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Literatura de Argentina

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CiudadesBuenos Aires · Guadalajara · Madrid
PaísesArgentina · España
Literatura de Argentina
Idioma principalEspañol (rioplatense)
Idiomas secundariosLenguas originarias (mapuche, quechua, guaraní), italiano (literatura de inmigración)
Período colonialSiglo XVI – 1810
Independencia y siglo XIX1810 – 1900
Siglo XX1900 – 2000
Siglo XXI2000 – presente
Premios NobelCinco nominaciones sin ganar el premio[sin verificar]
Premio CervantesErnesto Sabato (1984), Adolfo Bioy Casares (1990), Juan Gelman (2007), y otros[sin verificar]
Principales génerosPoesía gauchesca, narrativa fantástica, realismo mágico, novela política, ensayo, cuento
Figuras emblemáticasJorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ernesto Sabato, Adolfo Bioy Casares, Manuel Puig, Alejandra Pizarnik, Roberto Arlt, Leopoldo Lugones

1. Primeros años y formación de una voz rioplatense[editar]

La literatura argentina constituye una de las tradiciones más vigorosas y diversificadas del mundo hispánico. Su desarrollo refleja la compleja historia del país: la conquista, la independencia, la inmigración masiva, los conflictos políticos y una constante tensión entre la cultura europea y la identidad americana. A diferencia de otras literaturas latinoamericanas que encontraron en el siglo XX su momento de mayor irradiación global, la argentina produjo obras canónicas ya en el siglo XIX, consolidó un sistema literario propio con la generación de 1880 y alcanzó reconocimiento universal con Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, dos de los escritores más influyentes en lengua española desde el Siglo de Oro.

Los orígenes de la escritura en el territorio que luego sería la Argentina se remontan a las crónicas de la conquista y colonización. Los primeros testimonios escritos no fueron producidos por nativos sino por europeos que describían el paisaje, las poblaciones originarias y las vicisitudes de la empresa colonial. Entre ellos destaca el alemán Ulrico Schmidl, cuya Viaje al Río de la Plata (publicada en alemán en 1567) constituye la primera narración extensa sobre la región.[1] En el período virreinal, la producción letrada se concentró en las ciudades de Córdoba y Buenos Aires, dominada por el barroco de cuño hispánico. El primer poeta nacido en el actual territorio argentino que alcanzó cierta notoriedad fue Luis de Tejeda (1604–1680), autor de El peregrino en Babilonia y otras composiciones de tema religioso.

2. La literatura de la Independencia y la generación de 1837[editar]

El proceso de independencia (1810–1816) y las décadas turbulentas que le siguieron generaron una literatura fuertemente política, escrita por hombres públicos que fueron a la vez militares, periodistas y estadistas. La poesía patriótica de Vicente López y Planes —autor de la letra del Himno Nacional Argentino— y de Esteban de Luca exaltaba las victorias militares y moldeaba el imaginario de la nueva nación. Pero fue durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1829–1852) cuando cuajó la primera promoción intelectual de estatura continental: la llamada Generación de 1837, articulada en torno al Salón Literario de Marcos Sastre.

La figura tutelar de esa generación fue Domingo Faustino Sarmiento (1811–1888), cuyo Facundo (1845) es, al mismo tiempo, un panfleto político contra Rosas, un tratado sociológico sobre el país y una obra maestra de la prosa castellana del siglo XIX. La oposición «civilización o barbarie», acuñada en ese libro, marcó durante más de un siglo el debate intelectual argentino. Junto a Sarmiento se situaron Esteban Echeverría, introductor del romanticismo en el Río de la Plata con Elvira o la novia del Plata (1832) y autor del cuento fundacional de la narrativa argentina: El matadero (escrito hacia 1839, publicado póstumamente en 1871), una alegoría feroz contra la violencia política rosista. Completaba el núcleo Juan Bautista Alberdi, cuyo pensamiento jurídico inspiró la Constitución de la Nación Argentina de 1853 y cuyas Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina son, más que un tratado, una obra de literatura política.

3. La poesía gauchesca y la epopeya nacional[editar]

Paralelamente a la literatura culta de los unitarios, se desarrolló en la campaña bonaerense y litoraleña una tradición poética original: la gauchesca. Escrita en el habla rural del gaucho y destinada tanto a lectores populares como cultos, tematizaba la vida en la pampa, las injusticias sociales y los conflictos armados. Sus orígenes se remontan a los cielitos y diálogos anónimos de la época independentista, pero fue Bartolomé Hidalgo (uruguayo de nacimiento, integrado al proceso literario rioplatense) quien dio forma al género con sus Cielitos y Diálogos patrióticos (1821–1822).

