos a una zona de asentamiento obligatoria

Desde la fundación del Reino de Polonia (1025) y hasta la unión polaco-lituana (1569), Polonia fue uno de los países más tolerantes de Europa, convirtiéndose en el hogar de una de las comunidades judías más grandes y vibrantes del mundo. Para los historiadores de la época, Polonia era algo similar a un «paraíso judío» de judíos asquenazíes. El establecimiento de la unión polaco-lituana debido a una serie de invasiones extranjeras y de cambios culturales, como la reforma protestante y el posterior Concilio de Trento, provocaron que la tolerancia religiosa, que era tradicional en Polonia, empezara a mermar desde el siglo XVII. Pero con la expansión occidental de Rusia bajo Catalina II se anexaron diversas porciones del territorio polaco. Rusia recibió así las zonas que comprenden la actual Bielorrusia y Livonia, y al desaparecer el país como Estado soberano, los judíos fueron víctimas de leyes antisemitas ante todo a causa del creciente antisemitismo del Imperio ruso.

Catalina II suprimió los derechos a los judíos del imperio en 1742, que desde entonces fueron considerados como población extranjera. Un decreto de 3 de enero de 1792 obligó a los judíos a vivir solo en el extremo más occidental del Imperio, denominado zona de asentamiento, y les prohibió acercarse a los grandes núcleos urbanos rusos. Ello inició una etapa de antisemitismo estatal que degeneró en discriminación violenta hacia finales del Imperio traducida en los pogromos.

Fomento de la inmigración de alemanes étnicos

A partir de 1763, colonos alemanes étnicos procedentes principalmente de Hesse, Renania-Palatinado, Baden-Wurtemberg y Baviera empezaron a reunirse en la ciudad de Büdingen, en Oberhessen, para emprender todos juntos el viaje a Rusia, aceptando una invitación de la emperatriz Catalina II de afincarse en las tierras del bajo Volga. Allí fundaron en 1764 la primera aldea (Dobrinka), que cinco años más tarde habían llegado a un centenar, totalizando cerca de 30 000 habitantes en esa primera colonización.

Al lado occidental del Volga se lo llamó Bergseite (lado montañoso), y al lado oriental Wiesenseite (lado de prados o llano). Así, las colonias fundadas se identifican como las que son de la Bergseite o de la Wiesenseite, y se fijó como capital de la primera la ciudad de Sarátov, y como capital o centro jurídico de la segunda, a Samara.

La inmigración alemana a esta zona se mantuvo relativamente constante durante casi 100 años, aunque hacia el último período algunos se asentaron en las tierras de Odesa, a orillas del mar Negro, en respuesta a otro edicto que invitaba a colonizar especialmente a alemanes, pero esta vez de parte del zar Alejandro I de Rusia, nieto de Catalina II. Este grupo es conocido como los alemanes del Mar Negro.

La política interior de los últimos años

La «occidentalización» de Rusia continuó durante el reinado de Catalina II. Un aumento en el número de libros y de periódicos también trajo adelante discusiones intelectuales y la crítica social propia de la Ilustración rusa. En 1790, Aleksandr Radíshchev publicó su libro El Viaje de San Petersburgo a Moscú, un ataque feroz contra el sistema de servidumbre y contra la autocracia. Catalina II, asustada ya por la Revolución francesa, hizo que Radíschev fuese arrestado y enviado a Siberia. Radíschev ganó más adelante el reconocimiento de padre del radicalismo ruso.

Catalina II terminó de desarrollar muchas de las políticas de Pedro el Grande y fijó las bases para la expansión imperial del siglo XIX. Además, hizo construir el Palacio Pávlovsk para su hijo Pablo, que es parte del Patrimonio Cultural de Rusia.

El Imperio ruso se convirtió en un país capaz de competir con sus vecinos europeos en las esferas militar, política y diplomática. La élite de Rusia llegó a ser una de las más cultas, tal y como sucedía en los países de la Europa Central y Occidental de la época. No obstante, la organización de la sociedad y del sistema de gobierno, las grandes instituciones centrales de la administración provincial de Catalina II, seguía siendo la misma sociedad dividida en estratos sociales cuidadosamente delimitados y donde la movilidad social era difícil, tal como se había previsto desde tiempos de Pedro I, no produciéndose ningún cambio en tal sentido hasta la emancipación de los siervos en 1861 y, en algunos aspectos, hasta la caída de la monarquía en 1917. Catalina II dio un empuje para la expansión rusa hacia el sur, incluyendo el establecimiento de Odesa como el principal puerto mercantil ruso en el Mar Negro para que sirviese como base para el comercio del grano del siglo XIX.

