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Revolución francesa

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Revolución francesa
País Reino de Francia
Período 5 de mayo de 1789La fuente indica que la Revolución se inició en 1789 (sin fecha exacta) y finalizó con el golpe de Estado de Napoleón el 9 de noviembre de 1799 (18 de brumario); esa fecha corresponde al fin, no al inicio. (Golpe del 18 de Brumario)
Duración aproximadamente 10 años y 6 meses[sin verificar]
Causas inmediatas Crisis financiera, desigualdad del sistema estamental, influencia de la Ilustración, malas cosechas y hambruna
Régimen previo Antiguo Régimen (monarquía absoluta)
Régimen resultante Primera República Francesa (1792–1804), luego Consulado napoleónico
Forma de gobierno durante la revolución Monarquía constitucional (1789–1792), Convención Nacional (1792–1795), Directorio (1795–1799)
Documentos fundamentales Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), Constitución de 1791, Constitución de 1793 (no aplicada), Constitución del Año III (1795)
Principales líderes Maximilien Robespierre, Georges Danton, Jean-Paul Marat, Jacques Pierre Brissot, Louis Antoine de Saint‑Just, Emmanuel‑Joseph Sieyès, Marqués de Lafayette
Monarcas durante el proceso Luis XVI (ejecutado en 1793), Luis XVII (nunca reinó, murió en prisión en 1795)

1. Resumen[editar]

La Revolución francesa fue un proceso político y social que transformó radicalmente la estructura del Estado francés y puso fin al Antiguo Régimen en el país, entre 1789 y 1799. Se inició con la convocatoria de los Estados Generales por el rey Luis XVI el 5 de mayo de 1789 y se considera cerrada con el golpe de Estado del 18 de Brumario (9 de noviembre de 1799), que llevó a Napoleón Bonaparte al poder. Durante ese decenio, Francia pasó del absolutismo monárquico a una monarquía constitucional, luego a una república democrática y finalmente a un régimen autoritario bajo el Consulado.

Sus principios fundamentales —libertad, igualdad ante la ley y soberanía nacional— quedaron plasmados en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano del 26 de agosto de 1789, documento que influyó en la redacción de numerosas constituciones y declaraciones de derechos en los siglos XIX y XX, incluidas las de las nuevas repúblicas hispanoamericanas tras la independencia.

El periodo revolucionario incluye episodios emblemáticos como la toma de la Bastilla (14 de julio de 1789), la abolición del feudalismo la noche del 4 de agosto de 1789, la fuga y arresto del rey en Varennes (junio de 1791), la insurrección del 10 de agosto de 1792 que derribó la monarquía, la proclamación de la República en septiembre de 1792, la ejecución de Luis XVI en enero de 1793 y el periodo del Terror (1793–1794), durante el cual el Comité de Salvación Pública, liderado por Maximilien Robespierre, ejerció una represión severa contra los considerados enemigos de la revolución.

La Revolución francesa marcó la entrada de Europa en la contemporaneidad y su herencia se percibe en los sistemas políticos democráticos modernos, en los códigos civiles de raíz napoleónica y en el lenguaje de los derechos humanos que hoy estructura gran parte del derecho internacional.

2. Antecedentes y causas[editar]

2.1. El Antiguo Régimen[editar]

En la segunda mitad del siglo XVIII, Francia era una monarquía absoluta de derecho divino organizada en tres estamentos. El clero (Primer Estado) y la nobleza (Segundo Estado) poseían la mayor parte de la tierra, disfrutaban de privilegios fiscales y ocupaban los altos cargos; el Tercer Estado comprendía al resto de la población, desde la alta burguesía hasta el campesinado, y soportaba la carga tributaria casi en exclusiva. La sociedad estamental impedía la movilidad social y generaba un malestar creciente entre una burguesía ilustrada, próspera económicamente pero marginada del poder político.