El género alcanzó su ápice con dos obras que definen el canon argentino decimonónico. La primera es El gaucho Martín Fierro (1872), de José Hernández, poema narrativo en octosílabos que narra la desdicha de un gaucho reclutado forzosamente para servir en la frontera indígena. Su continuación, La vuelta de Martín Fierro (1879), transformó al protagonista en símbolo de una clase desposeída por la modernización. El poema fue leído inicialmente como denuncia social y luego reivindicado como epopeya nacional; Leopoldo Lugones, en El payador (1916), lo consagró como el libro nacional argentino. La segunda obra es Fausto (1866), de Estanislao del Campo, versión humorística de la ópera de Gounod narrada por un gaucho que asiste a la función en el Teatro Colón. Su contrapunto entre el mundo rural y el urbano capturó una tensión que atravesaría toda la cultura argentina. Hilario Ascasubi, con Santos Vega o los mellizos de La Flor (1872), completó la tríada de los grandes gauchescos.

4. La generación de 1880 y la modernización literaria[editar]

La consolidación del Estado nacional tras la federalización de Buenos Aires (1880) creó condiciones para la profesionalización del escritor y la diversificación de géneros. Durante la presidencia de Julio Argentino Roca, la Argentina vivió un acelerado proceso de urbanización, inmigración europea masiva y expansión del sistema educativo. En ese marco surgió la llamada Generación del 80, un grupo de escritores y periodistas que combinaba el cultivo literario con la participación política y diplomática. Entre ellos sobresalieron Lucio V. Mansilla, autor de Una excursión a los indios ranqueles (1870), crónica de viaje que renovó la prosa de no ficción en español; Miguel Cané, cuyo Juvenilia (1884) fijó el modelo del relato de formación escolar; y Eduardo Wilde, prosista de humor melancólico y estilo afrancesado.

El naturalismo penetró en la Argentina hacia finales del siglo XIX. Eugenio Cambaceres publicó Sin rumbo (1885), novela que traslada al ámbito rural argentino los presupuestos deterministas de Zola. En el umbral del siglo XX, la narrativa se diversificó con el modernismo poético, liderado por Leopoldo Lugones (1874–1938), figura poliédrica que transitó del socialismo juvenil al nacionalismo autoritario y que dejó una obra vastísima: poesía (Lunario sentimental, 1909), ensayo (El payador, 1916), cuento fantástico (Las fuerzas extrañas, 1906) y novela histórica. Lugones fue el primer escritor argentino que aspiró conscientemente a construir una obra total y moderna, y su suicidio en 1938 conmocionó a la vida cultural del país.

5. El siglo XX: del realismo urbano al boom de la narrativa[editar]

La literatura argentina del siglo XX puede leerse como un tránsito desde el cosmopolitismo europeizante de las élites porteñas hacia la configuración de un sistema literario maduro, capaz de producir obras originales y de dialogar, en pie de igualdad, con las tradiciones centrales. Dos grupos marcaron las primeras décadas: el de Florida, vanguardista y estetizante —con Jorge Luis Borges como integrante destacado—, y el de Boedo, comprometido con el realismo social. El grupo de Boedo contó con narradores como Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta y Roberto Mariani, mientras el de Florida reunió a Oliverio Girondo, Norah Lange y al joven Borges, que por entonces despuntaba como poeta ultrafista.

5.1. Borges, Bioy Casares y la renovación del género fantástico[editar]

Jorge Luis Borges (1899–1986) es la figura central de la literatura argentina y uno de los escritores más influyentes de la modernidad literaria. Su obra, compuesta por ensayos breves, poemas y sobre todo cuentos, propuso una concepción de la literatura como relectura y reescritura de la tradición universal. Libros como Ficciones (1944) y El Aleph (1949) transformaron el relato breve mediante procedimientos como la falsa erudición, la paradoja metafísica, el relato policial invertido y la fusión de géneros. Ensayos como los reunidos en Otras inquisiciones (1952) revelaron un lector voraz que concebía la crítica como una rama de la literatura fantástica. Borges fue director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno entre 1955 y 1973[sin verificar] y compartió con Samuel Beckett el Premio Formentor en 1961, momento que marcó su proyección internacional definitiva.

