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Leoncio Prado

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Leoncio Prado Gutiérrez
Nombre completoLeoncio Prado Gutiérrez
NacimientoHuánuco, Perú, 24 de agosto de 1853
FallecimientoHuamachuco, Perú, 15 de julio de 1883, a los 29 años
Causa de la muerteFusilado por el ejército de Chile, en la habitación donde estaba herido, hacia las 8:30 de la mañana
PadreMariano Ignacio Prado, presidente del Perú. Leoncio fue hijo natural, no nacido dentro del matrimonio
MadreMaría Avelina Gutiérrez
HermanosJusto y Grocio Prado, que combatieron con él en Cuba; y, por parte de padre, Manuel Prado Ugarteche —nacido en 1889, seis años después de la muerte de Leoncio—, dos veces presidente constitucional del Perú
RangoCoronel. Lo fue del Ejército de la República de Cuba y del Ejército del Perú
LealtadesPerú y Cuba
GuerrasGuerra hispano-sudamericana (1865-1866), Guerra de los Diez Años en Cuba (desde 1874), Guerra del Pacífico (1879-1883)
Acciones principalesCombate de Abtao (1866), combate del 2 de mayo en el Callao (1866), captura del vapor español Moctezuma (1876), batalla del Alto de la Alianza (1880), guerrillas de Chancay (1882-1883), batalla de Huamachuco (1883)
SepulturaCementerio de Huamachuco hasta 1889; después, Cementerio Presbítero Matías Maestro de Lima; desde 1908, en la Cripta de los Héroes
Llevan su nombreEl Colegio Militar Leoncio Prado, en el Callao, y la provincia de Leoncio Prado, en el departamento de Huánuco. Es patrono del Servicio de Material de Guerra del Ejército del Perú

Leoncio Prado Gutiérrez (Huánuco, 24 de agosto de 1853 – Huamachuco, 15 de julio de 1883) fue un militar peruano que combatió en tres guerras distintas antes de cumplir treinta años, en dos de ellas por un país que no era el suyo. Es una de las figuras más veneradas del Perú y, a la vez, uno de los pocos héroes americanos cuyo relato más conocido —el de su propia muerte— procede íntegramente de los testimonios de quienes lo fusilaron.

Hijo natural de Mariano Ignacio Prado, presidente del Perú, entró en el ejército a los siete años, estuvo en combate a los doce, se hizo corsario al servicio de la independencia de Cuba a los veintitrés capturando en alta mar un vapor español, y murió fusilado a los 29 años en un pueblo de la sierra de La Libertad, cinco días después de haber sido herido en la batalla de Huamachuco.

1. Resumen[editar]

Tres cosas separan a Leoncio Prado del resto de los héroes militares peruanos del siglo XIX.

Combatió por Cuba y por Filipinas antes que por el Perú. Su hoja de servicios no es la de un oficial nacional sino la de un revolucionario continental: se alistó en el ejército libertador cubano en 1874, obtuvo una patente de corso, capturó el vapor español Moctezuma en noviembre de 1876 con un puñado de hombres armados con revólveres, y llegó a organizar dos expediciones para intervenir en la independencia de Filipinas. Cuba lo ascendió a coronel de su Ejército y su retrato figura entre los próceres en el ayuntamiento de La Habana.

Su muerte es un problema de fuentes, no sólo un episodio. Fue capturado herido, con el fémur destrozado por metralla, y fusilado cinco días después. Lo que sabemos de esas horas —incluido el detalle célebre de que dio él mismo la orden de fuego— viene de dos oficiales chilenos que lo narraron treinta años más tarde al historiador chileno Nicanor Molinare. No hay ninguna fuente peruana presencial, porque no había peruanos delante.

Su nombre es hoy más conocido que su biografía. Un colegio militar de Lima lleva su nombre y es el escenario de La ciudad y los perros, la primera novela de Mario Vargas Llosa, que hizo célebre ese nombre en todo el mundo hispanohablante entre lectores que no sabrían decir quién fue Leoncio Prado. Una provincia entera del departamento de Huánuco también se llama así.

