Diccionario
| Diccionario | |
|---|---|
| Tipo | Obra de consulta lexicográfica |
| Contenido habitual | Lema, pronunciación, etimología, categoría gramatical, definición, acepciones, locuciones, sinónimos, antónimos e indicaciones de uso |
| Pronunciación | [dik.sjoˈnaɾjo] en español de América; [dik.θjoˈnaɾjo] en español peninsular |
| Soportes | Libro impreso, CD-ROM, DVD, aplicación móvil, sitio web y dispositivo electrónico portátil |
| Obras de referencia en español | Diccionario de la lengua española, Diccionario de uso del español, Diccionario Clave, Diccionario del estudiante |
1. Resumen[editar]
Un diccionario es una obra de consulta lexicográfica que recoge palabras o términos y ofrece información sobre ellos: su significado, su escritura, su pronunciación, su separación silábica, su categoría gramatical, su etimología y, en muchos casos, sus sinónimos, antónimos y contextos de uso. A diferencia de una enciclopedia, que desarrolla artículos extensos sobre conceptos, personas o lugares, el diccionario organiza su contenido en entradas breves centradas en las unidades léxicas. La lexicografía es la disciplina que se ocupa de elaborar diccionarios; la lexicología estudia el léxico.[1]
El término «diccionario» procede del latín medieval dictionarium, derivado de dictio, palabra o modo de decir.[2] La obra no tiene una forma única: puede ser normativa, descriptiva, bilingüe, etimológica, de dudas, de sinónimos o especializada, entre otras. Tampoco tiene un soporte único. Aunque tradicionalmente fue un libro impreso, desde finales del siglo XX se publica en medios electrónicos y se consulta cada vez más en línea y mediante aplicaciones móviles.
La información que ofrece varía según el tipo de diccionario. Un diccionario monolingüe define los términos en la misma lengua; uno bilingüe ofrece equivalencias en otra; uno etimológico rastrea el origen; uno normativo indica qué se considera correcto según una institución. Pese a esas diferencias, casi todos comparten una estructura básica en dos niveles: la macroestructura, formada por la nómina de entradas, y la microestructura, formada por la información que acompaña a cada una.[3]
2. Orígenes e historia temprana[editar]
2.1. Mesopotamia y los primeros repertorios léxicos[editar]
Se considera que los primeros diccionarios aparecieron en Mesopotamia. La afirmación se apoya en textos cuneiformes hallados en la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, que relacionaban palabras sumerias con su interpretación o su equivalente acadio.[4] Estos repertorios no eran diccionarios alfabéticos modernos, sino listas léxicas organizadas por temas, signos o sonidos. Su finalidad era pedagógica y administrativa: servían para la enseñanza de la escritura cuneiforme, para la formación de escribas y para conservar el conocimiento de la lengua sumeria cuando esta dejó de ser hablada.
La tradición lexicográfica mesopotámica se prolongó durante siglos. Las listas bilingües o multilingües permitían a los escribas manejar una lengua de cultura que ya no coincidía con la lengua hablada. Este rasgo sería recurrente en la historia del diccionario: muchas obras nacieron como puente entre una lengua clásica, sagrada o administrativa y la lengua viva de sus usuarios.
