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Negacionismo del Holocausto

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Negacionismo del Holocausto
Qué esLa afirmación, contraria a la totalidad de la evidencia histórica, de que el exterminio de los judíos europeos por la Alemania nacionalsocialista no ocurrió, no fue deliberado o tuvo una magnitud muy inferior a la documentada
Consideración académicaSeudohistoria. No existe controversia entre historiadores sobre la realidad del Holocausto
Definición internacional de referencia«Definición operativa de negación y distorsión del Holocausto», adoptada por los países miembros de la IHRA en su reunión plenaria de Toronto el 10 de octubre de 2013
Tesis centrales que sostieneQue no hubo una política oficial de exterminio; que las cámaras de gas no se usaron para matar; que la cifra de víctimas está inflada en un orden de magnitud
RefutaciónDocumentación burocrática alemana, testimonios de perpetradores, supervivientes y liberadores, evidencia física de los campos y demografía judía comparada
Hito judicialIrving contra Penguin Books y Deborah Lipstadt, Alto Tribunal de Justicia de Inglaterra y Gales, sentencia de 11 de abril de 2000
Situación legalDelito en numerosos países europeos, en Canadá y en Israel. En Estados Unidos y otras democracias no es punible por razones de libertad de expresión

1. Resumen[editar]

El negacionismo del Holocausto es la afirmación de que el Holocausto —el asesinato sistemático de alrededor de seis millones de judíos europeos por la Alemania nacionalsocialista y sus colaboradores— no ocurrió, no fue producto de una política deliberada de exterminio, o tuvo una magnitud radicalmente inferior a la documentada, habitualmente una décima parte de la cifra aceptada.

Conviene decir de entrada lo esencial: no se trata de una posición minoritaria dentro de un debate historiográfico, porque tal debate no existe. El Holocausto es uno de los acontecimientos mejor documentados de la historia contemporánea, y lo es en buena medida porque sus propios autores lo documentaron: la maquinaria alemana produjo cientos de miles de registros administrativos, órdenes, informes de ejecución, listas de transporte, presupuestos y correspondencia técnica. A esa base se suman los testimonios de perpetradores prestados en los procesos judiciales, los de supervivientes y liberadores, los restos físicos de los campos y las series demográficas que muestran la desaparición de comunidades enteras.

El negacionismo se presenta a sí mismo como «revisionismo», y esa etiqueta es su principal instrumento retórico. La distinción académica es nítida: la revisión histórica es el trabajo normal de la disciplina, que reexamina lo establecido con documentación nueva o con métodos nuevos y acepta el resultado que salga; el negacionismo parte de la conclusión y selecciona, distorsiona o inventa las pruebas necesarias para sostenerla.

Su historia intelectual va del francés Paul Rassinier en los años cincuenta y sesenta a la infraestructura editorial del Institute for Historical Review, fundado en 1978 por el activista de extrema derecha Willis Carto, y sus dos derrotas públicas más contundentes se produjeron en tribunales: el juicio de Ernst Zündel en Canadá en 1988, donde el famoso informe Leuchter fue rechazado como prueba pericial, y el proceso que David Irving planteó en Londres contra la historiadora Deborah Lipstadt y que perdió en 2000, con una sentencia de 349 páginas que concluyó que Irving había manipulado deliberadamente la evidencia.

Sobre si debe ser delito hay, en cambio, un desacuerdo genuino y serio entre democracias. Alemania, Austria, Francia y una larga lista de países europeos lo castigan penalmente; Estados Unidos no lo hace y no puede hacerlo bajo su Primera Enmienda; y España ocupa una posición intermedia y muy discutida desde la sentencia del Tribunal Constitucional de 2007.

2. Qué afirma el negacionismo y por qué no se sostiene[editar]

2.1 Las tres tesis[editar]

Por debajo de la enorme variedad de textos negacionistas hay siempre alguna combinación de tres afirmaciones:

  1. No existió una política oficial de exterminio. Lo que hubo, según esta tesis, fue un plan de deportación y trabajo forzado, con una mortalidad alta atribuible a las epidemias, el hambre y el colapso final de Alemania, no a un propósito de matar.
  2. Las cámaras de gas no se usaron para asesinar personas. Se sostiene que las instalaciones eran exclusivamente de despiojamiento, o que su capacidad técnica hacía imposible lo que se les atribuye.
  3. La cifra de víctimas está inflada. Suele proponerse un total en cientos de miles en lugar de en millones.

