Ilustración
| Ilustración | |
|---|---|
| Otros nombres | Siglo de las Luces, Era de la Razón, Lumières, Enlightenment, Aufklärung, Illuminismo |
| Tipo | Movimiento cultural e intelectual |
| Ámbito | Europa y América |
| Periodización habitual | Mediados del siglo XVII – principios del siglo XIX |
| Inicio tradicional | 1687, publicación de los Principia Mathematica de Isaac Newton |
| Fin tradicional | 1789, estallido de la Revolución francesa |
| Precedido por | Revolución científica; racionalismo y empirismo del siglo XVII |
| Ideas centrales | Razón, crítica, progreso, tolerancia, libertad individual, derechos naturales, separación Iglesia-Estado |
| Figuras representativas | Voltaire, Montesquieu, Jean-Jacques Rousseau, Denis Diderot, Jean le Rond d’Alembert, John Locke, David Hume, Immanuel Kant, Adam Smith, Cesare Beccaria |
| Publicación emblemática | Encyclopédie, dirigida por Diderot y d’Alembert |
| Acontecimientos vinculados | Revolución estadounidense, Revolución francesa, Revolución Industrial |
1. Resumen[editar]
La Ilustración fue un movimiento cultural e intelectual europeo que se desarrolló desde mediados del siglo XVII hasta principios del siglo XIX, con especial intensidad en Gran Bretaña, Francia, el Sacro Imperio Romano Germánico, el reino de Nápoles, el ducado de Milán y el Imperio español. El siglo XVIII, su momento de mayor difusión, es conocido por ello como el Siglo de las Luces, una época caracterizada por la confianza en la razón, el conocimiento y la posibilidad de mejorar la vida humana mediante la crítica y la reforma.
El término no designa una escuela única, sino una familia de corrientes filosóficas, científicas, políticas y artísticas que compartieron la voluntad de someter a examen las creencias heredadas. Los ilustrados sostenían que la ignorancia, la superstición y la tiranía podían combatirse con el conocimiento humano y con métodos racionales. En ese sentido, promovieron ideales como la libertad individual, la tolerancia religiosa, el progreso, los derechos naturales, el gobierno constitucional y la separación entre Iglesia y Estado.
Su impacto fue amplio: transformó la filosofía, la ciencia, el derecho, la economía y la política, y creó un clima intelectual que contribuyó a la Revolución estadounidense y a la Revolución francesa. Movimientos posteriores como el liberalismo, el socialismo y el neoclasicismo suelen considerarse herederos de sus planteamientos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por las Naciones Unidas en diciembre de 1948, ha sido leída por numerosos estudiosos como una continuación de la tradición ilustrada.
A diferencia de una revolución política organizada, la Ilustración fue, sobre todo, una revolución de las formas de pensar y de difundir el pensamiento. Circuló a través de academias científicas, salones literarios, cafés, logias masónicas, periódicos, panfletos y libros impresos. Su lengua de influencia fue durante décadas el francés, pero produjo variantes nacionales muy distintas: la Ilustración escocesa, la Aufklärung alemana, el Illuminismo italiano y una Ilustración española e hispanoamericana con rasgos propios.
La periodización varía según la historiografía. Algunos autores sitúan su inicio en 1637, con la publicación del Discurso del método de René Descartes; otros en 1687, con los Philosophiæ naturalis principia mathematica de Isaac Newton, y la tradición francesa clásica en 1715, con la muerte de Luis XIV. Su final suele fecharse en 1789, con el estallido de la Revolución francesa, aunque muchos historiadores actuales lo prolongan hasta comienzos del siglo XIX, con la muerte de Immanuel Kant en 1804 como fecha más tardía habitualmente propuesta.[1]
2. Definición y nombres[editar]
La palabra española Ilustración equivale al francés Lumières, al inglés Enlightenment, al alemán Aufklärung, al italiano Illuminismo y al neerlandés Verlichting. La metáfora de la luz es central: la razón se presenta como una luz que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la superstición. De ahí la denominación Siglo de las Luces para el siglo XVIII.
Kant ofreció en su ensayo Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración? una de las definiciones más citadas. Para el filósofo alemán, la Ilustración es la salida del ser humano de una minoría de edad intelectual de la que él mismo es culpable; esa minoría consiste en la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Su lema es el verso latino Sapere aude, es decir, «atrévete a saber».
