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Literatura de Uruguay

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Literatura de Uruguay · artículos relacionados[ Desplegar · Plegar ]
PaísesUruguay · Argentina · Brasil · Estados Unidos · España · México
CiudadesMontevideo · Buenos Aires
Literatura de Uruguay
PaísUruguay
Lengua principalEspañol
Primeras obras significativas«Diálogo patriótico» de Bartolomé Hidalgo (1820), «Tabaré» de Juan Zorrilla de San Martín (1888)
Época de mayor proyecciónSiglo XX, especialmente la Generación del 45
Géneros destacadosPoesía, cuento, novela, ensayo, teatro, literatura gauchesca
Premios CervantesJuan Carlos Onetti (1980)
Ida Vitale (2018)
Premio Nacional de LiteraturaInstituido en 1912

1. Resumen[editar]

La literatura de Uruguay ha sido, desde los tiempos de la Banda Oriental, un espejo de las tensiones sociales y culturales de un país pequeño pero de intensa vida intelectual. A pesar de su escasa población, el Uruguay ha dado al mundo hispanohablante varias de sus voces más singulares —basta mencionar a Horacio Quiroga, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti o Ida Vitale— y ha mantenido un diálogo permanente con las corrientes literarias del resto de América Latina y Europa. La tradición gauchesca, el modernismo rioplatense, el impulso renovador de la Generación del 45 y la resistencia durante la última dictadura cívico‑militar son los pilares que articulan una producción literaria tan diversa como coherente.

La ubicación geográfica del país, entre Argentina y Brasil, y el origen de su población —principalmente española e italiana, con aportes africanos e indígenas— moldearon una sensibilidad en la que conviven la melancolía criolla, la ironía urbana y un fuerte compromiso ético con la condición humana. A lo largo del siglo XX, la revista Marcha y el suplemento El País Cultural funcionaron como verdaderos talleres de discusión y promoción, y editoriales como Banda Oriental y Estuario aseguraron que las obras locales llegaran tanto al lector de Montevideo como al mercado hispanoamericano y español.

2. Historia[editar]

2.1. Período colonial y primeras letras[editar]

Durante la dominación española, la Banda Oriental no contó con imprenta ni con una vida literaria institucionalizada. La circulación de escritos era escasa y solía limitarse a documentos administrativos, informes militares y alguna composición religiosa. Sin embargo, en el tránsito del siglo XVIII al XIX emergió una voz que marcaría el rumbo de la literatura rioplatense: la del montevideano Bartolomé Hidalgo (1788‑1822). Con sus Cielitos y Diálogos patrióticos, Hidalgo fue el primer poeta que dio forma al habla del hombre de campo y la puso al servicio de la causa independentista. Su obra es considerada el punto de partida de la literatura gauchesca en ambas orillas del Plata.

Las invasiones inglesas (1806‑1807) y el posterior proceso revolucionario estimularon una incipiente producción de poesía patriótica, panfletos y canciones que, aunque efímera, sentó las bases de una identidad literaria vinculada al imaginario del gaucho.

2.2. Romanticismo y la construcción del imaginario nacional[editar]

A mediados del siglo XIX, el romanticismo llegó a Montevideo de la mano de exiliados políticos —en particular argentinos que huían de la tiranía de Rosas—, quienes encontraron en la ciudad un ambiente propicio para la prensa y el debate. Surgieron periódicos como El Comercio del Plata y se fundaron círculos como el Ateneo de Montevideo, donde se leía y discutía a los europeos. La literatura uruguaya empezó a buscar sus propios temas, y el principal de ellos fue el pasado indígena, idealizado como raíz de la nación joven.

Esa búsqueda encontró su máxima expresión en Tabaré (1888), poema épico de Juan Zorrilla de San Martín (1855‑1931). La obra narra la historia del charrúa Tabaré, héroe vencido en el choque de culturas que significó la conquista. Tabaré combinó el tono nostálgico del romanticismo tardío con un lenguaje que aspiraba a la sonoridad del modernismo, y se convirtió en el primer libro uruguayo que trascendió fronteras.[1] Zorrilla de San Martín fue también autor de La leyenda patria (1879) y de ensayos históricos que celebraron la figura de José Gervasio Artigas.

