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Doctrina Monroe

✏️ Editar🕓 Historial🔗 Enlaces
TipoDoctrina de política exterior
Proclamada porJames Monroe, 5.º presidente de los Estados Unidos
Fecha2 de diciembre de 1823
Redactor principalJohn Quincy Adams, secretario de Estado
Principio centralOposición al colonialismo europeo en América; el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo como esferas separadas de influencia
DenominaciónComenzó a llamarse «doctrina Monroe» hacia 1850

1. Resumen[editar]

La doctrina Monroe es una postura de la política exterior de los Estados Unidos que se opone al colonialismo europeo en el hemisferio occidental. Sostiene que cualquier intervención en los asuntos políticos del continente americano por parte de potencias extranjeras de otros continentes constituye un acto potencialmente hostil contra los Estados Unidos. La doctrina fue clave para la estrategia estadounidense en el siglo XX.[1]

El presidente James Monroe articuló la doctrina por primera vez el 2 de diciembre de 1823, durante su séptimo discurso anual sobre el Estado de la Unión ante el Congreso de los Estados Unidos. En aquel momento, casi todas las colonias españolas de América habían logrado la independencia o estaban cerca de lograrla. Monroe afirmó que el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo seguirían siendo esferas de influencia claramente separadas y que cualquier esfuerzo adicional de las potencias europeas por controlar o influir en los estados soberanos de la región sería considerado una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos. A cambio, Estados Unidos reconocería y no interferiría en las colonias europeas existentes ni se entrometería en los asuntos internos de los países europeos.

Como Estados Unidos no contaba con una armada ni un ejército terrestre poderosos en el momento de la proclamación, las potencias coloniales ignoraron la doctrina en gran medida. El Imperio británico, en cambio, la aplicó en parte con éxito y la usó como una oportunidad para imponer su propia política de Pax Britannica. La doctrina se vio desbordada varias veces durante el siglo XIX, en particular con la segunda intervención francesa en México. A comienzos del siglo XX, los propios Estados Unidos ya estaban en condiciones de aplicarla con eficacia, y fue considerada un momento decisivo de su política exterior y uno de sus principios más antiguos. La intención y el efecto de la doctrina persistieron durante más de un siglo, con solo pequeñas variaciones, y sería invocada por numerosos estadistas y presidentes estadounidenses, entre ellos Ulysses S. Grant, Theodore Roosevelt, John F. Kennedy, Ronald Reagan y Donald Trump.

Después de 1898, la doctrina Monroe fue reinterpretada por abogados e intelectuales como una forma de promover el multilateralismo y la no intervención. En 1933, bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt, Estados Unidos ratificó esta nueva interpretación, concretamente mediante la fundación de la Organización de los Estados Americanos. En el siglo XXI, la doctrina sigue siendo denunciada, restablecida o reinterpretada de diversas maneras.

2. Contexto histórico[editar]

La doctrina reafirma la oposición de Estados Unidos al colonialismo europeo, inspirándose en la política aislacionista de George Washington, según la cual Europa tenía un conjunto de intereses elementales sin relación con los estadounidenses o, a lo sumo, muy remota. En su discurso de despedida del 17 de septiembre de 1796, Washington había advertido contra los enredos permanentes en los asuntos europeos. La doctrina también desarrollaba el pensamiento de Thomas Jefferson, para quien «América tiene un Hemisferio para sí misma», expresión que podía referirse tanto al continente americano como al propio país.

El gobierno de Estados Unidos, una nación que apenas cuarenta años antes había alcanzado su independencia, temía que las potencias europeas victoriosas surgidas del Congreso de Viena (1814-1815) revivieran sus imperios coloniales en América. A medida que las guerras napoleónicas (1803-1815) llegaban a su fin, Prusia, Austria y Rusia formaron la Santa Alianza para defender el monarquismo. La Santa Alianza autorizó incursiones militares para restablecer el dominio de los Borbones sobre España y, potencialmente, sobre sus antiguas colonias americanas, que estaban entonces en pleno proceso de independencia.

En esa época, la doctrina Monroe representaba una seria advertencia no solo a la Santa Alianza, sino también a la propia Gran Bretaña, con la que Estados Unidos había librado la guerra de 1812. Sin embargo, su efecto inmediato en cuanto a la defensa de los nuevos Estados americanos era puramente moral, dado que los intereses económicos y la capacidad política y militar de Estados Unidos no sobrepasaban la región del Caribe. Es importante subrayar que Estados Unidos estaba aún lejos de ser considerado siquiera una potencia regional. De cualquier modo, la formulación de la doctrina ayudó a Gran Bretaña a frustrar los planes europeos de recolonización de América y permitió que Estados Unidos continuara dilatando sus fronteras hacia el oeste. Esa expansión continental tuvo como presupuesto el Destino Manifiesto y marcó el inicio de la política expansionista de Estados Unidos en el continente.