Una cita de Jean le Rond d’Alembert, recogida con frecuencia en la historiografía, resume la amplitud del movimiento: la Ilustración lo discutió, lo analizó y lo agitó todo, desde las ciencias profanas hasta los fundamentos de la revelación, desde la metafísica hasta el gusto, desde la música hasta la moral, desde las disputas escolásticas hasta el comercio y desde los derechos de los príncipes hasta los de los pueblos. Esta enumeración muestra que lo más característico no fue un único contenido doctrinal, sino una manera de pensar y de valorar basada en el examen crítico.
Desde una lectura marxista, formulada entre otros por Lucien Goldmann, la Ilustración puede entenderse como una etapa histórica de la evolución global del pensamiento burgués. Según esta interpretación, su filiación doctrinal estaría en el Renacimiento y en las corrientes racionalistas y empiristas del siglo XVII, y su base sociológica en el ascenso de la burguesía, en las revoluciones políticas neerlandesa e inglesa y en las transformaciones económicas que desembocaron en la Revolución francesa. Se trata de una lectura influyente, aunque no la única.[2]
3. Contexto histórico[editar]
3.1 Precedentes y Revolución científica[editar]
La Ilustración se apoyó en la Revolución científica de los siglos XVI y XVII y en la filosofía moderna que la acompañó. Figuras como Johannes Kepler, Galileo Galilei, Francis Bacon, Pierre Gassendi, Christiaan Huygens e Isaac Newton transformaron la manera de entender la naturaleza. Al mismo tiempo, pensadores como René Descartes, Thomas Hobbes, Baruch Spinoza, Gottfried Wilhelm Leibniz y John Locke sentaron las bases filosóficas del racionalismo y del empirismo.
Descartes aportó un método de duda sistemática: solo debía admitirse aquello que tuviera una razón sólida para ser aceptado. Su célebre cogito, ergo sum —«pienso, luego existo»— se ha convertido en uno de los puntos de partida de la subjetividad moderna. Newton, por su parte, ofreció un modelo de ciencia basado en leyes generales capaces de explicar y predecir fenómenos físicos con precisión. Los ilustrados vieron en ese método un instrumento aplicable no solo a la naturaleza, sino también al gobierno, a la economía y a la sociedad.
Los primeros experimentos acumulativos de la ciencia moderna y la nueva filosofía coexistieron con una Europa todavía organizada políticamente en torno al absolutismo y a una sociedad estamental. Precisamente la tensión entre las posibilidades de la razón y las estructuras del Antiguo Régimen dio al movimiento su carga reformadora y, en algunos lugares, revolucionaria.
3.2 El siglo XVII: la era de la Razón[editar]
El siglo XVII suele llamarse Era de la Razón o, en parte, también es englobado dentro del arranque de la Ilustración. Su tarea principal consistió en construir un conocimiento seguro a partir de axiomas, observaciones y demostraciones. La Ética de Spinoza, con su visión panteísta del universo en la que Dios y la Naturaleza se identifican, fue una de las expresiones más acabadas de esta ambición y una fuente de inspiración para corrientes ilustradas posteriores.
El pensamiento europeo de ese siglo fue, en palabras de muchos historiadores, una época de cambio. La filosofía natural de Newton combinó pruebas axiomáticas y observaciones físicas en sistemas coherentes de predicciones verificables. Aunque Newton fue el ejemplo más visible de la nueva ciencia, no estuvo solo: su sistematización formó parte de una transformación más amplia del conocimiento.
3.3 El siglo XVIII: el Siglo de las Luces y las revoluciones[editar]
El siglo XVIII fue, en general, un período de avance de los conocimientos racionales y de perfeccionamiento de las técnicas científicas. En su primera etapa, hasta la década de 1770, predominó la continuidad del Antiguo Régimen; en la segunda se aceleraron cambios profundos que desembocaron en la Revolución estadounidense, la Revolución francesa y la Revolución Industrial en Inglaterra.
En Francia, entre 1751 y 1765 apareció la primera etapa de la Encyclopédie de Denis Diderot y Jean le Rond d’Alembert, concebida como una gran obra de recopilación y difusión del conocimiento ilustrado. Su propósito era educar a la sociedad: una sociedad culta que piensa por sí misma parecía a sus autores la mejor defensa contra el absolutismo y la ignorancia. La edición completa, que reunió 35 volúmenes, se prolongó hasta 1772 y contó con la colaboración de alrededor de 150 personas.[3]
Los líderes del movimiento enciclopedista se consideraban una élite capaz de guiar al mundo hacia el progreso y sacarlo de lo que juzgaban un largo período de tradición, superstición, irracionalidad y despotismo. Ese diagnóstico era a la vez optimista y polémico: veía en el pasado oscurantista un obstáculo, y en el saber acumulado una promesa de emancipación.
