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Cicerón

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Cicerón · artículos relacionados[ Desplegar · Plegar ]
PaísesEspaña · México
CiudadesMadrid · Barcelona
Marco Tulio Cicerón
Busto de Cicerón (Museos Capitolinos, Roma)
Nombre completo Marco Tulio Cicerón
(Marcus Tullius Cicero)
Nacimiento 3 de enero de 106 a.C.
Arpino, República romana
Fallecimiento 7 de diciembre de 43 a.C.
Formia, República romana
Causa de muerte Asesinato (decapitación)
Ocupación Político, filósofo, escritor, orador, abogado
Cónyuge Terencia (c. 77–46 a.C.)
Publilia (c. 46 a.C., divorcio breve)
Hijos Tulia
Marco Tulio Cicerón (hijo)
Cargos destacados Cuestor (75 a.C.)
Edil (69 a.C.)
Pretor (66 a.C.)
Cónsul (63 a.C.)
Gobernador de Cilicia (51-50 a.C.)
Obras destacadas De oratore, De re publica, De legibus, Cato maior de senectute, Laelius de amicitia, De officiis, Tusculanae disputationes, In Catilinam (Catilinarias), Philippicae (Filípicas)

1. Resumen[editar]

Marco Tulio Cicerón (Arpino, 106 a.C. – Formia, 43 a.C.) fue un político, filósofo, escritor, abogado y orador de la República romana, considerado universalmente como el mayor prosista de la lengua latina y uno de los pensadores más influyentes de la tradición occidental.[1] Su carrera política lo llevó a alcanzar el consulado en el año 63 a.C., durante el cual desarticuló la conjuración de Catilina, episodio que lo consagró como pater patriae (padre de la patria) pero que también sembró las semillas de su posterior exilio.

Más allá de su trayectoria como hombre de Estado, el legado de Cicerón descansa sobre su vasta obra escrita, que abarca discursos forenses y políticos, tratados de retórica, diálogos filosóficos y un epistolario de casi un millar de cartas. Fue el principal introductor de la filosofía griega en Roma, acuñando el vocabulario técnico latino con el que Occidente pensaría durante siglos conceptos como qualitas (cualidad), moralis (moral) o essentia (esencia). Su ideal de la humanitas —la formación integral del ser humano mediante las letras y la razón— se convirtió en el núcleo del humanismo renacentista y, por extensión, de la educación clásica que pervivió hasta el siglo XX.

En el mundo hispanohablante, la figura de Cicerón ha ejercido una influencia profunda tanto en el ámbito jurídico —donde el derecho romano constituye la base de los sistemas de tradición continental— como en el literario y el pedagógico. Sus discursos siguen siendo modelo de prosa argumentativa en facultades de Derecho y de Letras de toda Latinoamérica y España, y sus tratados filosóficos forman parte del canon de las humanidades clásicas.

2. Primeros años y formación[editar]

Cicerón nació en el seno de una familia acomodada del orden ecuestre en Arpino (Arpinum), una pequeña localidad del Lacio situada a unos cien kilómetros al sureste de Roma.[2] Su padre, también llamado Marco Tulio Cicerón, era un eques (caballero) con propiedades rurales que, sin haber ocupado magistraturas, procuró a sus hijos —Marco y su hermano menor Quinto— la mejor educación disponible en la capital.

Desde muy joven, Cicerón fue enviado a Roma para formarse con los maestros más reputados de la época. En derecho escuchó a Quinto Mucio Escévola, considerado el jurisconsulto más eminente de su generación. En filosofía siguió las lecciones de Fedro el epicúreo, del académico Filón de Larisa —por entonces exiliado en Roma tras la toma de Atenas por Mitrídates— y, más adelante, del estoico Diódoto, que vivió en casa de los Cicerones hasta su muerte.[3] En retórica, su formación fue igualmente ecléctica, combinando la tradición ática con la escuela asiánica, que por entonces gozaba de gran predicamento en Roma.

Durante su juventud, desempeñó su servicio militar en el año 89 a.C., en plena guerra Social, bajo el mando de Cneo Pompeyo Estrabón —padre del futuro Pompeyo Magno— y más tarde de Sila. La experiencia castrense, sin embargo, fue breve; Cicerón comprendió pronto que su vocación no residía en el campo de batalla sino en los tribunales y la vida pública.

