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Renacimiento

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NombreRenacimiento
TipoMovimiento cultural
PeriodoSiglos XV y XVI; según la periodización más amplia, desde el siglo XIV hasta inicios del XVII
OrigenFlorencia, Italia
Ámbito principalEuropa occidental y, de forma tardía, territorios americanos
CamposArtes, ciencias naturales, ciencias humanas, política, filosofía, literatura
Precedido porEdad Media, arte gótico
Seguido porManierismo; en un marco más amplio, Barroco
Término acuñado porGiorgio Vasari (rinascita); Jules Michelet formuló el concepto histórico moderno en 1855
Figuras centralesLeonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael Sanzio, Donatello, Filippo Brunelleschi, Sandro Botticelli, Bramante, Tiziano

1. Resumen[editar]

El Renacimiento es el nombre con el que se designa un amplio movimiento cultural surgido en Europa occidental durante los siglos XV y XVI. Marcó la transición entre la Edad Media y los inicios de la Edad Moderna, y tuvo su principal centro de origen y desarrollo en Florencia, desde donde se extendió al resto de Italia y, más tarde, a buena parte de Europa. Aunque sus expresiones más conocidas se encuentran en las artes visuales, el fenómeno incluyó también una renovación de las ciencias naturales, las ciencias humanas, la política, la filosofía y la literatura.

El Renacimiento se apoyó en la difusión de las ideas del humanismo, que propusieron una nueva concepción del ser humano y del mundo. En términos generales, implicó una revalorización de la cultura clásica griega y romana, un interés renovado por la observación de la naturaleza y un desplazamiento gradual del teocentrismo medieval hacia el antropocentrismo. El término fue usado originariamente para reivindicar una vuelta a los valores grecolatinos y una contemplación más libre y directa de la realidad, en contraste con el predominio de una mentalidad considerada más rígida y dogmática durante la Edad Media.

El artista e historiador Giorgio Vasari fue el primero en emplear la palabra italiana rinascita para describir la ruptura con la tradición artística medieval, a la que menospreciaba como un estilo de bárbaros y que más tarde recibiría el nombre de arte gótico. Vasari consideraba que las artes habían caído en decadencia tras la caída del Imperio romano de Occidente y que solo habían sido rescatadas por los artistas de la Toscana a partir del siglo XIII.[1]

El concepto moderno de Renacimiento, procedente del francés Renaissance, fue formulado a mediados del siglo XIX por el historiador francés Jules Michelet en su obra Renaissance et Réforme, publicada en 1855. Michelet fue el primero en usar el término con el sentido de un periodo histórico amplio, que abarcaría desde el descubrimiento de América hasta Galileo, y le atribuyó una importancia mayor a los desarrollos científicos que al arte y la cultura. Otro historiador decisivo para la conformación de la idea actual de Renacimiento fue el suizo Jacob Burckhardt, quien lo definió como el periodo comprendido entre Giotto y Miguel Ángel, es decir, del siglo XIV a mediados del siglo XVI, y puso el acento en el nacimiento del espíritu individualista moderno.

Desde una perspectiva artística general, el Renacimiento representó una ruptura con la unidad estilística supranacional que hasta entonces había caracterizado al arte europeo. No fue un fenómeno unitario en términos cronológicos ni geográficos: se limitó sobre todo a la cultura europea y alcanzó de manera tardía los territorios americanos recién incorporados al horizonte atlántico. Su desarrollo coincidió con la consolidación de los estados europeos, los viajes transoceánicos, la descomposición del feudalismo, el ascenso de la burguesía y la afirmación del capitalismo, aunque muchos de estos procesos superaron por su magnitud y duración el marco propiamente renacentista.

2. Contexto histórico[editar]

El Renacimiento suele situarse en el inicio de la Edad Moderna, periodo que convencionalmente se extiende desde el descubrimiento de América en 1492 hasta la Revolución francesa en 1789. En el terreno artístico, esa gran etapa abarca estilos como el propio Renacimiento y el manierismo en los siglos XV y XVI, y después el Barroco, el rococó y el Neoclasicismo en los siglos XVII y XVIII. Algunos historiadores prefieren fijar el comienzo del Renacimiento en 1453, con la caída de Constantinopla, mientras que otros destacan un acontecimiento técnico como la invención de la imprenta hacia 1440, atribuida a Johannes Gutenberg.

Los antecedentes del Renacimiento se localizan en la decadencia del mundo medieval a lo largo del siglo XV. En ese escenario influyeron el declive del Sacro Imperio Romano Germánico, el debilitamiento de la Iglesia católica por cismas y movimientos heréticos —que conducirían a la Reforma protestante—, la crisis del sistema feudal y el agotamiento de una parte de las ciencias y las artes, lastradas por una teología escolástica sumida en el escepticismo.

