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David

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UbicaciónPanamá
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PaísesMéxico · Colombia · Argentina
Rey de Israel
Reinadoc. 1010–970 a. C.
PredecesorSaúl (según la Biblia)
SucesorSalomón
Nacimientoc. 1040 a. C.
Belén, Judá
Fallecimientoc. 970 a. C.
Jerusalén, Reino unificado de Israel
SepulturaCiudad de David, Jerusalén (atribución tradicional)
Casa realCasa de David
PadreJesé (Isaí)
ConsortesMical, Abigail, Betsabé, entre otras
HijosAmnón, Absalón, Adonías, Salomón, Tamar, entre otros

1. Resumen[editar]

David es una de las figuras más decisivas de la tradición monoteísta. Para el judaísmo encarna al rey ideal que unificó las tribus del norte y del sur bajo una sola capital, Jerusalén, y recibió la promesa divina de una dinastía perpetua. El cristianismo lo recoge como ascendiente directo de Jesús de Nazaret y como autor inspirado de los Salmos, mientras que el islam lo venera como profeta y rey justo bajo el nombre de Dawud (داود). Su historia, transmitida principalmente en los libros bíblicos de Samuel, Reyes y Crónicas, combina el perfil del guerrero que derrotó a Goliat, el músico que templaba la melancolía de Saúl, el monarca que expandió las fronteras del reino y el hombre atrapado en complejas tramas familiares y faltas personales.

Fuera del texto sagrado, la existencia histórica de David ha sido objeto de intenso debate arqueológico desde el siglo XIX. Durante décadas la ausencia de menciones explícitas en fuentes extrabíblicas contemporáneas llevó a una corriente escéptica a considerarlo una figura mítica o, en el mejor de los casos, un caudillo tribal de alcance limitado. El hallazgo en 1993 del fragmento de Tel Dan, una estela aramea del siglo IX a. C. que contiene la expresión bytdwd («casa de David»), modificó sustancialmente el panorama y hoy la mayoría de los especialistas acepta la existencia de un monarca o líder con ese nombre en el siglo X a. C., aunque la extensión real de su reino y el grado de centralización administrativa siguen discutiéndose.[1]

2. Primeros años[editar]

David era el menor de los ocho hijos de Jesé (Isaí), un ganadero de Belén, población situada en el territorio de la tribu de Judá. Su primera aparición en el relato bíblico ocurre cuando el profeta Samuel, decepcionado por la desobediencia de Saúl, viaja a Belén por orden divina para ungir en secreto al nuevo rey de Israel. Tras descartar a los hermanos mayores —Eliab, Abinadab y Samá—, Samuel manda llamar al muchacho que pastoreaba el rebaño y, al verlo, lo unge con aceite (1 Samuel 16). A partir de ese momento, según el texto, «el espíritu del Señor vino sobre David».

La narración ofrece dos puertas de entrada a la corte de Saúl. La primera lo describe como un músico diestro con el arpa (kinnor), llamado a palacio para calmar con su instrumento los episodios de angustia que atormentaban al rey. La segunda, probablemente la más célebre de todas las tradiciones asociadas a David, lo sitúa como un joven pastor que se ofrece a enfrentarse al gigante filisteo Goliat, campeón de la ciudad de Gat. Rechazando la armadura pesada, elige cinco piedras lisas del arroyo y, con una honda, derriba al guerrero enemigo y lo decapita con su propia espada. La victoria le otorga una popularidad inmediata que pronto despertará los celos de Saúl.[2]

La amistad entre David y Jonatán, hijo de Saúl, se describe con una intensidad afectiva excepcional para la literatura del Próximo Oriente antiguo. Tras las primeras victorias militares del joven guerrero, las mujeres de Israel cantan: «Saúl mató a mil, y David a diez mil». La comparación enciende la furia del monarca, que en repetidas ocasiones intenta clavar a David en la pared con su lanza. Jonatán le advierte del peligro, intercede por él y sella con David un pacto de lealtad mutua que ha sido leído a lo largo de los siglos como paradigma de amistad y, en ciertas tradiciones exegéticas modernas, como expresión de un vínculo amoroso[3].

