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Fascismo

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Fascismo
TipoIdeología política, movimiento y forma de gobierno
OrigenItalia, 1915[sin verificar]
Período de augeEntreguerras (1919–1939); regímenes sobrevivientes hasta 1945
Posición políticaExtrema derecha
Figuras principalesBenito Mussolini (Italia), Adolf Hitler (Alemania), José Antonio Primo de Rivera (España)
Rasgos centralesTotalitarismo, ultranacionalismo, autoritarismo, militarismo, antiliberalismo, anticomunismo, corporativismo, culto al líder
SímboloFasces (haz de varas con hacha), de origen romano
Regímenes asociadosItalia fascista (1922–1943), Alemania nazi (1933–1945), España franquista (1939–1975, como dictadura fascistizada)
Término relacionadoNeofascismo (movimientos posteriores a 1945)
Uso actualMayormente peyorativo; pocos partidos se autodenominan fascistas (a agosto de 2026)

1. Resumen[editar]

El fascismo es una ideología, un movimiento político y una forma de gobierno de carácter totalitario, antidemocrático, ultranacionalista y de extrema derecha.[1] Surgió en Italia durante la Primera Guerra Mundial y se consolidó como fuerza política en el periodo de entreguerras, para luego expandirse por Europa y otras regiones del mundo.

El término deriva del italiano fascio (‘haz’, en referencia a las fasces romanas), símbolo de la autoridad de los magistrados de la Antigua Roma. El fascismo exalta la idea de nación —o de raza, en el caso del nacionalsocialismo alemán— por encima del individuo y de la clase social, suprime la discrepancia política mediante un partido único y promueve un fuerte militarismo. Se caracteriza por un culto al líder, la movilización permanente de las masas, el uso de la violencia como instrumento político y la oposición al liberalismo, la socialdemocracia, el socialismo, el comunismo, el marxismo y el anarquismo.

El primer movimiento fascista fue el de Benito Mussolini en Italia, que llegó al poder en 1922. El caso alemán, el nacionalsocialismo de Adolf Hitler, llevó estos principios a sus últimas consecuencias tras 1933, agregando un componente racista y antisemita que desembocó en el Holocausto. Después de la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial en 1945, el fascismo quedó ampliamente desacreditado como movimiento político internacional. Pocos partidos se describen abiertamente como fascistas en la actualidad; el término se emplea sobre todo de manera peyorativa, y las expresiones neofascista o posfascista se aplican a movimientos contemporáneos con raíces o afinidades con el fascismo histórico.

2. Etimología y símbolos[editar]

El término fascismo proviene del italiano fascismo, derivado de fascio ('haz', 'manojo'), y este a su vez del latín fascēs (plural de fascis). Las fasces eran un haz de varas de olmo o abedul atadas alrededor de un hacha, símbolo de la autoridad de los magistrados romanos y del poder del Estado para castigar.[2]

En Italia, el nombre se asoció con las agrupaciones políticas conocidas como fasci (haces), similares a gremios o sindicatos. Según el propio relato de Benito Mussolini, los Fasci d'Azione Rivoluzionaria (Haces de Acción Revolucionaria) se fundaron en 1915. En 1919, Mussolini creó en Milán los Fasci Italiani di Combattimento (Haces Italianos de Combate), que dos años más tarde se transformaron en el Partido Nacional Fascista. Los fascistas italianos usaron las fasces romanas —el fascio littorio— como emblema central del movimiento y del Estado.

3. Definición y características[editar]

El fascismo es una de las nociones políticas contemporáneas más difíciles de definir con precisión. El historiador Stanley G. Payne señaló que probablemente sea "el más vago de los términos políticos contemporáneos", en parte porque la palabra no contiene una referencia política implícita clara, a diferencia de términos como democracia, liberalismo, socialismo o comunismo.[3] El historiador británico Ian Kershaw expresó la misma idea con una fórmula célebre: "intentar definir el fascismo es como clavar gelatina a la pared".

A pesar de ello, los estudiosos coinciden en un conjunto de rasgos definitorios. Payne organizó su definición en tres conceptos: las "negaciones fascistas" (antiliberalismo, anticomunismo y anticonservadurismo); los "objetivos fascistas" (creación de una dictadura nacionalista que regule la economía y las relaciones sociales, y expansión de la nación en un imperio); y el "estilo fascista" (estética política de simbolismo romántico, movilización de masas, visión positiva de la violencia y promoción de la masculinidad, la juventud y el liderazgo carismático autoritario).

