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Imperio persa

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Imperio persa
Nombre original شاهنشاهی ایران
Šâhanšâhiye Irân
Tipo Serie de dinastías imperiales
Período 550 a. C.–330 a. C.; 247 a. C.–651 d. C.; 1501–1979
Capital Nunca establecida de manera fija
Idioma Persa (antiguo, medio y moderno)
Religión Zoroastrismo, luego islam chií
Superficie máxima 5 500 000 km²[sin verificar]
Población estimada 17 000 000[sin verificar]

1. Resumen[editar]

El término Imperio persa no designa una única entidad política, sino una serie de dinastías imperiales centradas en la región histórica de Persia, correspondiente en gran medida al actual Irán. En el uso académico y popular, la expresión suele abarcar desde el Imperio aqueménida, fundado por Ciro II el Grande en el siglo VI a. C., hasta la dinastía Pahlavi, cuyo régimen monárquico fue abolido en 1979 tras la Revolución iraní. Entre ambos extremos se sucedieron imperios y dinastías como el parto, el sasánida, el safávida o el kayar.

El nombre «persa» proviene de la región de Pars (en persa antiguo Pārsa), en el suroeste de la meseta iraní, de donde surgió la dinastía aqueménida. Los propios persas se referían a su dominio como Ērānšahr o variantes de «Irán», un concepto que cobró especial fuerza durante el período sasánida. La historiografía occidental, sin embargo, popularizó el término «Imperio persa» para referirse a todos estos estados, aun cuando varias de sus dinastías gobernantes no fueran étnicamente persas.

La continuidad entre los distintos imperios es más cultural y territorial que política. A lo largo de más de dos milenios, Persia fue un centro de poder que influyó en el Mediterráneo oriental, Asia Central, el Cáucaso, Mesopotamia y el subcontinente indio. Su legado administrativo, artístico y religioso persiste en el Irán moderno y en amplias zonas de Oriente Medio.

2. Historia[editar]

2.1. Imperio aqueménida (550 a. C.–330 a. C.)[editar]

La primera dinastía imperial persa fue la aqueménida, fundada cuando Ciro II el Grande derrotó a los medos y conquistó los imperios medo, lidio y babilónico en torno al año 550 a. C. Ciro es recordado por una política inusualmente tolerante hacia los pueblos conquistados: respetó sus cultos, permitió que las élites locales participaran en la administración y devolvió a los hebreos deportados en Babilonia la posibilidad de regresar a su tierra. Estas medidas le granjearon la reputación de libertador en regiones como Palestina y Siria.[1]

Bajo sus sucesores, el imperio se expandió aún más. Cambises II incorporó Egipto, y Darío I reorganizó el Estado mediante la creación de las satrapías, divisiones administrativas gobernadas por funcionarios sujetos a control real. Darío impulsó también la construcción de caminos, como la llamada Vía Real, que conectaba Susa con Sardes y permitía una comunicación relativamente rápida entre el centro del imperio y el Mediterráneo. En este período se acuñó moneda de oro, el dárico, y se estandarizaron pesos y medidas para facilitar el comercio.[2]

La capital ceremonial más célebre del imperio fue Persépolis, fundada por Darío y ampliada por Jerjes I. El conjunto palaciego, situado en la actual provincia de Fars, refleja la síntesis de estilos mesopotámicos, egipcios, griegos y medos que caracterizó al arte aqueménida. Persépolis fue destruida por Alejandro Magno en el año 330 a. C., aunque las ruinas conservan relieves, inscripciones y estructuras monumentales. El sitio fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979.[3]

El Imperio aqueménida sostuvo conflictos con las ciudades griegas, conocidos como las guerras médicas. Las campañas de Darío y Jerjes contra Grecia continental, incluidas las batallas de Maratón y Salamina, terminaron en fracaso para los persas y marcaron un límite a su expansión hacia el Egeo. A pesar de ello, el imperio continuó siendo la mayor potencia del Oriente Próximo hasta la invasión macedonia.