2. Familia y primeros años[editar]

Nació en Huánuco el 24 de agosto de 1853, hijo de Mariano Ignacio Prado —entonces oficial del ejército y más tarde presidente del Perú— y de María Avelina Gutiérrez. No nació dentro del matrimonio, y ése es un dato que condiciona toda su infancia: el padre vivía en Lima y el niño con su madre en Huánuco.

En junio de 1859 su padre —ya coronel— los hizo llamar a Lima. Allí el niño empezó sus estudios y su madre ingresó en el Convento de Copacabana. Los testimonios de la época coinciden en que Mariano Ignacio Prado tuvo siempre predilección por este hijo.

La carrera militar empezó absurdamente pronto. El 1 de abril de 1861, con siete años, pasó revista en el Regimiento de la Unión —del que su padre era jefe— como soldado distinguido. A los nueve entró en el Colegio Guadalupe; a los doce ya era cabo en el Regimiento de Lanceros de la Unión. No era entonces algo excepcional: era común que los cuerpos del Ejército peruano incorporasen niños, fueran huérfanos que encontraban en el cuartel un hogar o hijos de militares.

3. La guerra contra España (1865-1866)[editar]

En 1865 el Perú estaba enfrentado a España, que había ocupado las islas Chincha. El gobierno firmó el 2 de febrero el Tratado Vivanco-Pareja, por el que España desocuparía las islas a cambio de tres millones de pesos. La opinión pública lo consideró una humillación. El 28 de febrero el coronel Mariano Ignacio Prado se sublevó, y su campaña culminó con la toma de Lima el 6 de noviembre de ese mismo año. Leoncio, de doce años, participó en ella.

Establecido el nuevo gobierno, el muchacho interrumpió sus estudios para incorporarse como guardiamarina en la fragata Apurímac.

3.1. Abtao[editar]

La escuadra peruana —las fragatas Apurímac y Amazonas y las corbetas Unión y América— partió al sur para reunirse con la chilena, ya que Chile estaba también en guerra con España. La Amazonas no llegó: naufragó en los canales chilotes. La flota aliada quedó fondeada en la isla Abtao.

El 7 de febrero de 1866 llegaron las fragatas españolas Villa de Madrid y Blanca y se produjo el combate de Abtao, que se redujo a un bombardeo a gran distancia sin daños significativos en ninguno de los dos bandos. Por esa acción Leoncio Prado recibió su primera medalla de guerra. Tenía doce años.

Las condiciones de la vida a bordo lo enfermaron y hubo de ser desembarcado en Lima. Restablecido, ingresó en la Escuela Militar de Espíritu Santo, y la Junta Calificadora le concedió el grado de subteniente, con despachos firmados el 1 de abril de 1866 por el ministro de Guerra, coronel José Gálvez, y refrendados por su propio padre, entonces Dictador Supremo.

3.2. El combate del 2 de mayo[editar]

Ante la inminencia del ataque español al Callao, Leoncio Prado abandonó la Escuela Militar por su cuenta. Según el relato conservado, le dijo a su primo Nazario Rubio que su puesto no estaba en la Escuela sino en el combate, como en Abtao.

El 2 de mayo de 1866 se embarcó en una de las naves de la escuadra peruana al mando del capitán de navío Lizardo Montero. La escuadra española bombardeó el Callao y las baterías de tierra respondieron. Una granada voló la Torre de La Merced y mató al ministro de Guerra José Gálvez —el mismo que había firmado el nombramiento de Prado un mes antes—. Tras seis horas, Casto Méndez Núñez dio por concluida la acción. Fue la última operación de los barcos españoles en aguas del Pacífico.

