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Guerra Cristera

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La guerra Cristera, también llamada guerra de los Cristeros o Cristiada, fue una guerra civil ocurrida en México entre el Gobierno federal y milicias de laicos católicos que se resistían a la aplicación de la llamada Ley Calles. El levantamiento armado se prolongó del 3 de agosto de 1926 al 21 de junio de 1929,3 de agosto de 1926-21 de junio de 1929 y tuvo su escenario principal en los estados del centro-occidente del país.

El conflicto enfrentó al Estado surgido de la Revolución mexicana, decidido a aplicar los artículos anticlericales de la Constitución de 1917, y a sectores católicos que defendían la libertad de culto y las prácticas religiosas populares. La guerra terminó sin una victoria militar definitiva de ninguna de las partes, mediante unos acuerdos negociados con la mediación del embajador estadounidense Dwight Morrow y firmados por la jerarquía católica y el presidente Emilio Portes Gil.

1. Resumen[editar]

La guerra Cristera fue un enfrentamiento armado entre el Gobierno mexicano y milicias católicas que se resistían a la política laica del presidente Plutarco Elías Calles. El detonante directo fue la entrada en vigor de la Ley Calles, una reforma al Código Penal promulgada en 1926, que buscaba aplicar con severidad el artículo 130 de la Constitución de 1917 y restringir la participación pública de las iglesias.[sin verificar]

Los alzados, conocidos como cristeros, enarbolaban los gritos de ¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva Santa María de Guadalupe!. Su base social fue principalmente campesina y rural, aunque la dirección del movimiento tuvo un componente urbano importante a través de la Liga Nacional para la Defensa de las Libertades Religiosas.

La jerarquía católica mantuvo una posición ambigua: no reconoció formalmente el movimiento armado, se distanció de la Liga y, al mismo tiempo, negoció con el Gobierno la salida al conflicto. La vía diplomática, impulsada por el embajador de Estados Unidos y por la Santa Sede, condujo a los acuerdos de 1929, que permitieron la reanudación del culto católico sin modificar el texto constitucional.

Las cifras de muertos son objeto de debate. Las estimaciones van desde decenas de miles de combatientes hasta un total cercano a 250 000 personas si se incluyen las víctimas civiles. Buena parte de las bajas civiles se atribuye a las campañas de reconcentración forzada aplicadas por el ejército federal en el occidente del país.

2. Antecedentes[editar]

2.1 La Constitución de 1917[editar]

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917, promulgada el 5 de febrero de 1917, incorporó una serie de artículos de corte laicista heredados del liberalismo mexicano del siglo XIX y de las Leyes de Reforma. Los más relevantes para el conflicto religioso fueron:

  • Artículo 3. Establecía la educación laica y prohibía a las iglesias establecer escuelas primarias.
  • Artículo 5. Prohibía las órdenes religiosas.
  • Artículo 24. Restringía el culto público a los templos, regulando las ceremonias religiosas externas.
  • Artículo 27. Negaba a las iglesias la capacidad de adquirir o administrar bienes raíces y nacionalizaba los que poseyeran.
  • Artículo 130. Negaba personalidad jurídica a las iglesias, restringía los derechos políticos de los ministros de culto y otorgaba a las legislaturas locales la facultad de fijar el número máximo de sacerdotes por estado.

Durante los gobiernos de Venustiano Carranza y de Álvaro Obregón, la aplicación de estos preceptos fue desigual. La presión aumentó decisivamente con la llegada de Calles a la presidencia en 1924.

2.2 El gobierno de Calles y la Ley Calles[editar]

Plutarco Elías Calles asumió la presidencia el 1 de diciembre de 1924. Su gobierno promovió una lectura estricta de los artículos constitucionales en materia religiosa y vio en la influencia social de la Iglesia católica un obstáculo para la consolidación del proyecto revolucionario.