2.2. Período helenístico y parto (330 a. C.–224 d. C.)[editar]

Tras la muerte de Alejandro Magno, sus generales se repartieron el imperio. La meseta iraní y Mesopotamia quedaron bajo control del Imperio seléucida, un estado helenístico gobernado por los sucesores de Seleuco I. El dominio seléucida se debilitó progresivamente por las presiones externas y las revueltas internas.[4]

Hacia el año 247 a. C., la dinastía arsácida, de origen parto, se consolidó en el noreste de Irán y terminó por expulsar a los seléucidas de la mayor parte de Persia. El Imperio parto gobernó la región durante casi cinco siglos. Fue una potencia descentralizada, con una nobleza montada poderosa y frecuentes disputas dinásticas. Su principal rival fue Roma, con la que sostuvo guerras intermitentes por el control de Armenia, Mesopotamia y las rutas comerciales hacia Asia. La batalla de Carras, en el año 53 a. C., fue una de las derrotas más graves sufridas por Roma ante los partos.[5]

La cultura parta combinó elementos helenísticos con tradiciones iranias. En la arquitectura, la escultura y las monedas se percibe una síntesis que perduraría en el período siguiente. El Imperio parto llegó a su fin en 224 d. C., cuando Ardacher I, un gobernante local de Persia, derrocó al último rey arsácida y fundó la dinastía sasánida.

2.3. Imperio sasánida (224–651)[editar]

El Imperio sasánida se presentó como restaurador de la grandeza aqueménida y del carácter iranio del Estado. Su centro estaba en la región de Fars, y sus reyes adoptaron títulos como šāhān šāh («rey de reyes»). El zoroastrismo fue elevado a religión oficial y se organizó un clero poderoso, aunque otras comunidades religiosas —cristianos, judíos y maniqueos, entre otras— mantuvieron presencia en el imperio.[6]

Durante el reinado de Sapor I, los sasánidas infligieron serias derrotas a Roma y capturaron al emperador Valeriano en el año 260. Más tarde, Cosroes I (llamado Anusirván, «alma inmortal») reformó el sistema fiscal, reorganizó el ejército y promovió la traducción de obras griegas e indias al persa medio. Su reinado es considerado una edad de oro de la administración y el saber en el Irán preislámico.[7]

Cosroes II llevó al imperio a una expansión espectacular en la primera mitad del siglo VII, ocupando amplios territorios del Imperio bizantino, como Siria, Egipto y Anatolia. Sin embargo, la prolongada guerra con Bizancio agotó los recursos de ambos imperios y dejó a Persia vulnerable ante un nuevo enemigo: los ejércitos árabes musulmanes. La conquista musulmana de Persia, iniciada hacia 633 y completada con la caída del último rey sasánida en 651, puso fin al poder imperial persa en la Antigüedad.[8]

2.4. De la conquista islámica a la edad moderna (651–1501)[editar]

Tras la caída del Imperio sasánida, Persia se integró en el califato islámico. Durante los califatos omeya y abasí, el islam se extendió en la región, aunque conservó numerosas tradiciones administrativas y culturales persas. A partir del siglo IX, dinastías locales como la saffarí (861–1003) y la samánida (819–999) adquirieron autonomía y fomentaron una renovación de la lengua y la literatura persas. Es en este contexto donde se sitúan figuras como el poeta Ferdousí, autor de la epopeya Shahnameh («Libro de los reyes»).[9]

La lista de dinastías que es.wikipedia incluye bajo el paraguas de «Imperio persa» es discutible: saffaríes y samánidas fueron estados regionales y culturalmente persas, pero no siempre tuvieron la extensión ni la continuidad de un imperio clásico. La historiografía moderna suele distinguir entre imperios «iranios» y dinastías «persianizadas». Aun así, el artículo de referencia los enumera como parte de la sucesión de poderes centrados en Persia.