A ello se añade, siempre, una explicación de por qué el mundo entero cree lo contrario: una conspiración, atribuida a los judíos, a los aliados o al Estado de Israel, con el fin de obtener reparaciones, legitimidad política o culpabilidad occidental. Esa pieza es la que revela la naturaleza del fenómeno, y por eso la investigación académica lo clasifica de forma prácticamente unánime como una forma de antisemitismo y no como un error historiográfico.

2.2 La base probatoria[editar]

Las cuatro grandes clases de evidencia sobre las que se apoya el conocimiento del Holocausto son:

  • Documentación alemana. Cientos de miles de documentos producidos por la propia administración del Reich: órdenes, informes de las unidades móviles de exterminio, correspondencia sobre instalaciones, estadísticas internas y presupuestos. Es la base más difícil de sortear, porque no procede de las víctimas ni de los vencedores.
  • Testimonios. No sólo de supervivientes —cuya cantidad y consistencia es en sí misma una prueba—, sino de perpetradores, muchos de ellos prestados ante tribunales alemanes de posguerra, sin coacción y con asistencia letrada, y de los soldados aliados que liberaron los campos.
  • Evidencia física. Los propios recintos, los restos de los crematorios dinamitados en la retirada, los objetos y los análisis realizados sobre las estructuras.
  • Demografía. La comparación de los censos judíos de Europa antes y después de la guerra, comunidad por comunidad.

Un elemento que merece mención aparte, porque desactiva el argumento de la ausencia de una orden escrita, son los discursos de Posen, en los que Heinrich Himmler habló del exterminio ante mandos de las SS y responsables del partido y lo describió, en la formulación citada por el historiador Lawrence Douglas, como una página de gloria que nunca sería nombrada. Es decir: el propio autor del programa dejó constancia grabada de que se estaba llevando a cabo y de que se pretendía que no quedara constancia.

2.3 Revisionismo no es negacionismo[editar]

La confusión entre ambos términos es deliberada, y por eso conviene fijarla.

La historiografía del Holocausto ha sido revisada muchísimas veces, y en discusiones de fondo: el largo debate entre «intencionalistas» y «funcionalistas» sobre si el exterminio respondió a un plan previo o cristalizó por la dinámica del aparato en 1941; la revisión al alza y a la baja de las cifras de víctimas de campos concretos —la de Auschwitz, por ejemplo, fue corregida a partir de la investigación de los años ochenta y noventa—; el peso relativo de los fusilamientos masivos en el Este frente a los campos; o el grado de participación de las poblaciones locales y de la Wehrmacht. Todo eso es revisión histórica normal, hecha con documentación y publicada con evaluación por pares.

Lo que la disciplina rechaza no es revisar, sino negar el hecho mismo. Como han formulado varios departamentos de historia al pronunciarse sobre el asunto, la revisión legítima se ocupa de lo incompleto o lo ambiguo; no de la existencia del acontecimiento.

3. Historia del movimiento[editar]

3.1 Los orígenes (1945-1970)[editar]

Los primeros textos aparecen casi inmediatamente después de la guerra, en círculos de antiguos colaboracionistas y de la extrema derecha europea, pero el autor que da al fenómeno una forma reconocible es el francés Paul Rassinier (1906-1967). Su caso es peculiar y explica parte de su influencia posterior: fue socialista, resistente y deportado, y desde esa condición sostuvo que las cámaras de gas no habían existido y que las cifras estaban infladas. Que hubiera estado en un campo le dio a sus textos una autoridad aparente que sus sucesores han explotado sin descanso.

En Estados Unidos, la línea llega por otra vía: la de los historiadores revisionistas del origen de las guerras mundiales, y en particular Harry Elmer Barnes, que trasladó al Holocausto una desconfianza formada frente a la propaganda bélica de 1914.