En esos años, el teatro se consolidó como género popular. El drama gauchesco Juan Moreira (1884), basado en la novela del argentino Eduardo Gutiérrez, arrasó en los escenarios montevideanos y preparó el terreno para una dramaturgia nacional que alcanzaría su madurez con Florencio Sánchez.

2.3. Modernismo, ensayo y cuento[editar]

El modernismo irrumpió hacia 1900 con una fuerza particular en Montevideo. Tres nombres sintetizan ese momento: José Enrique Rodó, Julio Herrera y Reissig y Delmira Agustini.

José Enrique Rodó (1871‑1917) publicó en 1900 Ariel, un ensayo en forma de alegoría que instaba a la juventud latinoamericana a cultivar el espíritu frente al utilitarismo de los Estados Unidos. Ariel se convirtió en uno de los textos fundacionales del pensamiento latinoamericano y en el manifiesto de una generación que reivindicó el idealismo clásico.[2]

Julio Herrera y Reissig (1875‑1910) transformó el lenguaje poético desde la torre de su imaginario “castillo de los Panoramas”. Su obra, reunida de manera póstuma, está marcada por imágenes insólitas, cultismo léxico y una sensibilidad que lo emparenta tanto con el simbolismo francés como con una vanguardia temprana. Poemas como Los éxtasis de la montaña o Tertulia lunática siguen siendo estudiados como piezas claves del modernismo hispanoamericano.

Delmira Agustini (1886‑1914) llevó a la poesía uruguaya un erotismo femenino que escandalizó y fascinó a sus contemporáneos. Libros como El libro blanco (1907) y Los cálices vacíos (1913) despliegan un imaginario cargado de sensualidad, símbolos y un lirismo que anticipa algunas líneas del vanguardismo. Su temprana muerte, a manos de su exmarido, contribuyó a que su figura quedara envuelta en un aura trágica.

En la misma época, la narrativa uruguaya encontró a su primer maestro del cuento: Horacio Quiroga (1878‑1937). Nacido en Salto, Quiroga vivió largas temporadas en la selva de Misiones, en Argentina, donde ambientó muchos de sus relatos. Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), Anaconda (1921) y Los desterrados (1926) son colecciones que lo consagraron como uno de los grandes cuentistas en lengua española. Su obsesión por la técnica del cuento —plasmada en su “Decálogo del perfecto cuentista”— y su visión trágica de la naturaleza dejaron una huella profunda en las generaciones posteriores.

2.3.1. La poesía femenina y el afianzamiento del lirismo

En los años veinte, la poesía uruguaya se enriqueció con las voces de Juana de Ibarbourou (1892‑1979) y Sara de Ibáñez (1909‑1971). Juana de América, como se la conoció, celebró la vida, el cuerpo y la naturaleza en versos de tono espontáneo que conquistaron a públicos muy amplios. Libros como Lenguas de diamante (1919) y Raíz salvaje (1922) la convirtieron en una de las poetas más populares del continente. Por su parte, Sara de Ibáñez, con una obra más hermética y musical, integró esa corriente de poesía pura que dialogaba con las vanguardias.

2.4. Vanguardias y transición[editar]

Los movimientos de vanguardia llegaron a Uruguay con cierto retraso respecto de Europa, pero dejaron su impronta en revistas como Páginas de vanguardia y en la obra de poetas como Juan Cunha (1910‑1985). El ultraísmo y el creacionismo, así como una temprana asimilación del surrealismo, se reflejaron en un lenguaje poético más audaz y en la experimentación formal.

El teatro de Florencio Sánchez (1875‑1910) constituyó, por su parte, el gran momento del drama rural y urbano. Estrenada en Buenos Aires y Montevideo, su obra retrata con crudeza los conflictos sociales del Río de la Plata a comienzos del siglo XX. Piezas como M’hijo el dotor (1903), La gringa (1904) y Barranca abajo (1905) mantienen su vigencia escénica y son lectura obligada en los cursos de literatura latinoamericana.

En narrativa, la figura de Javier de Viana (1868‑1926) supo retratar con fidelidad la vida del gaucho en los campos del norte uruguayo, con un realismo que prefigura el tono de algunos cuentos de Quiroga.