Frente a esa decadencia, los principales centros académicos europeos buscaron regenerarse mediante el retorno a los valores de la cultura clásica grecorromana. Al mismo tiempo comenzó a formarse una nueva sociedad basada en estados centralizados, con administraciones burocratizadas y ejércitos poderosos, así como en el crecimiento demográfico y en una economía orientada hacia una clase social emergente: la burguesía. Esa economía mercantil y preindustrial sentó las bases del capitalismo moderno y se vio impulsada por el progreso técnico y científico, en particular por la imprenta y por la rapidez con que esta permitía difundir las novedades.

Surgió entonces una visión del mundo más antropocéntrica, desprendida en parte del teocentrismo medieval. El término humanismo se aplicó primero a los especialistas en disciplinas grecolatinas —derecho, retórica, teología y arte— y después se extendió a filósofos, artistas, científicos y estudiosos de ramas diversas del conocimiento. En Italia, epicentro de la cultura renacentista, la fragmentación del territorio en ciudades-estado con regímenes políticos distintos —repúblicas como Florencia o Venecia, estados monárquicos como Milán y Nápoles, y el dominio papal en Roma— favoreció el ascenso de una élite económica que patrocinó la cultura y el arte como instrumentos de prestigio y propaganda. Cada centro rivalizaba con los demás en magnificencia, y la educación se volvió más accesible, dejó de ser exclusiva del clero y se impulsó el debate intelectual mediante la fundación de universidades y el patrocinio de la literatura.

El siglo XVI estuvo marcado por los grandes descubrimientos geográficos iniciados con la llegada de Colón a América en 1492. A ello se sumaron el establecimiento de la ruta del Cabo por Vasco da Gama en 1498, la primera vuelta al mundo iniciada por Magallanes y completada por Elcano entre 1519 y 1521, el desembarco de Cortés en México en 1519 y la conquista del Perú por Pizarro entre 1530 y 1533. En el plano religioso, la unidad cristiana se rompió con la Reforma protestante de Martín Lutero, iniciada hacia 1520. En ciencia y técnica aparecieron obras como Nova Scientia de Tartaglia en 1538, De revolutionibus de Copérnico en 1543 y los estudios de anatomía de Vesalio, publicados también en 1543. El humanismo, por su parte, se expandió con figuras como Erasmo de Róterdam, Giovanni Pico della Mirandola, Ludovico Ariosto, Tomás Moro, Juan Luis Vives y François Rabelais.

3. Definición y periodización[editar]

El término «Renacimiento» procede del italiano Rinascita. Vasari lo empleó en sus Vidas —publicadas en 1550 y ampliadas en 1568— para aludir al renacer de la cultura clásica después de la decadencia medieval. En la historiografía moderna, la primera definición sistemática del concepto corresponde a Jules Michelet, mientras que la visión más influyente del mundo renacentista fue la de Jacob Burckhardt en su ensayo La cultura del Renacimiento en Italia, de 1860.

Aunque suele situarse el inicio del Renacimiento en el siglo XV, numerosos historiadores lo retrotraen al siglo XIV o incluso al XIII a partir de la obra de algunos artistas considerados precursores, como Cimabue y Giotto en pintura o Nicola Pisano en escultura. Esos nombres sentaron las bases para los primeros artistas plenamente renacentistas de la Florencia del primer cuarto del siglo XV, como el pintor Masaccio, el escultor Donatello o el arquitecto Brunelleschi, todos ellos interesados por el naturalismo, la armonía y las proporciones matemáticas.

En ese clima de renovación basado en modelos de la antigüedad clásica surgió a comienzos del siglo XV un movimiento artístico italiano de gran vitalidad, que pronto se extendió a otros países de Europa. El artista tomó conciencia de sí mismo como individuo con valores propios, se sintió atraído por el conjunto del saber y comenzó a estudiar los modelos antiguos al tiempo que investigaba disciplinas como la anatomía y desarrollaba nuevas técnicas, entre ellas el claroscuro y la perspectiva. El paradigma de esta nueva actitud es Leonardo da Vinci, interesado por múltiples ramas del conocimiento, pero también Miguel Ángel Buonarroti, Rafael Sanzio, Sandro Botticelli y Bramante estuvieron marcados por la imagen de la antigüedad y por la necesidad de desarrollar nuevas soluciones escultóricas, pictóricas y arquitectónicas.

El Renacimiento evolucionó en buena medida a partir del arte medieval, que nunca había dejado del todo de valorar e imitar el arte clásico. Sin embargo, el artista renacentista buscó diferenciarse conscientemente de la etapa anterior, a la que consideraba supeditada a los valores religiosos y dominada por un estilo antinaturalista. Para él, el arte medieval no era el resultado de una falta de capacidad técnica, sino de una voluntad deliberada de alejarse de la naturaleza en favor de otros valores espirituales. El artista renacentista, en cambio, se percibió como «renacido». El humanista Lorenzo Valla llegó a preguntarse por qué las artes habían decaído hasta casi morir y por qué habían resurgido en su tiempo con tantos buenos artistas y escritores.

Buena parte de la nueva escala de valores provino del sistema de ciudades-estado italianas de carácter republicano, alejadas de los modos autoritarios de la aristocracia y el clero. En esa sociedad se valoraba más el mérito personal que el nacimiento, y la virtud cívica fue ganando terreno frente a la virtud caballeresca o contemplativa.