Por su parte, Roger Griffin definió el núcleo mítico del fascismo como un "ultranacionalismo palingenésico", es decir, la promesa de un renacimiento nacional tras una decadencia real o percibida. Robert Paxton, en cambio, describió el fascismo como una forma de comportamiento político marcada por la obsesión con la decadencia, la humillación o el victimismo de la comunidad, compensada por cultos a la unidad, la energía y la pureza, en la que un partido de masas de militantes nacionalistas trabaja en colaboración con las élites tradicionales para abandonar las libertades democráticas y perseguir la limpieza interna y la expansión externa mediante violencia redentora, sin restricciones éticas ni legales.

Una enumeración muy difundida en el mundo hispanohablante es la del escritor y semiólogo italiano Umberto Eco, quien propuso "14 síntomas del fascismo eterno": el culto a la tradición, el rechazo del modernismo, el culto de la acción por la acción, el rechazo del pensamiento crítico, el miedo a la diferencia, el llamamiento a las clases medias frustradas, la obsesión por el complot, el principio de la guerra permanente, el elitismo, el culto al heroísmo y a la muerte, el machismo, el populismo cualitativo y el uso de una "neolengua" que limite el razonamiento complejo.[4]

Entre los rasgos centrales del fascismo también se cuentan la supresión del disenso, la disciplina rígida y el apego total a la cadena de mando, el mantenimiento de un fuerte aparato militar cuyo espíritu trasciende a la sociedad, y un nacionalismo identitario con componentes victimistas que conduce a la violencia contra quienes se definen como enemigos.

4. Posición en el espectro político[editar]

La mayoría de los académicos sitúa al fascismo en la extrema derecha del espectro político. Esta clasificación se apoya en su conservadurismo social, su oposición al igualitarismo y su defensa de una jerarquía social "natural" y del derecho de los supuestamente superiores a dominar.[5] El historiador Roderick Stackelberg explicó el criterio así: cuanto más deseable se considere la igualdad absoluta entre las personas, más a la izquierda se ubica una ideología; cuanto más se considere inevitable o deseable la desigualdad, más a la derecha.

Sin embargo, los propios movimientos fascistas rechazaron esa clasificación y se autodefinieron como de "tercera posición", supuestamente ajena tanto al capitalismo liberal como al socialismo. Mussolini y el filósofo Giovanni Gentile, en La doctrina del fascismo (1932), describieron su ideología como de derecha, pero el propio Mussolini declaró que las etiquetas de izquierda y derecha carecían de significado fijo y que "no nos importan estas vacías terminologías".

Esta ambigüedad no impide reconocer que el fascismo operó estratégicamente en alianza con sectores de la derecha tradicional. Tras las concesiones ideológicas de los primeros años veinte —abandono del republicanismo y del anticlericalismo, adopción de políticas favorables a la propiedad privada y a la Iglesia católica—, los movimientos fascistas recibieron apoyo de terratenientes, empresarios y clases medias atemorizadas por la marea revolucionaria de la posguerra.

5. Orígenes intelectuales y políticos[editar]

5.1. El clima del fin de siglo[editar]

El historiador Zeev Sternhell remontó las raíces ideológicas del fascismo a la década de 1880, y en particular al clima cultural del fin de siècle. Ese ambiente estuvo marcado por una rebelión contra el materialismo, el racionalismo, el positivismo, la sociedad burguesa y la democracia. La generación de fin de siglo exaltó el emocionalismo, el irracionalismo, el subjetivismo y el vitalismo, y consideró que la civilización estaba en crisis y necesitaba una solución total y masiva.

En ese marco cobraron fuerza ideas como el darwinismo social, que trasladaba la lucha por la supervivencia al plano de las naciones y las razas. El concepto nietzscheano del Übermensch y la defensa de la "voluntad de poder" influyeron sobre muchos intelectuales de la época, al igual que el élan vital de Henri Bergson, que rechazaba el materialismo y el determinismo.

5.2. Charles Maurras y Georges Sorel[editar]

Dos figuras francesas fueron decisivas en la gestación intelectual del fascismo. El nacionalista y monárquico reaccionario Charles Maurras promovió el "nacionalismo integral", que exigía la unidad orgánica de la nación y veía en un monarca fuerte al líder ideal. Los fascistas tomaron de Maurras la idea de la nación orgánica, aunque despojada de su monarquismo, transformándola en un proyecto revolucionario y modernizador.