2.2. Crisis financiera y fiscal[editar]

Las finanzas de la monarquía francesa quedaron gravemente debilitadas tras la guerra de los Siete Años (1756–1763) y sobre todo por la intervención en la guerra de Independencia de los Estados Unidos (1778–1783), cuyos costes dispararon la deuda pública. Los sucesivos ministros de Luis XVI —Jacques Necker, Charles-Alexandre de Calonne, Étienne-Charles de Loménie de Brienne— intentaron introducir reformas que implicaban hacer tributar a los estamentos privilegiados, pero chocaron con la oposición de los parlamentos regionales y con la Asamblea de Notables de 1787, que se negó a aprobar los nuevos impuestos. La convocatoria de los Estados Generales en 1789 fue la salida institucional elegida por el rey ante la parálisis política y financiera.[1]

2.3. Influencia de la Ilustración[editar]

Las ideas de la Ilustración francesa —difundidas por filósofos como Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Diderot— habían permeado ampliamente entre la burguesía y en parte de la nobleza. Nociones como la división de poderes, el contrato social y la crítica al absolutismo y a los privilegios estamentales proporcionaron el arsenal teórico con el que se cuestionó el orden tradicional. El eco de la Revolución estadounidense (1776) —con su Declaración de Independencia y su Constitución— ofreció además un modelo cercano de ruptura con la metrópoli y de construcción institucional basada en la soberanía popular.

Los años previos a 1789 estuvieron marcados por sucesivas malas cosechas, especialmente la de 1788, que dispararon el precio del pan —alimento básico de la población— y generaron hambrunas y motines. La crisis agrícola redujo además el consumo de manufacturas, afectando a la artesanía y al trabajo urbano. El llamado «ciclo de la ira popular» combinó el descontento económico con el resentimiento hacia los privilegios señoriales y reales.

3. La crisis del Antiguo Régimen (1787–1789)[editar]

La Asamblea de Notables se reunió en Versalles en febrero de 1787 por iniciativa de Calonne, pero rechazó los proyectos de reforma fiscal. El rey sustituyó a Calonne por Loménie de Brienne, quien intentó forzar las reformas mediante decretos y desató una rebelión nobiliaria y parlamentaria en provincias, con episodios como la «Jornada de las Tejas» en Grenoble (7 de junio de 1788). Ante la imposibilidad de imponer su plan, Luis XVI aceptó convocar los Estados Generales para el 1 de mayo de 1789.

En los meses previos se redactaron los «cahiers de doléances» (cuadernos de quejas) en cada parroquia y corporación, que reflejaban reivindicaciones muy diversas, desde la abolición de los derechos feudales hasta la implantación de una constitución. La cuestión del voto —por estamento o por cabeza— polarizó el debate: el Tercer Estado reclamó el voto por cabeza y la duplicación de sus representantes, lo que fue concedido parcialmente.

Los Estados Generales se inauguraron el 5 de mayo de 1789 en Versalles. El bloqueo de las deliberaciones llevó a que los diputados del Tercer Estado, junto con algunos clérigos y nobles disidentes, se proclamaran Asamblea Nacional el 17 de junio de 1789. Tras el cierre de la sala de sesiones por orden real, se reunieron en el «Juego de Pelota» el 20 de junio, donde juraron no separarse hasta haber dado una constitución a Francia. El 9 de julio la asamblea se declaró Asamblea Nacional Constituyente.

La concentración de tropas reales en torno a París y la destitución del ministro Necker —considerado favorable a las reformas— encendieron la mecha popular. El 14 de julio de 1789, la multitud parisina asaltó la fortaleza de la Bastilla, símbolo del absolutismo y prisión de Estado. La toma de la Bastilla —con un saldo de unos cien muertos entre los asaltantes y siete prisioneros liberados— se convirtió en el mito fundacional de la Revolución.[2] El rey retrocedió: Necker fue restituido, y la revolución municipal se extendió por toda Francia con la creación de comunas y milicias ciudadanas, embrión de la Guardia Nacional.