Junto a Borges trabajó Adolfo Bioy Casares (1914–1999), autor de La invención de Morel (1940), novela breve que Borges saludó como «perfecta» y que anticipó temas de la literatura posmoderna: la simulación, la inmortalidad tecnológica, la borradura del límite entre lo real y lo virtual. Bioy y Borges escribieron en colaboración, bajo el seudónimo H. Bustos Domecq, una serie de relatos policiales y parodias (Seis problemas para don Isidro Parodi, 1942). La obra de Silvina Ocampo (1903–1993), esposa de Bioy, completa el triángulo: sus cuentos (La furia, 1959) exploran lo siniestro cotidiano con una prosa de precisión quirúrgica.

5.2. Roberto Arlt y la novela urbana[editar]

Contemporáneo pero situado en las antípodas estéticas de Borges, Roberto Arlt (1900–1942) inauguró la novela urbana argentina con una trilogía de personajes desesperados y un castellano torrencial que incorporaba el lunfardo y las jergas de los inmigrantes. El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931) fueron recibidas con desdén por la crítica literaria dominante —el propio Lugones las ignoró—, pero a partir de la relectura que hicieron los escritores de los años cincuenta y sesenta, Arlt fue reivindicado como el gran narrador de la alienación metropolitana. Su obra periodística, las Aguafuertes porteñas publicadas en el diario El Mundo, constituye un fresco insustituible del Buenos Aires de entreguerras.

5.3. El «boom» y los escritores argentinos[editar]

El llamado boom latinoamericano de los años sesenta y setenta —fenómeno editorial y estético que proyectó mundialmente la narrativa del continente— tuvo en Julio Cortázar (1914–1984) a uno de sus nombres más innovadores. Rayuela (1963), novela de estructura abierta que puede leerse en varios órdenes, se convirtió en emblema generacional y en laboratorio de una escritura lúdica que mezclaba existencialismo, surrealismo y cultura popular. Su obra cuentística (Bestiario, 1951; Final del juego, 1956; Todos los fuegos el fuego, 1966) exhibe un dominio virtuoso del género breve. Cortázar residió la mayor parte de su vida adulta en Francia, pero su castellano conservó inflexiones rioplatenses y su obra no dejó de dialogar con la política argentina —particularmente en Libro de Manuel (1973)— ni con el tango y el jazz que amaba.

Ernesto Sabato (1911–2011), físico formado en el Instituto Curie de París, abandonó la ciencia para escribir tres novelas de gran impacto continental: El túnel (1948), relato claustrofóbico de obsesión y crimen celebrado por Albert Camus; Sobre héroes y tumbas (1961), ambiciosa exploración de la historia argentina a través de la decadencia de una familia patricia; y Abbadón el exterminador (1974), que cierra el ciclo con elementos autobiográficos y proféticos. Sabato presidió la CONADEP, comisión que investigó las violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura militar, y coordinó el informe Nunca más (1984), documento de enorme repercusión política y literaria.

Manuel Puig (1932–1990) introdujo en la narrativa argentina los materiales de la cultura de masas —cine, boleros, telenovelas, folletines— para construir novelas que desdibujaban las jerarquías entre lo culto y lo popular. Boquitas pintadas (1969), estructurada como un folletín por entregas, y El beso de la mujer araña (1976), que contrapone el activismo político y la sensibilidad homosexual en una celda de prisión, le ganaron un público internacional y adaptaciones cinematográficas de éxito.

5.4. La poesía argentina en el siglo XX[editar]

La poesía argentina del siglo XX es inabarcable en su riqueza. Tras la estela modernista de Lugones, el vanguardismo irrumpió con el martinfierrismo de Oliverio Girondo y la poesía metafísica de Macedonio Fernández, filósofo y humorista que influyó decisivamente en el joven Borges. En los años cuarenta, el neorromanticismo de la generación del 40 —Juan Rodolfo Wilcock, Olga Orozco— derivó hacia registros tan diversos como el surrealismo y la poesía mística. Durante los años sesenta, la generación del 60, con Alejandra Pizarnik (1936–1972) como figura descollante, exploró los territorios de la subjetividad extrema. Pizarnik construyó una obra breve y desgarrada (Árbol de Diana, 1963; Extracción de la piedra de locura, 1968) que la convirtió en poeta de culto. Su suicidio, a los 36 años, selló una leyenda trágica que no debe opacar la radicalidad de su proyecto verbal.

