Mario Molina
| Mario Molina | |
|---|---|
| Químico e ingeniero mexicano | |
| Nombre completo | Mario José Molina-Pasquel Henríquez |
| Fecha de nacimiento | 19 de marzo de 1943 |
| Lugar de nacimiento | Ciudad de México, |
| Fecha de fallecimiento | 7 de octubre de 2020 |
| Lugar de fallecimiento | Ciudad de México, México |
| Nacionalidad | Mexicana |
| Cónyuge | Guadalupe Álvarez[sin verificar] |
| Alma máter | UNAM (Ing. Química) Universidad de Friburgo Universidad de California, Berkeley (Ph.D.) |
| Área | Química atmosférica, fisicoquímica |
| Conocido por | Descubrimiento de la amenaza de los CFC a la capa de ozono |
| Empleador | MIT, Universidad de California, San Diego, Centro Mario Molina |
| Premios notables | Medalla Presidencial de la Libertad (2013) |
1. Resumen[editar]
Mario Molina fue un químico, ingeniero químico y profesor universitario mexicano, reconocido mundialmente por haber demostrado —junto con Frank Sherwood Rowland— que los clorofluorocarbonos (CFC) liberados a la atmósfera destruyen la capa de ozono estratosférico, lo que llevó a la firma del Protocolo de Montreal y a la progresiva eliminación planetaria de esas sustancias. En 1995 obtuvo el Premio Nobel de Química, compartido con Rowland y el neerlandés Paul Crutzen, siendo el primer ciudadano mexicano en recibir ese galardón en una disciplina científica.
A lo largo de su carrera combinó la investigación fundamental, la docencia en instituciones como el MIT y la Universidad de California, San Diego, y una intensa labor de asesoría a gobiernos y organismos multilaterales en materia de cambio climático y contaminación atmosférica. En México fundó y presidió el Centro Mario Molina para Estudios Estratégicos sobre Energía y Medio Ambiente, dedicado a tender puentes entre la ciencia y las políticas públicas.
Entre las distinciones que recibió en vida figuran la Medalla Presidencial de la Libertad de los
Estados Unidos (2013) y la pertenencia a sociedades como la Academia Nacional de Ciencias estadounidense y El Colegio Nacional de México. Su legado trasciende la química atmosférica: es recordado como uno de los primeros investigadores que supieron traducir un hallazgo de laboratorio en una advertencia planetaria, y luego en un instrumento diplomático concreto.
2. Primeros años y formación[editar]
Mario José Molina-Pasquel Henríquez nació en la Ciudad de México en 1943, en el seno de una familia con recursos y afinidad por la educación internacional.[1] Su padre, Roberto Molina-Pasquel, fue un abogado y diplomático que se desempeñó como embajador de México en Etiopía, Australia y las Filipinas. Su madre, Leonor Henríquez, era administradora familiar. Desde niño mostró un interés precoz por la ciencia; el propio Molina contó en entrevistas que una de sus primeras fascinaciones fue un microscopio de juguete con el que observaba gotas de agua y protozoos en el baño de su casa.
Realizó los estudios elementales en la Ciudad de México, pero a los once años sus padres lo enviaron a un internado en Suiza, el Institut auf dem Rosenberg, con la idea de que dominara idiomas y adquiriera una formación europea.[2] Allí aprendió alemán y descubrió su vocación por la química. Al regresar a México, cursó la preparatoria y en 1960 ingresó a la entonces Escuela Nacional de Ingeniería Química de la UNAM.
En 1965 se graduó como Ingeniero Químico y marchó a Alemania para continuar su formación de posgrado en la Universidad de Friburgo, donde obtuvo un diplomado y luego el equivalente a una maestría en fisicoquímica. El ambiente académico alemán, muy orientado a la investigación teórica, lo convenció de que su verdadero interés residía en la química física experimental. Tras sopesar opciones, en 1968 se mudó a los
Estados Unidos e ingresó al programa de doctorado de la Universidad de California, Berkeley.
En Berkeley trabajó bajo la dirección de George Pimentel, pionero en espectroscopía infrarroja y fotoquímica. Su tesis doctoral, completada en 1972, versó sobre la distribución de energía vibracional en moléculas producidas por reacciones fotoquímicas y en cómo la energía de un láser infrarrojo podía depositarse selectivamente en ciertos enlaces.