Completó su formación con un viaje de estudios a Grecia y Asia Menor entre los años 79 y 77 a.C. En Atenas asistió al curso impartido por Antíoco de Ascalón, el académico que había roto con el escepticismo de Filón y proponía un sincretismo entre platonismo, aristotelismo y estoicismo. La influencia de Antíoco sería decisiva en el pensamiento ciceroniano, que siempre buscó conciliar las escuelas filosóficas helenísticas en una suerte de eclecticismo práctico. En Rodas se puso bajo la dirección del orador Apolonio Molón, a quien la tradición atribuye haberle enseñado a dominar la intensidad de su estilo, corregir su vehemencia y proteger su salud —ya frágil— durante las largas intervenciones orales.[4]

3. Trayectoria[editar]

3.1. Inicios como abogado[editar]

El primer gran proceso que dio notoriedad a Cicerón fue la defensa de Sexto Roscio Amerino, en el año 80 a.C., acusado de parricidio.[5] Aceptar la defensa constituía un acto de valor temerario: el acusador contaba con el respaldo velado de Crisógono, liberto y favorito del dictador Sila, que gobernaba Roma con mano de hierro tras su victoria en la guerra civil. Cicerón, con apenas veintiséis años, articuló una defensa que no solo exculpó a su cliente —Roscio fue absuelto— sino que dejó en evidencia la corrupción del entorno silano sin atacar directamente a Sila. La tradición sitúa en ese momento el nacimiento del homo novus como figura pública.

En los años siguientes emprendió, por razones de salud y prudencia política, el ya mencionado viaje a Grecia. A su regreso a Roma, hacia el 77 a.C., contrajo matrimonio con Terencia, una mujer de familia aristocrática que le aportó un patrimonio considerable y con quien tuvo dos hijos: Tulia, nacida hacia el 78 a.C., y Marco, en el 65 a.C.[6]

Continuó su carrera forense con casos que le granjearon fama de defensor implacable. En las llamadas Verrinas (70 a.C.), acusó a Cayo Verres, exgobernador de Sicilia, de extorsión y abusos escandalosos contra la provincia. El material probatorio era tan abrumador que Verres se exilió voluntariamente tras el primer discurso de acusación, sin esperar sentencia. Las Verrinas consagraron a Cicerón como el primer orador de Roma y lo catapultaron hacia el cursus honorum.

3.2. El cursus honorum[editar]

Cicerón recorrió todas las magistraturas del Estado romano en el tramo de edad mínimo permitido por la ley, la secuencia que la política de la época llamaba suo anno (en su año propio):

  • Fue elegido cuestor para el año 75 a.C., cargo que desempeñó en Sicilia, en la ciudad de Lilibea, supervisando el suministro de grano a Roma. La gestión le ganó la gratitud de la provincia —años después los sicilianos acudirían a él para acusar a Verres.
  • En el 69 a.C. alcanzó el cargo de edil curul, responsable de la organización de los juegos públicos y del abastecimiento de la ciudad.
  • Ascendió a pretor en el 66 a.C., magistratura que le dio jurisdicción sobre los tribunales de extorsión y le permitió pronunciar el discurso Pro lege Manilia (o De imperio Cn. Pompei), en el que defendió conceder a Pompeyo el mando supremo en la guerra contra Mitrídates. Con ese discurso, Cicerón selló una alianza estratégica con Pompeyo que se mantendría, con altibajos, durante casi dos décadas.
  • Finalmente, en el 63 a.C. fue elegido cónsul, el cargo supremo de la República. Era la primera vez desde hacía más de treinta años que un homo novus —es decir, un hombre sin antepasados que hubieran ejercido magistraturas curules— alcanzaba el consulado.[7]

3.3. La conjuración de Catilina[editar]

El acontecimiento que definió su consulado fue el descubrimiento y represión de la conjuración liderada por Lucio Sergio Catilina, un aristócrata arruinado que, habiendo sido derrotado dos veces en las elecciones consulares, conspiró para tomar el poder por la fuerza con el apoyo de veteranos empobrecidos, nobles endeudados y sectores descontentos de Italia. Cicerón, informado por una red de espías y por las revelaciones de Quinto Curio, un colaborador arrepentido de los conjurados,[8] logró que el senado decretara el senatus consultum ultimum —que suspendía las garantías constitucionales— y enfrentó a Catilina en una sesión memorable del 8 de noviembre del 63 a.C.