4. Características generales[editar]
Aunque la Ilustración no fue homogénea, puede describirse mediante una serie de rasgos compartidos:
- Primacía de la razón: la razón, unida a la experiencia, fue considerada la guía legítima para conocer y transformar el mundo.
- Fe en el progreso: los ilustrados creyeron en una mejora continua e indefinida la humanidad, una convicción que se extendió al lenguaje político y económico.
- Antropocentrismo: la atención se desplazó de Dios hacia los seres humanos, sus capacidades y su felicidad terrenal.
- Crítica de la tradición: lo heredado no se aceptó sin examen; la Encyclopédie replanteó el conocimiento anterior a la luz de la razón.
- Reformismo: antes de la Revolución francesa, muchos ilustrados esperaron que monarcas y ministros aplicaran reformas desde arriba.
- Universalismo: la razón fue entendida como una facultad común a todos los seres humanos, lo que favoreció un pensamiento cosmopolita.
- Tolerancia: como respuesta a las guerras de religión del pasado, muchos ilustrados defendieron la convivencia entre confesiones y la libertad de conciencia.
Estas ideas convivieron con contradicciones importantes. La confianza en la razón no excluyó jerarquías sociales, discriminaciones raciales ni exclusiones de género. De hecho, durante la Ilustración se desarrolló un racismo científico embrionario, con teorías poligenistas que atribuían a las razas orígenes independientes. Autores como Henri de Boulainvilliers y, bajo ciertas lecturas, Voltaire han sido señalados como precursores de la idea de una raza superior, una corriente posteriormente consolidada y utilizada con fines abiertamente discriminatorios.[4]
Otro rasgo fue la confianza en la utilidad del saber. El pensamiento ilustrado tendió a valorar las ciencias, las artes y la literatura por su capacidad de educar, corregir costumbres o contribuir al bienestar. No se trató de un racionalismo frío: muchos ilustrados sostuvieron que la sensibilidad, guiada por la experiencia, podía potenciar la razón. Así lo expresaba la propia Encyclopédie en la voz «foible»: «a medida que el espíritu adquiere más luces, el corazón adquiere más sensibilidad».
5. Filosofía[editar]
5.1 Racionalismo, empirismo y sus síntesis[editar]
La filosofía ilustrada se nutrió de dos grandes corrientes del siglo XVII: el racionalismo de Descartes, Spinoza y Leibniz, y el empirismo de Francis Bacon, John Locke y David Hume. Mientras el racionalismo enfatizaba las ideas claras y la deducción, el empirismo hacía de la experiencia y de los sentidos la fuente principal del conocimiento.
El Ensayo sobre el entendimiento humano de Locke, publicado en 1690, defendió que las ideas derivan de la experiencia y sometió los dogmas religiosos a la exigencia de pruebas. Hume llevó más lejos el escepticismo filosófico al analizar la causalidad, la identidad personal y los límites del conocimiento. Ambas tradiciones, racionalista y empirista, no fueron del todo opuestas: Kant intentó, a fines del siglo XVIII, superar la división proponiendo una filosofía crítica que examinara las condiciones de posibilidad del conocimiento.
En el plano filosófico, la obra de Kant ocupa un lugar central. Sus críticas de la razón pura, de la razón práctica y del juicio reorganizaron la metafísica, la ética y la estética. Su reflexión sobre la Ilustración, publicada en 1784, definió el movimiento como la salida de la minoría de edad autoimpuesta y convirtió el sapere aude en su consigna.
5.2 La Enciclopedia y la difusión del saber[editar]
La Encyclopédie fue el proyecto editorial más ambicioso de la Ilustración francesa. Inspirada en la traducción de la Cyclopaedia inglesa de Ephraim Chambers, reunió a un grupo de escritores y científicos conocidos como los enciclopedistas. Bajo la dirección de Diderot y d’Alembert, la obra compiló artículos sobre ciencias, artes, oficios, filosofía y política, y fue ampliamente difundida en Europa y fuera de ella.
El proyecto no estuvo exento de dificultades: censura, tensiones entre sus redactores y acusaciones de plagio en algunos apartados. Aun así, consiguió difundir una imagen racional y sistemática del saber, desplazando a las universidades escolásticas del centro de la producción intelectual y favoreciendo la aparición de una opinión pública ilustrada.
Junto a la Encyclopédie circularon otras obras decisivas: Cartas sobre la tolerancia y Dos tratados sobre el gobierno civil de Locke, Cartas filosóficas y Diccionario filosófico de Voltaire, El espíritu de las leyes de Montesquieu, Discurso sobre la desigualdad y El contrato social de Rousseau, De los delitos y de las penas de Cesare Beccaria, Teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones de Adam Smith, la Crítica de la razón pura de Kant y la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, publicada en 1792.