A pesar de tales realizaciones, el imperio que Pedro I y Catalina II habían construido seguía enfrentado a problemas fundamentales. Una élite pequeña de europeizados, enajenada de la masa de rusos ordinarios, planteaba preguntas sobre la misma esencia de la historia, de la cultura y de la identidad de Rusia. Rusia alcanzó su preeminencia militar por confianza en la coerción y en una economía dirigida por la corte imperial, bastante primitiva, y basada principalmente en el sistema de servidumbre para actividades económicas primarias, como la agricultura, minería y ganadería. El desarrollo económico de Rusia era insuficiente para las necesidades del siglo XVIII y estaba muy alejado aún del grado de transformación que la primera Revolución industrial causaba en los países occidentales.

La tentativa de Catalina II para organizar la sociedad rusa en rígidos estamentos corporativos hizo frente al temprano desafío de la Revolución francesa, que propugnaba una ciudadanía individual. La extensión territorial y la incorporación a Rusia de un número en aumento de no-rusos en el Imperio fijaron el principio del problema futuro de las nacionalidades. Finalmente, la primera cuestión de la servidumbre y la autocracia en los argumentos morales presagiaron el conflicto entre el Estado y la intelectualidad, que llegó a ser dominante en el siglo XIX.

A principios del siglo XIX, la población de Rusia, los recursos, la diplomacia internacional y las fuerzas militares le hicieron uno de los Estados de mayor poderío del mundo. Su poder le permitió desempeñar un papel cada vez más activo en los asuntos de Europa. Este papel llevó al Imperio a participar años después en una serie de guerras contra Napoleón, que tuvieron consecuencias de gran envergadura para Rusia y el resto de Europa. Después de aceptar la Ilustración con entusiasmo durante el siglo XVIII, la élite de Rusia se tornó en opositora activa de las tendencias de liberalización en la Europa central y occidental a partir de 1789.

Internamente, la población de Rusia había crecido de forma diversa con cada adquisición territorial. La población incluía luteranos fineses, bálticos alemanes, estonios y algunos lituanos, había también católicos lituanos, polacos y algunos letones, ortodoxos bielorrusos y ucranianos, pueblos musulmanes a lo largo de la frontera meridional del Imperio y en el este, griegos ortodoxos y de Georgia, así como miembros de la Iglesia apostólica armenia. Con la influencia occidental, la oposición a la autocracia rusa fue en aumento; ante ello el régimen reaccionó creando una especie de policía secreta e imponiendo la censura para cortar las actividades de las personas que abogaban por el cambio o algún movimiento nacionalista en el interior del Imperio. El régimen seguía confiando en su economía basada en siervos como una herramienta destinada a servir como apoyo a las clases altas, al gobierno y a las fuerzas militares. Por último, el biznieto de Catalina II, el emperador Alejandro II, aboliría la servidumbre en 1861.

5.2 Política exterior[editar]

Durante el reinado de Catalina la Grande se ampliaron las fronteras del Imperio ruso hacia el sur y hacia el oeste absorbiendo Nueva Rusia, Crimea, Ucrania, Bielorrusia, Lituania y Curlandia a expensas de los dos países más extensos de la zona, el Imperio otomano y la Mancomunidad Polaco-Lituana. En total añadió unos 518 000 km² al territorio ruso.

Expansión rusa bajo Catalina II

La extensión imperial lograda en el reinado de Catalina II trajo al Imperio enormes territorios nuevos en el sur y el oeste, así como la consolidación del gobierno interno. Después de la guerra ruso-turca contra el Imperio otomano en 1768, por el Tratado de Küçük Kaynarca en 1774 adquirió Rusia una conexión directa al mar Negro, mientras que los tártaros de Crimea se convirtieron en un Estado independiente de los otomanos. En 1783 Catalina II anexionó Crimea. Tras una nueva guerra ruso-turca con el Imperio otomano, por el tratado de Iasi en 1792 se amplió el dominio territorial de Rusia hacia el suroeste, llegando al río Dniéster. Los términos del tratado redujeron las ambiciosas metas del presunto proyecto magno de Catalina II: la expulsión total de los otomanos de Europa y la renovación del Imperio romano de Oriente bajo control ruso. El Imperio otomano no volvió a plantear una amenaza seria al Imperio ruso; al contrario, los gobernantes turcos se vieron forzados a tolerar un aumento de la influencia rusa en los Balcanes.