El sindicalista revolucionario Georges Sorel defendió la legitimidad de la violencia política en su obra Reflexiones sobre la violencia (1908) y promovió la idea de una "religión política" revolucionaria. Tras el fracaso de la huelga general en Francia, Sorel y sus seguidores abandonaron la izquierda radical y se acercaron a la derecha radical, buscando fusionar el catolicismo militante y el patriotismo francés con el activismo sindicalista.

5.3. El caso italiano: Corradini y el futurismo[editar]

La fusión del nacionalismo maurrasiano con el sindicalismo soreliano influyó en el nacionalista italiano Enrico Corradini, quien habló de Italia como una "nación proletaria" que debía emprender un expansionismo imperialista para desafiar a las potencias "plutocráticas" francesas y británicas. Sus ideas se inscribieron en la Asociación Nacionalista Italiana, fundada en 1910.

El futurismo, movimiento artístico y político liderado por Filippo Tommaso Marinetti, aportó al fascismo la glorificación de la acción, la velocidad, la modernidad y la guerra como fuerzas purificadoras. Marinetti publicó el Manifiesto Futurista en 1909 y fue coautor, junto con Alceste De Ambris, del Manifiesto de los Fasci Italiani di Combattimento en 1919.

6. Fascismo italiano (1919–1945)[editar]

6.1. Nacimiento y auge[editar]

El estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914 dividió profundamente a la izquierda italiana. El Partido Socialista Italiano se opuso a la guerra, pero algunos sindicalistas revolucionarios la apoyaron con el argumento de que había que derrotar a los regímenes reaccionarios de Alemania y Austria-Hungría. En octubre de 1914, Angelo Oliviero Olivetti formó el Fascio Rivoluzionario d'Azione Internazionalista (Fascio Revolucionario de Acción Internacionalista), y Benito Mussolini, expulsado del diario socialista Avanti! por su postura germanófoba, se sumó a la causa intervencionista.

El primer uso del término fascismo se registra en 1915 entre los miembros del movimiento de Mussolini.[6] La primera reunión de los Fasci de Acción Revolucionaria se celebró el 24 de enero de 1915. En 1919, Mussolini fundó en Milán los Fasci Italiani di Combattimento, cuyo manifiesto combinaba demandas sociales —jornada de ocho horas, salario mínimo, sufragio universal incluso femenino, impuesto progresivo al capital— con reclamos expansionistas en los Balcanes y el Mediterráneo.

El contexto de la posguerra fue decisivo. Italia había ganado la guerra pero se sentía defraudada por el Tratado de Versalles, que no cumplió las promesas territoriales del Tratado de Londres. A ello se sumó el Bienio Rojo (1919–1920), un período de intensa agitación obrera y campesina que aterrorizó a las clases propietarias. El ex-soldado de élite Gabriele D'Annunzio ocupó la ciudad de Fiume en 1919 y estableció una efímera regencia cuyo estatuto, la Carta de Carnaro, anticipó elementos corporativos del Estado fascista.

Los fascistas se presentaron como defensores del orden frente al peligro revolucionario. Sus escuadrones paramilitares (los camisas negras) atacaron sedes socialistas, sindicatos y cooperativas, primero en el norte de Italia y luego en todo el país. Para atraer a los conservadores, el movimiento abandonó su programa populista inicial, aceptó la monarquía y a la Iglesia católica, y adoptó políticas favorables a la empresa privada. La militancia creció de unos mil miembros a aproximadamente 250.000 en 1921.[7]

6.2. La Marcha sobre Roma y la llegada al poder[editar]

El 24 de octubre de 1922, el Partido Fascista celebró su congreso anual en Nápoles. Mussolini ordenó a los camisas negras tomar edificios públicos y trenes y converger sobre Roma. El gobierno, liderado por una coalición de izquierda, estaba dividido e incapaz de responder. El rey Víctor Manuel III, temiendo un derramamiento de sangre, decidió nombrar a Mussolini primer ministro. Mussolini llegó a Roma el 30 de octubre para aceptar el cargo. La propaganda fascista engrandeció el episodio como la "Marcha sobre Roma" y lo presentó como una toma revolucionaria del poder.

Al principio, Mussolini formó un gobierno de coalición. En 1923 impulsó la Ley Acerbo, que otorgaba dos tercios de los escaños al partido o coalición que obtuviera al menos el 25% de los votos. Mediante violencia e intimidación electoral, la lista fascista ganó con amplitud. La crisis estalló en 1924, cuando el diputado socialista Giacomo Matteotti fue secuestrado y asesinado por un fascista. La oposición abandonó el parlamento en protesta (la llamada "secesión del Aventino"), pero el 3 de enero de 1925 Mussolini declaró ante el parlamento que asumía personalmente la responsabilidad de lo ocurrido y se proclamó dictador. Entre 1925 y 1929, el régimen se consolidó: los diputados opositores fueron excluidos del parlamento, se introdujo la censura y un decreto de diciembre de 1925 hizo a Mussolini responsable únicamente ante el rey.