6. Política[editar]
6.1 Contrato social y derechos naturales[editar]
La política ilustrada giró en torno a la legitimidad del poder. El contrato social se convirtió en el modelo explicativo dominante: los individuos, dotados de derechos naturales anteriores al Estado, consienten en formar una sociedad civil para protegerse y proteger esos derechos. Thomas Hobbes había abierto el debate con su Leviatán en 1651; Locke y Rousseau desarrollaron versiones diferentes del contrato en Dos tratados sobre el gobierno civil y en El contrato social.
Para Locke, los seres humanos nacen libres e iguales y poseen derechos a la vida, la libertad y la propiedad. El gobierno legítimo debe proteger esos derechos mediante la ley y el consentimiento de los gobernados, y puede ser resistido si se convierte en tiránico. Sus ideas influyeron en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa.
Rousseau partió de un diagnóstico distinto: el ser humano natural era libre y autosuficiente, pero la civilización y la desigualdad asociada a la propiedad privada lo corrompieron. La salida no era, según él, la disolución del vínculo social, sino un pacto en el que cada persona, al someterse a la voluntad general, obedece solo a sí misma. Su pensamiento ha sido leído tanto como fuente del republicanismo democrático como de lecturas autoritarias de la soberanía popular.
Montesquieu, por su parte, propuso en El espíritu de las leyes la separación de poderes —legislativo, ejecutivo y judicial— como garantía contra el despotismo. La idea fue acogida con entusiasmo por los redactores de la Constitución de los Estados Unidos y se convirtió en un principio constitucional clásico.
6.2 Despotismo ilustrado[editar]
Pese a que la Ilustración suele asociarse con la democracia, muchos de sus pensadores prefirieron confiar en monarcas absolutos capaces de aplicar reformas racionales. Voltaire, por ejemplo, despreciaba la democracia entendida como gobierno de las multitudes y defendió la figura de un monarca ilustrado que gobernara según la razón y la justicia.
Este fenómeno se conoce como despotismo ilustrado o absolutismo ilustrado. Sus principales representantes fueron Federico II de Prusia, Catalina II de Rusia y José II de Austria, y en la península ibérica, el marqués de Pombal en Portugal y Carlos III en España. Estos gobernantes promovieron reformas administrativas, educativas, económicas y religiosas, pero sin renunciar al principio de autoridad monárquica.
Los resultados fueron desiguales. José II impulsó con excesiva rapidez decretos que carecían de apoyo, provocó revueltas y vio revertidas muchas de sus medidas. Federico II, en cambio, se presentó como protector de los filósofos y convirtió Berlín en un centro de intercambio intelectual. Voltaire aceptó su invitación a la corte prusiana después de haber padecido la censura y el encarcelamiento en Francia. Federico resumió su programa diciendo que su ocupación principal era combatir la ignorancia y los prejuicios, iluminar las mentes, cultivar la moral y hacer felices a las personas en la medida de lo posible.
6.3 Revolución estadounidense y Revolución francesa[editar]
La relación entre Ilustración y revolución es directa, aunque compleja. La Revolución estadounidense de 1776 y la Revolución francesa de 1789 no fueron mera aplicación de los libros de filosofía, pero sí estuvieron profundamente marcadas por las ideas ilustradas de derechos naturales, soberanía popular y gobierno limitado.
En Estados Unidos, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson y James Madison incorporaron conceptos de Locke, Montesquieu y la Ilustración escocesa a los documentos fundacionales. La Constitución de 1787 organizó el poder mediante pesos y contrapesos, y la Declaración de Independencia de 1776 proclamó el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
En Francia, el Antiguo Régimen —con su jerarquía estamental y su monarquía de derecho divino— fue desmantelado durante la Revolución. Alexis de Tocqueville sostuvo que la Revolución francesa fue el resultado de la oposición radical creada durante el siglo XVIII entre la monarquía y los hombres de letras de la Ilustración, quienes habrían formado una suerte de aristocracia sustitutiva, poderosa en la opinión pública pero sin poder real. La «política literaria» que surgió de esa situación promovió un discurso de igualdad frontalmente opuesto al régimen monárquico.[5]
7. Religión[editar]
7.1 Tolerancia, crítica e historia[editar]
La reflexión ilustrada sobre la religión fue, en buena medida, una respuesta a las guerras de religión europeas, en particular la guerra de los Treinta Años. Los teólogos ilustrados buscaron reducir la capacidad del conflicto religioso para desbordarse hacia la política y la guerra, sin renunciar por completo a la fe.