El primer discurso de la serie que conocemos como Catilinarias, pronunciado en el templo de Júpiter Estátor ante el propio Catilina y los senadores, comienza con las célebres palabras: «Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?» (¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?). Catilina abandonó Roma esa misma noche para unirse a sus tropas en Etruria, mientras sus cómplices en la ciudad eran arrestados días después. Cicerón llevó al senado las pruebas incriminatorias y defendió, tras un encendido debate, la ejecución sin juicio de los cinco conspiradores principales, entre ellos el ex-pretor Publio Cornelio Léntulo Sura.[9]

La conjuración fue sofocada y Catilina murió en la batalla de Pistoya, en enero del 62 a.C. El pueblo y el senado aclamaron a Cicerón como pater patriae, pero la legalidad de las ejecuciones sumarias —que habían vulnerado el derecho del ciudadano romano a apelar al pueblo (provocatio ad populum)— se convirtió en una sombra que lo perseguiría el resto de su vida.

3.4. El exilio y el regreso[editar]

La tormenta judicial estalló en el 58 a.C. cuando Publio Clodio Pulcro, enemigo acérrimo de Cicerón, fue elegido tribuno de la plebe e hizo aprobar una ley que condenaba al exilio a todo magistrado que hubiera ejecutado a un ciudadano romano sin juicio. El texto no mencionaba explícitamente a Cicerón, pero estaba redactado para aplicársele sin ambages. Abandonado por Pompeyo, que no quiso enfrentarse a Clodio, y sin el respaldo decidido de los cónsules, Cicerón partió al exilio en marzo del 58 a.C.

Pasó la mayor parte de su destierro en Tesalónica y Dirraquio (la actual Durrës, en Albania), sumido en una profunda depresión. Sus cartas de ese período, dirigidas sobre todo a su amigo Ático, revelan a un hombre desesperado y humillado. Mientras tanto, Clodio hizo demoler su casa en el Palatino y consagró el solar a la diosa Libertad, para que la restitución fuera jurídicamente imposible.

La movilización de sus partidarios logró, sin embargo, que en agosto del 57 a.C. los comicios centuriados aprobaran su retorno, respaldados por el voto casi unánime de toda Italia. Cicerón regresó a Roma triunfalmente y pronunció una serie de discursos —Post reditum— de gratitud al senado y al pueblo. Le fue restituida su casa en el Palatino, aunque el episodio dejó una marca indeleble en su orgullo y en su posición política.

3.5. Gobernación de Cilicia y guerra civil[editar]

Entre el 51 y el 50 a.C., Cicerón ejerció como gobernador de la provincia de Cilicia, en el Asia Menor. Aunque aceptó el cargo a regañadientes —odiaba alejarse de Roma—, desempeñó una administración honrada y eficaz que contrastó con la rapacidad de otros gobernadores.[10] Sofocó algunas incursiones de tribus locales en la región del Amano y obtuvo de sus tropas el título de imperator, que no llegó a ser ratificado con un triunfo en Roma.

A su regreso, la República se encaminaba hacia una nueva guerra civil entre César, que había cruzado el Rubicón en enero del 49 a.C., y Pompeyo, investido por el senado con la defensa de la legalidad republicana. Cicerón, tras una dolorosa indecisión, se alineó con Pompeyo y se unió a sus fuerzas en Grecia, aunque no participó en la batalla de Farsalia (48 a.C.) por encontrarse enfermo. La derrota de Pompeyo y su posterior asesinato en Egipto dejaron a Cicerón sin bando y en una posición muy vulnerable.

Sin embargo, en un gesto que la posteridad ha interpretado como muestra de magnanimidad calculada, César le concedió el perdón y lo recibió con cortesía en Brindisi. Cicerón regresó a Roma pero, marginado de la política real bajo la dictadura cesariana, se retiró a la vida privada y se consagró durante esos años a la composición de la mayor parte de su obra filosófica.

3.6. Últimos años y muerte[editar]

El asesinato de César en los idus de marzo del 44 a.C. devolvió a Cicerón a la primera línea política. Aunque no participó en la conspiración, aplaudió la eliminación del dictador y soñó con restaurar las instituciones republicanas. Convencido de que el principal peligro era Marco Antonio —cónsul y lugarteniente de César—, articuló contra él una ofensiva oratoria en catorce discursos conocidos como las Filípicas, así llamadas en homenaje a los discursos de Demóstenes contra Filipo II de Macedonia.