6.3. El régimen fascista y el Estado corporativo[editar]

El régimen instauró en 1925 el Pacto del Palacio Vidoni, por el cual la organización patronal italiana (Confindustria) y los sindicatos fascistas se reconocieron mutuamente como únicos representantes de empleadores y trabajadores, excluyendo a los sindicatos no fascistas. Se creó un Ministerio de las Corporaciones, que organizó la economía italiana en 22 corporaciones sectoriales, prohibió las huelgas y los cierres patronales, y en 1927 estableció la Carta del Lavoro, que definía derechos y deberes de los trabajadores y creaba tribunales laborales.

En la práctica, las corporaciones tuvieron poca autonomía y fueron controladas por el régimen; las organizaciones de trabajadores rara vez fueron dirigidas por los propios trabajadores, sino por miembros designados del partido fascista.

En 1929, el régimen firmó con la Santa Sede los Pactos de Letrán, que otorgaron soberanía estatal a la Ciudad del Vaticano y compensaciones económicas por las confiscaciones del siglo XIX. Sin embargo, pocos años después el papa Pío XI condenó el carácter pagano y totalitario del fascismo en la encíclica Non abbiamo bisogno.[8]

6.4. Política exterior y colonial[editar]

El fascismo italiano fue expansionista y militarista. El régimen invadió Etiopía en 1935 en una campaña brutal que incluyó el uso de gas venenoso, y consolidó el control de Libia mediante una represión despiadada, que incluyó campos de concentración. Italia intervino en la Guerra Civil Española en apoyo de los sublevados franquistas a partir de 1936 y formó en 1939 la alianza del Eje con la Alemania nazi. Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen fascista italiano entró en guerra en 1940. La invasión aliada de Sicilia en 1943 precipitó la caída de Mussolini, su arresto y su posterior liberación por comandos alemanes, que lo instalaron al frente de la República Social Italiana en el norte, un régimen títere bajo control nazi. Mussolini fue ejecutado por partisanos el 28 de abril de 1945.

7. Nacionalsocialismo alemán (1933–1945)[editar]

El nacionalsocialismo alemán —conocido como nazismo— es considerado por la mayoría de los historiadores una variante radical del fascismo. Añade al tronco común ultranacionalista un componente racial y antisemita central: la creencia en la superioridad de una presunta "raza aria" y en la necesidad de purgar la sociedad de los "inferiores".

Adolf Hitler expuso su ideología en Mi lucha (Mein Kampf), donde identificó al marxismo y al judaísmo como los "males gemelos" del mundo y postuló la necesidad de un espacio vital (Lebensraum) para la expansión alemana a costa de los pueblos considerados inferiores. El nazismo construyó el ideal de la Volksgemeinschaft (comunidad del pueblo): un cuerpo nacional racialmente homogéneo y jerárquicamente organizado, en el que los intereses individuales quedan estrictamente subordinados a los de la nación o la raza.

Tras llegar al poder en enero de 1933, Hitler transformó la República de Weimar en un Estado totalitario de partido único. El régimen suprimió las libertades civiles, eliminó a la oposición política, remilitarizó Alemania en violación del Tratado de Versalles, desarrolló un gigantesco aparato de propaganda dirigido por Joseph Goebbels y estableció un sistema de terror policial —con las SS y la Gestapo— que desembocó en los campos de concentración y, durante la guerra, en el Holocausto, el genocidio de aproximadamente seis millones de judíos europeos.

El nazismo desató la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia en septiembre de 1939. La derrota alemana en mayo de 1945 puso fin al régimen. Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945.

8. Otros fascismos en Europa[editar]

8.1. España: falangismo y franquismo[editar]

En España, el principal movimiento de inspiración fascista fue la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, fundada en los años treinta por José Antonio Primo de Rivera. Tras el estallido de la Guerra Civil Española (1936–1939), la Falange fue instrumentalizada y absorbida en el aparato unificado del bando sublevado, liderado por Francisco Franco. El régimen de Franco, que gobernó desde 1939 hasta 1975, es calificado por la mayoría de los especialistas como una dictadura "fascistizada" más que plenamente fascista.[9] En su primera década, sin embargo, existió dentro del régimen un ala claramente fascista inspirada por el legado falangista, y el régimen mantuvo elementos corporativos, una represión sistemática de la oposición y una estrecha alianza con la Iglesia católica a través del nacionalcatolicismo.