Entre los siglos XI y XV, la meseta iraní fue dominada por dinastías de origen turco y mongol, como los selyúcidas, los iljanatos mongoles y los timúridas. Estos estados mantuvieron en gran medida las estructuras administrativas persas y adoptaron el persa como lengua de corte y cultura. La producción artística y científica continuó, con centros como Isfahán, Shiraz y Herat.

2.5. Dinastías modernas (1501–1979)[editar]

La dinastía safávida, fundada por Ismail I en 1501, fue la primera en gobernar un Irán unificado tras la conquista árabe. Desde su base en Ardebil, los safávidas impusieron el islam chií duodecimano como religión oficial, diferenciándose del sunismo dominante en el vecino Imperio otomano. Bajo el sah Abbás I (1588–1629), el imperio alcanzó su máxima extensión y convirtió a Isfahán en una de las ciudades más espléndidas de Asia. La arquitectura, la miniatura y la cerámica safávidas suelen considerarse un «renacimiento» del arte persa.[10]

La dinastía afsárida (1736–1747), fundada por Nader Sah, llevó a cabo campañas militares de gran escala, incluida la invasión de la India y el saqueo de Delhi en 1739. Tras su asesinato, el poder se fragmentó. La dinastía zand (1750–1779) gobernó desde Shiraz y se caracterizó por una administración moderada, mientras que los kayares (1789–1925) trasladaron la capital a Teherán y perdieron territorios fronterizos ante Rusia en el Cáucaso durante el siglo XIX.

La última dinastía fue la Pahlavi, establecida en 1925 por Reza Jan, quien adoptó el nombre de Reza Sah Pahlavi. Su hijo Mohammad Reza Pahlavi impulsó una modernización acelerada, pero su gobierno autoritario, la represión política y las tensiones sociales llevaron a la Revolución iraní de 1979. El 11 de febrero de ese año la monarquía fue oficialmente abolida y se proclamó la República Islámica de Irán, poniendo fin al último régimen que reivindicaba la tradición imperial persa.[11]

3. Gobierno y administración[editar]

3.1. Política de tolerancia y apoyo local[editar]

Una de las claves de la expansión persa fue la combinación de fuerza militar con una administración que respetaba las costumbres locales. Los persas incorporaron a las élites de los territorios conquistados, redujeron en muchos casos la carga tributaria y permitieron el culto de las religiones locales. En Palestina, la liberación de los hebreos deportados por Babilonia y el permiso para reconstruir Jerusalén generaron una imagen favorable del dominio aqueménida. En Siria, las ciudades fenicias colaboraron con los persas y obtuvieron acceso a nuevos mercados terrestres, además de apoyo para su desarrollo naval.[12]

En Asia Central, varias comunidades se mostraron leales al imperio incluso después de la caída de los aqueménidas, y continuaron resistiendo a Alejandro Magno durante años. La política de tolerancia no era filantropía pura: al reducir la resistencia local, los persas podían gobernar territorios vastos con menos tropas y menor costo. Aun así, el enfoque contrastaba con prácticas más represivas de otros imperios de la época.

3.2. Estructura administrativa[editar]

El sistema político aqueménida era una monarquía absoluta hereditaria. El rey era considerado el representante terrenal del orden divino y debía encarnar las virtudes del guerrero y del cazador. Disponía de una guardia personal de élite, los llamados Inmortales, compuesta por diez mil hombres que eran reemplazados de inmediato cuando uno caía. Esta unidad era el núcleo del ejército y símbolo del poder real.