Las Filípicas representan la cima de la elocuencia política ciceroniana y un precedente del periodismo de denuncia moderno. En ellas presentó a Antonio como un tirano en potencia, borracho y corrupto, y defendió que el senado apoyara a Octaviano, el joven heredero de César, como mal menor. La maniobra funcionó a corto plazo: Antonio fue declarado enemigo público del Estado romano y marchó al norte para combatir a Décimo Bruto. Pero el viraje decisivo se produjo cuando Octaviano, tras tomar Roma por la fuerza en agosto del 43 a.C., pactó con Antonio y con Lépido el llamado Segundo Triunvirato.

Las tablas de proscripción que publicaron los triunviros incluían a cientos de enemigos políticos que debían ser ejecutados y cuyos bienes serían confiscados. El nombre de Cicerón figuraba entre los primeros, a petición expresa de Antonio. Octaviano, tras algunas dudas, dio su consentimiento.

Cicerón intentó huir y embarcarse en la costa de Formia, pero los asesinos enviados por Antonio lo alcanzaron en la vía que conducía al puerto. Según el relato transmitido por la tradición —en especial por Plutarco—, afrontó la muerte con entereza: pidió a sus esclavos que detuvieran la litera en la que viajaba y asomó la cabeza para recibir el golpe.[11] Murió decapitado el 7 de diciembre del 43 a.C. Por orden de Antonio, su cabeza y sus manos —las que habían escrito las Filípicas— fueron clavadas en los rostra, la tribuna de oradores del Foro romano, como macabra advertencia.

4. Obra literaria y filosófica[editar]

La obra escrita de Cicerón que ha llegado hasta nosotros es la más voluminosa de la Antigüedad latina y puede clasificarse en cuatro grandes bloques: discursos, tratados de retórica, obras filosóficas y cartas.

4.1. Discursos[editar]

Se conservan íntegros o en gran parte 58 discursos, más fragmentos de otros aproximadamente 52.[12] Su producción forense y política abarca toda su carrera pública y constituye la principal fuente para la historia política de la tardorrepública romana. Entre los más célebres figuran:

  • Verrinas (70 a.C.): Siete discursos contra la corrupción del gobernador Verres. Solo los dos primeros fueron pronunciados; los cinco restantes se publicaron como memorial de acusación tras el exilio voluntario del reo.
  • Catilinarias (63 a.C.): Cuatro discursos ante el senado y el pueblo contra la conjuración de Catilina.
  • Pro Archia (62 a.C.): Defensa del poeta griego Arquías, cuya ciudadanía romana se cuestionaba. Contiene un encendido elogio de las letras y la cultura como formadoras del espíritu cívico.
  • Pro Milone (52 a.C.): Defensa de Milón, acusado del asesinato de Clodio. El discurso, una obra maestra de argumentación, no fue pronunciado en las condiciones previstas —Cicerón se intimidó ante la presencia de soldados en el foro—, pero la versión publicada se cuenta entre sus logros más brillantes.
  • Filípicas (44-43 a.C.): Catorce discursos contra Marco Antonio, que le costaron la vida.

4.2. Tratados de retórica[editar]

Cicerón fue también el mayor teórico de la oratoria en lengua latina. Su corpus retórico sistematizó la tradición griega y la adaptó al contexto romano:

  • De inventione (c. 84 a.C.): Obra de juventud, incompleta y deudora de los manuales alejandrinos.
  • De oratore (55 a.C.): Diálogo en tres libros que constituye la cumbre de su pensamiento retórico. Presenta al orador ideal como un hombre de cultura universal, conocedor de la filosofía y la historia, no un mero técnico de la palabra.
  • Brutus y Orator (46 a.C.): Dos obras complementarias que trazan la historia de la elocuencia romana y definen el estilo del perfecto orador, respectivamente.

La concepción ciceroniana de la retórica superaba la imagen del sofista manipulador: para Cicerón, la elocuencia debía unirse a la sabiduría (sapientia) y al compromiso ético con la comunidad. Era, en sus propias palabras, una parte esencial de la humanitas.