La expansión occidental de Rusia bajo Catalina II resultó en el reparto de la Mancomunidad de Polonia-Lituania. Polonia, que había sido potencia regional entre los siglos XVI y XVII, empezó a debilitarse gravemente a lo largo del siglo XVIII, mostrando continuas luchas entre su aristocracia y un creciente desorden interno. Una señal evidente del debilitamiento de Polonia ocurrió cuando cada uno de sus poderosos vecinos —Rusia, Prusia y Austria— intentaron colocar a su propio candidato en el trono polaco, generando la Guerra de Sucesión de Polonia, que envolvió a toda Europa. En 1772 Rusia, Austria y Prusia llegaron a un acuerdo informal para anexarse diversas porciones del territorio polaco, por el cual Rusia recibió las zonas que comprenden la actual Bielorrusia y Livonia.

Después de la primera partición, Polonia instauró un nuevo régimen que inició un programa extenso de reformas, que comprendía una Constitución democrática, la Constitución del 3 de mayo de 1791, lo cual alarmó a las facciones más reaccionarias de la aristocracia polaca, que pidió a su vez la ayuda de Rusia. Usando como excusa el peligro del radicalismo liberal tras la Revolución francesa de 1789, Austria, Prusia y Rusia (que carecía de Constitución hasta 1906) reclamaron la abolición de la Constitución polaca de 1791. En 1793 Polonia volvió a ver reducido su territorio tras una invasión conjunta de sus vecinos que dio lugar a la segunda partición. Esta vez, el Imperio ruso obtuvo la mayoría de Bielorrusia y el sector de Ucrania al oeste del río Dniéper. La partición de 1793 condujo a una sublevación nacionalista en Polonia contra la influencia de rusos y prusianos, la cual terminó siendo derrotada por los ejércitos de Rusia y Prusia en 1795, dando lugar a la tercera partición en ese mismo año. El territorio polaco que aún se mantenía independiente fue repartido por ambos invasores. Consecuentemente, Polonia desapareció del mapa político internacional.

Guerras ruso-turcas

Guerra ruso-turca (1768-1774)

La guerra ruso-turca de 1768-1774 fue un conflicto decisivo que estableció el control ruso de facto sobre el sur de Ucrania, hasta entonces dominada por el Imperio otomano a través de su Estado títere, el Kanato de Crimea.

La guerra fue una consecuencia inesperada de la tensa relación que se vivía en Polonia, donde varios nobles se rebelaron contra el gobierno del rey Estanislao II, antiguo amante y títere de la emperatriz Catalina II de Rusia. Estos nobles, reunidos en la llamada Confederación de Bar, atacaban a las tropas rusas desplegadas en Polonia en apoyo de Estanislao II y luego se retiraban a países vecinos para protegerse de las represalias rusas.

En 1768 un grupo de cosacos al servicio de Rusia persiguió a una banda de confederados hasta la ciudad de Balta, en la actual Ucrania, que por entonces formaba parte del Kanato de Crimea. Los crimeos acusaron a los cosacos de haber matado a varios de sus conciudadanos, cosa que Rusia negó, y pidieron ayuda a su señor, el Sultán Mustafá III de Estambul. Sobre la base de esto, Mustafá III declaró la guerra a Rusia el 25 de septiembre de 1768 y estableció una alianza con los rebeldes polacos. Por su parte, Rusia se ganó el apoyo de Gran Bretaña, lo que le garantizaba un acceso sin problemas al mar Mediterráneo, así como algunos consejeros navales.