8.2. Otros movimientos[editar]

Durante el período de entreguerras surgieron movimientos de inspiración fascista en varios países europeos: los Flechas de Hierro en Rumania, los Guardias de Hierro, el rexismo belga, el Partido Popular Francés, los Camişă verde en Hungría, los Ustaše croatas y otros. Algunos de estos movimientos colaboraron con las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial o establecieron regímenes autoritarios afines, como el Estado Independiente de Croacia.[10]

9. Economía y sociedad bajo el fascismo[editar]

9.1. Corporativismo y dirigismo[editar]

El fascismo no buscó abolir la propiedad privada, pero sí subordinarla a las decisiones del Estado. En teoría, su proyecto económico se basaba en el corporativismo: la organización de la sociedad en corporaciones verticales que integraran a trabajadores y empresarios bajo la dirección del Estado, suprimiendo la lucha de clases. En la práctica, se trató de una economía dirigida —los términos en inglés dirigisme y en italiano dirigismo se usan a menudo— en la que el mercado subsistía formalmente pero el Estado fijaba prioridades, precios, salarios y metas de producción.

9.2. El IRI: intervención estatal en Italia[editar]

La Gran Depresión de 1929 afectó gravemente al sector financiero italiano. Ante el temor de una crisis crediticia con despidos masivos y malestar social, Mussolini comenzó a tomar control de las participaciones bancarias en grandes empresas industriales de acero, armas y productos químicos. En 1933 se creó el Instituto para la Reconstrucción Industrial (IRI), concebido inicialmente como medida temporal, que se convirtió en propietario y operador de facto de un gran número de grandes bancos y empresas. En enero de 1934, el IRI tenía una incidencia de propiedad nominal del 21,49%. En 1937 fue transformado en órgano permanente y se convirtió en un holding estatal que fue el principal grupo industrial de Italia durante los cincuenta años comprendidos entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y los años noventa. El historiador británico Martin Blinkhorn señaló que "este nivel de intervención estatal superó ampliamente al de la Alemania nazi, dando a Italia un sector público solo superado por el de la Rusia de Stalin". Según el historiador italiano Gaetano Salvemini, la autonomía de los empresarios sobre precios y salarios fue tan reducida que la propiedad privada pasó a ser una "ficción jurídica".

9.3. Función social de la propiedad[editar]

El artículo VII de la Carta del Lavoro, documento fundacional de la política económica fascista italiana, establecía que la iniciativa privada es útil, pero el Estado es responsable ante la nación y puede intervenir cuando la iniciativa privada sea "insuficiente o políticamente contraproducente". El fascismo consideraba que el libre mercado, por sí solo, era "anárquico", generaba conflictos de clase destructivos y era incapaz de servir a los intereses superiores de la nación. Mussolini llegó a decir que si el fascismo podía entenderse como la fase moderna del capitalismo, su camino "conduciría inexorablemente al capitalismo de Estado, que es ni más ni menos que el socialismo de Estado dado la vuelta".

Algunos movimientos fascistas, excepcionalmente, practicaron privatizaciones —como en la Italia de la década de 1920 y en la Alemania nazi de los años treinta—, pero siempre dejando a la empresa privada a merced de las decisiones del Estado.[11]

9.4. Política social y control de la población[editar]

El fascismo itaiano desarrolló una política paternalista y demográfica. Prohibió la literatura sobre control de la natalidad, aumentó las penas por aborto en 1926 y declaró ambos crímenes contra el Estado. La mujer fue relegada al rol de madre y se desalentó su participación en la fuerza de trabajo. La educación fue encuadrada en los valores del régimen; se promovieron organizaciones juveniles de adoctrinamiento masivo.

10. Fascismo y cultura[editar]

10.1. Estética y propaganda[editar]

El fascismo hizo un uso sin precedentes de la propaganda y de las nuevas tecnologías de comunicación —radio, cine, prensa gráfica— para crear un vínculo místico con el líder y movilizar a la sociedad. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, formuló los principios de la propaganda de masas: reducir el mensaje a un número pequeño de ideas, repetirlas incansablemente y presentarlas siempre convergiendo sobre el mismo concepto, con la convicción de que "si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad".

Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 sirvieron como escaparate internacional del nazismo, con una estética neoclásica que coincidía con el ideal de belleza aria. La cineasta Leni Riefenstahl filmó los congresos nazis de Núremberg y los juegos, produciendo obras de propaganda técnica como El triunfo de la voluntad.