2.2. Tradiciones de Asia y del mundo islámico[editar]
El diccionario monolingüe más antiguo que se conserva es el Erya, compilado en China hacia el siglo III a. C.[5] Algunas fuentes citan el Shizhoupian, probablemente compilado entre el 700 a. C. y el 200 a. C., como un diccionario; sin embargo, los estudiosos modernos tienden a considerarlo un compendio caligráfico de caracteres de bronce de la dinastía Zhou. En Grecia, Filitas de Cos escribió hacia el siglo IV a. C. un vocabulario pionero, Palabras desordenadas, que explicaba términos raros de Homero, de la literatura en general, de dialectos locales y de vocabularios técnicos.[6]
En la India, el Amarakosha, escrito por Amarasimha hacia el siglo IV d. C., recoge en verso unas diez mil palabras sánscritas. En Japón, la crónica Nihon Shoki menciona un glosario de caracteres chinos compilado en 682, hoy perdido; el diccionario japonés más antiguo que existe es el Tenrei Banshō Meigi, de 835, también un glosario de chino escrito. En el ámbito persa, el Frahang-i Pahlavig enumera heterogramas arameos con su traducción al persa medio y su transcripción fonética al alfabeto pazend. Un diccionario irlandés del siglo IX, el Sanas Cormaic, contiene etimologías y explicaciones de más de mil cuatrocientas palabras irlandesas.[7]
La tradición árabe desarrolló entre los siglos VIII y XIV una lexicografía muy rica. Los diccionarios árabes se organizaban por la última sílaba, por el orden alfabético de las radicales o por la primera letra, sistema este último que se usó sobre todo en obras especializadas, como las dedicadas a términos del Corán y de los hadices. El Lisan al-Arab del siglo XIII sigue siendo uno de los diccionarios de árabe a gran escala más conocidos; el al-Qamus al-Muhit, del siglo XIV, fue el primer diccionario árabe práctico que incluyó solo palabras y definiciones, eliminando los ejemplos de apoyo.[8]
En el mundo túrquico, Mahmud Kashgari terminó el Divan-u Lügat'it Türk, un diccionario de los dialectos turcos con especial atención al turco karakhaní. Su obra contiene entre 7500 y 8000 palabras y fue escrita para enseñar la lengua turca a musulmanes no turcos, especialmente a los árabes abasíes.[9] Al-Zamakhshari escribió un pequeño diccionario árabe llamado Muqaddimetü'l-edeb para el gobernante turco-khwarazm Atsiz. En el siglo XIV se terminó el Codex Cumanicus, que sirvió de diccionario sobre la lengua cumanoturca. En el Egipto mameluco, Ebû Hayyân el-Endelüsî terminó su obra Kitâbü'l-İdrâk li-lisâni'l-Etrâk, centrada en las lenguas kipchak y turcomanas habladas en Egipto y el Levante. Otro diccionario, el Bahşayiş Lügati, redactado en turco antiguo de Anatolia, sirvió de puente entre el turco oghuz, el árabe y el persa; no está claro quién lo escribió ni en qué siglo se publicó exactamente. En la India, hacia 1320, Amir Khusro compiló el Khaliq-e-bari, dedicado principalmente a palabras del indostaní y del persa.[10]
2.3. Europa: del glosario medieval al diccionario moderno[editar]
En la Europa medieval el diccionario se desarrolló a menudo en forma de glosarios y vocabularios bilingües, sobre todo para facilitar el acceso al latín, la lengua de la administración, el derecho y la liturgia. A partir del Renacimiento, la imprenta permitió fijar y difundir obras más amplias. En la España del siglo XV, Antonio de Nebrija publicó un diccionario latino-español y, poco después, un vocabulario español-latino, considerados hitos de la lexicografía en lenguas vernáculas.[11] En Italia, la Accademia della Crusca publicó en Florencia su Vocabolario en 1612, primer diccionario monolingüe elaborado por una academia lingüística. En Francia, el primer diccionario monolingüe en francés fue el de César-Pierre Richelet, publicado en 1680. En Inglaterra, el Dictionary of the English Language de Samuel Johnson, publicado en 1755, fijó durante mucho tiempo el modelo del diccionario exhaustivo de una lengua viva.[12]
3. Tipos de diccionarios[editar]
Los diccionarios se clasifican según su función, su público y la información que ofrecen. Ninguna clasificación es rígida: una obra puede ser a la vez monolingüe, normativa y de aprendizaje.