4. La Asamblea Nacional Constituyente (1789–1791)[editar]

4.1. La noche del 4 de agosto y la abolición del feudalismo[editar]

En respuesta a la agitación campesina del «Gran Miedo» —ola de insurrecciones rurales durante el verano de 1789—, la Asamblea aprobó en la noche del 4 de agosto de 1789 un paquete de decretos que abolían los privilegios señoriales, el diezmo eclesiástico, la venalidad de los cargos y las diferencias estamentales ante el impuesto. El régimen señorial quedó formalmente suprimido,[3] aunque el rescate de los derechos reales (los que pesaban sobre la tierra) fue declarado redimible y no abolidos de manera inmediata y gratuita, lo que mantuvo una fuente de tensión.

4.2. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano[editar]

El 26 de agosto de 1789, la Asamblea adoptó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, un texto de diecisiete artículos que proclamaba como derechos naturales e imprescriptibles la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Establecía la igualdad jurídica de todos los ciudadanos, la libertad de opinión y de imprenta, la soberanía nacional y la separación de poderes. Redactada en un lenguaje universalista, la Declaración tuvo una influencia inmediata y duradera más allá de las fronteras francesas.

4.3. Reformas institucionales y religiosas[editar]

La Constituyente llevó a cabo una profunda reorganización administrativa del reino: creó los departamentos (83 departamentos[sin verificar]), los distritos, los cantones y las comunas, barriendo las antiguas provincias. La justicia fue reformada con la elección de jueces y jurados. En el terreno económico, se suprimieron las corporaciones gremiales (Ley Le Chapelier, 1791) y se implantó la libertad de comercio interior.

Una de las medidas más controvertidas fue la Constitución Civil del Clero (12 de julio de 1790): los sacerdotes y obispos pasaban a ser elegidos y asalariados por el Estado y debían jurar lealtad a la nación y a la constitución. La condena papal (Pío VI, bula «Quod aliquantum», marzo de 1791) dividió al clero entre «juramentados» y «refractarios» e introdujo un conflicto religioso que acompañaría a la Revolución durante años.

4.4. La Constitución de 1791 y el fin de la Constituyente[editar]

La Constitución, promulgada el 3 de septiembre de 1791, estableció una monarquía constitucional con un poder legislativo unicameral (Asamblea Legislativa) y un rey que conservaba el poder ejecutivo pero estaba sujeto a la ley y al veto suspensivo. El sufragio era censitario, distinguiendo entre «ciudadanos activos» (los que pagaban una contribución equivalente al menos a tres jornadas de trabajo) y «ciudadanos pasivos». Solo los ciudadanos activos elegían a los electores de segundo grado, que a su vez designaban a los diputados. De los aproximadamente 25 millones de franceses, unos 4,3 millones eran ciudadanos activos, mientras que los pasivos —incluida toda la población femenina— quedaban excluidos del voto directo.[4]

5. La Asamblea Legislativa y la caída de la monarquía (1791–1792)[editar]

La Asamblea Legislativa inició sus sesiones el 1 de octubre de 1791 en un clima de tensión. La nueva cámara estaba dominada por los girondinos —liderados por Brissot, Vergniaud y Roland—, partidarios de una república moderada y de exportar la revolución mediante la guerra. A su derecha se situaban los feuillants, que defendían el compromiso monárquico de 1791.

La fuga de Luis XVI y su familia había sido frustrada en Varennes el 20–21 de junio de 1791. Aunque la Asamblea lo mantuvo en el trono alegando un supuesto secuestro, el episodio destrozó la credibilidad del rey y radicalizó a los sectores populares y a la prensa revolucionaria.

La Asamblea Legislativa declaró la guerra a Austria —y por extensión a Prusia— el 20 de abril de 1792. El conflicto militar tuvo un inicio desastroso para Francia, y la sospecha de que la corte conspiraba con los invasores avivó la movilización popular. La jornada insurreccional del 10 de agosto de 1792 culminó con el asalto al palacio de las Tullerías, la suspensión del rey y su reclusión en la prisión del Temple. La Asamblea Legislativa convocó elecciones por sufragio universal masculino a una nueva asamblea constituyente: la Convención Nacional.