3. Trayectoria científica[editar]
3.1 El hallazgo de los CFC y la capa de ozono[editar]
En 1973, con el doctorado recién obtenido, Molina se incorporó como investigador posdoctoral al laboratorio de F. Sherwood Rowland en la Universidad de California, Irvine. Rowland buscaba a alguien con dominio de la espectroscopía para investigar el destino químico de moléculas en la atmósfera terrestre. Por aquellos años, James Lovelock había medido la presencia ubicua de los clorofluorocarbonos —compuestos sintéticos usados masivamente en aerosoles, refrigeración y espumas aislantes— incluso en lugares remotos del planeta. La suposición reinante era que, por ser muy inertes, los CFC se acumulaban sin causar daño en la troposfera baja.
Molina comenzó a modelar qué sucedía cuando una molécula de CFC ascendía lo suficiente para recibir radiación ultravioleta intensa en la estratosfera. Descubrió que la fotólisis de los CFC liberaba átomos de cloro radical, y que cada uno de esos átomos podía iniciar un ciclo catalítico que destruía decenas —y con el tiempo, miles— de moléculas de ozono.[3] El mecanismo era de una eficiencia alarmante: el cloro no se consumía en la reacción neta, sino que sobrevivía para seguir rompiendo ozono.
Rowland y Molina redactaron el artículo seminal y lo enviaron a la revista Nature, que lo publicó el 28 de junio de 1974 bajo el título «Stratospheric sink for chlorofluoromethanes: chlorine atom-catalysed destruction of ozone». El trabajo contenía una conclusión que, en plena era de fe en el progreso industrial, resultó incómoda: si las emisiones continuaban al ritmo de entonces, la capa de ozono sufriría un deterioro mensurable en décadas y aumentaría la radiación ultravioleta en la superficie terrestre, con graves consecuencias para la salud humana y los ecosistemas.
Apenas apareció el artículo, Rowland y Molina emprendieron una campaña pública de concienciación que les granjeó escepticismo y ataques de la industria química. En los congresos científicos, Molina, todavía un joven posdoctoral, se enfrentó a salas hostiles donde representantes de los fabricantes de CFC negaban la veracidad de los modelos. La controversia duró más de una década y solo se zanjó en 1985, cuando el equipo del británico Joe Farman reportó el llamado «agujero de ozono» antártico, una disminución estacional del ozono estratosférico mucho más rápida y pronunciada de lo que los modelos más pesimistas habían anticipado.
3.2 Consolidación y ampliación de la línea de investigación[editar]
Tras su estancia en Irvine, Molina obtuvo un puesto como científico en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA, en Pasadena, California. Allí permaneció entre 1982 y 1989 y extendió su trabajo a la química de la atmósfera baja, interesándose por la contaminación urbana y los procesos de formación de ozono troposférico y de partículas finas. El JPL le ofreció acceso a datos satelitales y a instrumentación que resultaron cruciales para validar empíricamente los modelos que él y Rowland habían construido.
En 1989, Molina aceptó una cátedra en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts), donde combinó la enseñanza con la investigación sobre aerosoles atmosféricos y su interacción con el clima. Durante sus quince años en el MIT publicó decenas de trabajos acerca del smog fotoquímico, la química de las nubes y la formación de ácido sulfúrico en la estratosfera. Su laboratorio se convirtió en referencia mundial en el estudio de la contaminación del aire en megaciudades, con campañas de medición en la Ciudad de México, Santiago de Chile y otras urbes latinoamericanas.
3.3 El Premio Nobel y sus repercusiones[editar]
En octubre de 1995 la Real Academia Sueca de Ciencias anunció que el Premio Nobel de Química de ese año se repartiría entre Mario Molina, Sherwood Rowland y Paul Crutzen, este último del Instituto Max Planck de Química en Maguncia, Alemania. Crutzen había mostrado que los óxidos de nitrógeno también participaban en ciclos catalíticos de destrucción de ozono; los tres enfoques, complementarios, ofrecieron un cuadro integrado de la amenaza química a la ozonosfera.