3.2 La institucionalización (1970-1990)[editar]

En los años setenta el fenómeno se dota de aparato. Arthur Butz, profesor de ingeniería eléctrica —no de historia—, publicó en 1976 The Hoax of the Twentieth Century, que introdujo el formato del libro con aparato de notas. En el Reino Unido circuló masivamente el panfleto Did Six Million Really Die?, firmado por Richard Harwood, seudónimo. En Francia, el profesor de literatura Robert Faurisson convirtió la negación en una carrera pública y en un litigio permanente.

El paso decisivo fue organizativo: en 1978, Willis Carto fundó en California el Institute for Historical Review (IHR), con una revista de aspecto académico, conferencias y catálogo editorial. Su episodio más revelador es de 1980, cuando ofreció 50.000 dólares a quien demostrara que se había gaseado a judíos en Auschwitz; el superviviente Mel Mermelstein presentó su testimonio documentado, el instituto se negó a pagar y acabó teniendo que hacerlo por vía judicial. El caso es citado desde entonces como demostración de que el desafío probatorio era un artificio publicitario.

3.3 El informe Leuchter y el juicio Zündel (1988)[editar]

En 1988, el editor negacionista Ernst Zündel, juzgado en Canadá por difundir material negacionista, encargó al estadounidense Fred A. Leuchter, técnico de instalaciones de ejecución, un peritaje sobre las cámaras de Auschwitz. El resultado, el informe Leuchter, sostenía que las cámaras no habían podido funcionar como instalaciones de ejecución porque en sus paredes no aparecían los residuos de azul de Prusia presentes en las cámaras de despiojamiento.

Lo ocurrido en la sala es más instructivo que el informe:

  • Leuchter carecía por completo de la titulación que se le atribuía: tenía una licenciatura en historia, no formación en ingeniería, y admitió en el interrogatorio no ser toxicólogo ni químico.
  • El juez Ronald Thomas calificó su metodología de «ridícula» y «absurda» y resolvió que no estaba capacitado para declarar como perito, con un valor no superior al de un turista cualquiera.
  • El error técnico central quedó expuesto por el propio responsable del laboratorio que analizó las muestras: Leuchter había triturado los ladrillos enteros hasta reducirlos a polvo, diluyendo la capa superficial —la única que podía contener residuos— con una cantidad indeterminada de material interior. La comparación que el técnico usó ante el tribunal es la que ha quedado: es como analizar la pintura de una pared analizando la madera que hay detrás.

En 1990, el Instituto de Investigación Forense de Cracovia, dirigido por el profesor Jan Markiewicz, realizó un estudio con una metodología corregida, que excluía los compuestos de hierro del análisis, y detectó cianuro en las cinco instalaciones crematorias además de en las de despiojamiento, exactamente donde la documentación indicaba que había habido exposición.

El informe Leuchter fue rechazado por el tribunal que lo encargó y refutado en laboratorio, y sigue siendo, treinta y ocho años después, el documento más citado por el negacionismo.

3.4 Irving contra Lipstadt (1996-2000)[editar]

El proceso más importante de la historia del negacionismo lo inició un negacionista. En 1993 la historiadora estadounidense Deborah Lipstadt publicó Denying the Holocaust, donde describía al escritor británico David Irving como uno de los portavoces más peligrosos de la negación del Holocausto y afirmaba que torcía la evidencia para ajustarla a sus posiciones ideológicas. Irving demandó por difamación a Lipstadt y a su editorial, Penguin Books, el 5 de septiembre de 1996.

La elección de la jurisdicción no fue casual. En el derecho inglés de difamación de entonces, la carga de la prueba recaía sobre el demandado: no era Irving quien debía probar que la acusación era falsa, sino Lipstadt y Penguin quienes debían probar que era cierta. Es decir, la defensa tuvo que demostrar ante un tribunal, documento a documento, que Irving falseaba la historia.