El territorio se dividía en satrapías, gobernadas por un sátrapa. En cada provincia había además un general y un secretario, de modo que las funciones militares, financieras y administrativas estuvieran separadas y se controlaran mutuamente. Un inspector real, a menudo llamado «ojo del rey», visitaba periódicamente las provincias para verificar que no hubiera abusos y rendía cuentas al monarca. La administración local se encargaba del mantenimiento de caminos, la seguridad, la productividad agrícola y la percepción de tributos.[13]

Una innovación notable fue la creación de un sistema unificado de pesos y medidas y de moneda. El dárico de oro y el siclo de plata permitieron estandarizar las transacciones en un territorio enorme. También se establecieron reservas de moneda en distintos puntos del imperio, lo que facilitaba el crédito y la actividad comercial. Estas reformas produjeron un auge económico que, en algunas regiones inicialmente hostiles como las ciudades jonias, transformó la resistencia inicial en lealtad al imperio.

3.3. Ejército y debilidad militar[editar]

El ejército aqueménida era heterogéneo. Junto al núcleo profesional de los Inmortales y los arqueros a caballo, había contingentes aportados por todos los pueblos sometidos. No existían unidades estandarizadas con tácticas uniformes; cada grupo combatía según sus propias tradiciones. La caballería y los arqueros eran las armas más temidas, pero la infantería carecía de la cohesión y disciplina de la falange griega.

Heródoto describió la educación persa con una frase célebre: a los niños, desde los cinco hasta los veinte años, solo les enseñaban tres cosas: montar a caballo, disparar el arco y decir la verdad.[14] Esta formación producía jinetes y arqueros formidables, pero no resolvía la debilidad estructural de un ejército compuesto por pueblos muy diversos. En las guerras contra Grecia, la superioridad numérica persa fue neutralizada por la disciplina táctica de los hoplitas griegos.

4. Sociedad y economía[editar]

La economía del Imperio persa se apoyaba en la agricultura, la ganadería y el comercio a larga distancia. La construcción de caminos y canales navegables, junto con la unificación territorial, redujo los peligros de los viajes y abarató el transporte de mercancías. Las satrapías orientales, en particular, exportaban productos de lujo como lapislázuli, cornalina, marfil y especias hacia el Mediterráneo y el Egeo.

La red de comunicación más importante fue la Vía Real, descrita por Heródoto, que conectaba la capital administrativa de Susa con la ciudad anatolia de Sardes. Existían postas y guarniciones a intervalos regulares, lo que permitía transmitir mensajes reales con relativa rapidez. El sistema inspiró modelos posteriores de correos imperiales. La administración local se enfocaba en el mantenimiento de los caminos, el combate a la delincuencia y la productividad agrícola.

La sociedad aqueménida era jerárquica. En la cúspide se encontraba el rey y la familia real, seguidos por la nobleza persa y los sacerdotes zoroástricos. Los guerreros y funcionarios poseían tierras y privilegios. En la base se hallaban campesinos, artesanos y esclavos, aunque la esclavitud en Persia era menos central para la economía que en Grecia o Roma. La movilidad social era limitada, pero la administración permitía que las élites locales conservaran parte de su estatus.

5. Cultura y arte[editar]

El arte persa de la Antigüedad se caracterizó por su carácter imperial y ecléctico. Los relieves y palacios aqueménidas combinan elementos mesopotámicos, egipcios, griegos y medos. Persépolis es la máxima expresión de este arte: sus escalinatas, columnas con capiteles de toro y frisos de tributos representan tanto el poder del rey como la diversidad del imperio. Las inscripciones cuneiformes en persa antiguo, elamita y babilonio documentan la construcción y el discurso ideológico de los monarcas.

La tintura de tejidos fue una de las actividades artesanales más destacadas. Las cortes persas consumían y regalaban textiles de gran calidad, decorados con motivos geométricos, vegetales y animales. El comercio de alfombras y paños persas se extendió por todo el Mediterráneo y Asia. La tradición alfombrera persa sobrevivió a todas las dinastías y continúa en el Irán moderno.