3. Vida fugitiva y ascenso al trono[editar]

Buena parte de la primera sección del libro de 1 Samuel está ocupada por el largo período que David pasa como fugitivo. Refugiado en territorios agrestes —el desierto de Judá, el bosque de Heret, las cuevas de Adulam—, reúne en torno a sí un contingente de «cuatrocientos hombres endeudados, descontentos y afligidos», que acabarán constituyendo el núcleo de su futuro ejército profesional.

En dos ocasiones el relato subraya la negativa de David a matar a Saúl cuando la oportunidad se le presenta: en la cueva de Engadí, donde corta sigilosamente el borde del manto del rey, y en el campamento del desierto de Zif, donde le arrebata la lanza y la vasija de agua mientras todos duermen. Ambos episodios construyen un argumento político-teológico: David no será un usurpador; la realeza le corresponde por elección divina y esperará el momento designado.

Durante esta etapa David se convierte en vasallo de Aquis, rey filisteo de Gat, y recibe la ciudad de Siclag como feudo. Desde allí lidera incursiones contra amalecitas y otros grupos nómadas, mientras presenta a sus patrones filisteos informes falsos para hacerles creer que ataca a sus propios compatriotas judaítas. Esta ambigüedad —que la tradición posterior tiende a silenciar— revela a un personaje de notable pragmatismo político.

La noticia de la muerte de Saúl y Jonatán en la batalla del monte Gilboa, frente a los filisteos, le llega por boca de un amalecita que afirma haber rematado al rey herido y le presenta la corona y el brazalete real. David, lejos de premiarlo, ordena ejecutarlo por haber alzado la mano contra al ungido del Señor. Su célebre elegía fúnebre —«¡Cómo han caído los valientes!»— es uno de los textos poéticos más antiguos conservados en la Biblia.

Los caudillos de Judá lo proclaman de inmediato rey en Hebrón (c. 1010 a. C.), pero el norte sigue bajo el control de Isbóset (Isbaal), hijo superviviente de Saúl, sostenido por el general Abner. La guerra civil se prolonga «largos años», según el texto, hasta que Abner, ofendido por Isbóset, negocia su defección. Poco después dos capitanes benjaminitas asesinan a Isbóset y llevan su cabeza a David, que de nuevo castiga con la muerte a quienes creían agradarle. Con el camino despejado, los ancianos de todas las tribus le ofrecen la corona de Israel en Hebrón (c. 1003 a. C.).

4. Reinado[editar]

4.1. Conquista de Jerusalén y centralización[editar]

Una de las primeras decisiones del ya rey unificado es conquistar una plaza fuerte jebusea situada en la cresta del Ofel, entre el valle del Cedrón y el Tyropoeon. La ciudad de Jerusalén llevaba siglos habitada, pero no había pertenecido a ninguna tribu israelita; su posición geográfica, en la frontera entre Judá y Benjamín, la convertía en una capital políticamente neutral. Según 2 Samuel 5, los hombres de David penetran por un conducto de agua (el tsinnor) y toman la fortaleza. El rey la rebautiza como «Ciudad de David» e inicia obras de ampliación, incluido un palacio construido con madera de cedro enviada por Hiram, rey de Tiro.

El siguiente paso es trasladar allí el Arca de la Alianza, que permanecía en Quiriat-Jearim desde su devolución por los filisteos. La narración describe a David danzando con todas sus fuerzas delante del arca, vestido solo con un efod de lino, lo que provoca las burlas de su esposa Mical, hija de Saúl. La consolidación de Jerusalén como centro político y cultual convierte progresivamente a la ciudad en núcleo simbólico del monoteísmo israelita.