Un factor determinante para el éxito de las nuevas propuestas artísticas fue el mecenazgo. Ciudades, corporaciones, aristócratas, clérigos y burgueses encargaron obras de manera constante, porque el patrocinio cultural era una señal de poder y estatus. Entre los mecenas más destacados figuraron Lorenzo de Médicis, llamado «el Magnífico»; Federico da Montefeltro, duque de Urbino; Ludovico Gonzaga, marqués de Mantua; Alfonso el Magnánimo, rey de Nápoles; Francesco y Ludovico Sforza, duques de Milán; y numerosos papas y cardenales.

El artista renacentista heredó los preceptos clásicos, pero los reinterpretó a través del humanismo y reafirmó los valores del mundo perceptible y del ser humano como parte de esa realidad sensible. Aunque no renunció a la religión ni al marco cristiano, otorgó preeminencia a la nueva visión humanística. A la visión estática del universo predominante en la Edad Media le sucedió una visión dinámica apoyada en la experimentación y en la revalidación del método científico como fuente de conocimiento. La belleza y la armonía se convirtieron en valores supremos, desligados en parte de la religión y sustentados en el estudio de la naturaleza, la medida y la proporción.

Cronológicamente, el Renacimiento italiano suele dividirse en dos grandes fases. El Quattrocento, o Primer Renacimiento, corresponde al siglo XV y se desarrolló principalmente en Florencia. Fue el momento de búsqueda de los cánones clásicos de belleza y de las bases científicas del arte. De forma paralela, en Flandes se produjo un fenómeno similar, especialmente en pintura, basado sobre todo en la observación detallada de la naturaleza. El Cinquecento, en el siglo XVI, estuvo marcado por la hegemonía artística de Roma, cuyos papas —Julio II, León X, Clemente VII y Paulo III— apoyaron con firmeza el desarrollo de las artes y la investigación de la antigüedad. Las guerras de Italia y el saco de Roma de 1527 provocaron la emigración de muchos artistas, lo que contribuyó a propagar las teorías renacentistas por toda Europa.

A lo largo del siglo XVI, el Renacimiento italiano se extendió desde Portugal hasta Escandinavia y desde Francia hasta Rusia. Muchos artistas viajaron en busca de formación o de mecenazgo, y las grandes cortes europeas —como Fontainebleau, Madrid, Praga o Dresde— se llenaron de creadores de distintas nacionalidades. El grabado fue un vehículo fundamental de difusión, pues la fabricación en serie permitió que las obras de los artistas circularan por todo el continente. También creció el mercado del arte, con Amberes como uno de sus principales centros, y se desarrolló el coleccionismo con las llamadas «cámaras de arte» o Kunstkammern, en las que se reunían pinturas, esculturas, libros y objetos naturales de todo tipo. Una de las más célebres fue la de Rodolfo II en Praga.

4. Características generales[editar]

De forma genérica, el Renacimiento suele caracterizarse por cuatro rasgos principales.

En primer lugar, la «vuelta a la antigüedad»: resurgieron las formas arquitectónicas clásicas, el orden y la proporción antiguos, los motivos plásticos grecorromanos y temas como la mitología o la historia clásica. No se trataba de copiar de manera servil, sino de comprender las leyes que sustentaban el arte clásico. La revalorización de la antigüedad se vio estimulada por hallazgos arqueológicos de monedas, camafeos y esculturas romanas, así como por la recuperación de tratados antiguos como los de Vitruvio, fundamentales para la renovación de la arquitectura.

En segundo lugar, el Renacimiento estableció una nueva «relación con la naturaleza», unida a una concepción a la vez ideal y realista de la ciencia. Las matemáticas se convirtieron en la principal herramienta de un arte preocupado por fundamentar racionalmente su ideal de belleza. La aspiración de acceder a la verdad de la naturaleza no se orientaba hacia el conocimiento del fenómeno casual, sino hacia la penetración de la idea.

En tercer lugar, el Renacimiento hizo del ser humano la medida de todas las cosas. El artista adquirió una formación científica y dejó de ser considerado un simple artesano gremial para elevarse en la escala social. La figura humana se volvió el centro de interés: se estudió la anatomía, el movimiento y la expresión con una atención inédita, y el artista fue revestido de una nueva condición de creador.

En cuarto lugar, el mecenazgo se convirtió en una institución esencial. Las clases altas encargaban obras constantemente, ya que el arte se entendía como instrumento de prestigio y refinamiento. Florencia, bajo los Médicis, fue el gran centro de mecenazgo del Quattrocento, mientras que Roma, especialmente con Julio II y León X, lo fue del Cinquecento. Otras familias como los Este en Ferrara, los Gonzaga en Mantua, los Sforza en Milán y los Colonna en Nápoles también fomentaron la producción artística.