Por su actuación, la Junta Calificadora le otorgó la clase de alférez de fragata, y el contralmirante Lizardo Montero le regaló una espada «en premio y honor a su sereno comportamiento». Seguía teniendo doce años.

4. La expedición amazónica (1867)[editar]

En 1867 volvió al Colegio Guadalupe. El 3 de diciembre los alumnos se sublevaron y tomaron las instalaciones del plantel, alegando incompetencia de algunos profesores y excesivo rigor disciplinario. Prado estaba de licencia en su casa; al enterarse fue al colegio, lo encontró aislado, trepó por las paredes y los techos para llegar hasta sus compañeros y, cuando la policía desalojó el centro al día siguiente, apareció a la cabeza de los huelguistas asumiendo la responsabilidad de los hechos.

El presidente Prado resolvió el problema alejando a su hijo: lo mandó a una expedición de exploración a la Amazonía. Partió de Lima el 16 de diciembre de 1867 con la Comisión Hidrográfica del almirante Tucker, que debía levantar el plano de los ríos Mayro y Pachitea.

Allí ocurrió el episodio más novelesco de su adolescencia: se perdió en la selva y vagó varios días. El sabio Antonio Raimondi, que exploraba la misma región, preparó una expedición para buscarlo y supo que estaba en un campamento de indios campas, que lo habían encontrado errante, curado sus heridas y salvado la vida. Tenía catorce años.

Fue incorporado después a la Flotilla Fluvial del Amazonas, en Iquitos, y se retiró del servicio en 1868, cuando un movimiento revolucionario obligó a dimitir a su padre. De vuelta en Lima, el gobierno de Manuel Pardo lo pensionó para estudiar en un colegio de Estados Unidos, en Richmond.

5. Cuba: el corsario del Moctezuma (1874-1877)[editar]

5.1. Alistamiento y patente de corso[editar]

En 1874 partió a Cuba acompañado por su hermano Justo y su medio hermano paterno Grocio, que se alistaron también en el ejército libertador. Tomó parte en las principales acciones, pero no quedó satisfecho: consideraba que su aporte no era eficaz y quería una operación de otra escala.

Su idea, formulada por él mismo, era que los buques con que había que combatir estaban bajo bandera española, y que la solución era capturarlos y volverlos contra España. Presentó el proyecto a los mandos cubanos. El presidente de Cuba, Tomás Estrada Palma, le respondió por carta el 6 de agosto de 1876 agradeciendo su empeño pero aplazando el proyecto, por tener que sujetarse a las reglas de la joven República; una comunicación oficial de octubre de ese año confirmó el aplazamiento.

Prado no se detuvo. Solicitó y obtuvo una patente de corso para actuar por su cuenta y riesgo. Reunió a diez cubanos —el capitán Manuel Morey, Domingo Vélez, Pedro Castero, Miguel Gutiérrez Pití, Eduardo Deetgan, Manuel Blanco, Leonardo Álvarez, Eugenio Carloto, Casimiro Brea e Ignacio Zaldívar—, que desconocían el plan y sólo confiaban en su jefe. Se reunieron en Kingston y se repartieron por distintos puertos.

5.2. La captura[editar]

El 7 de noviembre de 1876 llegó a Puerto Plata el vapor español Moctezuma, procedente de Saint Thomas y con destino a puertos de Cuba. Iba armado con dos cañones y tripulado por sesenta hombres, al servicio del gobierno español de Cuba. Como zarpaba el mismo día, Prado decidió embarcarse sin esperar a los conjurados que venían de Saint Thomas: guardó doce machetes en el equipaje, ordenó a sus pocos compañeros armarse con revólveres y tomaron pasaje de forma escalonada para no despertar sospechas. Se hicieron pasar por comerciantes ambulantes.

El barco zarpó a las 14:00. En alta mar, Prado reveló el plan y distribuyó a sus hombres: cuatro a proa, cuatro en las escalas que bajaban a los compartimentos, y él con Morey y Vélez encargados de rendir al capitán y a los oficiales durante la cena.