4.2. Expansión militar[editar]

Las campañas militares de David, tal como las presenta 2 Samuel 8, modifican sustancialmente el mapa político del Levante meridional. Derrota a los filisteos y les arrebata el control de las rutas comerciales de la llanura costera; somete a Moab; vence a Hadad-Ézer, rey arameo de Sobá, y a los sirios de Damasco que acuden en su auxilio; interviene en Amón tras una afrenta diplomática a sus embajadores, y conquista la capital amonita, Rabá (actual Amán). Por primera y única vez en la historia bíblica, las fronteras de Israel se extienden desde el golfo de Áqaba hasta las cercanías del Éufrates, configurando un pequeño imperio que controla los corredores comerciales entre Egipto y Mesopotamia.

La historicidad de esta construcción imperial es motivo de cautela arqueológica. Las evidencias materiales del siglo X a. C. muestran una red de aldeas y pequeñas fortificaciones en las tierras altas de Judá que difícilmente habría podido sostener una burocracia imperial como la descrita en el texto bíblico. Es plausible que la tradición posterior amplificara retroactivamente las dimensiones del reino davídico para otorgar legitimidad a las aspiraciones de monarcas posteriores.

4.3. La promesa dinástica[editar]

El oráculo de Natán (2 Samuel 7) constituye uno de los ejes teológicos sobre los que se articulará toda la expectativa mesiánica posterior. David expresa al profeta su deseo de construir un templo permanente para el Arca. Esa misma noche Natán recibe una revelación divina que invierte la dirección: no será David quien edifique una casa (templo) para Dios, sino Dios quien edificará una casa (dinastía) para David. La promesa de que su trono «será firme para siempre» se convertirá, siglos más tarde, en el fundamento de la esperanza judía en un Mesías descendiente de David y, para el cristianismo, en la base de la filiación davídica de Jesús.

4.4. Betsabé y las consecuencias familiares[editar]

El episodio más oscuro del reinado (2 Samuel 11–12) se desencadena durante la primavera, «el tiempo en que los reyes salen a la guerra», cuando David, que ha permanecido en palacio en vez de marchar al frente contra los amonitas, observa desde la azotea a una mujer que se está bañando. Se trata de Betsabé, esposa de Urías, uno de sus oficiales hititas. La deja embarazada y, para encubrir el adulterio, ordena que Urías sea colocado en la línea más expuesta del combate, donde muere. El profeta Natán lo enfrenta con la parábola del hombre rico que roba la única oveja de un pobre. David confiesa: «He pecado contra el Señor». El texto afirma que el hijo nacido de aquella unión muere a los siete días como castigo divino, pero el siguiente hijo de ambos será Salomón, el heredero.

Las consecuencias se propagan durante el resto del reinado en forma de una cadena casi shakesperiana de traiciones, venganzas y fratricidios: la violación de Tamar por su medio hermano Amnón, el asesinato de Amnón a manos de Absalón (hermano carnal de Tamar), la rebelión abierta de Absalón, que llega a tomar Jerusalén y a humillar públicamente a su padre, y la batalla final en el bosque de Efraín, donde Absalón, enredado por su cabellera en una encina, es muerto por Joab, el general de David, pese a las órdenes explícitas del rey de tratarlo con clemencia. La imagen de David subiendo a la habitación sobre la puerta de Majanaim y llorando —«¡Hijo mío, Absalón! ¡Hijo mío, quién me diera haber muerto en tu lugar!»— representa uno de los pasajes de mayor intensidad emocional de toda la narrativa bíblica.

Otra revuelta, la de Seba el benjaminita, casi vuelve a fracturar el reino entre Judá y las tribus del norte, y es sofocada con dureza. La figura de David en esta segunda mitad de su reinado es la de un monarca envejecido, debilitado por las luchas intestinas y progresivamente apartado de la conducción efectiva del gobierno, que recae en Joab y en los cortesanos que rodean a los pretendientes al trono.

4.5. Sucesión y muerte[editar]

El último tramo de la vida de David, narrado en los primeros capítulos de 1 Reyes, está dominado por la cuestión sucesoria. Adonías, el mayor de los hijos supervivientes, se proclama rey con el apoyo de Joab y del sacerdote Abiatar. El profeta Natán y Betsabé se alían para convencer a un David anciano y casi insensible al frío de que recuerde un juramento anterior y designe a Salomón. David ordena que lo unjan de inmediato junto al manantial de Guijón. Las aclamaciones interrumpen el banquete de Adonías y frustran el golpe.

