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Literatura de Venezuela

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Literatura de Venezuela · artículos relacionados[ Desplegar · Plegar ]
PaísesVenezuela · España · Colombia · Estados Unidos · México · Argentina · Puerto Rico · Guatemala
CiudadesCaracas · Madrid
LiteraturaCien años de soledad · Carlos Fuentes
Literatura de Venezuela
PaísVenezuela
IdiomaEspañol (mayoritario), lenguas indígenas
PeríodoDesde la época prehispánica hasta el presente
Géneros representativosPoesía, novela, cuento, ensayo, crónica
Autores claveAndrés Bello, Rómulo Gallegos, Teresa de la Parra, Arturo Uslar Pietri, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo
Obras emblemáticasDoña Bárbara (1929), Las lanzas coloradas (1931), Ifigenia (1924), País portátil (1968)
Premios destacadosPremio Rómulo Gallegos, Premio Cervantes, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

1. Resumen[editar]

La literatura de Venezuela es el conjunto de obras producidas en el actual territorio venezolano, o por autores nacidos en él, en lengua española y, en menor medida y más recientemente documentadas, en lenguas indígenas. Su desarrollo corre en paralelo a la historia del país: desde una base prehispánica de carácter oral y mítico, pasando por el prolongado silencio editorial de la colonia y el estallido del discurso independentista en el siglo XIX, hasta la internacionalización que supuso la llamada “novela de la tierra” y las vanguardias del siglo XX. La figura tutelar de Andrés Bello enlaza la gesta emancipadora con la codificación del pensamiento hispanoamericano; un siglo más tarde, Rómulo Gallegos proyecta la imagen literaria de Venezuela hacia el mundo con Doña Bárbara, y en la segunda mitad del siglo XX el país se incorpora al diálogo del boom latinoamericano con nombres como Adriano González León y Francisco Massiani, mientras su poesía acumula reconocimientos que culminan en el Premio Cervantes concedido a Rafael Cadenas en 2022.

2. Literatura prehispánica y tradición oral[editar]

Antes de la llegada de los europeos, los pueblos originarios que habitaban el territorio —timoto-cuicas en los Andes, caribes en la costa y la selva, arahuacos en los llanos y wayúu en la península de La Guajira— poseían un rico acervo de cantos, mitos y relatos transmitidos de forma oral. Estas manifestaciones no constituían “literatura” en el sentido escritural moderno, pero cumplían funciones cosmogónicas, pedagógicas y rituales. Sobreviven, a través de recopilaciones etnográficas realizadas a partir del siglo XX, ciclos narrativos como el de Amalivaca entre los tamanacos, el mito wayúu de Mareiwa o las historias de Kanaima entre los pemón. La condición fragmentaria de esos registros y la ausencia de una escritura alfabética precolombina hacen que este período sea, ante todo, el sustrato de una tradición oral que aún pervive en comunidades indígenas y en ciertas manifestaciones de la cultura popular venezolana[1].

3. Literatura colonial (siglos XVI-XVIII)[editar]

Durante los tres siglos de dominación española, la producción escrita en la Capitanía General de Venezuela fue exigua comparada con la de los virreinatos de Nueva España o del Perú. No hubo imprenta en Caracas hasta 1808[2], lo que obligaba a que las obras circularan en manuscritos o se imprimieran en Europa. La escritura estuvo dominada por cronistas, religiosos y funcionarios de la administración colonial.

La figura inaugural suele ser fray Pedro de Aguado, cuya Historia de Venezuela (redactada hacia 1570) es un testimonio de primera mano de la conquista y la fundación de las ciudades tempranas. En el siglo XVII sobresale la Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela de José de Oviedo y Baños, impresa en Madrid en 1723, que hasta hoy se lee como un texto de voluntad literaria, con retratos vigorosos de los conquistadores y una prosa de molde barroco. A finales del siglo XVIII se sitúa la obra del polímata Juan Antonio Navarrete, fraile franciscano que dejó una Enciclopedia manuscrita de ambición filosófica y científica, aunque sin difusión en su tiempo.

La producción poética colonial venezolana, de tono predominantemente religioso y ocasional, no alcanzó la altura de otras capitales virreinales. Los villancicos y composiciones de la llamada “escuela de Caracas”[3] circularon sobre todo en actos litúrgicos.

4. Literatura de la Independencia y el siglo XIX[editar]

La guerra de Independencia (1810-1823) y la posterior construcción de la república transforman el panorama. La prosa se convierte en arma de combate y en herramienta de pedagogía política. El periódico El Correo del Orinoco, fundado por Simón Bolívar en 1818, difunde proclamas, ensayos y poemas patrióticos. La oratoria de Bolívar alcanza en piezas como el Discurso de Angostura (1819) un lirismo y una densidad conceptual que le valdrán un puesto en la historia literaria tanto como en la política.

En este siglo descuella Andrés Bello (1781-1865), figura fundacional de las letras venezolanas e hispanoamericanas. Su Alocución a la poesía (1823) y el poema Silva a la agricultura de la zona tórrida (1826) proponen una estética americana que canta la naturaleza y la vida rural del continente. Bello fue también el principal codificador civilista del derecho hispanoamericano, filólogo —su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847) es un hito— y educador desde su larga residencia en Chile y Londres.