La ciudad de Persépolis era el centro neurálgico del poder aqueménida. Fundada por Darío I y ampliada por Jerjes I, estaba protegida por una fortaleza y albergaba palacios, salas de audiencias, tesorerías y guarniciones. Su destrucción por Alejandro Magno en 330 a. C. marcó simbólicamente el fin del primer imperio persa. Las ruinas fueron redescubiertas y excavadas en el siglo XX, y hoy son uno de los sitios arqueológicos más visitados de Irán.[15]

6. Religión[editar]

La religión principal de la Persia antigua fue el zoroastrismo, fundada por el profeta Zarathustra (Zoroastro). Su tiempo y lugar exactos son inciertos: las estimaciones van desde mediados del segundo milenio hasta el siglo VI a. C. La tradición sitúa su predicación en Asia Central y el este de Irán. El libro sagrado es el Avesta, cuyas partes más antiguas son los himnos llamados Gathas.

El zoroastrismo postula la existencia de dos principios opuestos: Ahura Mazda, el espíritu del bien y la sabiduría, y Angra Mainyu, el espíritu del mal. La vida humana es una lucha entre ambos, y cada persona será juzgada tras la muerte según sus acciones. Los conceptos de juicio final, resurrección y renovación del mundo influyeron en otras religiones del Oriente Próximo y del Mediterráneo. La máxima ética del zoroastrismo puede resumirse en «pensar bien, hablar bien, hacer bien».[16]

Tras la conquista islámica del siglo VII, el islam reemplazó gradualmente al zoroastrismo como religión mayoritaria. El proceso duró siglos, y comunidades zoroástricas sobrevivieron en regiones remotas. Muchos fieles emigraron a la India, donde formaron la comunidad parsi. En el Irán contemporáneo, el zoroastrismo es una de las religiones oficialmente reconocidas, aunque minoritaria.

7. Legado[editar]

El legado del Imperio persa abarca la administración provincial, las redes de comunicación, la tolerancia religiosa y una tradición artística que influyó desde el Mediterráneo hasta la India. El modelo de satrapías fue retomado en parte por los imperios helenísticos y romanos. La figura del «rey de reyes» persistió en títulos de gobernantes de Oriente Medio durante siglos.

El concepto de Irán como entidad cultural y política se consolidó bajo los sasánidas y fue revitalizado por los safávidas, que dieron al país su actual mayoría chií. La lengua persa, en sus fases antigua, media y moderna, sirvió como vehículo de administración, literatura y ciencia en una vasta zona. Obras como el Shahnameh de Ferdousí ayudaron a preservar la memoria de los antiguos reyes persas.

En la actualidad, los sitios arqueológicos de Pasargada, Persépolis, Susa y el palacio de Ctesifonte son testimonios materiales de aquellos imperios. La investigación histórica sobre Persia ha crecido notablemente desde el siglo XIX, y los estudios aqueménidas, partos y sasánidas forman hoy parte importante de la historia antigua del mundo.

8. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]

El término Persia y sus derivados son comunes en el español. Palabras como bazar y paraíso, de origen persa, llegaron al español a través del árabe o el griego. La figura de Ciro el Grande es citada en cursos escolares de historia antigua como ejemplo de gobernante tolerante, aunque el tratamiento es breve en comparación con las civilizaciones griega y romana.

En América Latina, la inmigración iraní es reducida. Las relaciones diplomáticas entre Irán y los países latinoamericanos se intensificaron en distintos momentos del siglo XX y XXI, en particular con Venezuela, Bolivia y Cuba. La Revolución iraní de 1979 tuvo eco en los movimientos políticos de la región, y la actual República Islámica mantiene embajadas y acuerdos comerciales con varios estados hispanohablantes. No obstante, el conocimiento popular sobre la historia persa antigua es limitado y está filtrado en gran medida por traducciones de obras históricas y documentales internacionales.