En 1925, con apoyo de la Confederación Regional Obrera Mexicana, se impulsó la creación de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, un intento de iglesia nacional separada de Roma. La maniobra fue interpretada por muchos católicos como una provocación abierta.

En 1926 se promulgó la llamada Ley Calles, formalmente una reforma al Código Penal que dotaba al Gobierno federal de instrumentos para castigar las infracciones a las disposiciones constitucionales sobre culto religioso. La ley contemplaba multas a quienes vistieran hábitos religiosos fuera de los templos, prisión para los sacerdotes que criticaran al Gobierno y sanciones a las congregaciones religiosas. Algunos estados dictaron medidas aún más severas, como la reducción del número de sacerdotes hasta casi su desaparición territorial, caso de Chihuahua.

2.3 Boicot y radicalización[editar]

En respuesta a la Ley Calles, los obispos mexicanos ordenaron la suspensión del culto público en los templos a partir del 31 de julio de 1926. La medida fue acompañada por un boicot económico: los católicos fueron llamados a no pagar impuestos, no comprar billetes de la Lotería Nacional, minimizar el consumo de productos del Gobierno y no usar vehículos para no comprar gasolina.

El boicot fue especialmente efectivo en el occidente y el centro del país, particularmente en Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Aguascalientes y Zacatecas. También profundizó la desconfianza entre el Gobierno y los sectores católicos, y creó condiciones para el paso de la resistencia pacífica a la rebelión armada.

3. Los cristeros[editar]

El término cristero proviene del grito ¡Viva Cristo Rey!, la invocación que identificaba a los alzados. Se discute si en sus orígenes fue una expresión despectiva usada por las autoridades federales y luego asumida por los propios rebeldes. La explicación más aceptada es que el nombre era la contracción de "cristos reyes", empleada primero por agentes gubernamentales y después por los propios combatientes.[1]

El movimiento cristero logró aglutinar distintos descontentos: campesinos agraviados por el rezago agrario, católicos que veían amenazada su vida religiosa y grupos opositores al predominio del llamado Grupo Sonora, integrado por los presidentes sonorenses Adolfo de la Huerta, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.

3.1 Composición social y militar[editar]

El ejército cristero estuvo formado fundamentalmente por peones y aparceros rurales, dirigidos a veces por veteranos de la Revolución mexicana. Algunos de sus jefes habían militado durante la fase armada de la Revolución bajo figuras como Pancho Villa o Emiliano Zapata. Participaron también algunos sacerdotes, casos que fueron excepción y no regla.

A diferencia de los ejércitos del período revolucionario, los cristeros no practicaron la leva, es decir, no forzaban a la población a unirse a sus filas. Tampoco contaban con mecanismos formales de aprovisionamiento, entrenamiento o atención médica. Los cálculos más optimistas estiman que en 1927 las fuerzas cristeras rondaban los 12 000 combatientes y hacia 1929 alcanzaron cifras de entre 20 000 y 50 000, según distintas fuentes.

3.2 Geografía del levantamiento[editar]

El levantamiento tuvo su mayor intensidad en los estados del occidente y del Bajío:

Según una estimación aproximada, Michoacán aportó unos 12 000 combatientes, Jalisco unos 10 000, Zacatecas unos 5 400, Guanajuato y Querétaro unos 4 000, y Nayarit y Sinaloa unos 2 500. Estas cifras suman alrededor de 50 000 efectivos si se incorporan las partidas temporales de otros estados, aunque deben tomarse como aproximaciones discutidas por los historiadores.

3.3 Participación de las mujeres[editar]

Las mujeres desempeñaron un papel relevante como enlace, contrabandista de armas y municiones, enfermera y sostén logístico de los destacamentos. Destacaron las llamadas Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, dedicadas a apoyar la rebelión. Algunas estimaciones mencionan la participación de más de 25 000 mujeres en tareas de apoyo y aprovisionamiento.