El anuncio desencadenó celebraciones en México, donde Molina fue recibido como héroe nacional. La prensa local lo bautizó «el protector del cielo» y su imagen apareció en sellos postales, murales escolares y estampas conmemorativas. El presidente Ernesto Zedillo lo recibió en Los Pinos y le otorgó la Condecoración de la Orden Mexicana del Águila Azteca. En el plano internacional, el Nobel afianzó la credibilidad del Protocolo de Montreal (1987), que ya caminaba hacia la eliminación progresiva de los CFC y otros halocarbonos, y cuyo éxito posterior ha sido calificado por la ONU como uno de los mejores ejemplos de cooperación ambiental global.
4. Carrera posterior y labor institucional[editar]
En 2004 Molina dejó el MIT y se trasladó a la Universidad de California, San Diego (UCSD), donde estableció un grupo de investigación en el Departamento de Química y Bioquímica y se vinculó al Scripps Institution of Oceanography, uno de los centros más prestigiosos en ciencias de la Tierra. En UCSD profundizó el estudio de los aerosoles y de los llamados «contaminantes climáticos de vida corta» (metano, carbono negro, hidrofluorocarbonos), cuya reducción inmediata, sostenía, era la vía más rápida para desacelerar el calentamiento global mientras se transitaba hacia economías descarbonizadas.
Paralelamente, en 2005 fundó en la Ciudad de México el Centro Mario Molina para Estudios Estratégicos sobre Energía y Medio Ambiente, un think tank orientado a generar investigación aplicada y recomendaciones de política pública en energía, transporte sustentable, calidad del aire y economía baja en carbono. El Centro asesoró a sucesivos gobiernos mexicanos y a organismos internacionales como el Banco Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
Entre sus nombramientos de servicio público destacan:
- Miembro del Consejo de Asesores de Ciencia y Tecnología del presidente Barack Obama (PCAST, por sus siglas en inglés).
- Integrante del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), que durante su participación publicó el Cuarto Informe de Evaluación (2007) y fue distinguido con el Premio Nobel de la Paz ese mismo año, hecho que convirtió a Molina en una de las contadas personas que han recibido dos laureles Nobel —el de Química a título individual y el de la Paz como parte del colectivo del IPCC—.
- Miembro de El Colegio Nacional de México y de las academias de ciencia de los
Estados Unidos, México y la Pontificia Academia de las Ciencias del Vaticano.
5. Cambio climático y contaminación del aire: la otra gran batalla[editar]
Durante sus últimas dos décadas, Molina fue una de las voces más visibles del mundo hispanohablante en la lucha contra el cambio climático. Su argumento se podía resumir así: la humanidad ya enfrentó una amenaza atmosférica global —los CFC—, la entendió gracias a la ciencia y la resolvió mediante un tratado internacional; con los gases de efecto invernadero la lógica era la misma, aunque la escala del desafío fuese mucho mayor.
En 2010, durante la COP16 celebrada en Cancún, México, Molina fungió como asesor cercano de la delegación mexicana y defendió en foros públicos la necesidad de fijar límites vinculantes a las emisiones de dióxido de carbono, metano y carbono negro. Atribuía la lentitud de la respuesta política no a la falta de evidencia científica, sino a la influencia de intereses económicos y a una percepción equivocada de que mitigar el cambio climático implicaba sacrificar el crecimiento económico. Insistía, por el contrario, en que la transición energética hacia fuentes renovables conllevaba oportunidades de inversión y empleo.
En entrevistas con medios como El País, La Jornada y Reforma, solía utilizar metáforas sencillas para explicar fenómenos complejos. Por ejemplo, comparaba los aerosoles con «un velo sucio que enfría parcialmente el planeta» y advertía que si se limpiaba ese velo sin reducir al mismo tiempo el dióxido de carbono, el calentamiento neto se aceleraría. Esa claridad comunicativa lo convirtió en una figura respetada más allá del ámbito académico, especialmente en América Latina, donde llegó a ser portada de revistas de divulgación y objeto de documentales.
6. Identidad y vínculo con México[editar]
Aunque Molina pasó la mayor parte de su vida adulta en los
Estados Unidos, nunca renunció a su nacionalidad mexicana. En el laboratorio alternaba el inglés y el español con naturalidad, y en las conferencias que dictó en universidades latinoamericanas prefería el español, salpicado de tecnicismos en inglés que él mismo traducía sobre la marcha.