El fascismo italiano intentó combinar modernidad y tradición. La arquitectura racionalista del Ventennio dejó ejemplos notables, como la Casa del Fascio de Reggio Calabria, y el movimiento futurista aportó una estética de velocidad, violencia y máquina que fue instrumentalizada por el régimen.

10.2. Intelectuales y artistas[editar]

La relación del fascismo con los intelectuales fue compleja. Muchos artistas y pensadores de primer nivel simpatizaron, colaboraron o contemporizaron con los regímenes fascistas: en Italia, Gabriele D'Annunzio, Filippo Tommaso Marinetti, Curzio Malaparte y Luigi Pirandello; en Alemania, Martin Heidegger, Ernst Jünger, Carl Schmitt, Wilhelm Furtwängler y Herbert von Karajan; en Francia, Robert Brasillach, Louis-Ferdinand Céline y Pierre Drieu La Rochelle; en España, Ernesto Giménez Caballero, Eugenio D'Ors, Agustín de Foxá y Pedro Laín Entralgo; en Noruega, Knut Hamsun; en Rumania, Mircea Eliade; y el poeta estadounidense Ezra Pound.

Al mismo tiempo, el régimen nazi estigmatizó como "arte degenerado" (Entartete Kunst) a los movimientos artísticos de vanguardia que consideraba contrarios al ideal ario, y llevó a cabo quemas de libros y la purga de intelectuales considerados hostiles.

10.3. Antiintelectualismo[editar]

El fascismo cultivó un antiintelectualismo deliberado: la acción se valoró por encima del pensamiento, y la incoherencia doctrinal no fue vista como defecto sino como característica. Stanley G. Payne sostuvo que el ideario falangista español se caracterizaba precisamente por "sus ideas vagas y confusas". La ciencia fue encuadrada y subordinada al Estado y al partido, con aberraciones como la "física aria" y la "ciencia racial" que desechaban la objetividad y la internacionalidad del conocimiento científico.

11. Interpretaciones historiográficas[editar]

11.1. El debate sobre la definición[editar]

La pregunta de qué es exactamente el fascismo ha generado un debate historiográfico prolongado. Los estudios académicos posteriores a 1945 pasaron por varias etapas. Tras dos décadas de historias nacionales y monografías, el debate comparado comenzó en 1964 con Der Faschismus in seiner Epoche de Ernst Nolte y Varieties of Fascism de Eugen Weber. Nolte identificó una "era del fascismo" que concluyó en 1945 y sostuvo que el fascismo histórico no reaparecería en el futuro.

En las últimas décadas, un conjunto de autores —Stanley G. Payne, Roger Griffin y Roger Eatwell, entre otros— formuló lo que se conoce como el "nuevo consenso", centrado en el mito del renacimiento nacional (palingenesia). Griffin, por ejemplo, definió el fascismo como "ultranacionalismo populista palingenésico". Estas teorías han sido influyentes, pero también criticadas por presentar un "tipo ideal" estático que ignora la naturaleza dinámica, contradictoria y sincrética del fascismo en contextos históricos concretos.

11.2. Fascismo y totalitarismo[editar]

El concepto de totalitarismo ha sido central en la discusión. Los analistas serios reconocen que la Italia fascista nunca llegó a ser plenamente totalitaria, a diferencia de la Unión Soviética estalinista y la Alemania nazi, que aportaron los modelos dominantes de control total de la sociedad.[12] En Italia subsistieron la monarquía y la Iglesia católica como instituciones con legitimidad residual, y la transformación de la sociedad fue menos completa que en Alemania o la URSS.

11.3. Fascismo, capitalismo y socialismo[editar]

La relación del fascismo con el capitalismo y el socialismo es objeto de interpretaciones contrapuestas. La tradición marxista acusó al fascismo de ser la "última fase del capitalismo" y la dictadura abierta de la burguesía. Desde esta perspectiva, los movimientos fascistas de entreguerras fueron alimentados por las clases económicamente poderosas para oponerse a los movimientos obreros y a la democracia liberal. En 1936, el historiador Daniel Guérin publicó Fascismo y grandes negocios, que asociaba el fenómeno a un "complejo industrial-militar".

Otros autores, en cambio, subrayan el anticapitalismo doctrinal del fascismo. El filósofo Karl Polanyi consideraba que el fascismo era el corolario del liberalismo y de la "obsoleta mentalidad" de una economía de mercado autorregulada. La retórica de Mussolini contra la "alta finanza internacional" y su intervencionismo estatal han llevado a algunos a calificar al fascismo de "socialismo de Estado dado la vuelta", como lo describió el propio dictador italiano.