4.3. Obras filosóficas[editar]

El proyecto filosófico de Cicerón, desarrollado sobre todo durante su retiro forzoso bajo la dictadura de César (46-44 a.C.), consistió en trasplantar al latín el edificio entero de la filosofía griega clásica y helenística.[13] Entre sus principales títulos se cuentan:

  • De re publica (c. 54-51 a.C.): Diálogo político modelado sobre la República de Platón, conservado solo fragmentariamente hasta el siglo XIX, cuando el cardenal Angelo Mai descubrió una parte sustancial del texto —el Somnium Scipionis— en un palimpsesto vaticano. Defiende una constitución mixta, semejante a la de la Roma de los antepasados, y sitúa la justicia como fundamento del Estado.
  • De legibus (c. 52-46 a.C.): Continuación del anterior, centrado en el origen de las leyes desde una perspectiva iusnaturalista.
  • Tusculanae disputationes (45 a.C.): Cinco libros de conversaciones filosóficas sobre la muerte, el dolor, la tristeza, las pasiones y la virtud como camino hacia la felicidad.
  • De natura deorum (45 a.C.): Examen crítico de las concepciones epicúrea, estoica y académica sobre la divinidad.
  • Cato maior de senectute (44 a.C.): Elegante defensa de la vejez como etapa valiosa de la vida, puesta en boca de Catón el Censor.
  • Laelius de amicitia (44 a.C.): Diálogo sobre la amistad, inspirado en la relación entre Lelio y Escipión Emiliano.
  • De officiis (44 a.C.): Tratado sobre los deberes morales escrito en forma de carta a su hijo Marco, por entonces estudiante en Atenas. Es la obra filosófica de Cicerón más leída a lo largo de la historia y una de las primeras obras clásicas que salieron de la imprenta de tipos móviles, en Maguncia, en 1465.[14]

4.4. Las cartas[editar]

El epistolario de Cicerón, publicado póstumamente por su liberto Tirón y redescubierto en parte por Petrarca en el siglo XIV, comprende cerca de novecientas cartas distribuidas en varias colecciones: Ad Atticum, Ad familiares, Ad Quintum fratrem, Ad Brutum. Escritas sin intención de publicación —la mayoría salvo algunas cartas a Ático—, constituyen un documento excepcional sobre la vida cotidiana, las intrigas políticas, las dudas íntimas y la red de relaciones de un senador romano en el momento culminante de la crisis republicana. El género epistolar ciceroniano, con su mezcla de afecto, ironía, cultura y política, elevó la carta privada a la categoría de género literario.[15]

5. Pensamiento político y filosófico[editar]

Cicerón no fue un pensador sistemático en el sentido aristotélico del término, ni pretendió construir una escuela propia. Su papel en la historia de la filosofía es el de un mediador genial: adaptó, tradujo y sintetizó las grandes corrientes del pensamiento helenístico —platonismo, aristotelismo, estoicismo, escepticismo académico— y las puso al servicio de un ideal de formación humana integral que él mismo bautizó como humanitas.

Su postura filosófica se ha calificado habitualmente de eclecticismo académico: profesaba la adhesión a la Academia de Platón en su versión escéptica moderada, que no renunciaba a la búsqueda de lo probable en ausencia de certezas absolutas. Esa flexibilidad metodológica le permitió recurrir a argumentos estoicos cuando trataba de deberes morales (De officiis) y a postulados más cercanos a Platón y Aristóteles cuando abordaba la política (De re publica).

En el campo político, defendió tres principios que tendrían larga fortuna en la tradición occidental:

  • La constitución mixta, que combinaba elementos monárquicos (los cónsules), aristocráticos (el senado) y democráticos (los comicios), como forma de gobierno que equilibra los intereses de todas las clases y evita la degeneración en tiranía u oligarquía.
  • El iusnaturalismo, la idea de que existe una ley verdadera y universal, anterior a toda legislación positiva, cuyo origen es la razón divina que gobierna el cosmos. El pasaje de De re publica (III, 22) que expone esta doctrina ha sido citado innumerables veces por juristas y teólogos: «Est quidem vera lex recta ratio, naturae congruens...».
  • La concordia ordinum o concordia de los órdenes sociales, es decir, la alianza entre senadores y caballeros frente a los políticos que, como Catilina o César, pretendían subvertir las instituciones en nombre del pueblo o de la fuerza militar.

6. Legado e influencia[editar]

6.1. En la Antigüedad y la Edad Media[editar]

Tras su muerte, Cicerón se convirtió rápidamente en un clásico escolar. Quintiliano, el gran pedagogo romano del siglo I, erigió su figura en modelo del orador perfecto. Los Padres de la Iglesia latina, singularmente San Agustín —que en las Confesiones relata cómo la lectura del diálogo ciceroniano Hortensius, hoy perdido, despertó en él el amor por la sabiduría— y San Jerónimo, que se reprochaba en sueños ser «más ciceroniano que cristiano», mantuvieron viva su obra en los scriptoria monacales.