6. La Convención Nacional y la Primera República (1792–1795)[editar]

6.1. Proclamación de la República y proceso al rey[editar]

La Convención Nacional se reunió por primera vez el 20 de septiembre de 1792. Al día siguiente abolió formalmente la monarquía y, el 22 de septiembre, proclamó la Primera República Francesa. En su seno se distinguían tres grandes bloques: los girondinos (derecha moderada), la Montaña (jacobinos y cordeleros, izquierda radical, entre ellos Robespierre, Danton y Marat) y la Llanura o Pantano (centro).

La suerte de Luis XVI dividió a la Convención. Tras un proceso en el que el rey fue acusado de traición, la mayoría votó a favor de la culpabilidad y, en una serie de votaciones nominales, 361 diputados se pronunciaron por la muerte inmediata frente a otros 288 que apoyaron penas alternativas[sin verificar]. Luis XVI fue guillotinado en la plaza de la Revolución (hoy plaza de la Concordia) el 21 de enero de 1793. La ejecución del rey profundizó la hostilidad de las monarquías europeas y aceleró la formación de la Primera Coalición.

6.2. La crisis de 1793 y el Terror[editar]

La primavera de 1793 fue el momento más crítico para la Revolución: la insurrección contrarrevolucionaria de la Vendée —una guerra civil en el oeste de Francia—, las derrotas militares en Bélgica y la traición del general Dumouriez, y el levantamiento federalista en ciudades como Lyon, Marsella y Caen amenazaron la supervivencia de la República.

Para hacer frente a la emergencia, la Convención creó el Comité de Salvación Pública (6 de abril de 1793), el Tribunal Revolucionario y los representantes en misión. El 2 de junio de 1793, una nueva insurrección popular, orquestada por la Comuna de París y la Guardia Nacional, forzó la expulsión y arresto de los principales líderes girondinos, dando el control político a la Montaña.

El periodo conocido como el Terror (septiembre de 1793 – julio de 1794) se caracterizó por la centralización del poder en el Comité de Salvación Pública, la movilización total de la economía y de la población (la «levée en masse») y la represión sistemática de los sospechosos. La «Ley de Sospechosos» (17 de septiembre de 1793) permitió detener a decenas de miles de personas con procedimientos sumarísimos. La guillotina se convirtió en el símbolo visible de la represión revolucionaria.

Las cifras de víctimas del Terror siguen siendo objeto de debate. Según los estudios más citados, entre marzo de 1793 y agosto de 1794 se dictaron aproximadamente 16 594 sentencias de muerte en toda Francia, de las cuales unas 2 639 corresponden a París[sin verificar]. El número de muertos en la guerra de la Vendée —incluyendo las represalias de las «columnas infernales»— es aún más controvertido: las estimaciones oscilan entre 100 000 y 250 000 víctimas, en un conflicto que algunos historiadores califican como el primer genocidio de la contemporaneidad.[5]

6.3. Política de descristianización y culto a la Razón[editar]

Un sector radical del movimiento jacobino, apoyado por el ala más anticlerical de la Convención (hebertistas), impulsó una política de descristianización que incluyó el cierre de iglesias, la destrucción de símbolos religiosos y la instauración del Culto a la Razón. Robespierre —que consideraba esta política contraproducente— promovió en junio de 1794 el culto al Ser Supremo, una forma de deísmo estatal que buscaba reconciliar el sentimiento religioso popular con los principios republicanos. Ambas iniciativas tuvieron una repercusión limitada y no sobrevivieron a la caída de sus promotores.

6.4. La caída de Robespierre y el fin del Terror[editar]

El 27 de julio de 1794 (9 de Termidor del año II), una coalición heterogénea de diputados de la Convención —que integraba a antiguos representantes en misión aterrorizados por su propia suerte (Fouché, Tallien, Barras), girondinos supervivientes y miembros del Comité de Seguridad General enfrentados con Robespierre— declaró fuera de la ley a Robespierre, Saint‑Just, Couthon y sus partidarios. Fueron arrestados y guillotinados al día siguiente sin juicio. El golpe termidoriano puso fin al Terror e inició un periodo de reacción durante el cual se desmantelaron las instituciones del gobierno revolucionario, se cerraron los clubes jacobinos y se produjo una ola de violencia contra los antiguos jacobinos, el llamado «Terror Blanco».