5. Estética y teoría del arte[editar]

La cultura renacentista supuso un retorno al racionalismo, al estudio de la naturaleza y a la investigación empírica, con una influencia notable de la filosofía clásica grecorromana. La estética renacentista se apoyó tanto en la antigüedad clásica como en la estética medieval, y por ello resultó a veces contradictoria: la belleza oscilaba entre una concepción realista de imitación de la naturaleza y una visión ideal de perfección, entendiendo el mundo visible como camino para ascender a una dimensión suprasensible.

Uno de los primeros teóricos del arte renacentista fue Cennino Cennini. En su obra Il libro dell'arte, de hacia 1400, defendió el arte como una actividad intelectual creadora y no como un simple trabajo manual. Para Cennini, el mejor método consistía en retratar la naturaleza, y el artista debía trabajar con libertad. Introdujo además el concepto de disegno como impulso creador que permite concebir mentalmente la obra antes de ejecutarla, idea que tendría una importancia decisiva para el arte posterior.

En ese contexto aparecieron tratados como De Pictura, De re aedificatoria y De Statua de Leon Battista Alberti, o los Comentarios de Lorenzo Ghiberti. Alberti, influido por el aristotelismo, buscó dotar al arte de una base científica y habló del decorum, es decir, del tratamiento mesurado y adecuado de los temas artísticos. Fue Alberti quien agrupó arquitectura, escultura y pintura dentro de las artes liberales, elevando al artista a la categoría de creador intelectual. Ghiberti, por su parte, fue el primero en periodificar la historia del arte al distinguir antigüedad clásica, periodo medieval y un «renacer de las artes».

El Renacimiento puso especial énfasis en la imitación de la naturaleza mediante la perspectiva y los estudios de proporciones. Luca Pacioli, en De Divina Proportione, publicado en 1509, trató el número áureo y su presencia en figuras geométricas y en elementos naturales, atribuyendo a los objetos que seguían la proporción áurea un carácter estético especial. Vasari, por otro lado, fue uno de los precursores de la historiografía del arte al redactar una crónica de los principales artistas de su tiempo, con especial atención a la progresión y el desarrollo del arte.

6. Etapas y geografía del arte renacentista[editar]

El desarrollo del Renacimiento suele dividirse en dos grandes momentos. El primero, el Quattrocento, abarca el siglo XV y comprende el Primer Renacimiento o Renacimiento temprano, centrado en Italia. El segundo, el Cinquecento, surge en el siglo XVI y se denomina Alto Renacimiento o Renacimiento pleno, con centro artístico en Roma durante el primer cuarto del siglo. Esa etapa culminante desemboca hacia 1520-1530 en una reacción anticlásica que conforma el manierismo, vigente hasta finales del siglo XVI.

En Italia, la convivencia con la antigüedad grecorromana, considerada un legado nacional, proporcionó una base amplia para una evolución estilística homogénea. Fuera de Italia, el desarrollo del Renacimiento dependió en gran medida de los impulsos italianos: artistas importados o formados en Italia actuaron como transmisores. Monarcas como Francisco I en Francia o Carlos I y Felipe II en España impusieron el nuevo estilo en las construcciones que patrocinaban, lo que contribuyó a convertir el Renacimiento en una moda europea.

6.1. Arquitectura del Renacimiento italiano[editar]

La arquitectura renacentista tuvo un carácter marcadamente profano en comparación con la época anterior, aunque muchas de sus obras más destacadas fueron edificios religiosos. Surgió en Florencia, una ciudad donde la arquitectura gótica apenas había penetrado. El nuevo gusto buscaba ordenar y renovar los viejos centros medievales, e incluso se proyectaron ciudades de nueva planta. La búsqueda de la «ciudad ideal» fue una preocupación constante de artistas y mecenas. El papa Pío II reordenó su ciudad natal, Pienza, convirtiéndola en un muestrario del nuevo urbanismo renacentista.

Los arquitectos tomaron elementos de la arquitectura clásica de forma selectiva. En lugar de la columna dórica clásica se prefirió a menudo el orden toscano, y se crearon formas nuevas, como la columna abalaustrada, nuevos capiteles y decoraciones adaptadas al uso religioso. Los amorcillos clásicos que acompañaban a Venus se transformaron en angelotes o putti. Se emplearon proporciones modulares, superposición de órdenes y cúpulas como elemento monumental. El arquitecto abandonó el carácter gremial y anónimo medieval para convertirse en intelectual e investigador, y muchos escribieron tratados, como Leon Battista Alberti o Sebastiano Serlio.

Entre los elementos estructurales característicos se encuentran el arco de medio punto, la columna, la cúpula semiesférica, la bóveda de cañón y la cubierta plana con casetones. Aunque todos habían sido usados en la antigüedad, se recuperaron y modificaron. Decayeron las bóvedas de crucería, el arco apuntado y la impresión de colosalismo y multiplicidad de los edificios medievales. Predominaron la simetría, la claridad estructural, la sencillez y la adaptación del espacio a la medida humana. En lo decorativo se usaron pilastras, frontones, pórticos, motivos heráldicos, almohadillados, volutas, grutescos, guirnaldas y medallones o tondos.