Durante la alta Edad Media, los discursos de Cicerón fueron menos copiados que sus tratados retóricos y, sobre todo, el De officiis, que funcionó como manual de ética práctica en las escuelas catedralicias.[16]

6.2. Del Renacimiento a la Ilustración[editar]

El redescubrimiento de las cartas Ad Atticum por Petrarca, en 1345, desencadenó lo que los historiadores han llamado el culto renacentista a Cicerón. Petrarca convirtió al orador romano en el interlocutor ideal de un humanismo que reivindicaba la elocuencia, la participación cívica y el valor de la Antigüedad clásica como modelo. El debate entre «ciceronianos» —que defendían la imitación estricta del latín de Cicerón como única lengua literaria aceptable— y «anticiceronianos», liderados por Erasmo de Róterdam con su Ciceronianus (1528), marcó buena parte del Renacimiento europeo.

En los siglos siguientes, Cicerón inspiró a los padres del liberalismo clásico. John Locke recomendaba su lectura para la formación del ciudadano y Montesquieu tomó de él la teoría de la constitución mixta para articular su doctrina de la separación de poderes. La Revolución francesa y la independencia de las colonias americanas se pensaron, en gran medida, con el vocabulario republicano que Cicerón había forjado: libertad, ley, patria, tiranía. Thomas Jefferson y John Adams citaban a Cicerón como autoridad política y moral.

6.3. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]

En el ámbito jurídico, la Digesta de Justiniano bebió de la jurisprudencia republicana que Cicerón conoció y comentó; los sistemas de derecho civil de toda Latinoamérica y España son herederos directos de esa tradición romanista. En las facultades de Derecho del continente americano, la lectura de fragmentos de De legibus o de discursos como la defensa de Milón sigue formando parte del currículo de historia del derecho y de argumentación jurídica.

En el campo de las letras, la prosa de Cicerón influyó en humanistas hispánicos del siglo XVI y XVII, desde Antonio de Nebrija —que lo cita como autoridad lingüística en la Gramática de la lengua castellana— hasta Diego de Saavedra Fajardo y Baltasar Gracián. Cervantes, en el Quijote, alude a Cicerón como paradigma de elocuencia y sabiduría.

Durante el siglo XIX, cuando los estados latinoamericanos recién independizados organizaban sus sistemas educativos, la enseñanza del latín —y dentro de ella, la traducción de los discursos de Cicerón— ocupó un lugar central en los planes de estudio secundarios y universitarios. Andrés Bello, en su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847), recurre con frecuencia a ejemplos ciceronianos para ilustrar construcciones sintácticas. El propio Bello tradujo pasajes de Cicerón y defendió el estudio de sus obras como gimnasia mental y escuela de ciudadanía.

Ya en el siglo XX, filólogos y latinistas de América Latina realizaron valiosas contribuciones al estudio de Cicerón. En México, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) publicó traducciones de buena parte de los tratados filosóficos ciceronianos en su Biblioteca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana. En España, la editorial Gredos y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) mantienen series de clásicos grecolatinos en las que la obra de Cicerón ocupa un lugar destacado.[17]

7. Estilo y características literarias[editar]

El estilo de Cicerón representa la síntesis más refinada de la prosa latina clásica. Frente a la sequedad de los aticistas —que defendían una oratoria sobria y desnuda— y la exuberancia de los asianistas —proclives al exceso ornamental—, Cicerón practicó lo que él mismo denominó un estilo rodio: una vía media que combinaba la claridad, el ritmo y una ornamentación medida.

Sus rasgos más característicos incluyen:

  • El uso magistral del período sintáctico complejo, con subordinadas que se encadenan en una estructura arquitectónica sin perder legibilidad.
  • La prosa rítmica: Cicerón prestaba especial atención a las cláusulas finales de las frases y de los períodos, empleando combinaciones de sílabas largas y breves que producían un efecto casi musical. Las cláusulas típicas —como el famoso esse videatur— se convirtieron en firma de su estilo.
  • La variedad de registros (aptum): Cicerón adaptaba el tono, el léxico y la sintaxis al asunto, al auditorio y a la finalidad del discurso. Podía ser coloquial en una carta, solemne en un alegato ante el senado y lírico en una disertación filosófica.
  • El dominio de la ironía y el humor, recursos que manejaba con una eficacia demoledora contra sus adversarios y que todavía hoy hacen reír al lector de sus cartas.

La invención ciceroniana de una prosa que aunaba profundidad conceptual, elegancia formal y eficacia comunicativa convirtió el latín en un vehículo de pensamiento abstracto comparable, por primera vez, al griego. Es difícil exagerar la importancia de este logro para toda la cultura intelectual de Occidente.