Locke reclamó pruebas para los dogmas y defendió un examen directo de las Escrituras. Voltaire convirtió la denuncia de la intolerancia en una causa pública. Su Tratado sobre la tolerancia es uno de los textos más representativos de esta dimensión del movimiento: «¿Qué? ¿El turco, mi hermano? ¿El chino, mi hermano? ¿El judío? ¿El siamés? Sí, sin duda; ¿no somos todos hijos del mismo padre y criaturas del mismo Dios?».
La crítica histórica e eclesiástica se extendió también al mundo católico. En España, el benedictino Benito Jerónimo Feijoo combatió los «errores comunes» en su Teatro crítico universal, y el jesuita José Francisco de Isla satirizó la predicación pedante en su novela Fray Gerundio de Campazas. Se trataba de depurar la religión de supersticiones sin necesariamente abandonarla.
7.2 Deísmo, ateísmo y materialismo[editar]
La Ilustración produjo una amplia gama de posturas religiosas. El deísmo, defendido por Voltaire, Volney, Thomas Paine y, con matices, por Rousseau, creía en un Dios creador y ordenador del universo, pero rechazaba la revelación bíblica y los milagros. En Inglaterra, el deísmo había encontrado un punto de partida en Christianity not Mysterious, de John Toland, publicado en 1696.
El ateísmo y el materialismo fueron expresiones más radicales, minoritarias pero influyentes entre los círculos parisinos. Julien Offray de La Mettrie, perseguido en Francia por su Histoire naturelle de l’âme, desarrolló en L’Homme Machine (1747) una concepción del ser humano como máquina. El barón de Holbach sistematizó el materialismo ateo en su Système de la Nature (1770), obra en la que la materia eterna sustituye a la creación divina y la religión es presentada como una invención clerical.
Aun así, muchos ilustrados no fueron ateos. La investigación histórica ha señalado que pocos intelectuales de la época, aunque criticaran abiertamente al cristianismo, abrazaron un ateísmo estricto; la mayoría se inclinó por el escepticismo, el deísmo, el vitalismo o alguna forma de panteísmo.[6] Pierre Bayle había defendido, además, que incluso un ateo podía ser una persona moral. Voltaire, en cambio, temía que sin un Dios que castigara el mal, la moralidad pública quedara debilitada.
7.3 Separación Iglesia-Estado y supresión de órdenes[editar]
La Ilustración contribuyó a la idea de separar la esfera política de la religiosa. En este campo, la llamada Ilustración radical, inspirada en Spinoza, promovió con mayor claridad la democracia, la libertad de expresión y la eliminación de la autoridad religiosa en asuntos públicos. A Locke se le atribuye con frecuencia la formulación sistemática de la libertad de conciencia y de la separación entre el ámbito del gobierno y el de la religión.
Estas ideas formaron parte del ambiente intelectual del nacimiento de Estados Unidos. Thomas Jefferson utilizó la metáfora de un «muro de separación entre la Iglesia y el Estado» y promovió la libertad religiosa en Virginia.
Un capítulo particularmente tenso de esta historia fue la expulsión y supresión de la Compañía de Jesús. Portugal expulsó a los jesuitas en 1759, Francia en 1762 y España en 1767; la orden fue disuelta por el papa en 1773.[7] La expulsión española afectó también a la América hispánica y a Filipinas, y generó un intenso debate sobre sus consecuencias intelectuales y educativas.
8. Ciencia, economía y derecho[editar]
8.1 Ciencia, academias y popularización[editar]
La ciencia fue uno de los motores de la Ilustración. Muchos de sus escritores tenían formación científica y asociaron el progreso del conocimiento con un cuestionamiento de la autoridad tradicional. Los experimentos de Antoine Lavoisier, por ejemplo, condujeron a las primeras plantas químicas modernas en París, y los hermanos Montgolfier realizaron en 1783[sin verificar] el primer vuelo tripulado en globo.
Durante el siglo XVIII, las academias y sociedades científicas reemplazaron en gran medida a las universidades como centros de investigación. Mientras la universidad transmitía conocimiento, las sociedades científicas producían conocimiento nuevo. Había tantas que Bernard de Fontenelle llamó al siglo XVIII la «era de las Academias». Hacia 1789 existían en Europa más de setenta sociedades científicas oficiales.[8]
También creció la popularización del saber. Voltaire y Émilie du Châtelet explicaron los principios de la física newtoniana al público francés en Elementos de la filosofía de Newton, publicado en 1738. La Encyclopédie desempeñó una función similar al presentar al público lector teorías científicas, inventos y oficios.