3. Contenido y principios de la doctrina[editar]

Aunque el mensaje de Monroe no empleó la palabra «doctrina» —el nombre se consolidó hacia 1850—, sus enunciados definieron una línea política de largo alcance. Los elementos centrales, tal como fueron formulados en el séptimo mensaje anual al Congreso, pueden resumirse en los siguientes puntos:

  • El continente americano no debía ser considerado en adelante como objeto de futura colonización por parte de potencia europea alguna.
  • Cualquier tentativa de las potencias europeas de extender su sistema político a cualquier porción del hemisferio occidental sería vista como peligrosa para la paz y la seguridad de los Estados Unidos.
  • Estados Unidos no intervendría en las colonias existentes ni en los asuntos internos de los países europeos.
  • Los Estados americanos independientes no serían considerados como sujetos de futura colonización.

Estos principios establecían una separación de esferas: el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo permanecerían como ámbitos políticamente distintos. La doctrina combinaba una advertencia a Europa con una renuncia formal a intervenir en sus asuntos, aunque, en la práctica, durante el siglo XIX Estados Unidos carecía del poderío militar necesario para hacerla cumplir de manera unilateral.

4. Recepción inicial en América Latina[editar]

En la época de su proclamación, la reacción de América Latina ante la doctrina Monroe fue generalmente favorable, aunque en algunas ocasiones recelosa. John Crow, autor de The Epic of Latin America, afirma que los propios líderes de los movimientos de independencia recibieron las palabras de Monroe con la más sincera gratitud. Menciona, entre ellos, a Simón Bolívar en plena campaña contra los españoles, a Francisco de Paula Santander en Colombia, a Bernardino Rivadavia en Argentina y a Guadalupe Victoria en México.[2]

Crow argumenta, sin embargo, que los líderes latinoamericanos eran realistas. Sabían que el presidente de Estados Unidos ejercía muy poco poder en aquel momento, particularmente sin el respaldo de las fuerzas británicas, y comprendieron que la doctrina Monroe era inaplicable si Estados Unidos quedaba solo frente a la Santa Alianza. Mientras apreciaban y alababan el respaldo llegado del norte, sabían que el futuro de su independencia descansaba sobre todo en manos de los británicos y de su poderosa marina.

En 1826, Bolívar apeló a su Congreso de Panamá para organizar la primera reunión panamericana. A los ojos de Bolívar y de sus contemporáneos, la doctrina Monroe no debía ni podía ser otra cosa que una herramienta de política nacional de los estadounidenses. Según Crow, «no debería ser y nunca fue destinada a ser una carta de acción hemisférica concertada».

5. Aplicación temprana y límites[editar]

Durante gran parte del siglo XIX, la doctrina Monroe fue más una declaración de intenciones que una política materialmente aplicable. Estados Unidos carecía de la marina y del ejército necesarios para sostenerla, y las potencias europeas lo sabían. El principio de no intervención no impidió que Gran Bretaña ocupara las islas Malvinas en 1833, que Francia bloqueara puertos argentinos entre 1838 y 1840, que Gran Bretaña y Francia bloquearan el Río de la Plata entre 1845 y 1850, que España anexionara la República Dominicana entre 1861 y 1865, que Francia invadiera México entre 1862 y 1867, que se produjera la guerra hispano-sudamericana entre 1865 y 1866, o que Gran Bretaña ocupara la costa de Mosquitia.

El presidente James Polk revitalizó el discurso de Monroe en su alocución del 2 de diciembre de 1845, con el objetivo de respaldar las pretensiones estadounidenses sobre Texas y el territorio de Oregón y de oponerse a supuestas maquinaciones británicas relativas a California, entonces provincia mexicana. En 1850, el pronunciamiento del ya fallecido presidente Monroe volvió a ser citado en el contexto de la rivalidad británico-estadounidense en Centroamérica.

El postulado de Monroe adquirió oficialmente el título de doctrina en la década de 1850. El historiador Perkins, citado por Pedro Mir, observa que hacia 1854 el nombre todavía no era de uso oficial. Los principios de Monroe eran calificados de «doctrina» sobre todo en artículos periodísticos y de manera retórica en los debates de las cámaras legislativas. Las potencias coloniales, por su parte, usaban el nombre en despachos secretos, pero jamás admitían públicamente ni el nombre ni, a veces, su existencia.