En la segunda mitad del siglo, Juan Gelman (1930–2014) renovó la poesía política y amorosa desde una lengua que funde neologismos, arcaísmos y violencia sintáctica. Su exilio durante la dictadura militar y la desaparición de su hijo y su nuera impregnaron su obra madura de un luto que es, al mismo tiempo, interrogación metafísica y acto de resistencia. Obtuvo el Premio Cervantes en 2007.

6. Literatura de la dictadura, el exilio y la posdictadura[editar]

La última dictadura cívico-militar (1976–1983) desmanteló buena parte del tejido cultural argentino: censura, persecución ideológica, desapariciones forzadas y exilio masivo de intelectuales y artistas. Numerosos escritores produjeron desde el exterior una literatura que intentaba dar cuenta de la catástrofe. Juan Martini, Osvaldo Soriano, Tununa Mercado y Luisa Valenzuela pertenecen, de modos diversos, a ese corpus del exilio. En el país, figuras como Jorge Luis Borges mantuvieron una posición ambivalente y polémica frente al régimen —avaló inicialmente el golpe y luego firmó solicitadas por los desaparecidos—, mientras que Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares continuaron publicando sin tematizar directamente la violencia política.

Con la restauración democrática en 1983, emergió una generación de escritores jóvenes que buscaron procesar el trauma sin atenerse al realismo testimonial. Ricardo Piglia (1941–2017) articuló en Respiración artificial (1980) —publicada todavía en dictadura— una indagación oblicua sobre la historia argentina mediante la novela de ideas. En los años noventa, la narrativa argentina experimentó una diversificación notable: Alan Pauls (El pasado, 2003), César Aira (La liebre, 1991) y Juan José Saer —fallecido en 2005 tras una carrera de precisión casi obsesiva desde el exilio parisino— consolidaron poéticas muy distintas entre sí. Saer, en particular, fue reivindicado como autor de referencia por una generación más joven, con novelas como El entenado (1983) y Glosa (1986).

7. Literatura argentina en el siglo XXI[editar]

La literatura argentina actual es un campo fragmentado, sin un movimiento hegemónico. Conviven en él la narrativa de Samanta Schweblin, cuyas colecciones de cuentos (Pájaros en la boca, 2009) y novelas (Distancia de rescate, 2014) exploran lo siniestro con una economía de medios que le ha valido proyección internacional; la crónica de Martín Caparrós (El hambre, 2014) y Leila Guerriero, que ha revitalizado el periodismo narrativo; la poesía de Mariano Blatt y otros que circula por internet y redes sociales; y una floreciente literatura de género que incluye desde el policial de Claudia Piñeiro hasta el terror de Mariana Enriquez (Las cosas que perdimos en el fuego, 2016), quien ha sido traducida a más de veinte idiomas.[2] El ensayo mantiene su vitalidad con voces como las de Beatriz Sarlo, crítica cultural que desde la revista Punto de Vista (fundada en 1978) reconfiguró los debates estéticos y políticos del país.

8. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]

La literatura argentina ha tenido un impacto profundo y prolongado en el conjunto de las letras en lengua española. Durante la primera mitad del siglo XX, la industria editorial argentina —particularmente las casas fundadas por inmigrantes españoles, como Losada, Sudamericana y Emecé— se convirtió en el centro de producción y distribución de libros en español, desplazando durante décadas a la golpeada industria española. Muchas obras canónicas del siglo XX en lengua castellana aparecieron por primera vez en Buenos Aires.

En el ámbito peninsular, la recepción de la literatura argentina ha pasado por varias etapas: el interés inicial por la gauchesca y el modernismo hacia fines del XIX, la fascinación ante el boom de los sesenta, y una presencia constante en catálogos editoriales, premios y ferias del libro. Escritores argentinos han residido largas temporadas en España —Cortázar en sus últimos años, Gelman durante su exilio—, y editoriales como Alfaguara o Anagrama integran regularmente a autores argentinos en sus colecciones.

En América Latina, la impronta argentina es reconocible en la formación de varias generaciones de lectores y de numerosos escritores. La revista Sur (1931–1992), fundada y dirigida por Victoria Ocampo, funcionó durante décadas como una suerte de correa de transmisión entre la cultura europea, la norteamericana y la latinoamericana, publicando por primera vez en español textos de Virginia Woolf, Aldous Huxley y William Faulkner. El catálogo de la Biblioteca Clásica y Contemporánea, de la editorial Losada, llevó a todo el continente títulos de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo.