8.2 Economía política[editar]
La economía política moderna nació en gran medida del pensamiento ilustrado. En 1776, Adam Smith publicó La riqueza de las naciones, considerada por muchos como la primera gran obra de la economía moderna. Su análisis sobre la división del trabajo y los mecanismos del mercado tuvo impacto inmediato en la política británica y sigue siendo una referencia central.
Antes que Smith, en Francia, la fisiocracia de François Quesnay y de Anne Robert Jacques Turgot había defendido la existencia de un orden económico natural y la importancia de la agricultura. Turgot redactó sus Reflexiones sobre la formación y la distribución de la riqueza en 1766, y Smith reconoció la influencia de esas ideas.
La Ilustración escocesa, con Francis Hutcheson, David Hume y Adam Smith, desarrolló además una «ciencia del hombre» que unía el estudio histórico de la conducta humana con la reflexión sobre la modernidad. De ese proyecto derivan tanto la sociología moderna como buena parte del liberalismo clásico.
8.3 Derecho y reforma penal[editar]
En el campo del derecho, la figura de Cesare Beccaria sobresale por su tratado De los delitos y de las penas, publicado en 1764. La obra condenó la tortura y la pena de muerte, y sentó las bases del derecho penal moderno y de la criminología clásica. Según Beccaria, las penas debían ser proporcionadas y orientadas a la defensa del orden social, no a la venganza.
El tratado fue traducido al español pocos años después de su aparición, en 1774, y circuló ampliamente por Europa; se afirma con frecuencia que llegó a verterse a 22 idiomas.[9] Algunos gobernantes, como Catalina II de Rusia, impulsaron reformas penales inspiradas en sus principios.
En el ámbito jurídico-político italiano también destacó Francesco Mario Pagano, cuyos estudios sobre el proceso criminal y los ensayos políticos de la década de 1780 lo convirtieron en una autoridad europea en derecho penal.
9. Variantes nacionales[editar]
La Ilustración no fue un fenómeno idéntico en todos los países. Cada región le imprimió énfasis particulares.
9.1 Francia[editar]
La Ilustración francesa, también llamada Siècle des Lumières, se caracterizó por su radicalidad política y religiosa. En torno a París se organizaron salones literarios —con frecuencia dirigidos por mujeres, como el de madame Geoffrin—, academias y cenáculos de filósofos.[10] La crítica a la Iglesia y a la monarquía fue más directa que en otras variantes nacionales.
Sin embargo, parte del financiamiento de estos círculos y de la propia edición ilustrada estuvo ligada a la Ferme générale y a actividades relacionadas con el comercio triangular y el comercio atlántico de esclavos. Este hecho matiza la imagen exclusivamente emancipadora del movimiento y muestra que algunas de sus élites intelectuales convivieron con las estructuras coloniales que denunciaban.[11]
La expresión estética dominante de la Ilustración francesa fue el Neoclasicismo. En las artes, la antigüedad grecorromana sirvió de modelo para la arquitectura, la pintura, la escultura y la literatura, y el buen gusto se impuso como criterio de exclusión de lo considerado vulgar, desproporcionado o irracional.
9.2 Gran Bretaña y la Ilustración escocesa[editar]
Gran Bretaña y Escocia contaron con una Ilustración propia, anterior en algunos aspectos a la francesa y de signo más empirista. El ensayo de Locke sobre la tolerancia, el pensamiento político de los whigs y la obra de los deístas ingleses prepararon el terreno. En Escocia, Francis Hutcheson, David Hume, Adam Smith, Adam Ferguson y William Robertson, entre otros, desarrollaron una reflexión sistemática sobre la moral, la economía, la historia y la sociabilidad humana.
La Ilustración escocesa fue menos anticlerical que la francesa y más interesada en comprender cómo las sociedades evolucionan desde estadios primitivos hacia sociedades comerciales y civilizadas. Su «ciencia del hombre» está en el origen de la sociología y del liberalismo moderno. Edimburgo se convirtió en uno de los grandes centros intelectuales del Atlántico norte.
9.3 Alemania[editar]
La Aufklärung alemana adoptó un tono más espiritual y nacional, y penetró con fuerza en las clases medias sin amenazar de manera general a los gobiernos ni a las iglesias establecidas. Gotthold Ephraim Lessing y Moses Mendelssohn son dos de sus representantes más importantes. La Ilustración alemana se interesó por la estética, la filología clásica, la historia y la reforma religiosa.
Immanuel Kant fue la figura culminante de este proceso. Su pensamiento crítico reformuló la relación entre racionalismo y empirismo y ofreció una nueva fundamentación de la moral, el derecho y la estética. La influencia kantiana se extendió hasta la filosofía europea del siglo XX.