7. El Directorio y el ascenso de Napoleón (1795–1799)[editar]

7.1. La Constitución del Año III[editar]

La Convención Nacional aprobó en agosto de 1795 una nueva constitución —la del Año III—, que establecía un ejecutivo colegiado de cinco miembros (el Directorio), un legislativo bicameral (Consejo de Ancianos y Consejo de los Quinientos) y un sufragio censitario aún más restrictivo que el de 1791. La nueva carta, que buscaba evitar tanto la tiranía monárquica como la dictadura de asamblea, fue acompañada de la Declaración de los Derechos y Deberes del Hombre y del Ciudadano.

Para garantizar una transición sin sobresaltos, los convencionales aprobaron el decreto de los dos tercios, que reservaba dos tercios de los escaños del nuevo legislativo a diputados salidos de la propia Convención. La medida provocó la insurrección realista del 13 de Vendimiario del año IV (5 de octubre de 1795), sofocada en París por el joven general Napoleón Bonaparte, entonces oficial de artillería.

7.2. El régimen directorial[editar]

El Directorio gobernó en un contexto de inestabilidad política crónica, oscilando entre la represión del jacobinismo y la contención del resurgimiento realista. En 1796, el abate Gracchus Babeuf y la «Conjura de los Iguales» —un intento de revolución socialista protocomunista— fueron reprimidos y su líder ejecutado.

En el plano militar, el conflicto con las potencias europeas continuó bajo la forma de las guerras revolucionarias, que progresivamente se fueron transformando en guerras de conquista. Las campañas de Bonaparte en Italia (1796‑1797) —con victorias como Arcole y Rivoli— forzaron a Austria a firmar el Tratado de Campo Formio (17 de octubre de 1797) y consagraron al general corso como la figura política y militar ascendente. La expedición a Egipto (1798‑1799), aunque militarmente problemática, aumentó su prestigio y lo mantuvo alejado del desgaste del Directorio.

7.3. El golpe del 18 de Brumario[editar]

A finales de 1799, la impopularidad del Directorio, la amenaza de una nueva coalición y el temor a una restauración monárquica llevaron a un grupo de conspiradores —entre ellos Sieyès, Talleyrand, el hermano de Napoleón, Lucien Bonaparte, y el propio Napoleón— a preparar un golpe de Estado. El 9 de noviembre de 1799 (18 de Brumario del año VIII) el Consejo de Ancianos y el Consejo de los Quinientos fueron trasladados a Saint‑Cloud, y al día siguiente las tropas de Bonaparte disolvieron las cámaras. El Directorio fue sustituido por un Consulado provisional de tres cónsules —Sieyès, Ducos y Bonaparte—, que pronto derivaría en el liderazgo indiscutido de Napoleón. Esta fecha se considera convencionalmente el final de la Revolución francesa.

8. Consecuencias y legado[editar]

8.1. Transformación del orden jurídico y social[editar]

La Revolución abolió el Antiguo Régimen y sus fundamentos: el absolutismo, la sociedad estamental, los privilegios territoriales y la dependencia feudal. La igualdad ante la ley quedó consagrada como principio constitucional. La propiedad dejó de estar vinculada a vínculos señoriales y se convirtió en un derecho individual sagrado e inviolable. El código civil napoleónico, promulgado en 1804, heredó y sistematizó muchos de los principios revolucionarios en materia de familia, propiedad y contratos.

8.2. Expansión de los ideales revolucionarios[editar]

Las Guerras revolucionarias y napoleónicas difundieron por Europa —y a través de las colonias por América— las ideas de libertad, soberanía popular y derechos individuales. La ocupación francesa de España en 1808 provocó una crisis de legitimidad en la monarquía borbónica que fue el detonante de los procesos de independencia en la América hispánica. Los líderes independentistas hispanoamericanos conocieron de cerca el pensamiento revolucionario francés, y aunque a menudo se inspiraron más directamente en el modelo constitucional estadounidense, los principios de 1789 impregnaron sus manifiestos y textos fundacionales.