En España, el interés por Persia se refleja en exposiciones museísticas y en la traducción de obras clásicas como las Historias de Heródoto. Las universidades ofrecen estudios de lenguas y culturas de Oriente Próximo, aunque el persa no compite con el árabe o el hebreo en número de estudiantes. La Biblioteca Nacional de España y otras instituciones conservan manuscritos persas que documentan el esplendor literario y artístico de los períodos safávida y kayar.

9. Véase también[editar]

  • Imperio aqueménida
  • Imperio parto
  • Imperio sasánida
  • Imperio safávida
  • Dinastía kayar
  • Dinastía Pahlavi
  • Revolución iraní
  • Zoroastrismo
  • Persépolis
  • Lista de reyes de Persia

  1. La política de tolerancia de Ciro II es citada en Heródoto, Historias, y en fuentes bíblicas como el libro de Esdras, que atribuye al rey persa el decreto de retorno de los judíos. ↩︎

  2. La organización en satrapías suele atribuirse a Darío I, aunque la palabra satrapía aparece en inscripciones reales. Las reformas monetarias y de pesos y medidas están documentadas por tablillas administrativas de Persépolis y por Heródoto. ↩︎

  3. La UNESCO inscribió Persépolis en la Lista del Patrimonio Mundial en 1979. La referencia procede del artículo de es.wikipedia consultado, que cita a eacnur.org. ↩︎

  4. El dominio seléucida en Irán fue más nominal que efectivo en las satrapías orientales, donde gobernadores locales y pueblos nómadas ejercían poder autónomo. ↩︎

  5. La batalla de Carras (53 a. C.) enfrentó al cónsul romano Craso con el general parto Surena. La derrota romana impidió la expansión hacia Mesopotamia durante décadas. ↩︎

  6. La política religiosa sasánida varió según el monarca: algunos reyes persiguieron a maniqueos y cristianos, mientras que otros fueron tolerantes. El zoroastrismo, sin embargo, mantuvo un estatus oficial durante la mayor parte del período. ↩︎

  7. Cosroes I es citado en fuentes bizantinas y árabes como reformador y protector del saber. La tradición le atribuye la fundación de una academia en Gundeshapur. ↩︎

  8. La fecha de 651 para la caída del último sah sasánida, Yazdgerd III, es la más aceptada. La conquista musulmana de Persia no fue un único evento, sino una serie de campañas entre 633 y 654. ↩︎

  9. El renacimiento literario persa de los siglos IX y X se desarrolló bajo dinastías regionales. La inclusión de samánidas y saffaríes en la lista de «imperios persas» es convencional y no debe tomarse como un imperio unificado. ↩︎

  10. La dinastía safávida estableció el chiismo duodecimano como religión oficial. La corte de Abbás I trasladó la capital a Isfahán y patrocinó artes y comercio internacional. ↩︎

  11. La Revolución iraní culminó el 11 de febrero de 1979 con la caída del gobierno monárquico. La república islámica fue proclamada oficialmente el 1 de abril de 1979. ↩︎

  12. Las ciudades fenicias, especialmente Tiro y Sidón, obtuvieron beneficios del comercio persa y fueron aliadas en las campañas navales contra Grecia. ↩︎

  13. El término «ojo del rey» para el inspector real aparece en fuentes griegas. La existencia de un sistema de control regular es inferida de los archivos administrativos aqueménidas. ↩︎

  14. Heródoto, Historias, I, 136. La cita en español varía según la traducción; la versión aquí utilizada corresponde a la traducción citada en el artículo de es.wikipedia. ↩︎

  15. El sitio de Persépolis fue excavado por el Instituto Oriental de la Universidad de Chicago en los años 1930. Los relieves de las escalinatas muestran delegaciones de todo el imperio trayendo tributos al rey. ↩︎

  16. La fecha de Zarathustra es debatida. Algunos estudiosos la sitúan en torno al 1200 a. C., otros la retrasan al siglo VI a. C. La tradición zoroástrica la ubica en un pasado remoto. ↩︎