En ese contexto, el gobierno español consideraba en 1854 que Estados Unidos se opondría a una anexión de Santo Domingo invocando The Monroe Doctrine: que ninguna nación de Europa debía tener en América más dominio del que ya ejercía. Pese a esa advertencia, la insistencia de agentes españoles en Santo Domingo y de los gobernadores de Puerto Rico y Cuba llevó finalmente a la anexión de la República Dominicana a España. Con anterioridad, el gobierno estadounidense había manifestado, por medio del aventurero William Leslie Cazneau, pretensiones sobre una parte de la bahía de Samaná. El secretario de Estado William L. Marcy llegó a instruir a su enviado reconociendo que el incentivo más poderoso para reconocer a la República Dominicana y firmar un tratado era la adquisición de ventajas territoriales, aunque bastaría, según sus palabras, con una sola milla cuadrada.

El proyecto estadounidense se enfrentó a la oposición de las potencias europeas, que emplearon intrigas diplomáticas y amenazas navales para hacerlo fracasar.

6. Corolario de Rutherford Hayes[editar]

En 1880, siguiendo la idea de que el Caribe y Centroamérica formaban parte de la «esfera de influencia exclusiva» de los Estados Unidos, el presidente Rutherford Hayes enunció un corolario a la doctrina Monroe. Sostuvo que, para evitar la injerencia de imperialismos extracontinentales en América, Estados Unidos debía ejercer el control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyese. De ese modo se sentaron las bases de la posterior apropiación estadounidense del canal de Panamá, cuya construcción había sido abandonada por el francés Ferdinand de Lesseps en 1888, y se excluyó a los poderes europeos que pudieran competir por los mercados del Caribe y Centroamérica, aprovechando la cercanía de Estados Unidos a la zona.

7. Corolario de Roosevelt y la política del Gran Garrote[editar]

A raíz del bloqueo naval de Venezuela por potencias europeas a comienzos del siglo XX, Estados Unidos reafirmó su interpretación de la doctrina Monroe. El presidente Theodore Roosevelt emitió en su discurso a la nación del 6 de diciembre de 1904 un corolario según el cual, si un país europeo amenazaba o ponía en peligro los derechos o las propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el gobierno estadounidense estaba obligado a intervenir en los asuntos de ese país para «reordenarlo», restableciendo los derechos y el patrimonio de sus ciudadanos y empresas. Este corolario supuso, en la práctica, una carta blanca para la intervención de Estados Unidos en América Latina y el Caribe. Provocó una gran indignación entre los dirigentes europeos, en particular en el káiser Guillermo II de Alemania.

La nueva era trajo un impulso colonialista por parte de Estados Unidos. La política pasó a conocerse como la del Gran Garrote o Big Stick, expresión tomada de un proverbio africano: «Habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos». Bajo esta política se legitimó el uso de la fuerza como medio para defender los intereses estadounidenses en el sentido más amplio, lo que resultó en numerosas intervenciones políticas y militares en todo el continente.

El Gran Garrote se refería también a las intervenciones ocasionadas por la supuesta «incapacidad» de los gobiernos locales para resolver asuntos internos desde la óptica de Washington y a la protección de los intereses de ciudadanos y entidades estadounidenses. Roosevelt postulaba que los desórdenes internos de las repúblicas latinoamericanas constituían un problema para el funcionamiento de las compañías comerciales estadounidenses establecidas en esos países y que, por consiguiente, Estados Unidos debía atribuirse la potestad de restablecer el orden, primero presionando a los caudillos locales mediante el apoyo político y económico de Washington, y finalmente recurriendo a la intervención armada si no se obtenían resultados favorables a sus intereses.

8. Oposición a la política de Theodore Roosevelt[editar]

La política del Gran Garrote causó indignación, sobre todo en América Latina, donde se la consideraba una violación de la soberanía de cada Estado. Numerosos políticos se pronunciaron en contra; el más destacado fue el presidente mexicano Porfirio Díaz, quien defendió los principios de libertad y autodeterminación de los pueblos mediante su propia doctrina, la doctrina Díaz. Esta sostenía que todos los pueblos son libres de autodeterminar su futuro y de autogobernarse, y que ninguna nación tiene motivo para intervenir en el autogobierno de otra ni para desconocer o reconocer su gobierno.

Tras la derrota española ante Estados Unidos en 1898, la mayoría de los países latinoamericanos retiró sus protestas por temor a represalias, aunque algunos intentaron acercarse más a Europa: Argentina estrechó relaciones con Italia; Brasil y Chile, con Alemania; y México y Colombia, con Gran Bretaña.