2.5. La Generación del 45[editar]

Hacia mediados del siglo XX se configuró en Montevideo un grupo de escritores que, sin proclamar un manifiesto, compartió espacios de sociabilidad e inquietudes estéticas. Se lo conoce como la Generación del 45, aunque cronológicamente su obra comienza a despuntar en la década de 1940 y alcanza su plenitud en los años cincuenta y sesenta.[3] Las revistas Marcha (fundada en 1939) y Número fueron sus principales órganos de expresión, y el crítico Ángel Rama (1926‑1983) ejerció una suerte de liderazgo intelectual al elaborar una agenda de lecturas y polémicas que colocó a Uruguay en el mapa de la literatura latinoamericana.

El núcleo central de la generación incluye a Juan Carlos Onetti (1909‑1994), Mario Benedetti (1920‑2009), Idea Vilariño (1920‑2009), Carlos Martínez Moreno (1917‑1986), Mario Arregui (1917‑1985), Amanda Berenguer (1921‑2010) e Ida Vitale (1923‑ ). La lista suele ampliarse para abarcar a otros autores cercanos, como el dramaturgo Jacobo Langsner (1927‑2020) o el narrador Armonía Somers (1914‑1994), cuyo realismo alucinado adelantó formas del posmodernismo.

Onetti y la construcción de Santa María

Juan Carlos Onetti creó un territorio mítico —la ciudad portuaria de Santa María— dentro del cual transcurren sus novelas y numerosos cuentos. Su estilo desencantado, cargado de silencios y existencialismo, renovó la narrativa latinoamericana antes del boom. El pozo (1939) marcó el inicio de una obra que incluye títulos fundamentales como La vida breve (1950), El astillero (1961), Juntacadáveres (1964) y Dejemos hablar al viento (1979). Recibió el Premio Cervantes en 1980, siendo el primer uruguayo en obtenerlo.

Benedetti y la palabra comprometida

Mario Benedetti, por su parte, combinó una poesía de tono conversacional, próxima a la canción popular, con una narrativa que rastreó los dilemas del oficinista montevideano. Poemas de la oficina (1956) y El oficio de la palabra (1958) conectaron con un lectorado masivo que veía reflejadas sus aspiraciones y frustraciones. Su novela La tregua (1960) se convirtió en uno de los libros más leídos del Río de la Plata y fue llevada al cine en 1974 en una adaptación argentina nominada al Óscar. Durante los años de exilio, Benedetti escribió Primavera con una esquina rota (1982), testimonio de la fractura causada por la dictadura.[4]

La poesía de Idea Vilariño e Ida Vitale

Idea Vilariño cultivó una poesía esencialmente intimista donde el amor, la pérdida y la muerte son los grandes temas. Sus Poemas de amor (1957) recogen los textos más conocidos de una obra exigente y sin concesiones. Ida Vitale, todavía activa y celebrada, ha desplegado desde los años cuarenta una poesía intelectual y a la vez transparente, que le valió el Premio Reina Sofía en 2015 y el Premio Cervantes en 2018.

La crítica y el ensayo: Ángel Rama

Ángel Rama, aunque uruguayo, desarrolló la mayor parte de su carrera en el exterior. Su concepto de “ciudad letrada” y su labor como recopilador y crítico de la literatura latinoamericana lo convierten en una figura ineludible. Su esposa, la crítica argentina Marta Traba, también tuvo una presencia importante en el ambiente intelectual montevideano.

2.6. El golpe de Estado, el exilio y la resistencia[editar]

Las décadas de 1960 y 1970 estuvieron marcadas por la creciente radicalización política y, finalmente, por la irrupción de la dictadura cívico-militar (1973‑1985). La represión alcanzó de lleno al mundo de la cultura: numerosos escritores fueron encarcelados o partieron al exilio, y las publicaciones opositoras fueron clausuradas. Marcha dejó de circular en 1974, y su lugar fue ocupado por Brecha, que sobrevivió a la dictadura y se mantiene hasta hoy.

La experiencia del exilio produjo obras de testimonio y denuncia. Primavera con una esquina rota de Benedetti, La canción del exiliado del cantautor y poeta Daniel Viglietti, y El libro de los abrazos (1989) de Eduardo Galeano (1940‑2015) son algunos de los textos que nacieron de esa diáspora. Galeano, con Las venas abiertas de América Latina (1971), se había convertido en un referente del pensamiento crítico continental, y su obra posterior —la trilogía Memoria del fuego— mezcla periodismo, ensayo y literatura para reconstruir la historia americana.