A pesar de que el Imperio otomano fue el primero en declarar la guerra, los turcos se vieron incapaces de llevar la iniciativa durante toda la contienda, mostrándose faltos de una estrategia real. Esto permitió al general Aleksandr Suvórov maniobrar sin problemas en Polonia, donde capturó Cracovia en 1768 a los sublevados y luego aplastó la rebelión en el resto del país. Mientras tanto, la flota rusa del Báltico se trasladó al Mediterráneo y arribó en febrero de 1770 a Morea (sur de Grecia), donde los rusos tenían agentes secretos desde años antes, y estimuló una rebelión popular contra los turcos que, sin embargo, no se extendió al resto del país. Aun así, esto forzó a los turcos a enviar refuerzos a Grecia en detrimento de Ucrania, labor que se vio complicada con la posterior derrota y destrucción de la flota otomana en la batalla de Chesma, que tuvo lugar entre el 5 y el 7 de julio de ese año frente a la isla egea de Quíos.

El mismo día que el almirante Alekséi Orlov derrotaba a la escuadra turca en la batalla de Chesma, el mariscal de campo Piotr Rumyántsev penetró en la Ucrania otomana y derrotó a los turcos y sus aliados tártaros en dos batallas sucesivas a orillas del río Larga, tras las cuales los rusos ocuparon la mayoría de las fortalezas existentes en la región. También ofrecieron a los crimeos que cambiaran de bando y se aliaran con ellos contra los turcos, cosa a la que se negó el kan Sahib II Giray. Sin embargo, un ataque sorpresa contra la propia Península de Crimea lo obligó a recapacitar, por lo que envió a su sobrino y sucesor, el príncipe Şahin Giray, a San Petersburgo para que negociara una paz con la emperatriz Catalina II en persona. Crimea abandonó entonces la guerra y con ello, su largo vasallaje al Imperio otomano. En 1773 Aleksandr Suvórov dio por finalizada la campaña de Polonia y marchó a Ucrania para combatir a las fuerzas otomanas que aún quedaban allí. Ganó una batalla tras otra, dando pie a su posterior fama de general invencible. El Imperio otomano solicitó la paz en 1774.

El 21 de julio de 1774, Rusia y Turquía firmaron el Tratado de Küçük Kaynarca, que ponía fin a la guerra. De acuerdo con el tratado, el Imperio otomano reconocía la independencia de un reducido Kanato de Crimea (cosa que lo convertía de facto en un estado satélite de Rusia) y se comprometía a pagar 4,5 millones de rublos como indemnización de guerra. Rusia ganaba además el derecho a construir dos puertos en el mar Negro, cosa que hasta entonces le había estado vedada. Finalizaba así el monopolio otomano sobre este mar y se abría la posibilidad a un ataque naval ruso contra el Imperio otomano.

Guerra ruso-turca (1787-1792)

Tras la guerra de 1768-1774, Catalina II anexionó Crimea en 1783, lo que llevó a una nueva guerra con el Imperio otomano entre 1787 y 1792. Por el Tratado de Iasi en 1792, Rusia amplió su dominio territorial hacia el suroeste, llegando al río Dniéster. Como se señaló antes, el tratado limitó las ambiciones de Catalina de expulsar a los otomanos de Europa y restaurar un dominio bizantino bajo control ruso, pero consolidó la posición rusa en el mar Negro y los Balcanes.

6. Cultura, educación y mecenazgo[editar]

Catalina II fue una gran mecenas de las artes y presidió la época de la Ilustración rusa. Junto con la corona imperial, su coronación marcó el inicio de una serie de proyectos culturales de gran alcance. Entre ellos destaca la creación del Instituto Smolny de Nobles Doncellas, la primera institución de educación superior para mujeres financiada por el Estado en Europa.

La emperatriz mantuvo correspondencia con los filósofos franceses más célebres de su tiempo, entre ellos Voltaire y Diderot. Sobre Diderot se cuenta una anécdota significativa: cuando el escritor perdió sus ingresos anuales y decidió vender su colección de libros para financiar la dote de su hija, Catalina, al enterarse, le compró la biblioteca por dieciséis mil libras con la condición de que los libros permanecieran bajo su cuidado hasta su muerte; mientras tanto, ella le pagaría un salario anual por actuar como su bibliotecario.[3:1] Este tipo de gestos reforzó su imagen de soberana ilustrada y protectora de las letras.

También se relacionó con otros intelectuales, como el escritor belga Charles-Joseph de Ligne, y promovió la fundación de ciudades, universidades y teatros en las tierras recién conquistadas. La construcción de mansiones nobiliarias en el estilo clásico respaldado por la emperatriz transformó el paisaje del país y consolidó una estética que persistió en la arquitectura rusa durante décadas.