8.3. Consecuencias políticas en Francia y Europa[editar]

La Revolución inauguró en Francia una larga tradición republicana y una cultura política basada en la confrontación entre derecha e izquierda, términos nacidos precisamente en la Convención. En el siglo XIX, Francia experimentó una sucesión de regímenes (Imperio napoleónico, Restauración borbónica, Monarquía de Julio, Segunda República, Segundo Imperio, Tercera República) que testimonian la dificultad de estabilizar el legado de 1789.

En Europa, la Revolución estimuló el nacionalismo moderno y los movimientos liberales del siglo XIX, pero también generó una reacción conservadora —simbolizada por el Congreso de Viena (1815)— que intentó restaurar los principios de legitimidad dinástica y equilibrio de poder anteriores a la revolución.

8.4. Impacto en la cultura y la memoria histórica[editar]

La Revolución dotó a Francia de nuevos símbolos nacionales: la bandera tricolor, el himno nacional «La Marsellesa», la divisa «Libertad, Igualdad, Fraternidad» y la fiesta nacional del 14 de julio. La figura de Marianne se convirtió en la personificación de la República.

La memoria de la Revolución ha sido objeto de intensos debates en Francia y fuera de ella. A la visión liberal clásica de una revolución que consagró los derechos del hombre y la democracia se ha sumado una lectura crítica que subraya la violencia colectiva, el Terror y la sustitución de una coerción por otra.[6] La historiografía marxista del siglo XX (Georges Lefebvre, Albert Soboul) destacó la dimensión de clase y el carácter burgués de la Revolución, mientras que la escuela revisionista (François Furet, Denis Richet) puso el acento en la lógica interna del discurso revolucionario y en las dinámicas políticas desencadenadas por la propia Revolución.

9. La Revolución francesa y el mundo hispanohablante[editar]

9.1. La invasión napoleónica de España y los procesos de independencia[editar]

La invasión francesa de la península ibérica (1807‑1808) y las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII en Bayona (mayo de 1808) crearon un vacío de poder que detonó tanto la resistencia popular española como la formación de juntas autónomas en América. En ese contexto de crisis de la monarquía borbónica, las élites criollas comenzaron a reclamar la soberanía en nombre del pueblo, argumentos que debían mucho al lenguaje político revolucionario francés pese a que la mayoría de los líderes hispanoamericanos recelaban del radicalismo jacobino.

El Estatuto de Bayona de 1808 —una especie de carta otorgada napoleónica para España— y la Constitución de Cádiz de 1812, de inspiración liberal y en parte deudora de la Declaración de 1789, circularon por la América hispana y fueron citados en los debates de los congresos constituyentes de las nuevas repúblicas.

9.2. La Declaración de 1789 en los textos fundacionales hispanoamericanos[editar]

Aunque la influencia directa de la Constitución estadounidense fue notable —especialmente en la organización federal de algunos Estados—, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se convirtió en una referencia universal para los derechos individuales. El primer constitucionalismo hispanoamericano (Constitución de Venezuela de 1811, Constitución de Cundinamarca de 1811, entre otras) incluyó declaraciones de derechos que evocaban, de forma explícita o implícita, los principios de 1789.

Simón Bolívar conocía de primera mano el pensamiento de Rousseau y Montesquieu, y aunque en sus escritos de madurez se mostrara escéptico respecto a la aplicabilidad directa del modelo revolucionario francés a la realidad americana, su proyecto político estuvo impregnado de la idea de la soberanía popular y de la construcción de una república de ciudadanos libres e iguales ante la ley.