9.4 Italia[editar]
En Italia, el Illuminismo tuvo focos importantes en Nápoles y Milán. En Nápoles, la obra de Giambattista Vico, anterior a la Ilustración, fue redescubierta y discutida como una alternativa a la racionalidad cartesiana. En el campo jurídico brilló Beccaria, y en el penal y político, Francesco Mario Pagano. El reformismo ilustrado italiano se articuló con las monarquías borbónica y austríaca, y con el debate sobre la modernización del derecho y la economía.
9.5 España e Hispanoamérica[editar]
La Ilustración española fue más científica, humanística y reformista que abiertamente política. Figuras como Feijoo, el conde de Aranda, Campomanes y Jovellanos, y proyectos como las Sociedades Económicas de Amigos del País, buscaron modernizar la educación, la economía y la administración sin romper necesariamente con la monarquía católica. En paralelo, una Escuela Universalista Española del siglo XVIII desarrolló una Ilustración tardía y comparatista de raíz hispánica, representada entre otros por Juan Andrés, el lingüista Lorenzo Hervás y el musicólogo Antonio Eximeno.[12]
La Ilustración hispanoamericana compartió ese reformismo y añadió el estudio sistemático de los territorios coloniales: expediciones botánicas, censos, periódicos y nuevas cátedras universitarias. En la Nueva Granada, en Quito, en el Virreinato del Perú y en el Virreinato del Río de la Plata aparecieron figuras vinculadas al saber ilustrado, como José Celestino Mutis[sin verificar] en la Expedición Botánica de Nueva Granada, Eugenio Espejo[sin verificar] en Quito, Hipólito Unanue[sin verificar] en Lima y Antonio Nariño[sin verificar] en Santa Fe. Estos procesos prepararon, en parte, el clima intelectual de las independencias hispanoamericanas del siglo XIX.[13]
10. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]
En el mundo hispanohablante, la Ilustración no fue solo una importación francesa. Hubo una apropiación activa y con rasgos propios, marcada por la cultura católica, el reformismo borbónico y la relación con los territorios americanos y asiáticos de la monarquía hispánica.
En España, la crítica ilustrada se orientó a combatir la superstición, mejorar la enseñanza de las ciencias útiles, reformar la economía y reorganizar el Estado. Las Sociedades Económicas de Amigos del País, las academias de la lengua, la historia y las ciencias, y la prensa periódica fueron sus principales instrumentos. La traducción de obras europeas y la creación de cátedras científicas ampliaron el acceso al saber.
En Hispanoamérica, la Ilustración adoptó formas ligadas al conocimiento del territorio, la higiene pública, la botánica, la minería y la administración. Las expediciones científicas —como la Expedición Botánica de Nueva Granada— combinaron interés utilitario e investigación sistemática. Los debates sobre la naturaleza americana, la educación y la desigualdad fueron alimentados tanto por autores europeos como por lecturas locales de la escolástica y del derecho natural.
El término «Ilustración» pasó al español con ese valor metafórico de luz y esclarecimiento. En los países hispanohablantes, la denominación Siglo de las Luces es corriente en la enseñanza secundaria y universitaria, y el vocablo ilustrado se sigue empleando para designar al intelectual reformista del siglo XVIII, distinto del significado posterior de persona culta o erudita. Esta resonancia ha hecho que la Ilustración se estudie en la región no solo como un capítulo de la historia europea, sino como parte de la genealogía de las repúblicas latinoamericanas.
11. Legado y críticas[editar]
11.1 De la Ilustración a las ideologías modernas[editar]
El legado de la Ilustración es inmenso. El liberalismo recogió su defensa de la libertad individual, el gobierno limitado y el imperio de la ley. El socialismo temprano y las corrientes utópicas heredaron su confianza en la perfectibilidad humana y su crítica de la desigualdad. El neoclasicismo prolongó su estética, y gran parte de la ciencia, el derecho penal y la economía modernos se construyeron sobre los métodos y debates del siglo XVIII.
En el siglo XIX, movimientos como el liberalismo, el socialismo y el nacionalismo se definieron en diálogo o en ruptura con la herencia ilustrada. La idea de una sociedad secular, gobernada por leyes racionales y orientada al progreso, se convirtió en un horizonte común de la modernidad occidental.
Las Naciones Unidas, al proclamar la Declaración Universal de los Derechos Humanos en diciembre de 1948, dieron forma jurídica internacional a principios que conectan directamente con la tradición ilustrada: dignidad, igualdad, libertad de conciencia, igualdad ante la ley y participación política.