En Europa, la reacción fue de amenaza: España había perdido sus territorios y los países coloniales temían correr la misma suerte. El Reino Unido y Francia formaron alianzas con Estados Unidos, mientras que Alemania y Austria buscaron distanciarse y constituir otro bloque de poder.

9. La ambigüedad de la doctrina[editar]

La doctrina Monroe no ha sido seguida de manera imparcial. En la práctica, se la ha aplicado en beneficio de los intereses estadounidenses, como lo demuestra el papel que el país adoptó frente a múltiples intervenciones europeas en el continente. La ocupación británica de las islas Malvinas en 1833, el dominio español de República Dominicana entre 1861 y 1865, el bloqueo francés de los puertos argentinos entre 1838 y 1850, el establecimiento británico en Mosquitia, la invasión francesa de México entre 1861 y 1867 y la imposición de Maximiliano de Habsburgo como emperador, la ocupación británica de la Guayana Esequiba, el bloqueo naval de Venezuela por Alemania, Reino Unido e Italia entre 1902 y 1903, y la permanencia de colonias europeas en el Caribe (islas Vírgenes Británicas, Turcas y Caicos, Aruba, Bonaire, Curazao, San Martín, Saba, San Eustaquio) así como de la Guayana Francesa, Guadalupe, Martinica y San Pedro y Miquelón bajo soberanía francesa, son ejemplos de que el principio no se aplicó en todos los casos ni contra todas las potencias por igual. Groenlandia, por su parte, permaneció como colonia de Dinamarca desde 1814 hasta 1956.

La guerra de las Malvinas en 1982 puso de manifiesto los límites de la doctrina: el gobierno estadounidense brindó respaldo diplomático, logístico y de inteligencia militar al gobierno de Margaret Thatcher, lo cual evidenció que el principio se aplicaba sobre todo contra las potencias europeas no aliadas de Washington. En ese sentido, cabe recordar que aún existen países de la Commonwealth, remanente colonial del Imperio británico, como Canadá y diversas islas caribeñas de las Indias Occidentales Británicas, además de Belice y Guyana.

De ahí la ambigüedad de la doctrina. En América Latina se ha difundido la interpretación según la cual, cuando Estados Unidos emplea la fórmula «América para los americanos», por «América» se refiere a todo el continente, pero por «americanos» solo a los estadounidenses.

10. La doctrina Monroe en el siglo XX y XXI[editar]

Después de 1898, abogados e intelectuales reinterpretaron la doctrina Monroe como una forma de promover el multilateralismo y la no intervención. En 1933, bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt, Estados Unidos ratificó esta nueva interpretación, concretamente mediante la fundación de la Organización de los Estados Americanos.[3]

En el siglo XX, la doctrina fue invocada por numerosos presidentes estadounidenses, entre ellos Ulysses S. Grant, Theodore Roosevelt, John F. Kennedy y Ronald Reagan. En el siglo XXI, Donald Trump la restableció de manera explícita en el marco de su política hacia América Latina. La doctrina sigue siendo objeto de denuncia, restauración o reinterpretación según los contextos.

11. Véase también[editar]

  • Destino Manifiesto
  • Doctrina Drago
  • Relaciones entre Estados Unidos y América Latina
  • Patio trasero de Estados Unidos

12. Referencias[editar]

Las referencias principales de este artículo proceden de la edición en español de Wikipedia y de las fuentes allí citadas. Se han marcado con notas al pie las obras académicas más relevantes. Para una verificación detallada, se recomienda acudir a:

  • Urofsky, Melvin I. (ed.), Basic Readings in U.S. Democracy, United States Department of State, 1993.
  • Crow, John A., The Epic of Latin America, 4.ª ed., University of California Press, 1992.
  • Scarfi, Juan Pablo, «In the Name of the Americas...», Diplomatic History, vol. 40, n.º 2, 2014.
  • Sexton, Jay, «The Monroe Doctrine in an Age of Global History», Diplomatic History, vol. 47, n.º 5, 2023.

  1. Jay Sexton, «The Monroe Doctrine in an Age of Global History», Diplomatic History, vol. 47, n.º 5, 2023, pp. 845–870, doi:10.1093/dh/dhad043. ↩︎

  2. John A. Crow, The Epic of Latin America, 4.ª ed., Berkeley, University of California Press, 1992, p. 676. ISBN 0-520-07723-7. ↩︎

  3. Juan Pablo Scarfi, «In the Name of the Americas: The Pan-American Redefinition of the Monroe Doctrine and the Emerging Language of American International Law in the Western Hemisphere, 1898–1933», Diplomatic History, vol. 40, n.º 2, 2014, pp. 189–218. doi:10.1093/dh/dhu071. ↩︎