A las 18:00 sonó la llamada a comer. Prado esperó a que todos estuvieran sentados, apareció en la puerta del comedor y anunció que, en nombre de la República de Cuba, que estaba en guerra con España, hacía prisionero al capitán y le exigía la entrega del vapor. El capitán respondió que le parecía que estaba de broma. Prado replicó que hablaba en serio y que, si no ofrecía resistencia, los desembarcaría a todos en lugar seguro.

Siguió una pelea a corta distancia en la que la vajilla sirvió de arma. Prado recibió un golpe en la cabeza que lo dejó sin conocimiento; Vélez disparó contra el comandante del buque y lo mató; Prado volvió en sí y siguió luchando con un puñal. A las 19:00 todo había terminado. Izó él mismo la bandera cubana, ordenó atender a los heridos y sepultar en el mar a los muertos, y rebautizó la nave Céspedes, en homenaje a Carlos Manuel de Céspedes.

Al día siguiente desembarcó al pasaje, a la oficialidad y a la tripulación —salvo seis marineros y los maquinistas necesarios—, permitiéndoles llevar sus efectos personales y entregando dinero a quienes no tenían recursos, previa firma de recibos: quinientos de los dos mil pesos hallados a bordo.

La noticia causó sensación. El Senado español pidió a las naciones americanas que tratasen a los conjurados como piratas, y Brasil y el resto de los países de América rechazaron la petición —que es exactamente la diferencia jurídica entre un pirata y un corsario, y la razón por la que la patente importaba—.

5.3. El fin del Céspedes[editar]

La aventura duró dos meses. Sin recursos para operar el buque, Prado puso rumbo al cabo Gracias a Dios, en el Caribe entre Honduras y Nicaragua, adonde llegó el 27 de noviembre de 1876 y donde se presentó a las autoridades con la documentación del comandante español capturado, sin despertar sospechas. Sólo consiguió dieciocho toneladas de carbón, insuficientes. Un bote al mando de Morey zozobró y escaparon dos marineros españoles, que denunciaron los hechos ante el cónsul español.

El gobierno español de Cuba lanzó tras él la fragata Jorge Juan y dos transportes. Falto de combustible, el Céspedes tuvo que recalar en Troappe, donde el 3 de enero de 1877 fue avistado y bloqueado. Sin carbón y a más de quinientos metros de la playa, Prado ordenó echar los botes al agua y embarcar a la tripulación; se quedó a bordo con Morey y, cuando el Jorge Juan abrió fuego, prendieron fuego a la santabárbara y volaron el buque. El navío español comprobó «la completa destrucción del corsario y su gente».

Prado y Morey habían abandonado la nave antes de la explosión y esperaron a la noche para nadar hasta la playa guiándose por el resplandor del incendio. Anduvieron después días por la costa de Mosquitos, entre manglares y sin caminos, descalzos y con los pies llagados, hasta alcanzar el puerto de Corinto, en el Pacífico.

El gobierno cubano lo ascendió a coronel de su Ejército por esta acción. Su retrato figura entre los patriotas de la galería del ayuntamiento de La Habana y se le cuenta entre los próceres de la independencia cubana.

6. Filipinas y el regreso (1877-1879)[editar]

El 11 de abril de 1877 se embarcó rumbo al Callao y llegó a Lima el 1 de mayo. Descansó poco: volvió a Estados Unidos con la idea de intervenir en la independencia de Filipinas, convencido de que una insurrección allí facilitaría el triunfo de la revolución cubana.

La expedición fracasó: la embarcación zozobró en un temporal frente a las costas de China. Salvado del naufragio, recorrió Europa ocultando su nombre, porque España lo perseguía. En enero de 1878 volvió a Estados Unidos y preparó una segunda expedición filipina, que abandonó al conocerse el conflicto que se avecinaba entre el Perú y Chile. En 1879 decidió regresar.