3.1. Normativos y de uso práctico[editar]
Un diccionario normativo recoge los términos considerados correctos según una norma académica. Para el español, la obra de referencia normativa es el Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española y las academias agrupadas en la Asociación de Academias de la Lengua Española. Su objetivo es servir de referencia común para todo el mundo hispanohablante.
Un diccionario de uso práctico, en cambio, recoge acepciones que no siempre cuentan con sanción académica pero que se emplean ampliamente en la sociedad. No es sinónimo de un diccionario de vulgarismos: su fin es describir la lengua real, no advertir sobre ella. Ejemplos en español son el Diccionario de uso del español, de María Moliner; el Diccionario Clave, de Concepción Maldonado; y el Diccionario de uso del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos.
3.2. Monolingües, bilingües y de aprendizaje[editar]
Los diccionarios monolingües explican el significado de las palabras de una lengua en esa misma lengua. Los bilingües establecen equivalentes entre dos lenguas y se emplean especialmente en la traducción y el aprendizaje de idiomas. Los diccionarios de aprendizaje están elaborados para estudiantes nativos o extranjeros: ofrecen definiciones más sencillas, más ejemplos y mayor información sintagmática y paradigmática. Para nativos hispanohablantes, un ejemplo es el Diccionario del estudiante; para estudiantes de español como lengua extranjera existen, entre otros, el Diccionario para la enseñanza de la lengua española (DIPELE), el Diccionario Salamanca de la lengua española y el Diccionario de español para extranjeros.
3.3. Etimológicos, de dudas, de sinónimos y antónimos[editar]
Los diccionarios etimológicos detallan el origen de las palabras. En español, el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias, de 1611, es una obra clásica de este tipo, aunque no es solo etimológica. En lengua inglesa, el Oxford English Dictionary es uno de los diccionarios etimológicos e históricos más prestigiosos.
Los diccionarios de dudas recogen palabras y frases que se usan de forma incorrecta por error o por costumbre. Ayudan a redactar con precisión y se diferencian del diccionario de uso práctico en que su objetivo no es describir el uso vulgar, sino advertirlo y proponer alternativas. En español existe el Diccionario panhispánico de dudas, de las academias de la lengua.
Los diccionarios de sinónimos y antónimos relacionan palabras de significado similar o contrario. Los más sencillos se limitan a ofrecer listas; los más complejos indican matices de sentido y usos. No todas las palabras tienen antónimos. Algunos incluyen también parónimos.
3.4. Gramática, especializados, inversos, tesauros e ideológicos[editar]
Los diccionarios de gramática no ordenan palabras sueltas, sino estructuras gramaticales. Son útiles para quienes aprenden un idioma extranjero y necesitan interpretar una construcción presente en un texto.
Los diccionarios especializados se dedican a términos de un campo o técnica determinada: informática, jardinería, ingeniería, genética, heráldica, gastronomía, abreviaturas, pesas y medidas, lenguaje SMS, entre otros. Ofrecen una información breve sobre cada término y pueden ser monolingües o bilingües.
Los diccionarios inversos o de rimas ordenan las palabras alfabéticamente según sus últimas letras. Se usan sobre todo para buscar rimas en la redacción de poemas y versos. Algunos no incluyen definiciones, sino únicamente la lista ordenada.
Los tesauros relacionan numerosas palabras que mantienen un vínculo más o menos directo con el término consultado. No deben confundirse con los diccionarios de sinónimos, porque estos se limitan a los significados equivalentes. Los diccionarios ideológicos o de ideas afines parten de ideas generales y van concretando hasta llegar a la palabra buscada. Por ejemplo, para localizar un tono de verde del que no se recuerda el nombre, se puede ir del grupo «naturaleza» al grupo «luz», después a «color», luego a «verde» y allí encontrar «glauco». El diccionario analógico conceptual es una variante moderna del tesauro que permite la consulta por conceptos, aun sin conocer la palabra exacta.