Su figura tuvo una dimensión simbólica importante para la comunidad científica mexicana. En un país donde la inversión en ciencia y tecnología ha sido históricamente modesta, el ejemplo de Molina servía para ilustrar que era posible hacer investigación de primer nivel partiendo de una formación inicial en la UNAM. Él mismo se ocupó de fortalecer esa narrativa visitando escuelas, concediendo becas a través del Centro Mario Molina y participando en campañas gubernamentales de alfabetización científica.
En el plano personal, se describía como un amante de la música clásica, de la cocina mexicana y de las caminatas por la montaña. Estuvo casado en dos ocasiones y tuvo un hijo.[4]
7. Palmarés y reconocimientos[editar]
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Premios científicos mayores[editar]
- Premio Tyler al Logro Ambiental (1983), junto con Sherwood Rowland.
- Medalla de la NASA al Logro Científico Excepcional (1989).
- Premio Nobel de Química (1995), compartido con Rowland y Paul Crutzen.
- Premio Sasakawa del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (1999).
- Premio Nobel de la Paz (2007), como miembro del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC).
- Medalla Presidencial de la Libertad de los Estados Unidos (2013), otorgada por el presidente Barack Obama.
Membresías y honores académicos[editar]
- Miembro de la Academia Nacional de Ciencias de los
Estados Unidos (elegido en 1993). - Miembro de la Academia Mexicana de Ciencias.
- Miembro de El Colegio Nacional (México).
- Miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias (Vaticano).
- Doctor honoris causa por más de 30 universidades, entre ellas la UNAM, la Universidad de Yale, la Universidad de Harvard y la Universidad de Leicester.
- En 2020, la UNAM rebautizó su Centro de Ciencias de la Atmósfera con el nombre de «Centro de Ciencias de la Atmósfera Dr. Mario Molina».
Condecoraciones gubernamentales[editar]
- Orden del Águila Azteca en grado de Banda (México).
- Medalla de la Ciudad de México al Mérito Ciudadano.
- Miembro de la Legión de Honor de Francia.
Premios que llevan su nombre[editar]
- La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) instituyó el Premio UNESCO–Mario Molina para reconocer investigaciones en química atmosférica y ciencias del clima.
- La Sociedad Química de México y otras agrupaciones latinoamericanas entregan regularmente la Medalla Mario Molina a jóvenes investigadores en química ambiental.
8. Legado científico[editar]
8.1 Una advertencia que cambió la industria global[editar]
El Protocolo de Montreal (1987) y sus enmiendas posteriores (Londres 1990, Copenhague 1992, Kigali 2016) lograron eliminar más del 99 % de la producción mundial de CFC y otros halocarbonos agotadores de ozono. La capa de ozono estratosférica ha mostrado signos de recuperación y se proyecta que regrese a los valores previos a 1980 en la segunda mitad del siglo XXI. Ése es, en buena medida, el fruto tangible del artículo de Rowland y Molina de 1974 y de la perseverancia con que ambos científicos defendieron sus resultados frente a una industria incrédula.
8.2 Química de frontera y aerosoles[editar]
Las contribuciones de Molina durante su etapa en el MIT y UCSD ayudaron a esclarecer cómo las partículas suspendidas en el aire —polvo, sulfatos, hollín— influyen en la formación de nubes y en el balance radiativo del planeta. Su trabajo subrayó que la contaminación del aire y el cambio climático están entrelazados: las mismas fuentes (plantas de carbón, vehículos diésel) emiten al mismo tiempo gases de efecto invernadero y contaminantes de vida corta. Esta comprensión fue central para los informes climáticos del siglo XXI y para las políticas de «cobeneficios» que persiguen simultáneamente mejora de la salud pública y mitigación climática.
8.3 Un modelo de científico-puente[editar]
Molina encarnó un modelo de científico que no se conforma con publicar en revistas especializadas, sino que traduce el conocimiento a códigos comprensibles para tomadores de decisiones y para la ciudadanía. Su testimonio ante comités legislativos —tanto en el Congreso de los
Estados Unidos como en el Senado mexicano—, sus columnas ocasionales en la prensa y su presencia en conferencias de divulgación marcaron una pauta para generaciones posteriores de investigadores hispanohablantes. En ese sentido, es frecuentemente comparado con Carl Sagan o Stephen Hawking en su faceta de comunicador, aunque con un perfil más político y orientado a la incidencia.
9. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]
Molina mantuvo una relación constante con los medios de comunicación en español. Escribió artículos de opinión para Reforma y El Universal en México, así como colaboraciones puntuales para El País de
España. En ellas abordaba temas que iban desde la urgencia de una reforma fiscal verde hasta la conveniencia de que México invirtiera el 1 % de su PIB en ciencia y tecnología.
En el ámbito audiovisual, fue entrevistado para documentales como Before the Flood (2016), producido por Leonardo DiCaprio, y para la serie mexicana México en la era del cambio climático[sin verificar]. Su voz, pausada y didáctica, se convirtió en un referente en la radio pública, en particular en el noticiario de Carmen Aristegui.
En la Ciudad de México, el gobierno capitalino inauguró en 2021 una exposición permanente en el Museo de Historia Natural y, en colaboración con el Centro Mario Molina, un laboratorio interactivo sobre atmósfera y clima dirigido a estudiantes de secundaria. En el
estado de Jalisco, el parque tecnológico Ciudad Creativa Digital bautizó uno de sus auditorios con su nombre, y en el estado de Puebla, la Benemérita Universidad Autónoma decretó la Cátedra Mario Molina sobre Sustentabilidad.
La Real Academia Española no ha incorporado aún el término «molinista» ni similar, pero en la prensa mexicana se usa ocasionalmente el adjetivo «moliniano» para describir políticas ambientales basadas en evidencia y en la cooperación internacional.
10. Muerte y homenajes póstumos[editar]
El 7 de octubre de 2020, Mario Molina falleció en la Ciudad de México a los 77 años a causa de un infarto agudo de miocardio.[5] La noticia fue confirmada por la UNAM y por su familia, y generó una ola de reacciones en la comunidad científica internacional.[6] El gobierno mexicano decretó un día de luto nacional[sin verificar] y la bandera tricolor ondeó a media asta en edificios públicos.
En febrero de 2021, la Cámara de Diputados de México inscribió su nombre con letras doradas en el Muro de Honor del recinto legislativo de San Lázaro. El evento fue transmitido en vivo y contó con discursos de legisladores, científicos y familiares.
En 2023, la Universidad de California, San Diego renombró uno de sus institutos de ciencias atmosféricas como «Molina-Rowland Atmospheric Chemistry Laboratory»[sin verificar]. Asimismo, la Unión Geofísica Americana (AGU) estableció el «Mario Molina Lecture» como conferencia anual plenaria en otoño.
11. Estilo de pensamiento y personalidad científica[editar]
Quienes colaboraron con Molina coinciden en describir su estilo intelectual como «tenaz, elegante y cuantitativo».[7] No se contentaba con esgrimir argumentos morales o filosóficos ante un problema ambiental, sino que exigía cifras, órdenes de magnitud y horizontes temporales. En las reuniones de política pública, pedía que cada recomendación viniera acompañada de un análisis costo-beneficio, una obsolescencia tecnológica y una métrica de efectividad.
Su laboratorio combinaba a químicos, físicos, meteorólogos e ingenieros en un ambiente deliberadamente interdisciplinario. «Los problemas reales no vienen encapsulados en asignaturas», solía decir. En la formación de estudiantes insistía en que aprendieran a programar y a manipular bases de datos ambientales, pues consideraba que la habilidad para lidiar con grandes volúmenes de información observacional era tan relevante como la teoría.
Molina era además un crítico del «alarmismo vacío», es decir, de la difusión de noticias ambientales catastrofistas sin respaldo científico. Prefería comunicar con realismo, admitiendo las incertidumbres remanentes, pero sin diluir la urgencia del mensaje. Esa combinación de prudencia metodológica y claridad en la advertencia fue, quizá, el rasgo que le valió el respeto de adversarios ideológicos y el cariño de colegas de toda la geografía política.
12. Continuidad de su obra: el Centro Mario Molina[editar]
El Centro Mario Molina, con sede en la Ciudad de México y presencia en proyectos de Centroamérica y Sudamérica, continúa activo tras el fallecimiento de su fundador. Bajo la dirección de investigadores formados en la tradición moliniana, mantiene líneas de trabajo en:
- Eficiencia energética en edificaciones y transporte urbano.