8. Palmarés y reconocimientos[editar]

Aunque el concepto moderno de premios y galardones resulta anacrónico para la Roma republicana, el palmarés de Cicerón puede enunciarse en los términos de la propia cultura romana:

  • Cuestor de Lilibea (75 a.C.) — magistratura cumplida suo anno.
  • Edil curul (69 a.C.).
  • Pretor (66 a.C.), con jurisdicción en tribunales de extorsión.
  • Cónsul (63 a.C.), elegido suo anno y como primer homo novus en más de treinta años.
  • Pater patriae (63 a.C.): título honorífico concedido por el senado a propuesta de Quinto Lutacio Cátulo tras la represión de la conjuración de Catilina.
  • Salutación imperial (51-50 a.C.): aclamado imperator por sus tropas en Cilicia, título que daba derecho a solicitar la celebración de un triunfo —que nunca llegó a celebrarse.

Además de estos honores institucionales, la posteridad le ha otorgado un lugar de privilegio en el canon literario y filosófico universal. Su obra sigue siendo leída, traducida y estudiada en todos los continentes, y su influencia perdura no solo en las humanidades clásicas sino en la teoría retórica, la filosofía del derecho y el pensamiento político contemporáneo.

9. Últimos años y muerte[editar]

(Véase la sección 3.6 para un desarrollo completo.)

El asesinato de Cicerón, con el ultraje posterior de exhibir su cabeza y sus manos en los rostra, se convirtió inmediatamente en un emblema del fin de la República libre. Séneca el Retórico, Plutarco, Apiano y Dión Casio narraron el episodio con detalles que subrayaban su dramatismo y su simbolismo: moría no solo un hombre, sino la voz misma del régimen republicano.

El juicio de la historia sobre Octaviano —el futuro Augusto— quedó marcado por la proscripción de Cicerón. La tradición conserva la anécdota, probablemente apócrifa, de que, años después, al sorprender a uno de sus nietos leyendo un libro de Cicerón, Augusto lo tomó en sus manos, lo hojeó en silencio y sentenció: «Fue un hombre elocuente, hijo mío; un hombre elocuente que amaba a su patria».[18]

10. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]

(Véase la sección 6.3 para un desarrollo detallado.)

Cicerón es, con toda probabilidad, el autor latino más leído en las aulas de los países de habla hispana después de Virgilio y Ovidio. Su presencia en los programas de Latín del Bachillerato español y de las escuelas secundarias con orientación humanística de América Latina ha sido constante desde el siglo XIX. La traducción de sus discursos ha sido ejercicio habitual en los exámenes de oposición a cátedras universitarias y a cuerpos superiores de la administración de justicia.

En el ámbito editorial, continúan reeditándose traducciones de sus obras completas o de títulos sueltos en sellos como Gredos, Alianza Editorial, Cátedra, Espasa-Calpe y la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana de la UNAM. La Biblioteca Clásica de la Real Academia Española, en coordinación con las academias americanas, incluyó varias obras de Cicerón en su proyecto de publicar los grandes títulos de la tradición grecolatina con criterios filológicos rigurosos y accesibilidad al público general.

11. Véase también[editar]

Esta sección recoge artículos complementarios del propio WikiMundo. Dado que la plataforma no admite enlaces a documentos aún no creados, se relacionan los títulos que el lector puede consultar para ampliar información.

  • República romana
  • Julio César
  • Pompeyo
  • Marco Antonio
  • Octavio Augusto
  • Literatura latina
  • Retórica
  • Derecho romano
  • Humanismo

12. Bibliografía selecta[editar]

La producción académica sobre Cicerón es inmensa y abarca desde los estudios filológicos del siglo XIX hasta las monografías políticas y filosóficas del XXI. A continuación se indican algunas referencias de importancia para el lector hispanohablante.