Su testamento político, tal como se recoge en 1 Reyes 2, contiene instrucciones que la piedad posterior ha encontrado difíciles de encajar con la imagen del rey según el corazón de Dios: manda a Salomón ajustar cuentas con Joab —por la sangre de Abner y Amasá— y con Simeí, el benjaminita que lo había maldecido durante la huida de Absalón. David muere «en buena vejez, lleno de días, riqueza y gloria» tras cuarenta años de reinado, de los cuales siete transcurrieron en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén. Es sepultado en la Ciudad de David, emplazamiento que la tradición posterior identifica con la colina suroriental de Jerusalén, aunque no se ha hallado ninguna tumba verificable del monarca.

5. El David salmista[editar]

La tradición atribuye a David la composición de al menos 73 salmos de los 150 que contiene el Salterio bíblico. Los encabezamientos —fórmulas como mizmor le-David— no son necesariamente indicios de autoría en el sentido moderno del término, pero reflejan la consolidación, ya en la época del Segundo Templo, de una imagen de David como músico y poeta inspirado.

La iconografía, desde los manuscritos iluminados medievales hasta la pintura barroca, lo representará con frecuencia pulsando el arpa o el salterio, identificándolo como el patrono por excelencia de la música sacra. Varios salmos incluyen en sus títulos referencias a episodios concretos de su biografía (Salmo 51, asociado al arrepentimiento tras el pecado con Betsabé; Salmo 3, vinculado a la huida de Absalón), lo que sugiere un proceso de «biografización» litúrgica en el que los poemas se fueron anclando narrativamente a la vida del rey.

6. David en el judaísmo, el cristianismo y el islam[editar]

6.1. Judaísmo[editar]

En la liturgia judía, el nombre de David aparece diariamente en la bendición decimoquinta de la Amidá: «Haz brotar el retoño de David, tu siervo, y exalta su cuerno con tu salvación». La esperanza mesiánica judía se articula en torno al concepto de Mashíaj ben David, un ungido de la estirpe davídica que restaurará la dinastía y reunirá a los exiliados. Las quince «gradas» o cantos de ascenso (Shir ha-Ma'alot) que se recitan en muchas sinagogas se vinculan por tradición a los quince escalones del Templo, que David habría diseñado.

6.2. Cristianismo[editar]

Los evangelios canónicos, en particular Mateo y Lucas, se esmeran en trazar dos genealogías —diferentes entre sí pero ambas convergentes— que sitúan a José, el padre legal de Jesús, en la descendencia directa de David. La profecía de Isaías («retoño del tronco de Jesé») y la promesa de Natán se reinterpretan cristológicamente: Jesús es el Hijo de David que reina en un trono eterno no territorial. En la iconografía medieval occidental, la «raíz de Jesé» se convierte en un motivo visual recurrente: de la figura yacente del padre de David brota un árbol cuyas ramas culminan en Cristo.

6.3. Islam[editar]

El Corán menciona a Dawud en dieciséis aleyas distribuidas en varias suras. Se le presenta como un rey-profeta que recibió de Dios el Zabur (los Salmos), la capacidad de juzgar con justicia y el dominio sobre las montañas y las aves, que se unían a él para glorificar a Alá. El relato coránico de los dos litigantes que escalan el muro del oratorio privado de David (Sura Sad, 38:21–25) guarda un paralelo parcial con la parábola de Natán en la Biblia. La tradición islámica posterior (qisas al-anbiya) desarrolla con abundantes detalles la piedad, la voz prodigiosa y la sabiduría judicial de Dawud, así como su oficio de herrero —Dios ablandaba para él el hierro—, rasgo ausente en la narrativa bíblica.