En el Quattrocento, la arquitectura tuvo su centro en Florencia y la Toscana. La sencillez y la claridad estructural y decorativa fueron sus rasgos esenciales. Se recurrió a los órdenes clásicos, con columnas y pilastras adosadas, capiteles corintios con variaciones fantásticas, fustes lisos y arcos de medio punto casi omnipresentes. También se emplearon bóvedas de cañón y de arista, así como cubiertas de madera con casetones. La arquitectura cuatrocentista se distingue de la del Alto Renacimiento por su decoración menuda, sus cúpulas con nervios de resabios góticos y sus fachadas simétricas de pisos superpuestos o con sillares almohadillados. Los arquitectos más destacados fueron Brunelleschi y Alberti. La obra principal de este periodo fue la catedral de Santa María del Fiore de Florencia, con su cúpula diseñada por Brunelleschi. En el resto de Italia sobresalieron la Cartuja de Pavía, la iglesia de San Zacarías de Venecia y el Castel Nuovo de Nápoles.

En el Cinquecento, Roma se convirtió en el centro principal. En 1506 Bramante terminó su célebre proyecto para la Basílica de San Pedro, edificio que marcó la pauta del siglo XVI. Las construcciones tendieron a la monumentalidad y la grandiosidad. Miguel Ángel introdujo el «orden gigante» en el proyecto de la basílica vaticana, rompiendo con la idea de una arquitectura hecha a la medida del hombre. Los palacios se adornaron con elaborados bajorrelieves y esculturas exentas, y la idea de riqueza, monumentalidad y lujo ganó terreno. A medida que avanzó el siglo, el manierismo se introdujo en la arquitectura con edificios cada vez más suntuosos y originales, como el palacio del Té, en Mantua, obra de Giulio Romano. Dentro del clasicismo de comienzos de siglo se destacan Bramante, Miguel Ángel, Antonio da Sangallo el Viejo y Jacopo Sansovino, mientras que el manierismo posterior tuvo como principales representantes a Andrea Palladio, Giorgio Vasari, Giulio Romano, Jacopo Vignola y Vincenzo Scamozzi.

6.2. Pintura del Renacimiento italiano[editar]

En pintura, las novedades renacentistas se introdujeron de forma paulatina pero irreversible a partir del siglo XV. Un antecedente importante fue Giotto, quien, todavía dentro del gótico, desarrolló conceptos como volumen tridimensional, perspectiva y naturalismo, alejándose de los rígidos modos de la tradición bizantina y gótica.

En el Quattrocento, los pintores recogieron esas novedades y las adaptaron a la nueva mentalidad humanista y burguesa. Aunque la mayoría abordó temas religiosos, también incorporaron la mitología, la alegoría y el retrato, géneros que se desarrollarían enormemente. La búsqueda constante de la perspectiva fue una de sus grandes preocupaciones: se trataba de lograr la ilusión del espacio tridimensional de forma científica y reglada. La pintura cuatrocentista fue una época de experimentación, en la que las obras abandonaron progresivamente la rigidez gótica, apareció la naturaleza en los fondos de las composiciones y se introdujeron los desnudos.

Entre los pintores más destacados de esta primera etapa figuran Fra Angélico, Masaccio, Benozzo Gozzoli, Piero della Francesca, Filippo Lippi y Paolo Uccello en Florencia; Perugino en Umbría; Andrea Mantegna en Padua; y Giovanni Bellini en Venecia. Por encima de todos sobresale Sandro Botticelli, autor de alegorías, delicadas vírgenes y asuntos mitológicos. Su estilo dulce, atento a la belleza femenina y predominantemente dibujístico, caracteriza a la escuela florentina y a toda la época. Otros autores del Quattrocento italiano fueron Andrea del Castagno, Antonio Pollaiuolo, Pinturicchio, Domenico Ghirlandaio, Cima da Conegliano, Luca Signorelli, Cosimo Tura, Vincenzo Foppa, Alessio Baldovinetti, Vittore Carpaccio y, en el sur de la península, Antonello da Messina.

El Cinquecento fue la etapa culminante de la pintura renacentista, a veces llamada «clasicismo». Los pintores asimilaron las novedades del siglo anterior y las llevaron a nuevas cimas creativas. El primero de los grandes maestros fue Leonardo da Vinci, ejemplo acabado de artista multidisciplinar e intelectual, obsesionado por la perfección, lo que le llevó a dejar muchas obras inconclusas o en proyecto. Su principal aportación fue el sfumato o claroscuro, una delicada gradación de la luz que otorga a sus pinturas gran naturalidad y contribuye a crear espacio. Estudió cuidadosamente la composición de sus obras, como en La Última Cena, donde las figuras se ajustan a un esquema geométrico. Unió la perfección formal con ciertas dosis de misterio en obras como la Gioconda, La Virgen de las Rocas o San Juan Bautista.

Miguel Ángel, fundamentalmente escultor, se dedicó a la pintura de forma esporádica, a petición de admiradores como el papa Julio II. Los frescos de la Capilla Sixtina muestran su mundo interior atormentado, poblado de figuras monumentales, sólidas y escultóricas, de gran presencia física. En su obra cobra importancia el desnudo, aun cuando casi toda ella fue realizada para decorar iglesias.