La historiografía reciente, sin embargo, tiende a rechazar las simplificaciones en ambas direcciones. El fascismo no abolió el capitalismo ni la propiedad privada, pero tampoco fue un simple "agente" del gran capital: subordinó la economía a los objetivos políticos y militares del Estado, y la intervención estatal alcanzó niveles que superaron a los de otros regímenes de derecha.

12. Fascismo después de 1945[editar]

Tras la derrota de las potencias del Eje en 1945, el fascismo quedó desacreditado como movimiento político internacional. Pocos partidos se han autodenominado francamente fascistas desde entonces, y el término se utiliza sobre todo como insulto político. La expresión neofascista se aplica a partidos y movimientos con ideologías similares o enraizadas en los fascismos del siglo XX; la expresión posfascista se emplea para organizaciones que, habiendo nacido en ese entorno, se transformaron para adaptarse a la legalidad democrática.

En muchos países existen legislaciones que prohíben o limitan la existencia de partidos fascistas y neonazis, la negación o revisión de los crímenes del fascismo —como el Holocausto— y la exhibición de sus símbolos. En Alemania, por ejemplo, la esvástica está prohibida fuera de contextos históricos o educativos. En Italia, la apología del fascismo está penada por ley, aunque organizaciones neofascistas han seguido existiendo bajo distintos nombres.

Uno de los debates contemporáneos es cómo clasificar a partidos de extrema derecha que, sin reivindicarse fascistas, comparten rasgos con los fascismos históricos: ultranacionalismo, culto al líder, discurso contra minorías e inmigrantes, y desprecio por las instituciones democráticas. Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser sostienen que el fascismo "coqueteó con el populismo" para obtener apoyo de masas, pero debe ser entendido como una ideología elitista centrada en el líder, la raza y el Estado, más que en el pueblo. El populismo, con su "morfología restringida", puede adherirse a ideologías más amplias como el fascismo, el liberalismo o el socialismo, sin ser una característica definitoria de ninguna de ellas.

13. El fascismo en América Latina[editar]

El fascismo europeo tuvo admiradores e imitadores en América Latina, aunque no produjo regímenes que reprodujeran plenamente el modelo italiano o alemán. En el período de entreguerras surgieron movimientos nacionalistas, corporativos y anticomunistas que tomaron elementos del fascismo en varios países de la región.

En Brasil, el integralismo (Ação Integralista Brasileira), fundado por Plínio Salgado en 1932, adoptó el lema "Dios, Patria y Familia", el uniforme de camisas verdes y una estética de masas inspirada en los fascismos europeos. En México, los Camisas Doradas y el sinarquismo tuvieron rasgos fascistizantes. En Chile, el Movimiento Nacional Socialista de Chile, fundado en 1932 por Jorge González von Marées, combinó nacionalismo, corporativismo y admiración por Alemania. En Argentina, existieron grupos nacionalistas y antisemitas influidos por el fascismo durante la década de 1930, y en Colombia surgió el movimiento de los Leopardos.[13]

En la memoria política latinoamericana, el adjetivo "fascista" se ha empleado con frecuencia de manera polémica para descalificar gobiernos autoritarios, dictaduras militares o posiciones de extrema derecha, sin que ello implique necesariamente una equivalencia histórica con los regímenes europeos. Las dictaduras del Cono Sur de los años setenta, aunque anticomunistas y autoritarias, no suelen ser clasificadas por la historiografía como regímenes fascistas, sino como dictaduras de seguridad nacional.

14. Legado y memoria[editar]

El fascismo se considera "el mayor desafío que jamás haya existido a la democracia liberal y al sistema de valores que alumbrara la Ilustración".[14] El legado del fascismo es ante todo el de una advertencia histórica: la fragilidad de las instituciones democráticas frente a movimientos que combinan crisis económica, resentimiento nacional, violencia organizada y alianzas con las élites.

La Segunda Guerra Mundial, desencadenada por los expansionismos fascista y nazi, dejó decenas de millones de muertos. El Holocausto, el genocidio industrializado del pueblo judío, se convirtió en el emblema del extremo último del racismo y el totalitarismo. Los crímenes de los regímenes fascistas y sus aliados han sido objeto de memoria, reparación y condena internacional mediante los juicios de Núremberg, la Convención sobre Genocidio de 1948 y la institucionalización de la memoria del Holocausto.