11.2 Críticas, Contrailustración y debates contemporáneos[editar]
La Ilustración ha sido criticada desde sus propios tiempos. Hacia 1750, varios filósofos comenzaron a discutir los límites del racionalismo, y el Romanticismo reivindicó después el sentimiento, la imaginación y la nación frente al universalismo ilustrado. El término Contrailustración, popularizado por Isaiah Berlin, designa a las corrientes que defendieron la fe, la tradición y la autoridad política frente a la crítica racionalista.
Desde 1945, la Ilustración europea también se ha leído como un proyecto incompleto y ambivalente. La Escuela de Fráncfort, por ejemplo, examinó sus consecuencias tardías y la relación entre racionalidad instrumental y dominación. Filósofos posmodernos han cuestionado sus supuestos de universalidad, sujeto autónomo y progreso. Aun así, la mayoría de las humanidades y las ciencias sociales contemporáneas siguen arraigadas en la modernidad y valoran positivamente muchos de los ideales ilustrados.
La Ilustración no puede reducirse ni a un mito heroico del progreso ni a una simple máscara del poder burgués o colonial. Fue un movimiento plural, con contradicciones reales: al mismo tiempo produjo la crítica de la intolerancia y nuevas formas de exclusión, el lenguaje de los derechos universales y la convivencia con la esclavitud, la confianza en la ciencia y los primeros esbozos de racismo seudocientífico. Por eso, más que un conjunto cerrado de respuestas, sigue siendo un repertorio de preguntas sobre la razón, la libertad y los límites del poder.
La fecha de inicio varía: algunos escogen 1637 (Discurso del método), otros 1687 (Principia Mathematica) y la tradición francesa clásica 1715 (muerte de Luis XIV). El final oscila entre 1789 (Revolución francesa) y 1804 (muerte de Kant). ↩︎
Lucien Goldmann, representante de una lectura marxista, consideró la Ilustración una etapa de la evolución global del pensamiento burgués. Esta interpretación es influyente, pero convive con lecturas que destacan la diversidad social e ideológica del movimiento. ↩︎
La Encyclopédie se publicó inicialmente entre 1751 y 1765; la edición completa, con sus suplementos y láminas, se prolongó hasta 1772. Las cifras de volúmenes y colaboradores varían ligeramente según se incluyan o no suplementos y traductores. ↩︎
El poligenismo ilustrado sostuvo que las razas humanas tenían orígenes independientes, frente al monogenismo bíblico. Fue uno de los discursos que, pese a su vocación ilustrada, alimentó jerarquías raciales posteriores. ↩︎
Alexis de Tocqueville, en El Antiguo Régimen y la Revolución, interpretó la Revolución francesa como resultado de la oposición entre la monarquía y los hombres de letras, quienes habrían creado una «política literaria» de igualdad. ↩︎
Wilson y Reill sostienen que muy pocos intelectuales ilustrados, incluso entre quienes criticaron duramente al cristianismo, fueron ateos estrictos; la mayoría se inclinó por el escepticismo, el deísmo, el vitalismo o el panteísmo. ↩︎
Portugal expulsó a los jesuitas en 1759, Francia en 1762 y España en 1767; la Compañía de Jesús fue disuelta por el papa en 1773. La expulsión hispánica afectó a toda la América colonial y a Filipinas. ↩︎
La cifra de sociedades científicas oficiales hacia 1789 es una estimación historiográfica; su número depende de qué instituciones se cuenten como «oficiales» y de la delimitación territorial de Europa. ↩︎
La versión española de De los delitos y de las penas apareció en 1774, traducida por Juan Antonio de las Casas. La cifra de 22 idiomas es una estimación citada con frecuencia, aunque el número final depende de las ediciones que se consideren. ↩︎
Los salones parisinos, a menudo dirigidos por mujeres, fueron espacios de conversación, mediación y mecenazgo. El más célebre es el de madame Geoffrin, inmortalizado en la pintura de Charles Gabriel Lemonnier. ↩︎
Parte de los salones y de las empresas editoriales ilustradas francesas se financió con recursos de la Ferme générale y con capital ligado al comercio triangular y al tráfico atlántico de esclavos, una contradicción señalada por la historiografía reciente. ↩︎
La Escuela Universalista Española del siglo XVIII se desarrolló en buena parte en Italia tras la expulsión de los jesuitas. Su programa fue comparatista y científico-humanístico, con figuras como Juan Andrés, Lorenzo Hervás y Antonio Eximeno. ↩︎
La Ilustración hispanoamericana fue un movimiento de reforma cultural, científica y administrativa, no un programa uniforme de independencia. Sus figuras y fechas exactas deben contrastarse con la historiografía de cada región. ↩︎