Rafael Sanzio completa la tríada de genios del clasicismo. Su estilo tuvo un enorme éxito y se puso de moda entre los poderosos. Buscó ante todo la grazia, una belleza equilibrada y serena. Sus vírgenes recogen las novedades de Leonardo en composición y claroscuro, añadiendo una dulzura característica. En sus últimas obras anticipó el lenguaje manierista, que sus discípulos copiaron y difundieron.

Con la aparición de Leonardo, Miguel Ángel y Rafael, los artistas contemporáneos asumieron que el arte había llegado a su culmen. La búsqueda de un estilo propio y original, sumada al ambiente pesimista de la cristiandad en la década de 1520 —saco de Roma, Reforma protestante y guerras—, hizo surgir con fuerza a partir de los años 1530 el manierismo, que persiguió lo extravagante, lo extraño, lo exagerado y lo irreal. A esta corriente pertenecieron Jacopo Pontormo, Bronzino, Parmigianino, Rosso Fiorentino o Francesco Salviati. Otros autores tomaron novedades manieristas desde una línea más personal y clasicista, como Sebastiano del Piombo, Correggio, Andrea del Sarto o Federico Barocci.

La escuela veneciana presentó características particulares. Si los florentinos ponían el acento en el disegno, es decir, en la composición y la línea, los pintores venecianos se centraron en el color. La sociedad veneciana, elitista, amante del lujo y vinculada a Oriente, produjo una pintura refinada, hedonista, decorativa y colorista. Precursores de la escuela veneciana fueron Giovanni Bellini y Giorgione, y su gran deudor fue Tiziano, uno de los retratistas más solicitados de su tiempo. En su última etapa, Tiziano disolvió los contornos de las figuras y convirtió sus cuadros en sensaciones de luz y color, anticipando en cierto modo el impresionismo. Tintoretto, Paolo Veronese y Palma el Viejo continuaron esa escuela y la condujeron hacia el manierismo y hacia los umbrales de la pintura barroca.

6.3. Escultura del Renacimiento italiano[editar]

La escultura renacentista se caracterizó por la vuelta a la antigüedad, la inspiración en la naturaleza, el humanismo antropocéntrico y el idealismo. Aunque el gótico ya había preludiado algunos de estos aspectos, ciertos hallazgos arqueológicos —como el Laocoonte, encontrado en 1506, o el Torso Belvedere— supusieron una auténtica conmoción y sirvieron de modelo e inspiración para los escultores.

Se siguieron realizando obras religiosas, pero con un claro aire profano. Se reintrodujeron el desnudo y el interés por la anatomía, y aparecieron nuevas tipologías técnicas y formales, como el relieve en stiacciato —un altorrelieve de muy poco resalte, casi plano— y el tondo, o composición en forma de disco. La iconografía se renovó con temas mitológicos, alegóricos y heroicos. El interés por la perspectiva, derivado de las investigaciones arquitectónicas, se plasmó en relieves, retablos, sepulcros y grupos escultóricos. La talla en madera policromada decayó en favor de la escultura en piedra, preferentemente mármol, y se recuperó la escultura monumental en bronce, caída en desuso durante la Edad Media. Los talleres de Florencia fueron los más reputados de Europa en esa técnica.

En el Quattrocento, el centro escultórico principal fue Florencia. Los Médicis y después la República actuaron como mecenas. Lorenzo el Magnífico reunió una notable colección de esculturas griegas y romanas, poniendo de moda el gusto clásico. Los autores más destacados fueron Lorenzo Ghiberti, Andrea Verrocchio, Donatello, el taller de los hermanos Della Robbia —que introdujeron la cerámica vidriada y policromada—, Jacopo della Quercia, Desiderio da Settignano y Bernardo Rossellino. El más importante fue Donatello, gran creador que, partiendo del gótico, estableció un nuevo ideal inspirado en la grandeza clásica. A él se debe el rescate del monumento conmemorativo público —su Condotiero Gattamelata es una de las primeras estatuas ecuestres de bronce desde la antigüedad—, la utilización heroica del desnudo y la intensa humanización de las figuras.

En el Cinquecento, la escultura quedó marcada por la figura de Miguel Ángel, quien se consideraba preferentemente escultor. En sus primeras obras recogió el interés arqueológico florentino: su Baco ebrio fue realizado con la intención de que pareciera una escultura clásica. La Piedad del Vaticano, ejecutada entre 1498 y 1499, responde al mismo espíritu. Protegido primero por los Médicis, para quienes creó las Tumbas Mediceas, marchó después a Roma, donde colaboró en la construcción de la nueva basílica. El papa Julio II le encargó su mausoleo, proyecto que el artista llamó «la tragedia de la sepultura» por sus cambios y demoras. En esculturas como el célebre Moisés aparece la llamada terribilitá miguelangelesca: una emoción intensa y contenida que se manifiesta en anatomías sufrientes, músculos en tensión, posturas contorsionadas y escorzos muy rebuscados, mientras los rostros se muestran por lo general contenidos. En sus últimas obras, Miguel Ángel dejó la belleza formal de lado y abandonó piezas inacabadas, anticipando un concepto que no volvería al arte hasta el siglo XX. Su David, ejecutado para la Piazza della Signoria de Florencia, llevó el monumento público heroico a una nueva dimensión. En los años finales del siglo, la huella de Miguel Ángel se reconoce en Benvenuto Cellini, Bartolomeo Ammannati, Giambologna y Baccio Bandinelli, quienes exageraron los elementos más superficiales de su obra y se situaron plenamente en la corriente manierista. También destacó la saga de los Leoni, broncistas milaneses al servicio de los Habsburgo españoles, cuya presencia en España llevó de primera mano las novedades renacentistas y extendió su influjo hasta la escultura barroca.