Dentro de las fronteras, autores como Carlos Liscano (1949‑2023), que pasó trece años preso por razones políticas, lograron escribir y hacer circular sus textos de manera clandestina. Ya en democracia, Liscano publicó La mansión del tirano y una serie de novelas que trabajan sobre la memoria del encierro.

Armonía Somers, que permaneció en Uruguay durante toda la dictadura, escribió una obra inclasificable, ajena al realismo social y más cercana a un expresionismo con elementos góticos, que solo comenzó a ser revalorizada después de su muerte.

2.7. Literatura reciente (1985‑presente)[editar]

La restauración democrática de 1985 abrió un período de normalización institucional que también se reflejó en la literatura. Volvieron los exiliados, se fundaron nuevas editoriales y se fortaleció la Feria del Libro de Montevideo. La obra de Mario Levrero (1940‑2004), autor de culto a caballo entre la ciencia ficción, el humor y la introspección, empezó a ser rescatada por lectores jóvenes que encontraron en La ciudad (1970) y El discurso vacío (1996) una propuesta radicalmente diferente a la narrativa más ortodoxa.

La generación de escritores que despuntó en los años noventa y dos mil incluye nombres como Rafael Courtoisie (1958‑ ), poeta y narrador que ha sabido conjugar lo lírico con lo político; Hugo Achugar (1944‑ ), poeta y ensayista vinculado a la reflexión sobre la memoria; Tomás de Mattos (1947‑2016), autor de la novela histórica ¡Bernabé, Bernabé!; y Circe Maia (1932‑ ), cuya poesía de observadora cotidiana ha sido tardíamente reconocida más allá de las fronteras nacionales.

La narrativa femenina ha adquirido un notable protagonismo en las últimas décadas. Fernanda Trías (1976‑ ), autora de La azotea y Mugre, ha sido traducida a varios idiomas y representa una voz inquietante en la literatura rioplatense actual. Mercedes Estramil (1963‑ ) y Valentín Trujillo (1973‑ ) exploran, respectivamente, la violencia urbana y los dilemas éticos de la sociedad contemporánea. En el género policial, Horacio Quiroga ya había dado tempranas muestras, pero hoy la vertiente negra cuenta con autores como Hugo Burel (1950‑ ) y su detective Martín Riera.

La literatura infantil y juvenil también ha producido figuras de alcance internacional, entre ellas Roy Berocay (1955‑ ), creador del personaje Ruperto, y Helen Velando (1961‑ ), cuyas sagas gozan de gran popularidad en el Río de la Plata.

3. Principales autores y obras[editar]

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3.1. Siglo XIX[editar]

  • Bartolomé Hidalgo (1788‑1822). Fundador de la poesía gauchesca. Cielitos y Diálogos patrióticos.
  • Juan Zorrilla de San Martín (1855‑1931). Poeta y ensayista. Tabaré (1888).

3.2. 1900‑1945[editar]

  • José Enrique Rodó (1871‑1917). Ensayista. Ariel (1900), Motivos de Proteo (1909).
  • Julio Herrera y Reissig (1875‑1910). Poeta modernista. Los peregrinos de piedra (póstumo), Los éxtasis de la montaña.
  • Delmira Agustini (1886‑1914). Poeta. El libro blanco, Los cálices vacíos.
  • Horacio Quiroga (1878‑1937). Cuentista. Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), Anaconda (1921).
  • Florencio Sánchez (1875‑1910). Dramaturgo. M’hijo el dotor, Barranca abajo.
  • Juana de Ibarbourou (1892‑1979). Poeta. Lenguas de diamante (1919), Raíz salvaje (1922).
  • Javier de Viana (1868‑1926). Narrador. Campo, Leña seca.

3.3. Generación del 45 y afines[editar]

  • Juan Carlos Onetti (1909‑1994). Novelista y cuentista. La vida breve (1950), El astillero (1961).
  • Mario Benedetti (1920‑2009). Poeta, novelista y ensayista. Poemas de la oficina (1956), La tregua (1960).
  • Idea Vilariño (1920‑2009). Poeta. Poemas de amor (1957).
  • Ida Vitale (1923‑ ). Poeta y traductora. Léxico de afinidades (1994), Tiempo sin claves (2021).
  • Ángel Rama (1926‑1983). Crítico y ensayista. La ciudad letrada (póstumo, 1984).
  • Mario Arregui (1917‑1985). Cuentista. El gato (1955).
  • Amanda Berenguer (1921‑2010). Poeta. Quehaceres e invenciones.
  • Armonía Somers (1914‑1994). Narradora. La mujer desnuda, Solo los elefantes encuentran mandrágora.