Las ferias internacionales del libro —en particular la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, la FIL de Guadalajara y la Feria del Libro de Madrid— suelen programar a escritores argentinos como invitados y mantienen a la literatura del país en el centro de la conversación editorial hispana.

9. Palmarés y reconocimientos internacionales[editar]

La literatura argentina, pese a no haber obtenido aún el Premio Nobel de Literatura, acumula una cantidad considerable de galardones internacionales. Los más relevantes incluyen:

  • Premio Cervantes: Ernesto Sabato (1984), Adolfo Bioy Casares (1990), Juan Gelman (2007)[sin verificar] han sido los argentinos que recibieron el máximo galardón de las letras en español.
  • Premio Rómulo Gallegos: Varios argentinos han obtenido el premio venezolano, entre ellos Ricardo Piglia.
  • Premio Formentor: Jorge Luis Borges lo compartió con Samuel Beckett en 1961.
  • Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances: Otorgado a varios argentinos, entre ellos Ricardo Piglia.
  • Premio Planeta: Ricardo Piglia y otros han obtenido el premio español.

10. Enseñanza y difusión dentro de la Argentina[editar]

En el sistema educativo argentino, la literatura nacional ocupa un lugar destacado en los programas de secundaria y en las carreras universitarias de Letras. La Universidad de Buenos Aires —específicamente la Facultad de Filosofía y Letras— posee un Instituto de Literatura Argentina «Ricardo Rojas» que centraliza investigaciones y publica la revista Boletín de Literatura Argentina. Otras universidades con cátedras de literatura argentina relevantes son la Universidad Nacional de Córdoba, la Universidad Nacional de Rosario y la Universidad Nacional de La Plata.

El canon escolar argentino ha variado con el tiempo. Durante décadas, el Martín Fierro y el Facundo constituyeron los textos ineludibles; más tarde se incorporaron cuentos de Borges y Cortázar, y en años recientes la currícula ha tendido a diversificarse con autoras como Silvina Ocampo o Luisa Valenzuela. El debate sobre qué obras deben ser de lectura obligatoria refleja tensiones más amplias sobre la identidad nacional, el género y la representación de la diversidad cultural en un país donde las tradiciones indígenas y afroargentinas permanecieron largamente invisibilizadas en el relato literario oficial.

11. Voces emergentes y debates actuales[editar]

La literatura argentina del tercer decenio del siglo XXI está atravesada por varios debates y tendencias. La discusión sobre el feminismo y las disidencias sexuales ha impactado no solo en los temas abordados sino en la composición misma del campo literario: antologías, premios y programas de estudio incorporan cada vez más autoras y autores trans y no binaries. La autoficción, el diario íntimo y la crónica híbrida —a medio camino entre el documento y la invención— son formas recurrentes en autoras contemporáneas como Gabriela Cabezón Cámara (Las aventuras de la China Iron, 2017), que reescribe el Martín Fierro desde una perspectiva feminista y queer, o Pedro Mairal, cuya novela La uruguaya (2016) se convirtió en fenómeno de ventas. La literatura juvenil, la historieta —con una tradición riquísima que incluye a Quino, Fontanarrosa y Liniers— y la poesía de escenarios orales y virtuales amplían un panorama que ya no puede reducirse al libro impreso.

La vitalidad del cuento como género preferido de la tradición argentina persiste: las antologías y concursos revelan cada año una cantera de narradores breves que eligen las formas del relato corto que Borges, Cortázar y Ocampo elevaron a categoría de arte nacional. En el ensayo, la irrupción de formatos digitales —blogs, newsletters, podcasts— ha multiplicado las plataformas de la crítica y la discusión de ideas, que fue desde el siglo XIX una de las funciones cardinales del escritor argentino.


  1. Schmidl integró la expedición de Pedro de Mendoza en 1536. Su crónica mezcla observación etnográfica, relato de aventuras y un tono de asombro que la aparta de la rigidez de otros documentos administrativos de la época. ↩︎

  2. Enriquez integra el grupo de escritoras que la crítica ha denominado «nueva narrativa argentina de lo extraño» o «gótico rioplatense», en el que también se inscribe Luciano Lamberti. ↩︎