7. La expansión del Renacimiento y el caso hispano[editar]

7.1. España y el Renacimiento hispano[editar]

En España el cambio ideológico no fue tan abrupto como en otros países. La tradición medieval no desapareció de golpe, y por ello se habla de un Renacimiento español más original y variado que el del resto de Europa. En literatura se aceptaron las innovaciones italianas de Dante y Petrarca, pero sin olvidar la poesía del Cancionero y la tradición anterior. En las artes plásticas, el Renacimiento hispano mezcló elementos italianos —algunos artistas llegaron desde Italia, como Paolo de San Leocadio, Pietro Torrigiano o Domenico Fancelli— con la tradición local y con influjos flamencos, muy presentes por las intensas relaciones comerciales y dinásticas. Las innovaciones renacentistas llegaron a España de forma tardía: hasta la década de 1520 no se encuentran ejemplos acabados, dispersos y minoritarios. El Quattrocento italiano no se apreció plenamente, y el arte renacentista español pasó casi abruptamente del gótico al manierismo.

En arquitectura se distinguen tres periodos. El primero es el plateresco, desarrollado entre el siglo XV y el primer cuarto del siglo XVI, en el que lo renacentista aparece de forma superficial, sobre todo en la decoración de fachadas, mientras la estructura de los edificios sigue siendo gótica en la mayoría de los casos. Su rasgo característico es la decoración menuda, detallista y abundante, semejante al trabajo de los plateros, de donde deriva el nombre. El núcleo fundamental fue Salamanca, cuya Universidad y su fachada son el paradigma del estilo; entre sus arquitectos destacaron Rodrigo Gil de Hontañón y Juan de Álava.

El segundo periodo es el purismo o estilo italianizante de la primera mitad del siglo XVI, una fase más avanzada de la italianización. El palacio de Carlos V en la Alhambra de Granada, obra de Pedro de Machuca, es uno de sus ejemplos más claros. El foco principal se situó en Andalucía, con los núcleos de Úbeda y Baeza y arquitectos como Andrés de Vandelvira y Diego de Siloé.

El tercer periodo es el herreriano o escurialense, original adaptación del manierismo romano caracterizada por la desnudez y el gigantismo arquitectónico. Su obra fundamental fue el monasterio de El Escorial, trazado por Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, probablemente la empresa más ambiciosa del Renacimiento hispano. El estilo escurialense traspasó el umbral del siglo XVI y mantuvo vigencia durante la época barroca.

En escultura, la tradición gótica mantuvo su hegemonía durante buena parte del siglo XVI. Los primeros ecos del nuevo estilo llegaron por lo general con artistas extranjeros, como Felipe Vigarny o Domenico Fancelli, que trabajó al servicio de los Reyes Católicos y esculpió su sepulcro en 1517. Pronto surgieron artistas locales que asimilaron las novedades italianas, como Bartolomé Ordóñez y Damián Forment, y en una fase más madura aparecieron grandes figuras que sentaron las bases de la posterior escultura barroca: Juan de Juni y Alonso Berruguete.

En pintura, la herencia gótica pugnó con los nuevos modos italianos. La dicotomía se aprecia en Pedro Berruguete, que trabajó en Urbino al servicio de Federico de Montefeltro, y en Alejo Fernández. Después aparecieron artistas ya conocedores de las novedades italianas, como Vicente Macip o su hijo Juan de Juanes, influidos por Rafael; Luis de Morales; Juan Fernández de Navarrete; y los leonardescos Fernando Yáñez de la Almedina y Hernando de los Llanos. La gran figura del Renacimiento español, y uno de los pintores más originales de la historia, se inscribe ya en el manierismo aunque supera sus límites mediante un universo estilístico propio: El Greco.