- Integración de energías renovables en la red eléctrica mexicana.
- Modelación de calidad del aire y salud pública en metrópolis latinoamericanas.
- Diplomacia climática y análisis de instrumentos económicos (impuestos al carbono, mercados de emisiones).
El Centro publica anualmente un reporte de prospectiva energética y colabora con el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC) de México en la elaboración de los inventarios nacionales de gases de efecto invernadero. De este modo, opera como vehículo institucional del legado de Molina, buscando que la ciencia siga sirviendo de guía a las decisiones de Estado.
13. La capa de ozono hoy: evolución del problema que lo hizo célebre[editar]
La historia de la capa de ozono constituye el marco perfecto para calibrar la dimensión de la obra de Molina. A principios de la década de 2020, la comunidad científica reportó que la concentración de ozono estratosférico en latitudes medias está en vías de recuperación, aunque el cierre completo del agujero antártico no se espera hasta alrededor de 2060–2070. La Enmienda de Kigali (2016) extendió el Protocolo de Montreal a la reducción progresiva de los hidrofluorocarbonos (HFC), potentes gases de efecto invernadero que la industria utilizó como sustitutos de los CFC.
El curso de este proceso —de la identificación de un riesgo químico a la adopción de un tratado vinculante con plazos diferenciados para países desarrollados y en desarrollo— suele utilizarse como ejemplo de que la gobernanza ambiental global puede funcionar cuando la ciencia es sólida y la presión pública sostenida. Molina, justamente, personificó el papel del científico que desencadena ese ciclo: detecta, explica, alerta y luego acompaña la solución.
14. Conclusión[editar]
Mario Molina transitó del laboratorio de Berkeley a los titulares de la prensa mundial sin perder la vocación del investigador riguroso. Su hallazgo sobre los CFC, realizado a los treinta y un años, reconfiguró la química atmosférica y desató el tratado ambiental más exitoso del siglo XX. En la segunda mitad de su vida, volcó ese prestigio en la batalla por estabilizar el clima, convencido de que el conocimiento debía traducirse en acción colectiva.
Para el mundo hispanohablante, su figura trasciende el mérito académico: es el primer —y hasta ahora único— científico nacido y formado inicialmente en México que ha ganado el Premio Nobel de Química. Esa circunstancia lo convirtió en un símbolo de posibilidad y en un recordatorio permanente de que los problemas globales requieren perspectivas diversas, incluidas las que brotan de países tradicionalmente marginados en la producción científica de frontera.
A más de cinco décadas del artículo de Nature, la capa de ozono se regenera y los CFC son ya reliquias industriales. Queda, eso sí, la cuenta pendiente que el propio Molina señaló en una de sus últimas entrevistas: «Sabemos cómo resolver el problema del cambio climático; lo que aún no hemos demostrado es si queremos hacerlo».
El apellido compuesto «Molina-Pasquel» es costumbre en México cuando se quiere conservar el apellido materno junto al paterno; en publicaciones científicas él firmó casi siempre solo como «Mario J. Molina». ↩︎
En esa época, enviar a los hijos a estudiar a Europa era una práctica frecuente entre familias mexicanas de clase alta; Molina describió la experiencia como formativa, aunque solitaria al principio. ↩︎
El ciclo simplificado: Cl· + O₃ → ClO· + O₂ ; ClO· + O → Cl· + O₂. Nótese que el Cl· reaparece, listo para atacar otra molécula de ozono. ↩︎
Su hijo, Felipe Molina, es físico de formación y ha trabajado en el sector energético. ↩︎
Molina arrastraba problemas cardíacos desde hacía años, pero mantenía una agenda activa hasta semanas antes de su muerte. ↩︎
La Organización Meteorológica Mundial (OMM), la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y numerosos jefes de Estado emitieron comunicados de condolencia. La NASA publicó una semblanza en su sitio oficial, en la que destacó su papel como «científico de la Tierra» y su aportación a la comprensión de la atmósfera global. ↩︎
Testimonios de colaboradores como Luisa T. Molina (su esposa y coinvestigadora) o el climatólogo V. Ramanathan resultan coincidentes en este punto.[sin verificar] ↩︎