7. La Guerra del Pacífico (1879-1883)[editar]

7.1. Arica[editar]

El gobierno lo comisionó primero a Estados Unidos para comprar armamento. Volvió al Perú el 9 de agosto y el 15 se embarcó hacia Arica, donde estaba su padre, el presidente, para pedirle un puesto en la guerra. Recibió el encargo de organizar un cuerpo de torpederas en la isla del Alacrán, en el puerto de Arica, y desde allí vigiló las costas y cooperó con el monitor Manco Cápac, como consta en los partes del combate naval del 24 de febrero de 1880.

7.2. Jefe de guerrilleros[editar]

Con la llegada al poder de Nicolás de Piérola se reorganizó el ejército y Prado recibió el encargo de formar y mandar un cuerpo de guerrilleros que actuase de forma independiente. Con él asistió a la batalla del Alto de la Alianza y cubrió la retirada tras el desastre aliado.

Sus «Guerrilleros de Vanguardia» hostigaron con eficacia al ejército chileno en la campaña del sur, atacando avanzadas o filtrándose por las líneas para caer por la retaguardia y desaparecer enseguida. El mando chileno destacó al coronel Orozimbo Barbosa, con fuerzas muy superiores, para perseguirlos.

7.3. Prisionero, y la palabra empeñada[editar]

La persecución terminó en Tarata, donde la pequeña fuerza de Prado fue destruida y él quedó entre los cadáveres y heridos. Un oficial chileno, viéndolo pelear con la ropa destrozada, impidió que sus soldados le disparasen y lo llevó prisionero ante Barbosa, que le dijo que quería que sus oficiales se honraran con su compañía.

Fue trasladado a Chile e internado en la prisión de San Bernardo. Rechazó varias veces la libertad que se le ofrecía a condición de comprometerse a no volver a tomar las armas. Finalmente, considerando que preso no servía de nada a la resistencia, fingió aceptar y quedó libre. Poco después dejó escrito que, cuando la patria se halla subyugada, no hay palabra que valga sobre el deber de libertarla.

Esa palabra empeñada y rota sería, tres años después, el motivo formal de su fusilamiento.

Las fuentes no coinciden en la fecha de esta captura. El relato principal la sitúa el 21 de julio de 1880; el testimonio del oficial chileno Aníbal Fuenzalida, recogido en 1912, dice que Prado fue hecho prisionero en junio de 1880. Coinciden en el lugar, Tarata, y en el año.

7.4. La guerrilla de Chancay (1882-1883)[editar]

Llegó al Callao en febrero de 1882. Intentó movilizar al círculo limeño en apoyo de la resistencia y no lo consiguió; dejó escrito su desánimo ante quienes, jugándose el país la última esperanza, se resistían a contribuir de una forma u otra a su defensa.

Pasó entonces a Huánuco para unirse a la guerrilla que dirigía su hermano Justo, y lo vio morir de pulmonía poco después de llegar. Tomó el mando de la partida.

Reunió ochenta jóvenes, llegó a ciento cincuenta en Cerro de Pasco y se dirigió a las alturas de Canta y Chancay. Al principio la fuerza sólo tenía puñales, rejones y algunas armas de fuego. Estableció su cuartel general en Vista Alegre y, más tarde, en Jucul, en la sierra de Chancay, desde donde tuvo en jaque cinco meses, hasta abril de 1883, a las fuerzas chilenas que no consiguieron darle caza. Sus guerrilleros no vestían uniforme sino ropa de paisano y en su mayoría iban a caballo. Los campesinos de las alturas recorrían grandes distancias para llevarles un rifle, cartuchos o alimentos.

De esa etapa es el episodio de los muñecos: antes de abandonar Vista Alegre dejó un grupo de guerrilleros parapetados para cubrir la retirada; la tropa chilena atacó la posición, sostuvo un tiroteo, tomó la cumbre y encontró un pelotón de muñecos agujereados por sus propias balas.