7.2. Francia y otros centros europeos[editar]

En Francia, el Renacimiento alcanzó una de sus manifestaciones más refinadas. La corte se convirtió en un núcleo de asimilación de los modelos italianos, y el palacio de Fontainebleau funcionó como auténtica capital artística del reino durante el siglo XVI. Allí intervinieron artistas de distintas nacionalidades, y el llamado manierismo de Fontainebleau difundió un lenguaje decorativo que influyó en buena parte de Europa. Monarcas como Francisco I impulsaron la llegada de creadores italianos, entre ellos Leonardo da Vinci en sus últimos años, y favorecieron la mezcla entre el gusto italiano y la tradición local.[2]

Fuera de Italia, el Renacimiento se manifestó con ritmos distintos. En Flandes, la pintura conservó una fuerte impronta naturalista y detallista, vinculada a la tradición flamenca, y en las cortes del Sacro Imperio, Praga fue un centro tardío y especialmente creativo, sobre todo en tiempos de Rodolfo II. En Portugal, el estilo manuelino combinó estructuras góticas tardías con una decoración de inspiración marítima y motivos renacentistas. En Inglaterra, la arquitectura isabelina y la literatura de finales del siglo XVI integraron los modelos clásicos con tradiciones propias.[3]

8. Legado[editar]

El Renacimiento fijó durante siglos un ideal de armonía, proporción y dignidad de la figura humana. La consolidación del artista como creador individual, el desarrollo de la perspectiva lineal, la recuperación de los tratados antiguos y la formación de academias fueron herencias directas de este periodo. La pintura, la escultura y la arquitectura europeas se reorganizaron a partir de los modelos italianos, y el manierismo, el Barroco y el Neoclasicismo se definieron en gran medida en relación con la norma renacentista.

En el plano intelectual, el humanismo renacentista modificó la relación de Europa con la antigüedad clásica y con el saber. La imprenta permitió una circulación de textos y conocimientos sin precedentes, y la atención a la observación directa de la naturaleza contribuyó a la transformación de la ciencia moderna. La revalorización del mérito personal frente al nacimiento, característica de las ciudades-estado italianas, se convirtió en uno de los valores centrales de la modernidad.

El término «Renacimiento» es en sí mismo una construcción historiográfica. Vasari lo creó para defender la superioridad de su presente artístico sobre el pasado reciente, y los historiadores del siglo XIX —particularmente Michelet y Burckhardt— lo convirtieron en una categoría histórica. Por ello, los estudios más recientes suelen tratar el Renacimiento no como un corte absoluto con la Edad Media, sino como un proceso complejo de transformación gradual, con continuidades medievales y notables diferencias regionales.[4]

9. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]

La huella del Renacimiento en el mundo hispanohablante no se limitó a la península ibérica. Desde el siglo XVI, los modelos renacentistas y manieristas viajaron a América con la expansión ibérica, aunque llegaron de forma tardía y se combinaron con tradiciones locales y con soluciones propias del mundo colonial. El plateresco y, más tarde, otros lenguajes de origen renacentista dejaron su impronta en la arquitectura religiosa y civil de los virreinatos americanos, en ciudades de México, los Andes, el Caribe y Centroamérica.[5]

En literatura, la poesía renacentista italiana influyó en la lírica hispánica desde el siglo XVI, y esa corriente se transmitió después a los círculos letrados de los virreinatos americanos. El humanismo de Juan Luis Vives, nacido en Valencia, circuló por los centros educativos europeos y contribuyó a la renovación pedagógica de la época. En el arte hispanoamericano, la pintura y la escultura de tradición española, formadas en el cruce entre lo flamenco, lo italiano y lo local, sirvieron como base de las primeras escuelas coloniales.[6]

En la actualidad, la palabra «Renacimiento» forma parte del vocabulario común de la crítica cultural, la historia del arte y la educación. Museos, exposiciones y programas académicos del mundo hispanohablante la emplean para designar tanto el periodo histórico como los numerosos «renacimientos» posteriores, en un sentido amplio de recuperación o florecimiento cultural.

10. Notas[editar]


  1. La periodización de Vasari aparece en sus Vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue hasta nuestros tiempos. Su valoración negativa del arte medieval dio origen a la etiqueta de «gótico» como sinónimo de bárbaro. ↩︎

  2. La obra de Fontainebleau se desarrolló principalmente durante el reinado de Francisco I y continuó con sus sucesores. En el conjunto intervinieron artistas italianos como Rosso Fiorentino y Francesco Primaticcio, cuya combinación de pintura, estuco y ornamentación dio nombre al llamado «manierismo de Fontainebleau». ↩︎

  3. La extensión del Renacimiento por Europa no siguió una cronología uniforme. En varios territorios del norte y del este, las formas renacentistas convivieron durante décadas con estructuras góticas tardías. ↩︎

  4. La idea de un corte absoluto entre Edad Media y Renacimiento ha sido matizada por la historiografía contemporánea. Investigaciones sobre el arte, la ciencia y el pensamiento medieval han mostrado numerosas continuidades y prefiguraciones del Renacimiento. ↩︎

  5. La transferencia de modelos renacentistas a América se produjo mediante tratados, grabados, artistas europeos emigrados y religiosos formados en Europa. Las catedrales y conventos virreinales muestran con frecuencia portadas y retablos de ascendencia plateresca o manierista, adaptados a los materiales y condiciones locales. ↩︎

  6. El humanismo español desarrolló sus propios focos, entre ellos el círculo de la Universidad de Alcalá y la figura de Juan Luis Vives. La circulación de sus obras en Europa y América fue favorecida por la imprenta. ↩︎