3.5. Visuales y enciclopédicos[editar]
Los diccionarios visuales emplean imágenes para ilustrar el significado. Pueden organizarse por temas o por orden alfabético; una lámina rotulada identifica cada componente de un objeto, un lugar o un proceso. Los diccionarios enciclopédicos ofrecen información más específica que un diccionario común: incluyen nombres de países, continentes, océanos o personajes célebres, y a veces presentan la escritura de un término en otras lenguas. No deben confundirse con una enciclopedia: el diccionario enciclopédico da información breve sobre cada término, mientras que la enciclopedia desarrolla artículos extensos y relacionados.
4. El artículo lexicográfico: partes de una entrada[editar]
La entrada de un diccionario común puede incluir las siguientes partes:
- Entrada o lema: la unidad léxica buscada, escrita en negrita. Puede dividirse en vocablo e indicaciones de uso.
- Pronunciación: la representación fonética o la forma oral del término, adaptada a la variedad de la lengua.
- Etimología: el origen de la palabra y, en su caso, la evolución de su forma y su significado.
- Categoría gramatical: artículo, sustantivo, adjetivo, pronombre, verbo, adverbio, preposición, conjunción o interjección.
- Definición: la delimitación del concepto. Suele organizarse en conceptos primitivos o desarrollados según la evolución semántica.
- Acepción: cada uno de los significados de una palabra o expresión, generalmente numerados o separados por barras.
- Locuciones o frases hechas: grupos estables de palabras que incluyen el término explicado y poseen significado propio.
- Indicaciones de uso: notas sobre registro, contexto, frecuencia o restricciones.
- Sinónimos y antónimos: términos vinculados por su significado, de forma similar u opuesta.
El orden de estas divisiones varía entre diccionarios. No todos los artículos contienen todas las secciones: una palabra rara puede tener más información etimológica y menos ejemplos; una palabra común, más acepciones y locuciones. Algunos diccionarios agrupan la información por acepciones; otros la distribuyen en bloques. La función del artículo, en cualquier caso, es permitir que el lector comprenda el término, lo use correctamente y reconozca sus matices.
5. El diccionario en español[editar]
5.1. Del Tesoro de Covarrubias a la Academia[editar]
El primer diccionario europeo dedicado íntegramente a una lengua viva y con una definición para cada entrada fue el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, publicado en 1611.[13] Sin embargo, la lexicografía española tiene antecedentes importantes: a finales del siglo XV, Antonio de Nebrija había preparado repertorios bilingües latín-español y español-latín. El Tesoro es una obra de carácter enciclopédico-etimológico, rica en informaciones históricas, culturales y folclóricas sobre la lengua de su época. No es un diccionario académico, sino una obra de autor con fuertes rasgos personales.
La Real Academia Española, fundada en 1713, publicó entre 1726 y 1739 el Diccionario de autoridades, así llamado porque cada acepción se apoyaba en citas de autores reconocidos. Con el tiempo, la Academia fue reduciendo el aparato documental y ampliando la nomenclatura hasta llegar al actual Diccionario de la lengua española. La edición de 2014, publicada con motivo del tricentenario de la Academia, consolidó el nombre de Diccionario de la lengua española (DLE), aunque durante mucho tiempo se citó como Diccionario de la Real Academia Española (DRAE).[14]
5.2. Las academias de la lengua y el panhispanismo[editar]
El español cuenta con una red de academias agrupadas en la Asociación de Academias de la Lengua Española. La RAE y las academias de los países hispanoamericanos, Filipinas y Guinea Ecuatorial colaboran en la actualización del DLE. Esta política panhispánica busca que el diccionario no sea un instrumento exclusivamente peninsular, sino un repertorio común del español total.