Cuando ya contaba con trescientos hombres bien armados, bajó a Sayán y se encontró con el coronel Isaac Recavarren, comisionado por el general Andrés Avelino Cáceres para formar el Ejército del Norte, que le reclamó las tropas por razones de disciplina. Prado, contrariado, entregó sus fuerzas y se quedó sólo con su escolta de jóvenes huanuqueños. Cáceres lo nombró jefe de Estado Mayor de la Primera División del Ejército del Norte, a las órdenes del propio Recavarren.

8. Huamachuco y el fusilamiento[editar]

8.1. La batalla[editar]

Cáceres se había replegado al norte. El mando chileno destacó a la división del coronel Alejandro Gorostiaga para cerrarle el paso. Tras marchas durísimas por la cordillera, con las tropas enfermas, semidesnudas y hambrientas, Cáceres llegó a las alturas de Huamachuco y a las 15:00 del 8 de julio de 1883 disparó los primeros cañonazos sobre la plaza.

La batalla de Huamachuco se libró el martes 10 de julio de 1883. El plan peruano se había malogrado la víspera porque la división de Recavarren no pudo ocupar su emplazamiento, y el alto mando resolvió aplazar el encuentro; pero en la madrugada del 10 un sector al que no llegó la orden de aplazamiento rompió el fuego y comprometió a todas las líneas.

El empuje peruano llegó a alcanzar la cumbre del cerro Sazón, la posición chilena. En ese momento a uno de los cuerpos peruanos se le agotaron las municiones; el grito recorrió las filas, los chilenos saltaron sobre las trincheras y la batalla se convirtió en derrota.

En pleno combate, la explosión de una granada derribó a Leoncio Prado y le astilló el fémur izquierdo. Sus ordenanzas lo sacaron del campo. Al caer la tarde los alcanzó el general Cáceres, que preguntó quién era el herido; Prado se reincorporó para responder que era el coronel Leoncio Prado y que había cumplido con su deber. El coronel Samuel del Alcázar, testigo presencial, describió que se movía como el badajo de una campana al vaivén de la cabalgadura.

Al anochecer ya no fue posible seguir con él y lo dejaron en una cueva junto a la laguna Cushuro. A la mañana siguiente un sacerdote enviado por Cáceres le dio la bendición y los santos óleos. Un campesino de la zona, Julián Carrión, lo acogió en su casa.

8.2. La captura[editar]

Carrión fue al pueblo a buscar auxilio y quienes recibieron el recado no guardaron discreción. La noticia llegó al cuartel general chileno, que apresó a Carrión y lo obligó a confesar el paradero del herido.

El viernes 13 de julio una partida al mando del teniente Aníbal Fuenzalida lo encontró. Según el relato que Fuenzalida hizo décadas después, un artillero oyó voces, se acercó con cautela y escuchó al herido decirle que avanzara sin cuidado, que estaba herido y que era el coronel Leoncio Prado. Prado le pidió al soldado que le pegara un tiro en la frente; el soldado le respondió que pidiera ese servicio a su teniente y corrió a dar parte.

Fuenzalida describió a un hombre de nariz perfilada, pelo negro muy crespo, bigote y perilla militar, tendido sobre un cuero de oveja, con el muslo izquierdo horriblemente fracturado por encima de la rodilla. Le rogó que lo rematara, porque los dolores eran atroces y porque suponía que lo fusilarían. Fuenzalida trató de quitarle la idea, convencido de que Gorostiaga no ejecutaría a un herido tan grave. Armaron una camilla y lo bajaron a Huamachuco; el oficial chileno recordaba que, con lo malo del camino, no se quejó ni una sola vez.

8.3. El fusilamiento[editar]

Sospechó su sentencia cuando el cirujano militar se negó a amputarle la pierna.