7. Historicidad y arqueología[editar]

La discusión moderna sobre la historicidad de David comenzó realmente con la arqueología bíblica del siglo XIX y alcanzó un punto álgido en los años noventa del siglo XX con el debate entre «maximalistas» (que tienden a conceder credibilidad histórica sustancial al texto bíblico) y «minimalistas» (que sostienen que la mayor parte de la narrativa del reino unificado es una construcción literaria muy posterior). La publicación en 1993 del fragmento de la estela de Tel Dan fue el hito arqueológico más influyente. La inscripción, erigida por un rey arameo —probablemente Jazael de Damasco— para conmemorar una victoria sobre Israel y Judá alrededor del 842 a. C., incluye la expresión bytdwd, que la mayoría de los epigrafistas lee como «casa de David». De ser correcta la lectura, un monarca arameo de mediados del siglo IX a. C. ya reconocía a la dinastía davídica como la casa gobernante en el sur, lo que otorga un sólido fundamento extrabíblico a la existencia del epónimo.

En 1994 se propuso una lectura semejante en otro documento significativo, la estela de Mesá (o piedra moabita, datada hacia 840 a. C.), que varios investigadores proponen restaurar para leer también bt[d]wd (casa de David), aunque la lectura es más disputada debido al deterioro de esa línea.[4] Más allá de estas menciones dinásticas, no se han hallado inscripciones contemporáneas que nombren directamente a David, ni sellos, ni correspondencia administrativa, ni anales de corte.

En cuanto a Jerusalén, el escepticismo arqueológico se concentra en la escala de las estructuras halladas en la Ciudad de David. Las excavaciones de Eilat Mazar (2005–2007) descubrieron una estructura monumental de grandes bloques de piedra que la arqueóloga bautizó como el «Palacio de David» y dató en el siglo X a. C. Sin embargo, otros especialistas han cuestionado tanto la cronología de los estratos como la interpretación funcional del edificio, y no hay consenso en que se trate de un palacio real davídico. Lo mismo ocurre con la llamada «muralla de Salomón» y otras construcciones cuya datación oscila entre la Edad de Hierro I y II.

8. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]

El nombre David goza de una popularidad extraordinaria en todo el ámbito hispanohablante. Según los registros del Instituto Nacional de Estadística (España), ha figurado de manera constante entre los veinte nombres más frecuentes para varones recién nacidos durante el último medio siglo, con repuntes notables en las décadas de 1980 y 1990. En América Latina —especialmente en México, Colombia, Argentina y Chile— el nombre mantiene una presencia estable.

La figura bíblica de David ha alimentado una vasta producción cultural en español. En la música barroca hispánica, compositores como Tomás Luis de Victoria y Cristóbal de Morales pusieron en polifonía numerosos salmos davídicos. Durante el Siglo de Oro, Lope de Vega dedicó al personaje su comedia David perseguido y montes de Gelboé, que dramatiza la rivalidad con Saúl. Más recientemente, Miguel de Unamuno publicó en 1920 el romance «El salmo de David», donde el rey poeta simboliza la potencia creadora que sobrevive a la culpa y al tiempo.

En las artes plásticas, la escultura del David de Miguel Ángel, cuya réplica en yeso patinado se exhibe en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, y el David de Donatello, presente en los manuales escolares de historia del arte de toda Hispanoamérica, son las dos representaciones escultóricas más reconocidas. Sin embargo, la iconografía davídica no se limita a la importación europea: en el arte virreinal, David aparece con frecuencia como prefiguración de Cristo en los retablos genealógicos de la escuela cuzqueña y quiteña, donde la raíz de Jesé se adapta a la flora y la paleta cromática andinas.

En la toponimia y en la devoción popular, abundan las iglesias y parroquias dedicadas a San David —santo patrón de Gales cuyo culto, aunque minoritario, está presente en comunidades de origen británico asentadas en la Patagonia argentina—. Y en el refranero popular español, la imagen del pastor que derrota al gigante ha dado lugar a locuciones como «ser más listo que David» o «no ser uno David, pero tener su honda».