3.4. Escritoras y escritores posteriores[editar]

  • Eduardo Galeano (1940‑2015). Ensayista y narrador. Las venas abiertas de América Latina (1971), Memoria del fuego.
  • Mario Levrero (1940‑2004). Narrador. La ciudad, El discurso vacío.
  • Carlos Liscano (1949‑2023). Narrador. La mansión del tirano.
  • Circe Maia (1932‑ ). Poeta. En el tiempo.
  • Rafael Courtoisie (1958‑ ). Poeta y narrador. Tiranos temblad.
  • Fernanda Trías (1976‑ ). Narradora. Mugre.
  • Roy Berocay (1955‑ ). Escritor infantil. Las aventuras del Sapo Ruperto.

4. Géneros y vertientes[editar]

Poesía[editar]

La poesía ha sido probablemente el género más constante y celebrado de la literatura uruguaya. Desde los Cielitos de Hidalgo hasta la poesía más contemporánea de Circe Maia o Rafael Courtoisie, el lirismo montevideano se caracteriza por una tensión entre la intimidad reflexiva y el compromiso social. El modernismo de Herrera y Reissig, la poesía erótica de Agustini, el coloquialismo de Benedetti, el existencialismo de Vilariño y la depuración formal de Vitale constituyen estaciones insoslayables.

Cuento y novela[editar]

El cuento ha gozado de una tradición ininterrumpida: Quiroga, Arregui, Onetti, Levrero, Burel. La novela, por su parte, encontró en Santa María (Onetti) y en la Montevideo de la clase media (Benedetti) dos espacios narrativos fundamentales. En los últimos años, la novela negra y la autoficción han ganado terreno.

Ensayo[editar]

El ensayo uruguayo ha tenido un peso específico en la historia intelectual de América Latina gracias, sobre todo, a Ariel de Rodó y a la obra crítica de Ángel Rama. También corresponden a este género los textos de Carlos Real de Azúa (1916‑1977), auténtico intérprete de la sociedad uruguaya, y de Alberto Methol Ferré (1929‑2009).

Teatro[editar]

Florencio Sánchez sigue siendo la gran referencia, pero el teatro uruguayo del siglo XX contó con dramaturgos como Jacobo Langsner (Esperando la carroza) y, más recientemente, Roberto Suárez (1951).

Literatura gauchesca[editar]

Bartolomé Hidalgo marca el inicio de una veta que, a diferencia de la argentina, tuvo un perfil más patriótico y menos épico‑continuado. En la segunda mitad del siglo XIX, el gaucho se convirtió en personaje de dramas que reflejaban las tensiones de la modernización rural.

Literatura fantástica y de ciencia ficción[editar]

Mario Levrero es el nombre más insoslayable, pero también hay que mencionar a Hugo Correa (1952‑) y a la narrativa insólita de Armonía Somers.

Literatura infantil y juvenil[editar]

Uruguay ha producido algunos de los personajes más queridos del Río de la Plata: el Sapo Ruperto de Berocay, las historias de Velando, y las fábulas poéticas de Constancio C. Vigil, aunque este último nació en Uruguay y desarrolló su obra en Argentina.

5. Editoriales y revistas literarias[editar]

La vida literaria uruguaya ha dependido históricamente de un puñado de editoriales independientes que apostaron por la producción local. La fundación de Ediciones de la Banda Oriental en 1962 significó un impulso decisivo para la poesía y la narrativa nacional; su dueño, Heber Raviolo (1933‑2013), fue además un editor lúcido y generoso.[5] En las décadas posteriores surgieron Estuario, Yaugurú, Texto y otras casas que mantienen un catálogo tan combativo como selecto.