El juicio se celebró en el Alto Tribunal de Justicia, sin jurado, ante el juez Charles Gray. La defensa reunió a un equipo de peritos de primer orden —Richard J. Evans, de Cambridge; Robert Jan van Pelt, historiador de la arquitectura, sobre las instalaciones de Auschwitz; Christopher Browning; Peter Longerich; Hajo Funke— que examinaron sistemáticamente las fuentes citadas por Irving y las compararon con lo que decían realmente.

La sentencia, de 11 de abril de 2000, ocupa 349 páginas y falló contra Irving en todos los puntos sustanciales. Gray concluyó que Irving había tergiversado y manipulado de forma persistente y deliberada la evidencia histórica por razones ideológicas propias, y que la defensa había probado que era un negacionista activo del Holocausto.

Las consecuencias fueron devastadoras para el demandante: su apelación fue rechazada el 20 de julio de 2001, las costas —entre uno y dos millones de libras— lo llevaron a la quiebra en 2002, y en 2006 se declaró culpable de negación del Holocausto en Austria y cumplió pena de prisión.

El valor del caso es doble. Por un lado, produjo la refutación forense más detallada jamás realizada de la obra de un negacionista, con los informes periciales publicados después como libros. Por otro, ilustra un límite: hizo falta un proceso de años y un presupuesto millonario para acreditar en un tribunal algo que ningún historiador discutía, y no todos los difamados pueden permitírselo.

4. Difusión contemporánea[editar]

El negacionismo clásico —libros, conferencias, editoriales— ha perdido peso frente a dos fenómenos más recientes.

El primero es la distorsión, que la definición internacional de referencia trata junto a la negación por buenas razones: en lugar de negar el hecho, se minimiza su alcance, se equipara con otros episodios para diluirlo, se traslada la responsabilidad a los aliados o a las propias víctimas, o se instrumentaliza la memoria para atacar a un adversario político. Es mucho más difícil de identificar, mucho más difundida y, en la mayoría de los ordenamientos, no punible.

El segundo es la circulación en redes, donde el material negacionista no se presenta como tesis sino como broma, meme o pregunta inocente, y donde encuentra públicos jóvenes sin ninguna formación previa sobre el asunto. Las encuestas sobre conocimiento del Holocausto en varios países occidentales han mostrado de forma reiterada un desconocimiento amplio entre las cohortes más jóvenes, que es el terreno sobre el que esa difusión opera.

Hay además un uso estatal del negacionismo como instrumento de política exterior. El caso más conocido es el de Irán, cuyo gobierno organizó en 2006 una conferencia internacional dedicada a cuestionar el Holocausto, con participación de negacionistas occidentales, en el contexto de su confrontación con Israel.

5. La respuesta institucional[editar]

La Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA), organización intergubernamental que agrupa a más de treinta Estados, adoptó en su reunión plenaria de Toronto del 10 de octubre de 2013 una «Definición operativa de negación y distorsión del Holocausto», elaborada por su comité sobre antisemitismo y negación junto con representantes gubernamentales. No es un texto vinculante: es una herramienta de trabajo pensada para que administraciones, educadores, policías y plataformas puedan identificar el fenómeno con un criterio común, y su principal aportación es precisamente tratar la distorsión y la negación como un continuo.

En el plano educativo, la respuesta dominante en Europa ha sido la contraria a la prohibición: enseñanza obligatoria, visitas a los lugares de memoria, conservación de archivos y digitalización masiva de testimonios, con la idea de que el negacionismo se combate con conocimiento antes que con código penal.

6. La cuestión penal[editar]

6.1 Los dos modelos[editar]

Aquí hay un desacuerdo real entre democracias, y no es un desacuerdo entre gente honesta y gente deshonesta.

El modelo europeo continental, encabezado por Alemania y Austria, penaliza la negación. Su argumento tiene una base histórica concreta: son las sociedades que produjeron el crimen, la negación es allí una forma de rehabilitar al régimen que lo cometió, y la Constitución alemana está construida sobre la idea de una democracia capaz de defenderse. En Alemania el instrumento es el delito de incitación al odio del Código Penal, bajo el cual fue condenado, entre otros, Ernst Zündel; en Francia rige desde 1990 la llamada ley Gayssot. La Decisión Marco 2008/913/JAI de la Unión Europea pidió a los Estados miembros tipificar la negación pública y burda del genocidio, aunque con margen de transposición.