9.3. Recepción y debates en la América hispana decimonónica[editar]

Desde los púlpitos y los periódicos realistas, la Revolución francesa fue presentada como un cataclismo de impiedad y desorden, y su memoria sirvió como argumento de contención frente a los independentistas. En sentido contrario, los publicistas republicanos y liberales hispanoamericanos emplearon selectivamente el repertorio simbólico revolucionario —el gorro frigio, el lema «Libertad, Igualdad, Fraternidad», el calendario republicano en algunos casos— para legitimar la ruptura con la monarquía española. La tensión entre libertad e igualdad que recorrió la Francia revolucionaria se reprodujo en las pugnas entre liberales y conservadores que marcaron la construcción de los Estados hispanoamericanos en el siglo XIX.

9.4. La Revolución francesa en la educación y la cultura hispanoamericanas contemporáneas[editar]

Hoy la Revolución francesa forma parte del currículo escolar de la mayoría de los países de habla hispana, tanto en la enseñanza de la historia universal como en la formación ciudadana. En el espacio público suele ser citada como hito fundacional de la democracia moderna y como fuente de los derechos humanos que luego se plasmaron en las constituciones nacionales y en los instrumentos internacionales de derechos humanos suscritos por los Estados hispanoamericanos.

Existen centros de estudio y revistas académicas que analizan las conexiones entre la Revolución francesa y la América hispana. Las conmemoraciones del bicentenario (1989) y del 14 de julio son ocasiones en las que las representaciones diplomáticas francesas en América Latina organizan actos, conferencias y exposiciones que subrayan los vínculos históricos y los valores compartidos.

10. Historiografía y debates[editar]

10.1. Grandes escuelas historiográficas[editar]

La Revolución francesa ha sido uno de los temas más prolíficos y controvertidos de la historiografía occidental. La escuela clásica del siglo XIX (Jules Michelet, Alphonse Aulard) presentó una narrativa épica en la que el pueblo francés conquistaba la libertad y la justicia. En el siglo XX, la escuela de los «Annales» y, sobre todo, la historiografía marxista —Georges Lefebvre («La Révolution française», 1930), Albert Soboul («La Révolution française», 1962)— pusieron el acento en las estructuras económicas y sociales, interpretando la Revolución como el momento de ascenso de la burguesía al poder.

A partir de los años sesenta, la «escuela revisionista» —encabezada por François Furet y Denis Richet («La Révolution française», 1965‑1966)— cuestionó la interpretación social de la Revolución y propuso un análisis centrado en el discurso político, la ideología y las dinámicas internas del proceso revolucionario. Furet sostuvo que la Revolución había instituido una lógica de la sospecha y la depuración que conducía necesariamente al Terror, y criticó la lectura que hacía del jacobinismo un antecedente de los totalitarismos del siglo XX.

10.2. Cuestiones abiertas[editar]

El balance de víctimas del Terror, la caracterización de la guerra de la Vendée y la responsabilidad de los distintos actores siguen siendo objeto de debate, a menudo con implicaciones políticas contemporáneas. La investigación reciente ha abordado también la dimensión colonial de la Revolución —la abolición de la esclavitud en 1794 y su restablecimiento por Napoleón en 1802—, el papel de las mujeres y las reivindicaciones populares.

10.3. La Revolución francesa en la memoria global[editar]

La Revolución francesa ocupa hoy un lugar central en la memoria histórica mundial. El 14 de julio es celebrado como fiesta nacional francesa, y la Declaración de 1789 fue inscrita en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO en 2003. Los debates en torno a su significado han trascendido el ámbito académico para incorporarse a las discusiones públicas sobre la naturaleza de la democracia, los derechos humanos y los límites de la acción política.


Cronología breve de los principales eventos[editar]