A pesar de su imagen ilustrada, la relación de Catalina con la crítica no fue sencilla. En 1790, la publicación de El Viaje de San Petersburgo a Moscú, de Aleksandr Radíshchev —una crítica feroz a la servidumbre y a la autocracia—, la llevó a ordenar el arresto y destierro del autor a Siberia. Este episodio muestra los límites de la apertura cultural del reinado, sobre todo tras el estallido de la Revolución francesa.

7. Vida personal y favoritos[editar]

La vida privada de Catalina ha sido objeto de numerosas leyendas y rumores. Los vínculos personales y románticos de Catalina, como los de todos los monarcas, tuvieron repercusiones políticas. Los rumores abundan en lo que respecta a su vida privada, romántica y sexual. Ha sido acusada de todo tipo de libertinaje, pero de hecho, todos los rumores sobre ninfomanía, bestialidad y otras parafilias también se han atribuido en igual grado a otras gobernantes que, como Catalina, no se casaron durante su reinado. Las aventuras amorosas de Catalina proporcionaron mucho material para los chismes de la corte, pero esto se debía a que era emperatriz, no a que fuera indiscreta o lasciva.[1:1]

Entre sus favoritos más conocidos se encuentran Grigori Orlov, con quien mantuvo una relación que influyó directamente en el golpe de 1762, y Grigori Potemkin, a quien se considera el gran amor de su vida y su principal apoyo político. También se relacionó con Sergéi Saltykov, Charles Hanbury Williams y Estanislao II Poniatowski, a quien apoyó como rey de Polonia. Su hijo Pablo nació en 1754 y su paternidad es ambigua; en la primera versión de sus memorias, Catalina dio a entender que el padre no era Pedro sino Serguéi Saltykov.[2:1] Su hijo Alekséi Bóbrinski (1762-1813) era de padre no confirmado.

Catalina conoció a Voltaire y a otros filósofos a través de su lectura personal y de su correspondencia, no de una relación personal directa. Fue una ávida lectora durante su matrimonio con Pedro III, período en el que se formó intelectualmente.

8. Muerte y sucesión[editar]

Catalina II murió el 17 de noviembre de 1796 en San Petersburgo, a los 67 años, según el calendario gregoriano. Fue sucedida por su hijo Pablo I. La fuente utilizada para este artículo no ofrece detalles sobre las circunstancias exactas de su muerte, salvo la fecha y el lugar; se sabe que falleció a los 67 años tras 34 años de reinado.

Pablo I, cuya paternidad era ambigua, gobernó Rusia desde 1796 hasta 1801. Su llegada al trono puso fin al largo reinado de Catalina y dio inicio a una época de políticas que en parte se alejaron del legado materno.

9. Legado[editar]

El legado de Catalina II es complejo y fue valorado de maneras muy distintas. Por un lado, expandió enormemente el territorio ruso —unos 518 000 km²—, consolidó la posición de Rusia como gran potencia europea y fomentó la cultura y la educación. Por otro lado, su reinado profundizó la servidumbre, intensificó la explotación de los siervos y dejó una estructura social rígida que perduró hasta la emancipación de 1861.

En el plano exterior, sus guerras contra el Imperio otomano y las particiones de Polonia reconfiguraron el mapa de Europa oriental. La anexión de Crimea en 1783 y la creación de Nueva Rusia fueron decisiones de largo alcance. La incorporación de territorios polacos trajo consigo la cuestión de las nacionalidades dentro del Imperio.

En el plano cultural, Catalina presidió la Ilustración rusa y fue contemporánea y corresponsal de Voltaire, Diderot y Montesquieu. La creación del Instituto Smolny para mujeres nobles fue un hito en la educación femenina europea. La Corona Imperial de Rusia, encargada para su coronación, se convirtió en símbolo de la dinastía Romanov hasta 1917.

Sin embargo, su figura también quedó asociada a la represión de la rebelión de Pugachov, al exilio de Radíshchev y a las crecientes restricciones para las minorías, como los judíos, confinados a la zona de asentamiento a partir de 1792.

10. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]

La figura de Catalina II ha despertado un gran interés en el mundo hispanohablante. Diversos medios en español han publicado artículos biográficos y análisis histórico sobre su reinado. Entre ellos se pueden citar reportajes de La Vanguardia, National Geographic (España), El Mundo, Vanity Fair y La Nación (Argentina).Estos medios han abordado tanto los logros de Catalina como los aspectos controvertidos de su ascenso al trono, en particular el derrocamiento de Pedro III y los rumores sobre su vida privada.[sin verificar]

También se han publicado en español biografías y ensayos históricos que examinan su figura como déspota ilustrada y como mujer gobernante en un mundo dominado por hombres. Su apodo «Catalina la Grande» y la expresión «Semíramis del Norte» se emplean en textos en español para subrayar su excepcionalidad como monarca y su expansión territorial.

La popularidad de Catalina en la cultura popular internacional —incluida su representación en obras audiovisuales— también ha tenido eco en medios hispanohablantes.Por ejemplo, Vanity Fair (España) publicó un artículo sobre la interpretación de Helen Mirren como Catalina II en una producción sobre la emperatriz.[sin verificar] No obstante, no se dispone en la fuente de un inventario completo de adaptaciones en español, por lo que este apartado se limita a señalar el interés mediático.

11. Notas[editar]


  1. Los rumores sobre la vida privada de Catalina han sido constantes desde su época. Se la acusó de ninfomanía, bestialidad y otras parafilias; sin embargo, tantas acusaciones se deben en buena medida a que era una mujer gobernante que no volvió a casarse durante su reinado, y rumores equivalentes circularon sobre otras soberanas en situaciones similares. La historiadora Isabel de Madariaga y otros autores modernos matizan estas leyendas y las sitúan en el contexto del chismorreo cortesano. ↩︎ ↩︎

  2. La paternidad de Pablo I ha sido discutida. En la primera versión de sus memorias, editada por Aleksandr Herzen, Catalina dio a entender que el verdadero padre de Pablo no era Pedro, sino Serguéi Saltykov. Sin embargo, no hay certeza documental, y algunos historiadores consideran que Pedro III pudo ser el padre. Pedro III, por su parte, creía no serlo. ↩︎ ↩︎

  3. El escritor Michael W. Simmons relata que cuando Diderot perdió sus ingresos anuales, decidió vender su colección de libros para financiar la dote de su hija. Catalina, al enterarse de esto, le compró la biblioteca por dieciséis mil libras con la condición de que los libros permanecieran bajo su cuidado hasta su muerte. Mientras tanto, ella le pagaría un salario anual por actuar como su bibliotecario. ↩︎ ↩︎

  4. El zar Pedro III pudo estar enterado del romance entre su mujer y Grigori Orlov, por lo cual Catalina empezó a creer que él tenía la intención de divorciarse de ella. Sabía que el divorcio para una reina podría terminar de dos maneras: destierro o muerte. ↩︎

  5. Murió el 17 de julio de 1762 y se desconoce exactamente cómo. Para algunos autores, murió luego de una pelea en la cárcel; para otros, fue asesinado por Alekséi Orlov; para otros, por orden de Catalina II; y también hay quien sostiene que se suicidó. La versión oficial tras la autopsia lo atribuyó a un cólico hemorroidal y un derrame cerebral. ↩︎

  6. Hay una diferencia importante con el caso de Catalina I: aquella estaba legitimada por haber sido elegida por Pedro el Grande, mientras que Catalina II ni era Romanov ni había sido legitimada por su esposo. «Nadie había elegido a Catalina», señala un autor citado en la fuente. ↩︎

  7. La fecha de coronación aparece en la fuente con dos valores distintos: la ficha de Wikipedia indica 9 de julio de 1762, mientras que el texto del artículo dice que la coronación tuvo lugar el 22 de septiembre de 1762 en el Kremlin. La fecha de septiembre parece ser la más citada en la bibliografía general, pero debe confirmarse. ↩︎

  8. Durante su mandato, el zar Pedro III había cambiado el tradicional color rojo de los uniformes rusos por el azul, típico de las fuerzas prusianas, enemigas históricas de las rusas, en un guiño de la admiración del zar por Federico de Prusia. Catalina revirtió esta y otras reformas. ↩︎

  9. En su estudio sobre geopolítica rusa, el experto Aleksandr G. Duguin califica a Catalina II como «germanista», una matización dentro del grupo de gobernantes pro-occidentales de la historia de Rusia. ↩︎