La versión chilena sostiene que fue condenado a muerte por haber faltado a su palabra de oficial: liberado bajo palabra de no volver a hacer la guerra a Chile, había sido capturado de nuevo en combate. Contra esa justificación hay un hecho que consta en la misma fuente: también fueron fusilados oficiales peruanos que no estaban en esa situación, como el coronel Miguel Emilio Luna y el capitán Florencio Portugal.

Interrogado sobre por qué había roto su promesa, Prado respondió —según Fuenzalida— que en una guerra de invasión y de conquista como la que hacía Chile, y tratándose de defender a la patria, podía y debía empeñarse la palabra y faltar a ella. Añadió que había dado su palabra al ser hecho prisionero en Tarata, que se había batido muchas veces después defendiendo al Perú y que soportaba sencillamente las consecuencias; que sus interrogadores, en su lugar y con el enemigo en casa, harían otro tanto; y que si sanaba y lo dejaban libre volvería a pelear, porque ése era su deber de soldado y de peruano.

Pidió morir en la plaza y con los honores de su rango, por ser coronel del Ejército regular del Perú. Le fue negado: sería fusilado en su propia habitación.

Pidió entonces un lápiz y escribió a su padre, exiliado en Colombia. La carta, fechada en Huamachuco el 15 de julio de 1883, decía que estaba herido y prisionero y que ese día debía ser fusilado «por el delito de haber defendido a mi patria». Al escribirla preguntó la hora; Fuenzalida le respondió que eran las 8:25, y Prado escribió 8:30.

Pidió una taza de café. Cuando entraron dos soldados, pidió que aumentaran el número a cuatro, para que dos le tirasen a la cabeza y dos al corazón. Concedido esto, dio instrucciones a la tropa sobre la trayectoria de los disparos y les indicó que hicieran fuego cuando él diera la señal: tres golpes con la cuchara en el recipiente de lata en el que había estado comiendo. Se despidió de los oficiales chilenos y los abrazó.

Según el relato del capitán Rafael Benavente, la habitación era pequeña; los cuatro tiradores se colocaron a los pies de la cama y los tres oficiales detrás de ellos. Prado limpió la cuchara con un golpecito, enderezó el cuerpo, saludó con ella y dio pausadamente los tres golpes prometidos. Benavente resumió la escena diciendo que lloraban todos menos él.

En el segundo patio de la misma casa fueron fusilados sus ordenanzas, Patricio Lanza y Felipe Trujillo, a los que el relato del oficial chileno no menciona.

8.4. Qué sabemos de esa mañana, y por quién[editar]

Esta sección merece una advertencia que rara vez acompaña al relato.

Todo lo anterior procede de fuente chilena, y de segunda mano en el tiempo. El propio artículo de referencia lo dice: los oficiales chilenos fueron los únicos que presenciaron los últimos momentos de Leoncio Prado, de modo que su testimonio es la única fuente primaria de su muerte. Y esos testimonios no se recogieron en 1883: Fuenzalida se los narró al historiador chileno Nicanor Molinare en 1912, que los publicó en su historia de la batalla de Huamachuco en 1913casi treinta años después.

Eso no los invalida; sí obliga a leerlos como lo que son. Conviene notar además que Molinare, que era chileno, presentó a Prado como la figura enemiga más atrayente de la guerra y calificó el episodio de su muerte de página hermosísima de la historia del Perú: el relato canónico del héroe peruano lo fijó la historiografía del país que lo fusiló.

Sobre la fecha hay un problema declarado. La propia fuente advierte que la mayoría de los historiadores la han confundido y que el relato de Molinare la fija el 15 de julio. Tres elementos independientes del expediente apuntan al mismo día y encajan entre sí en el calendario:

  • Fuenzalida dijo haberlo recogido el 13 de julio y que lo fusilaron dos días después, temprano, un domingo.
  • Dos vecinos de Huamachuco entrevistados en 1933, Fabio Samuel Rubio y Enrique Moreno Pacheco, declararon que volvieron al pueblo el sábado 14 y que el domingo 15, muy de mañana, oyeron la descarga y encontraron el cadáver, con una perforación cerca del ojo izquierdo, la pierna vendada, y en el suelo un plato, una cuchara y una taza.
  • El calendario confirma la secuencia: en 1883, el 10 de julio fue martes, el 13 viernes, el 14 sábado y el 15 domingo.