[ Desplegar / Plegar ]
  • 5 de mayo de 1789: Apertura de los Estados Generales en Versalles.
  • 17 de junio de 1789: El Tercer Estado se proclama Asamblea Nacional.
  • 20 de junio de 1789: Juramento del Juego de Pelota.
  • 14 de julio de 1789: Toma de la Bastilla.
  • 4 de agosto de 1789: Abolición de los derechos feudales y privilegios.
  • 26 de agosto de 1789: Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
  • 5‑6 de octubre de 1789: Marcha de las mujeres sobre Versalles. El rey se traslada a París.
  • 12 de julio de 1790: Constitución Civil del Clero.
  • 20‑21 de junio de 1791: Fuga de Varennes.
  • 3 de septiembre de 1791: Aprobación de la Constitución. Se disuelve la Asamblea Constituyente.
  • 1 de octubre de 1791: Inicio de la Asamblea Legislativa.
  • 20 de abril de 1792: Declaración de guerra a Austria.
  • 10 de agosto de 1792: Insurrección y asalto a las Tullerías. Suspensión del rey.
  • 2‑6 de septiembre de 1792: Masacres de septiembre en las cárceles parisinas.
  • 20 de septiembre de 1792: Primera sesión de la Convención Nacional; victoria francesa en Valmy.
  • 21‑22 de septiembre de 1792: Abolición de la monarquía y proclamación de la República.
  • 21 de enero de 1793: Ejecución de Luis XVI.
  • 6 de abril de 1793: Creación del Comité de Salvación Pública.
  • 31 de mayo – 2 de junio de 1793: Caída de los girondinos y hegemonía de la Montaña.
  • 17 de septiembre de 1793: Ley de Sospechosos (inicio institucional del Terror).
  • 5 de abril de 1794: Ejecución de Danton y los «indulgentes».
  • 8 de junio de 1794: Fiesta del Ser Supremo.
  • 27‑28 de julio de 1794 (9‑10 de Termidor): Golpe termidoriano y ejecución de Robespierre.
  • agosto de 1795: Constitución del Año III y establecimiento del Directorio.
  • 5 de octubre de 1795: Represión de la insurrección realista por Bonaparte.
  • 10 de mayo de 1796: Detención de Babeuf y fin de la Conjura de los Iguales.
  • 17 de octubre de 1797: Tratado de Campo Formio.
  • 9‑10 de noviembre de 1799 (18‑19 de Brumario): Golpe de Estado de Napoleón Bonaparte y fin de la Revolución.

Palmarés legislativo y documental[editar]

[ Desplegar / Plegar ]

Principales textos normativos y declaraciones producidos durante la Revolución:

  • Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (26 de agosto de 1789)
  • Constitución Civil del Clero (12 de julio de 1790)
  • Constitución francesa de 1791 (3 de septiembre de 1791)
  • Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (Olympe de Gouges, 1791; sin valor jurídico)
  • Constitución francesa de 1793 (24 de junio de 1793; aprobada pero suspendida por el estado de guerra)
  • Constitución del Año III (22 de agosto de 1795)
  • Código Civil de los Franceses (promulgado en 1804 bajo el Consulado, heredero directo del derecho revolucionario)

Véase también[editar]

  • Ilustración
  • Guerras revolucionarias francesas
  • Napoleón Bonaparte
  • Independencia de la América Hispana
  • Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano

  1. Los Estados Generales no se reunían desde 1614, lo que convertía la convocatoria en un hecho de enorme significado político y simbólico. ↩︎

  2. En realidad, la Bastilla albergaba en ese momento solo a siete prisioneros —cuatro falsificadores, dos enfermos mentales y un noble acusado de un delito sexual—, pero su toma tenía un enorme valor simbólico. ↩︎

  3. La nobleza perdió sus derechos exclusivos sobre la caza, la justicia señorial y las corveas, pero la propiedad de la tierra no fue cuestionada en ese momento. ↩︎

  4. Las mujeres participaron activamente en las jornadas revolucionarias —como la marcha sobre Versalles del 5 y 6 de octubre de 1789— y figuras como Olympe de Gouges redactaron una «Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana» (1791), pero la Constitución no les reconoció derechos políticos. ↩︎

  5. El debate sobre el carácter genocida de la represión de la Vendée fue introducido en la historiografía francesa por Reynald Secher en su obra «Le génocide franco‑français» (1986) y ha sido discutido extensamente por especializados como Jean‑Clément Martin. ↩︎

  6. François Furet afirmó en «Penser la Révolution française» (1978) que «la Revolución francesa ha terminado», en el sentido de que su legado como mito político fundador podía ser historiado sin la carga de identificación partidista que había dominado los dos siglos anteriores. ↩︎