En cuanto a revistas, ninguna tuvo la influencia de Marcha (1939‑1974), dirigida por Carlos Quijano. Sus páginas albergaron a toda la Generación del 45 y funcionaron como un laboratorio de ideas y estilo. Tras su clausura, la revista Brecha retomó su legado. El País Cultural, suplemento del diario El País, ha sido durante décadas una ventana que combina crítica, creación y difusión, y sirve de referencia obligada para conocer la actualidad literaria uruguaya.

6. Premios y reconocimientos[editar]

Premios internacionales[editar]

  • Premio Cervantes: Juan Carlos Onetti (1980), Ida Vitale (2018).
  • Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana: Ida Vitale (2015).
  • Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances: Ida Vitale (2012) y Circe Maia (2020).
  • Premio Stig Dagerman: Eduardo Galeano (2010).
  • Premio Casa de las Américas: los uruguayos lo han obtenido en repetidas ocasiones, destacándose Mario Benedetti por Inventario y Gracias por el fuego.

Premios nacionales[editar]

  • Premio Nacional de Literatura (otorgado por el Ministerio de Educación y Cultura). Entregado anualmente.
  • Premio Bartolomé Hidalgo, creado por la Cámara Uruguaya del Libro, distingue obras publicadas en el año en diversas categorías.

La existencia de estos galardones ha contribuido a visibilizar la producción local y, en algunos casos, a tender puentes hacia editoriales internacionales.

7. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]

La literatura uruguaya ha gozado de un reconocimiento que excede ampliamente el tamaño y la población del país. En Argentina, la cercanía geográfica y cultural ha hecho que autores como Onetti, Benedetti, Galeano o Quiroga sean considerados parte del canon propio; de hecho, muchos de ellos publicaron sus obras más conocidas en editoriales argentinas —por ejemplo, Onetti en Sudamericana, Benedetti en Seix Barral y Galeano en Siglo XXI—. El tráfico de lectores entre Buenos Aires y Montevideo ha sido una constante histórica, y las ferias del libro de ambas ciudades suelen albergar presentaciones cruzadas.

En España, la poesía de Benedetti alcanzó cifras de venta millonarias durante los años ochenta y noventa, y sus recitales llenaban auditorios. La recepción de La tregua y de numerosos poemas suyos en antologías escolares españolas consolidó esa popularidad. La poesía de Juana de Ibarbourou fue ampliamente antologada y traducida, y su figura de “Juana de América” rivalizó en fama con la de otras poetas del continente. En la actualidad, autores como Fernanda Trías y Rafael Courtoisie participan en festivales internacionales y sus obras están siendo publicadas y reseñadas en España y México.

La crítica académica también ha jugado un papel decisivo en la difusión de la literatura uruguaya. El legado crítico de Ángel Rama y la intensa actividad de docentes e investigadores de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República han generado un corpus de estudios que circula en universidades de todo el mundo hispanohablante. Congresos dedicados específicamente a Onetti, a la Generación del 45 o a la poesía uruguaya contemporánea se realizan con frecuencia tanto en América como en Europa.

8. Legado e influencia[editar]

A pesar de ser una nación pequeña, Uruguay ha proporcionado a la lengua española algunas de sus más altas cimas literarias. El magisterio de Onetti sobre la novela latinoamericana, la universalidad de la poesía de Benedetti, la inteligencia crítica de Rama, la valentía ensayística de Galeano y la belleza exigente de Vitale han tejido una tradición que no se agota y que sigue generando nuevas obras y lectores. La literatura uruguaya, en suma, es una prueba de que la calidad no depende de la demografía sino de la densidad de la vida cultural.


  1. Zorrilla de San Martín recitó fragmentos de Tabaré en la corte española en 1892, donde fue elogiado por Juan Valera y Marcelino Menéndez Pelayo. ↩︎

  2. El concepto de “arielismo” tuvo amplia influencia en los movimientos estudiantiles latinoamericanos de la primera mitad del siglo XX. ↩︎

  3. El término “Generación del 45” se generalizó gracias al crítico Ángel Rama y a sucesivos coloquios que estudiaron al grupo en conjunto. ↩︎

  4. Durante la dictadura, Benedetti residió en Argentina, Perú, Cuba y España; sus libros circularon de manera semiclandestina en Uruguay hasta 1985. ↩︎

  5. Banda Oriental publicó a numerosos autores noveles que luego alcanzaron fama internacional, así como la colección “Lectores de Banda Oriental”, muy difundida en la enseñanza secundaria uruguaya. ↩︎