Fruto de esa colaboración son obras como el Diccionario panhispánico de dudas y el Diccionario de americanismos. El Diccionario de americanismos, publicado por la ASALE, registra palabras y acepciones propias del español de América.[15] La edición impresa y en línea del DLE se actualiza periódicamente; cada academia nacional aporta documentación sobre usos locales, con lo que se incorporan americanismos de distintos países.[16]
5.3. Obras de uso práctico del siglo XX[editar]
El siglo XX español y latinoamericano vio nacer diccionarios de autor que convivieron con la tradición académica. El Diccionario de uso del español (DUE) de María Moliner fue un proyecto personal redactado durante años; su primera edición se publicó en 1966-1967 y se caracteriza por definiciones claras, abundancia de indicaciones de uso y atención a las relaciones léxicas.[17] El Diccionario de uso del español actual (DEA) de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos se distingue por su base documental de textos reales. El Diccionario Clave, dirigido por Concepción Maldonado, se orienta a la consulta escolar y general.
Estas obras son descriptivas: no se limitan a sancionar usos, sino que explican cómo funciona de hecho el léxico. Por eso conviven con el DLE: la academia ofrece la norma, y los diccionarios de uso describen la realidad y ayudan a matizar la sinonimia, las colocaciones y los registros.
6. El diccionario en la era digital[editar]
Aunque el diccionario nació como libro impreso, su migración al medio electrónico transformó la consulta. Primero se distribuyó en soportes como el CD-ROM y el DVD; más tarde aparecieron diccionarios electrónicos portátiles con pantalla y teclado. Hoy la consulta se realiza sobre todo en línea y en aplicaciones móviles. La versión digital del DLE se actualiza con más frecuencia que las reimpresiones en papel y permite búsquedas flexibles, acceso a la conjugación y enlaces entre acepciones.[18]
El formato digital también modificó el tamaño de la obra: en línea, las limitaciones de espacio son menores, lo que facilita incluir más ejemplos, notas y marcas regionales. Al mismo tiempo, la consulta digital cambió la relación del usuario con la obra: ya no se recorre alfabéticamente, sino que se escribe una palabra en un buscador. Los diccionarios en formato electrónico suelen estar integrados en procesadores de texto, navegadores y plataformas de aprendizaje de idiomas.[19]
7. Presencia en Hispanoamérica[editar]
En Hispanoamérica, el diccionario no es solo un objeto escolar. Las academias americanas de la lengua participan en la redacción del DLE y en la obra normativa panhispánica, de modo que voces del español americano se registran con marcas regionales. El Diccionario de americanismos reúne específicamente ese caudal, y varias academias nacionales han impulsado diccionarios de regionalismos, como los dedicados al español de México, Argentina, Colombia o Chile.[20]
La relación de América con el diccionario académico tiene una historia tensa. Durante mucho tiempo, el diccionario peninsular trató como marginales o poco documentados rasgos del español americano; la política panhispánica intentó superar esa asimetría. Aun así, persisten debates sobre la proporción de americanismos, la representación de las lenguas indígenas en la nomenclatura y la conveniencia de incluir marcas diatópicas.[21]
En la práctica, el usuario latinoamericano usa cada vez más diccionarios en línea y aplicaciones. Las variantes de pronunciación y las acepciones regionales aparecen indicadas en obras generales y específicas, y el propio término «diccionario» se pronuncia en América, con seseo, como [dik.sjoˈnaɾjo], frente a la pronunciación peninsular [dik.θjoˈnaɾjo]. Esta diferencia ilustra la función del diccionario no solo para definir, sino para fijar y comparar variedades de una lengua.
8. Legado y límites[editar]
El diccionario ha sido durante siglos una institución cultural de primer orden. Sirve para estandarizar ortografías, resolver dudas, enseñar lenguas y legitimar hablas. También es un artefacto histórico: cada edición conserva las preocupaciones, los prejuicios y los conocimientos de su tiempo. Por eso no es una simple lista de palabras, sino un testimonio del léxico y, en algunos casos, una obra literaria.