3.4 Jefes principales[editar]

Entre los líderes del movimiento destacaron:

4. Desarrollo del conflicto[editar]

4.1 Los primeros estallidos[editar]

Cuatro días después de la entrada en vigor de la Ley Calles, el 3 de agosto de 1926, un grupo de unos 400 católicos armados se encerró en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe de Guadalajara. El episodio terminó con 18 muertos y 40 heridos, según fuentes consulares estadounidenses. Al día siguiente, en Sahuayo, Michoacán, soldados federales tomaron por asalto la iglesia parroquial y mataron al párroco y a su vicario.

El 14 de agosto, una redada gubernamental en Chalchihuites, Zacatecas, terminó con el arresto de dirigentes católicos locales y la ejecución del padre Luis Bátiz Sainz. El hecho llevó a un grupo de rancheros encabezado por Pedro Quintanar a levantarse en armas. Quintanar entró en combate formal el 29 de agosto en Huejuquilla el Alto, Jalisco, en una de las primeras acciones militares organizadas del movimiento.

A lo largo de 1926 se sucedieron levantamientos en Durango, Guanajuato, Jalisco, Nayarit, Zacatecas y Michoacán. La rebelión formal tomó cuerpo con el manifiesto A la Nación, fechado el 1 de enero de 1927 y firmado por René Capistrán Garza, líder de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. El manifiesto declaraba que "la hora de la batalla ha sonado".

4.2 De la guerra de guerrillas a las grandes operaciones[editar]

En sus inicios, los cristeros fueron una fuerza irregular que asaltaba poblaciones, trenes y ranchos para obtener armamento, caballos, municiones y alimentos. El Gobierno los subestimó: el comandante federal en Jalisco, general Jesús Ferreira, llegó a decir que la campaña "sería más una cacería que una campaña".

Pronto los rebeldes obtuvieron victorias que obligaron al mando federal a cambiar de actitud. En febrero de 1927 vencieron por primera vez a tropas federales en San Francisco del Rincón, Guanajuato, y poco después en San Julián, Jalisco. Sin embargo, la superioridad del ejército federal en número, armamento y organización los empujó hacia las zonas serranas y aisladas.

El ejército federal creció durante el conflicto y llegó a movilizar decenas de miles de hombres. La infantería, apoyada por la aviación en algunas operaciones, controlaba las grandes ciudades y las vías de comunicación, mientras que los cristeros sostenían una guerra de movimientos en el campo.

4.3 El asesinato de Obregón[editar]

En 1928, el expresidente Álvaro Obregón promovió una reforma constitucional para permitir su reelección y se presentó como candidato prácticamente único a la presidencia. Entre los círculos políticos se especulaba con que Obregón, a diferencia de Calles, tenía menor interés en continuar la guerra y que buscaría un acuerdo con la Iglesia.

El 17 de julio de 1928, Obregón fue asesinado en el restaurante La Bombilla de la Ciudad de México por José de León Toral, un católico vinculado al conflicto religioso.

4.4 Reconcentración de civiles[editar]

Durante la guerra, el ejército federal aplicó una política de reconcentración forzada: poblaciones enteras de las zonas cristeras fueron trasladadas a pueblos y ciudades controlados por el Gobierno, con el fin de cortar el suministro de alimentos y refugio a los rebeldes. La táctica se aplicó principalmente en Jalisco, Michoacán, Colima y Zacatecas.

Las fuentes señalan que las operaciones estuvieron dirigidas por el general Joaquín Amaro Domínguez, secretario de Guerra, quien las calificó como un "éxito militar". La reconcentración tuvo efectos devastadores sobre la población civil: en muchas zonas se destruyeron viviendas, se quemaron cosechas y se ejecutó a quienes desobedecían las órdenes de traslado. Estas campañas son señaladas como la principal causa de las muertes de civiles durante la Cristiada.