  • CICERÓN, Marco Tulio. Discursos. Traducciones de varios autores. Madrid: Gredos, 1988-2005 (varios volúmenes).
  • CICERÓN, Marco Tulio. Sobre la República / Sobre las Leyes. Traducción de José Guillén. Madrid: Tecnos, 1986.
  • CICERÓN, Marco Tulio. Del supremo bien y del supremo mal / Disputaciones tusculanas. Traducción de Víctor-José Herrero. Madrid: Gredos, 2004.
  • GRIMAL, Pierre. Cicerón. Traducción al español de Juan de Dios de la Rada. Barcelona: Planeta, 1992.
  • MITCHELL, Thomas N. Cicero: The Ascending Years / Cicero: The Senior Statesman. New Haven: Yale University Press, 1979-1991
  • PLUTARCO. Vidas paralelas. Volumen VII: «Demóstenes-Cicerón». Traducción de Juan Pablo Sánchez. Madrid: Gredos, 2008.
  • RAWSON, Elizabeth. Cicero: A Portrait. Londres: Bristol Classical Press, 1983
  • RODRÍGUEZ-PANTOJA, Miguel (ed.). Cicerón: el hombre y su obra. Córdoba: Universidad de Córdoba, 1999.
  • BELLO, Andrés. Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847). Múltiples reediciones.
  • SALUSTIO CRISPO, Cayo. La conjuración de Catilina. Traducción de Bartolomé Segura Ramos. Madrid: Alianza, 2005.

  1. La tradición que va de Petrarca a la Ilustración consideró a Cicerón el modelo insuperable de la elocuencia y el estilo latinista. Autores como Erasmo, Montaigne, Locke y Voltaire se refirieron a él como una autoridad ineludible. ↩︎

  2. Arpino había sido ya la patria de Cayo Mario, el célebre militar y siete veces cónsul, lo que confería a la ciudad un cierto prestigio pese a su condición de municipio del interior. ↩︎

  3. Diódoto enseñó a Cicerón dialéctica y le transmitió los principios del estoicismo que aparecerían con fuerza en sus últimas obras filosóficas. ↩︎

  4. Según relata Plutarco en sus Vidas paralelas, Apolonio Molón habría exclamado, al escuchar a Cicerón declamar en griego, que Roma se llevaba, con aquel joven, la última gloria que aún le quedaba a Grecia: la elocuencia. ↩︎

  5. El discurso Pro Roscio Amerino es el primero de los conservados de Cicerón y ya muestra el dominio de la narratio, la técnica de construir un relato verosímil que predisponga a los jueces a favor del acusado. ↩︎

  6. La fuente afirma que Tulia nació en 79 a. C., sin mencionar desacuerdo entre especialistas sobre las fechas de nacimiento de Tulia y Marco ↩︎

  7. El término homo novus designaba a quien ingresaba por primera vez a su familia en el orden senatorial mediante el ejercicio de una magistratura. Cicerón se enorgullecía de haber llegado a cónsul sin más armas que su talento y su palabra, algo que subrayaría reiteradamente en sus discursos y escritos. ↩︎

  8. La historia de Quinto Curio y su amante Fulvia, que filtró los planes de la conspiración a Cicerón, es narrada con detalle por Salustio en De coniuratione Catilinae. ↩︎

  9. En aquel debate terció Cayo Julio César, que se opuso a la pena capital defendiendo en su lugar la cadena perpetua, postura que anticipaba los argumentos de los populares. La intervención de Catón de Útica en favor de la ejecución fue la que inclinó la balanza del senado. ↩︎

  10. Las cartas que escribe a Ático desde Cilicia ofrecen un cuadro vivo de cómo un romano culto veía el Oriente helenizado y de las incomodidades de administrar una provincia fronteriza con el Imperio parto. ↩︎

  11. Tito Livio, citado por Séneca el Viejo, escribió que Cicerón murió «con el cuello ofrecido a los asesinos», lo que la retórica posterior convirtió en emblema del filósofo que muere sin miedo. ↩︎

  12. Las ediciones canónicas varían ligeramente en el recuento. ↩︎

  13. En De divinatione (II, 1-4) expone él mismo el plan de la empresa: ofrecer al público romano un corpus filosófico completo que hiciera innecesario recurrir a las fuentes griegas. ↩︎

  14. Aunque el De officiis se disputa esa primacía con otras obras, suele citarse como uno de los primeros libros impresos tras la Biblia de Gutenberg. ↩︎

  15. Las colecciones mencionadas agrupan entre 850 y 950 cartas según las ediciones. ↩︎

  16. El De inventione y la Rhetorica ad Herennium (erróneamente atribuida a Cicerón durante siglos) fueron los textos retóricos más copiados hasta el siglo XII.[sin verificar] ↩︎

  17. La colección de clásicos de Gredos cuenta con varios volúmenes dedicados a los discursos, los tratados filosóficos y las cartas de Cicerón. ↩︎

  18. Plutarco la consigna de modo algo distinto en la Vida de Cicerón. ↩︎