Los mismos testigos de 1933 añadieron que en el segundo patio encontraron a dos soldados peruanos todavía agonizantes, lo que indica que en su caso no se cumplió el tiro de gracia que la ordenanza militar prescribía.

Una precisión final, porque el error es frecuente incluso en fuentes de referencia: Leoncio Prado no murió en la batalla de Huamachuco. Fue herido en ella el 10 de julio y fusilado el 15, cinco días después.

9. Sepultura, descendencia y legado[editar]

Fue enterrado en el cementerio de Huamachuco, donde permaneció hasta 1889, cuando sus restos fueron trasladados a Lima y depositados en el Cementerio Presbítero Matías Maestro. Desde 1908 reposa en la Cripta de los Héroes, junto a los demás grandes héroes peruanos.

Descendencia. De su relación con Paula Pacheco nació un hijo póstumo, Leoncio Abel Prado Pacheco, en la localidad de Paccho el 19 de noviembre de 1883, cuatro meses después de la muerte de su padre. Criado desde los seis años por su abuela paterna, María Avelina Gutiérrez, con el pequeño montepío que pagaba el Estado peruano, llegó a ser subprefecto de Trujillo y de Huamachuco y ejerció tres periodos como alcalde provincial de esta última. Tuvo siete hijos y murió el 11 de octubre de 1973, a los 89 años.

El Colegio Militar Leoncio Prado. Creado el 27 de agosto de 1943 y abierto el 15 de julio de 1944 —el aniversario del fusilamiento—, está en el distrito de La Perla, en el Callao. Es, con mucho, lo que más ha difundido su nombre, y por una razón ajena a la historia militar: es el escenario de La ciudad y los perros, la primera novela de Mario Vargas Llosa, que figura como integrante de la séptima promoción del colegio (1950-1952) y que recibiría el Premio Nobel de Literatura en 2010. La propia ficha del colegio reconoce que su existencia se conoce en todo el mundo gracias a esa novela. Es una inversión curiosa: millones de lectores en español asocian el nombre «Leoncio Prado» a un internado militar y a una novela, y no al oficial de veintinueve años que le da nombre.

La provincia de Leoncio Prado. En el departamento de Huánuco, donde él nació, una de las once provincias lleva su nombre. Fue creada por ley del 27 de mayo de 1952, su capital es Tingo María y tiene unos 136.262 habitantes según estimaciones de 2025, sobre 4.953 km².

Honores militares. El Ejército del Perú lo nombró patrono del Servicio de Material de Guerra.

10. Una nota sobre el personaje[editar]

Conviene resistir la tentación de leer a Leoncio Prado sólo como el hombre de la cuchara y los tres golpes. Esa escena es real en la medida en que lo es un testimonio único, tardío y del bando contrario, y es además la que ha eclipsado todo lo demás.

Lo demás es una biografía difícil de creer y mejor documentada: un niño de doce años condecorado en dos combates navales; un adolescente perdido en la Amazonía y rescatado por indios campas; un joven de veintitrés que se apodera de un vapor de guerra español en alta mar con diez hombres y unos revólveres, lo rebautiza y lo hace volar antes que entregarlo; un conspirador que intentó dos veces llevar la independencia a Filipinas desde el otro lado del mundo; y un coronel que, con trescientos hombres mal armados, mantuvo en jaque cinco meses a un ejército regular en la sierra de Chancay, y que dejó un pelotón de muñecos para cubrir su retirada.

Murió a los 29 años, cinco días después de la batalla en la que lo hirieron, y sin llegar a saber cómo terminaría la guerra.