5. Las negociaciones y el fin del conflicto[editar]

5.1 El papel de Estados Unidos[editar]

El conflicto religioso mexicano tuvo resonancia internacional. La opinión católica estadounidense presionó al Gobierno de Estados Unidos para que intercediera por el fin de la persecución religiosa. El embajador estadounidense Dwight Morrow actuó como mediador entre la jerarquía católica y el Gobierno mexicano. Las gestiones se dieron durante la presidencia de Emilio Portes Gil, quien sucedió a Calles en 1928.

5.2 Los acuerdos de 1929[editar]

La Santa Sede designó al entonces obispo de Tabasco, Pascual Díaz Barreto, como intermediario oficial, junto con el delegado apostólico Leopoldo Ruiz y Flores. Ambos se reunieron con Emilio Portes Gil para acordar una salida negociada.

El 21 de junio de 1929 se anunciaron los acuerdos. Sus puntos principales fueron:

  • Amnistía general para los cristeros que depusieran las armas.
  • Devolución de las casas curales y episcopales.
  • Reanudación del culto católico.
  • Compromiso del Gobierno de no modificar la Constitución y de mantener la ley vigente.

A cambio, la jerarquía católica retiró su apoyo al movimiento armado y aceptó someterse a la legislación mexicana. La liga y buena parte de los combatientes no aceptaron inicialmente el acuerdo. De unas 50 000 personas involucradas de manera directa o indirecta, solo unas 14 000 habrían depuesto las armas, según estimaciones cercanas a la Liga. El ejército federal y el Gobierno consideraron concluida la guerra, aunque los brotes de violencia continuaron de manera intermitente.

5.3 Divisiones en la jerarquía[editar]

La jerarquía católica no era monolítica frente al conflicto. La mayoría de los obispos respaldó la vía de la negociación, pero algunos se opusieron de manera decidida. El obispo de Tacámbaro, Leopoldo Lara y Torres, fue uno de los más combativos contra los acuerdos. En el extremo opuesto, los obispos de Ciudad de México y Tabasco, José Mora y del Río y Pascual Díaz Barreto, presionaron para alcanzar la paz.

6. La Segunda Guerra Cristera[editar]

Entre 1934 y 1938 se produjo un rebrote del conflicto, conocido como Segunda Guerra Cristera o la Segunda. El nuevo episodio estuvo vinculado a la reforma del artículo 3 de la Constitución, impulsada durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, que estableció la llamada "educación socialista" y excluyó toda doctrina religiosa de la enseñanza.

La promoción de la educación socialista provocó una fuerte oposición católica y nuevos alzamientos armados. En este segundo período, los cristeros y otros grupos católicos encontraron en los maestros rurales un blanco recurrente. Los maestros no participaban en el conflicto armado, pero algunos se negaron a abandonar sus escuelas y comunidades y fueron atacados por los rebeldes. La violencia contra docentes es documentada sobre todo en el medio rural de Jalisco y Michoacán.

El papa Pío XI publicó las encíclicas Acerba animi y Firmissimam constantiam sobre la situación de la Iglesia en México. La Segunda Cristera no alcanzó la escala de la primera y terminó sin una paz firmada, al compás de la política de conciliación gradual entre el Estado y la Iglesia.

7. Batallas principales[editar]

La guerra dejó numerosos enfrentamientos por todo el occidente y centro de México. Los registros de la historiografía mexicanista incluyen las siguientes acciones, entre otras:

[ Desplegar / Plegar ]
  • Toma de Huejuquilla el Alto
  • Toma de Valparaíso
  • Batalla de Santiago Bayacora
  • Batalla de Cerrito Verde
  • Batalla del Cerro del Capulín
  • Batalla del Cerro de las Papas
  • Batalla de Tepatitlán
  • Batalla de El Fresnal
  • Asalto de Manzanillo
  • Batalla de Piedra Imán
  • Batalla de Caucentla
  • Batalla de Los Rubios
  • Batalla de Tenaxcamilpa
  • Batalla de Nogueras
  • Batalla del Borbollón
  • Batalla de Mezquitic
  • Batalla de San Julián
  • Batalla de Cuquío
  • Toma de Juchitlán
  • Toma de Cocula
  • Toma de Colima
  • Masacre de Encarnación de Díaz
  • Toma de Colotlán
  • Batalla de Amatlán de Cañas
  • Batalla de Etzatlán
  • Batalla de San Marcos
  • Batalla de Guachinango
  • Batalla de Mascota
  • Batalla de Ixtlán del Río
  • Toma de Compostela
  • Incidente de Tepatitlán
  • Batalla de Atotonilco el Alto
  • Batalla de Villa de Guadalupe
  • Batalla del cerro El Fresquial
  • Batalla de Sahuayo, Jiquilpan y Cotija

8. Consecuencias[editar]

8.1 El modus vivendi[editar]

Tras la firma de los acuerdos de 1929, se instauró un entendimiento no escrito entre el Estado y la Iglesia, conocido como modus vivendi. En los hechos, el Gobierno renunció a aplicar con rigor la legislación anticlerical, y la Iglesia renunció a disputar públicamente las condiciones que le habían sido impuestas.

Durante las décadas siguientes, la relación entre los presidentes mexicanos y la jerarquía católica varió de la cordialidad a la tensión. El punto de inflexión llegó en 1992, cuando el presidente Carlos Salinas de Gortari promovió reformas constitucionales que otorgaron personalidad jurídica a las iglesias y permitieron el culto público fuera de los templos en casos extraordinarios. Ese mismo año se restablecieron las relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede.

8.2 Sinarquismo y Partido Acción Nacional[editar]

La guerra Cristera contribuyó a la conformación de movimientos sociales y fuerzas políticas de orientación católica. En los años treinta emergió el sinarquismo, un movimiento de base campesina y católica que nutrió a la Unión Nacional Sinarquista. Décadas después, varios cuadros sinarquistas y católicos se integraron al Partido Acción Nacional, fundado en 1939.

8.3 Memoria y canonizaciones[editar]

La persecución religiosa y la guerra Cristera dejaron una huella profunda en la memoria católica mexicana. Algunos sacerdotes y laicos asesinados durante el conflicto fueron canonizados por la Iglesia católica. La canonización de un grupo de mártires cristeros fue realizada en 2000 por el papa Juan Pablo II. La conmemoración de esos mártires sigue siendo un elemento central en la narrativa católica sobre el conflicto.

9. Legado[editar]

La Cristiada ha sido caracterizada por los historiadores como el último gran levantamiento campesino de México, ocurrido después del fin de la fase militar de la Revolución Mexicana, y como uno de los episodios más graves del conflicto Iglesia-Estado en la historia del país.

El conflicto dejó asentado que el modelo de separación radical entre la Iglesia y el Estado plasmado en la Constitución de 1917 era socialmente inviable. La consolidación del modus vivendi y, más tarde, la reforma constitucional de 1992 abrieron un nuevo marco jurídico para las iglesias en México.

La guerra continúa siendo un tema debatido en la historiografía mexicana. Una parte de la literatura la presenta como una defensa de la fe y de la libertad religiosa frente a la persecución del Estado. Otra enfatiza el papel de los cristeros como un movimiento de resistencia rural con motivaciones agrarias y sociales que desbordaron la cuestión religiosa. La memoria del conflicto permanece viva en regiones como los Altos de Jalisco, Michoacán y Zacatecas, donde se conservan santuarios, monumentos y conmemoraciones locales.

La guerra también tuvo una expresión cultural relevante. La novela La Cristiada, de Jean Meyer, es la obra historiográfica más influyente sobre el tema y consolidó el uso de ese nombre incluso en otros idiomas.


  1. El historiador francés Jean Meyer, principal estudioso del tema, sostiene que el término tenía un matiz despectivo en sus orígenes, mientras que otras versiones indican que fueron los propios cristeros quienes lo adoptaron como identificación. ↩︎