Sus límites son conocidos. Ningún diccionario puede registrar todas las palabras vivas de una lengua: el vocabulario popular, técnico y marginal cambia más rápido que la compilación. La selección de entradas y la redacción de definiciones nunca son neutras; implican decisiones ideológicas. El diccionario normativo, además, tiende a consagrar usos conservadores con retraso respecto del habla real. La lexicografía moderna ha respondido a esas críticas con obras descriptivas, corpus documentales y actualizaciones continuas en línea.
El diccionario tal como se conoce hoy es producto de esa larga historia: un repertorio ordenado de palabras que no ha dejado de adaptarse a los cambios del idioma y de los lectores.
Notas[editar]
La lexicografía suele dividirse en lexicografía teórica, que estudia el diseño y la historia de los diccionarios, y lexicografía práctica, dedicada a su redacción. ↩︎
La palabra llega al español por vía latina; en francés e italiano aparecen formas análogas como dictionnaire y dizionario. ↩︎
Algunos autores hablan también de megаestructura para referirse a la organización global de la obra: introducción, guía de uso, anexos y cuerpo de entradas. ↩︎
Se trata de series como las tablillas lexicales de Ebla, Babilonia y Assur. El proyecto digital DCCLT (Digital Corpus of Cuneiform Lexical Texts) ha catalogado buena parte de este corpus. ↩︎
El Erya se atribuye de forma tradicional a varios sabios, aunque su redacción parece fruto de una larga acumulación de materiales lexicográficos. ↩︎
Filitas de Cos fue poeta y erudito; su obra se conserva solo de forma fragmentaria. ↩︎
El Sanas Cormaic se conoce como «el susurro de Cormac» y es una de las fuentes más importantes para el irlandés antiguo. ↩︎
El Lisan al-Arab fue compilado por Ibn Manzur; el Qamus al-Muhit, por Firuzabadi. ↩︎
Algunas síntesis fechan la composición de esta obra en el siglo XI; otras, en el siglo XII. La datación exacta sigue siendo discutida. ↩︎
El Khaliq-e-bari se atribuye a Amir Khusro, aunque existen dudas sobre la autenticidad de algunas versiones. ↩︎
El Diccionario latino-español apareció en 1492 y el Vocabulario español-latino hacia 1495, según la tradición. Algunos autores cifran el segundo en 1494 o en 1495. ↩︎
La obra de Johnson no fue la primera en inglés, pero sí la más influyente durante más de un siglo, por la amplitud de su nomenclatura y el uso de citas literarias. ↩︎
Covarrubias recogió, junto a la definición, etimologías a veces especulativas, refranes y referencias bíblicas y clásicas. Su obra es también un testimonio de la mentalidad del Barroco español. ↩︎
La primera edición del Diccionario de la lengua española apareció en 1780 como reducción del Diccionario de autoridades. La numeración exacta de ediciones y su fecha de publicación conviene verificarla en la página oficial de la RAE. ↩︎
La publicación del Diccionario de americanismos en 2010 se presentó como un hito del panhispanismo. Su nomenclatura recoge variantes regionales con marcas de país. ↩︎
Las propuestas de las academias americanas pasan por comisiones y por el pleno de la ASALE; no dependen únicamente de la RAE. ↩︎
La fecha exacta del primer y del segundo volumen del DUE varía según las ediciones. Moliner trabajó en la obra durante décadas, en parte como proyecto personal. ↩︎
La RAE publica en línea su diccionario de acceso gratuito. La fecha exacta del lanzamiento de cada versión digital debe verificarse en su sitio oficial. ↩︎
Muchos diccionarios electrónicos incluyen síntesis de voz y búsqueda inversa, funciones que el papel no puede ofrecer. ↩︎
La existencia y los títulos exactos de diccionarios de regionalismos por país conviene verificarlos; no todos tienen el mismo alcance ni la misma editorial. ↩︎
La inclusión de voces indígenas o de préstamos modernos como «selfi» o «tuit» suele generar discusión pública sobre la autoridad de la RAE y la velocidad de actualización del DLE. ↩︎