En el plano político, las democracias de posguerra construyeron sistemas constitucionales con explícitas salvaguardas contra el fascismo: constituciones que prohíben partidos antidemocráticos, la criminalización de la apología, y organismos internacionales dedicados a la defensa de los derechos humanos. El fascismo como fenómeno histórico terminó en 1945; como posibilidad, como método de movilización de masas y como fantasma político, sigue siendo objeto de advertencia y controversia en las democracias contemporáneas.

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]

  • Definición de "fascismo" en la Enciclopedia del Holocausto (encyclopedia.ushmm.org)
  • Biblioteca CLACSO: Estado, capitalismo y democracia en América Latina

  1. La mayoría de los especialistas coincide en situar al fascismo en la extrema derecha del espectro político tradicional, aunque los propios movimientos fascistas se autodefinían como "tercera posición", ajena a izquierda y derecha. ↩︎

  2. El simbolismo de las fasces sugiere fuerza mediante la unidad: una sola vara se rompe con facilidad, mientras que el haz completo es difícil de quebrar. Antes de 1914, el símbolo había sido utilizado por movimientos republicanos y liberales, como la Marianne francesa, que en el siglo XIX aparecía a menudo portando las fasces. ↩︎

  3. Payne atribuye esa vaguedad a que los fundadores del fascismo italiano no elaboraron un código oficial de doctrinas sino ex post facto, algunos años después de la llegada de Mussolini al poder, y solo en parte. Además, la mayoría de los movimientos calificados como fascistas no usaban ese nombre para autodescribirse. ↩︎

  4. Eco subrayó que los rasgos no forman un sistema cerrado, que muchos se contradicen entre sí y que también aparecen en otras formas de despotismo. Bastaría, según él, con que uno de ellos esté presente para que el fascismo pueda coagularse a su alrededor. ↩︎

  5. La idea de una jerarquía social natural es identificada por la historiografía como uno de los núcleos que emparentan al fascismo con otras corrientes de derecha radical, aunque el fascismo se distingue de ellas por su vocación revolucionaria de transformación total de la sociedad. ↩︎

  6. Según la historiografía anglohablante, el término fue empleado por primera vez en 1915 por integrantes del movimiento de Mussolini, los Fasces de Acción Revolucionaria. ↩︎

  7. Las cifras de militancia son aproximadas y proceden de estimaciones de la historiografía especializada. Reflejan el salto organizativo producido tras el giro conservador del movimiento, no un dato administrativo exacto. ↩︎

  8. La encíclica denunció la "idolatría pagana del Estado" que enseña "odio, violencia e irreverencia". La relación entre el régimen de Mussolini y la Iglesia osciló entre la conciliación de 1929 y los conflictos anticlericales de fines de los años treinta. ↩︎

  9. La discusión sobre si el franquismo fue fascista es un debate historiográfico clásico. Stanley G. Payne sostiene que casi ningún analista riguroso afirma que el régimen de Franco fuera plena o intrínsecamente fascista, aunque tuvo un componente fascista importante en su primera década. Otros autores prefieren hablar de "dictadura fascistizada" (Ismael Saz) o de autoritarismo de derecha. ↩︎

  10. El grado de "fascismo" de cada uno de estos movimientos varía y es objeto de discusión. Algunos historiadores prefieren categorizarlos como movimientos de derecha radical con influencia fascista, más que como fascismos plenos. ↩︎

  11. El historiador económico Germà Bel ha documentado casos de privatización en los regímenes fascistas de Italia y Alemania. El dato matiza la imagen de una economía puramente estatista, pero no altera el carácter subordinado de la iniciativa privada frente al poder estatal. ↩︎

  12. Stanley G. Payne argumenta que la Italia fascista, aunque inauguró el modelo, no alcanzó el grado de control total con el que se suele definir al totalitarismo. El término autoritarismo surgió precisamente como contraste, para describir regímenes que concentran el poder sin capacidad de homogeneización total de la sociedad. ↩︎

  13. El panorama de los fascismos latinoamericanos es fragmentario y desigual. La mayoría de estos movimientos fueron marginales o de corta vida. El historiador chileno Mario Sznajder y la especialista en estudios latinoamericanos han documentado la recepción selectiva del fascismo en la región, adaptado a contextos católicos y nacionalistas locales. La enumeración es ilustrativa, no exhaustiva. ↩︎

  14. La frase es del historiador español Ismael Saz, en su estudio sobre fascismo y franquismo. Expresa el consenso académico sobre la magnitud del desafío que el fascismo representó para la tradición liberal democrática. ↩︎