9. Legado y representaciones culturales[editar]

Más allá de su importancia como figura fundacional en las tres religiones abrahámicas, David ha pervivido en el imaginario cultural de Occidente como un arquetipo de múltiples valencias: el joven talentoso de origen humilde que triunfa contra toda expectativa (Goliat), el artista y poeta que humaniza el poder, el gobernante que no es inmune a la pasión ni al crimen y que, precisamente por ello, encarna una soberanía trágica y verosímil. Esta riqueza de perfiles explica la persistencia de David en la literatura, el cine, la escultura y la ópera.

En la pintura europea la escena de David con la cabeza de Goliat fue tratada por Caravaggio en tres versiones distintas (dos de ellas en el Museo del Prado) y por Rembrandt. Rembrandt volvió también sobre el tema de David tocando el arpa ante Saúl, capturando el contraste entre la juventud del músico y la melancolía del monarca atormentado. Georg Friedrich Händel compuso en 1738 el oratorio Saul, donde la figura de David está en el centro del conflicto dramático, mientras Arthur Honegger estrenó en 1921 Le Roi David, una pieza sinfónica con recitante que tuvo una notable difusión en teatros latinoamericanos durante los años cuarenta.

En el cine, Gregory Peck interpretó a David en David y Betsabé (1951), y Richard Gere lo encarnó en King David (1985), ambas producciones de Hollywood que, pese a su irregular fortuna crítica, testimonian la persistencia del tirón popular del personaje. La televisión y el cómic tampoco han sido ajenos a su influjo: la historieta española El Pequeño País incluyó en los años ochenta una serie de tiras sobre David y Goliat, y más recientemente la serie brasileña Rei Davi (2012), producida por RecordTV, alcanzó altos índices de audiencia y fue doblada y emitida en buena parte de América Latina.

La sombra de David se proyecta igualmente sobre el lenguaje político. La expresión «piedra de David» se emplea en el discurso geopolítico contemporáneo para aludir a soluciones asimétricas frente a enemigos militarmente superiores. Y la metáfora de «David contra Goliat» es hoy, probablemente, el tropo bíblico más ubicuo del periodismo deportivo y económico en español, desde las crónicas de partidos de Copa Davis hasta los análisis de fusiones empresariales.


  1. La llamada «escuela minimalista» de Copenhague —autores como Niels Peter Lemche o Thomas L. Thompson— sostuvo durante los años noventa que David era una construcción literaria del período persa o helenístico. La publicación de la estela de Tel Dan por Avraham Biran y Joseph Naveh (1993–1995) obligó a matizar esa postura, pero la magnitud del «reino unificado» descrito en la Biblia sigue sin correlato material claro. Las excavaciones en la Ciudad de David, dirigidas por Eilat Mazar, han revelado estructuras monumentales que la arqueóloga data en el siglo X a. C., aunque la cronología y la interpretación de esos restos son objeto de controversia. ↩︎

  2. En 2 Samuel 21:19 se adjudica la muerte de Goliat a Elhanán, hijo de Jaír, de Belén, lo que ha llevado a numerosos estudiosos a postular que la hazaña fue atribuida retrospectivamente a David. El redactor de Crónicas (1 Crónicas 20:5) armoniza la diferencia señalando que Elhanán mató a Lajmí, «hermano de Goliat». ↩︎

  3. La frase de 2 Samuel 1:26 —«tu amor me era más maravilloso que el amor de las mujeres»— ha suscitado interpretaciones muy diversas. La exégesis rabínica clásica la entiende como hipérbole retórica; en el ámbito de la teología queer contemporánea, autores como Theodore W. Jennings Jr. (Jacob’s Wound, 2005) la leen como evidencia de una relación erótica entre ambos. ↩︎

  4. La estela fue descubierta en 1868 en Dhiban (Jordania) y su interpretación sigue generando bibliografía. André Lemaire (1994) fue el primero en proponer la restitución «casa de David» en la línea 31, basándose en una fotografía y un calco del siglo XIX. Otros epigrafistas, como Nadav Na’aman, se muestran cautos, aunque no descartan la lectura. ↩︎