El modelo estadounidense no permite castigar la negación. Bajo la Primera Enmienda, el discurso sólo puede prohibirse en supuestos muy estrechos —incitación a una acción ilegal inminente, amenaza verdadera—, y la falsedad histórica no es uno de ellos. El argumento sustantivo, defendido también por parte de la izquierda liberal europea, es que prohibir convierte al negacionista en mártir, desplaza el debate del terreno de los hechos al de la libertad y priva a la sociedad de la oportunidad de refutar en público.

6.2 España[editar]

El caso español es el más interesante para el lector hispanohablante y suele contarse mal.

El Código Penal de 1995 introdujo en su artículo 607.2 el castigo de la difusión de ideas o doctrinas que negaran o justificaran los delitos de genocidio. En su aplicación al caso de la Librería Europa de Barcelona y de su titular, Pedro Varela —condenado en 1998 por la difusión de material negacionista—, la Sección Tercera de la Audiencia Provincial de Barcelona planteó una cuestión de inconstitucionalidad, registrada con el número 5152-2000 y promovida por auto de 14 de septiembre de 2000.

La respuesta fue la Sentencia 235/2007, de 7 de noviembre, del Pleno del Tribunal Constitucional. Su contenido, con precisión:

  • Declaró inconstitucional y nula la conducta de «negar», por vulnerar la libertad de expresión del artículo 20.1 de la Constitución: la mera negación de un genocidio, sin más, es una opinión —por aberrante que sea— y no puede castigarse penalmente.
  • Mantuvo la conducta de «justificar», pero sólo mediante una interpretación conforme: es punible únicamente cuando la justificación suponga una incitación indirecta a la comisión de delitos de genocidio o a la violencia contra los grupos afectados.
  • La sentencia tuvo votos particulares discrepantes, que sostenían que la negación del genocidio es el punto de partida del discurso de odio y que por tanto debía poder castigarse.

Esa doctrina situó a España por encima del estándar de protección de la libertad de expresión que venía aplicando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en materia de negacionismo, usando el margen nacional de apreciación: un caso poco frecuente en el que un tribunal constitucional europeo protege más el discurso que Estrasburgo.

El marco cambió después. La Ley Orgánica 1/2015, de 30 de marzo, reformó el Código Penal y trasladó la materia al artículo 510, dentro de los delitos de odio, con una redacción que incorpora la negación y el enaltecimiento de genocidios y crímenes de lesa humanidad cuando promuevan o favorezcan un clima de hostilidad, odio o violencia contra los grupos afectados. La discusión doctrinal sobre si esa redacción respeta o no la doctrina de 2007 sigue abierta y ha producido resoluciones judiciales divergentes.

7. Por qué importa[editar]

Hay una tentación comprensible de tratar el negacionismo como una excentricidad marginal a la que se concede demasiada atención. Los especialistas que llevan décadas trabajando en ello señalan tres razones para no hacerlo.

La primera es que su objetivo nunca fue convencer a los historiadores. Es un instrumento de rehabilitación política: si el crimen fundacional no ocurrió, el movimiento que lo cometió vuelve a ser una opción política discutible. Por eso el negacionismo aparece siempre asociado a proyectos de extrema derecha y no a la investigación.

La segunda es que desaparecen los testigos. La generación de supervivientes se ha extinguido casi por completo, y con ella la barrera más eficaz que ha tenido la negación: la presencia física de alguien que estuvo allí. Lo que queda son archivos, y los archivos requieren mediación, es decir, instituciones y educación.

La tercera es que el mecanismo es transferible. La misma técnica —fabricar una controversia donde no la hay, sobrerrepresentar a una minoría sin credenciales, exigir un nivel de prueba imposible, atribuir el consenso a una conspiración de intereses— se ha aplicado después a otros terrenos. Estudiar cómo se desmontó el negacionismo del Holocausto en el juicio de 2000 sigue siendo uno de los mejores ejercicios disponibles sobre cómo se distingue el conocimiento de su imitación.

8. Véase también[editar]