En el romanticismo venezolano destacan Fermín Toro (1806-1865), autor de las novelas Los mártires (1842) y La viuda de Corinto (1837), y Juan Vicente González (1810-1866), prosista vehemente, biógrafo y polemista. La poesía tiene en Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892) a la voz más original del siglo: su largo poema Vuelta a la patria (1878) introduce una sensibilidad ya cercana al modernismo, con un hondo sentimiento de desarraigo. Por esos mismos años Eduardo Blanco publica Venezuela heroica (1881), una galería de estampas épicas sobre la gesta independentista que se convierte en libro fundacional del imaginario nacional.

5. El siglo XX: de la novela de la tierra a las vanguardias[editar]

El siglo XX se abre con una modernización gradual de las letras venezolanas. El modernismo llega con la prosa de Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927), cuyo libro Ídolos rotos (1901) aborda con amargura el dilema entre civilización y barbarie. Rufino Blanco Fombona (1874-1944) cultiva la novela, el cuento y un ensayo de filo americanista.

El gran momento de proyección internacional se da con la novela Doña Bárbara (1929) de Rómulo Gallegos (1884-1969). Ambientada en los llanos venezolanos, la obra enfrenta la civilización, encarnada por el joven Santos Luzardo, con la barbarie telúrica y femenina de su protagonista, convirtiéndose en el emblema de la novela de la tierra hispanoamericana. Gallegos, que sería presidente de la república por unos meses en 1948, publicó también Cantaclaro (1934) y Canaima (1935).

En la misma época, Teresa de la Parra (1889-1936) ofrece en Ifigenia. Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba (1924) y Memorias de Mamá Blanca (1929) una mirada íntima e irónica sobre el mundo femenino de la aristocracia criolla.

En los años treinta y cuarenta surgen dos movimientos que sacuden el ambiente literario: el grupo Viernes, de orientación vanguardista, en poesía, y el grupo Contrapunto en ensayo y narrativa. Arturo Uslar Pietri (1906-2001) publica en 1931 Las lanzas coloradas, novela histórica sobre la guerra de Independencia que emplea técnicas narrativas de vanguardia, y desde 1936 impulsa, junto a otros, una revista literaria. A Uslar se le debe también el difundido concepto de “realismo mágico”, que acuña en un ensayo de 1948[4].

6. Narrativa de la segunda mitad del siglo XX[editar]

Con la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958) y la posterior etapa democrática, la narrativa venezolana se diversifica y adopta temáticas urbanas, existenciales y políticas. Destacan:

  • Miguel Otero Silva (1908-1985): autor de Casas muertas (1955) y Oficina N.º 1 (1961), retratos del abandono rural y la explotación petrolera.
  • Salvador Garmendia (1928-2001): introductor de una narrativa urbana de interiores sórdidos en Los pequeños seres (1959).
  • Adriano González León (1931-2008): su novela País portátil (1968), ganadora del Premio Biblioteca Breve, retrata la violencia y la desesperanza en la Venezuela de los sesenta y es considerada la obra de más alto impacto inmediato de ese período.
  • Francisco Massiani (1944-2019): con Piedra de mar (1968) ofrece un fresco juvenil y desencantado.

En los años ochenta y noventa ganan visibilidad plumas como Ana Teresa Torres (La favorita del Señor, 1992), Federico Vegas (Falke, 2005, pero gestado desde fines del XX) y Eduardo Liendo (El mago de la cara de vidrio, 1973), cuya obra ha sido traducida y premiada dentro y fuera del país.

El cuento ha gozado de un cultivo especialmente intenso. Autores como Julio Garmendia (1898-1977), considerado el padre del cuento venezolano moderno, Gustavo Díaz Solís (Marejada, 1945), Oswaldo Trejo y, más recientemente, Silda Cordoliani y Roberto Echeto, mantienen vivo el género.

7. Poesía venezolana[editar]

La poesía venezolana del siglo XX está marcada por una tensión entre la fidelidad a las raíces telúricas y la voluntad cosmopolita. Alrededor del grupo Viernes (1936), de corta vida pero de influencia duradera, se congregan poetas como Vicente Gerbasi (1913-1992), cuyo largo poema Mi padre, el inmigrante (1945) es un hito de la lírica venezolana. Gerbasi recoge la herencia del simbolismo y del surrealismo para elaborar una poesía de la naturaleza y la memoria.

En la generación siguiente brillan:

  • Rafael Cadenas (n. 1930), Premio Cervantes 2022, autor de una poesía despojada y reflexiva, reunida en volúmenes como Memorial (1977), Amante (1983) y Gestiones (1992). Su poema Derrota (1963) es una pieza central de la poesía de habla hispana del siglo XX.
  • Eugenio Montejo (1938-2008), poeta, ensayista y diplomático, creador de una voz singular y metafísica en libros como Trópico absoluto (1982) y Adiós al siglo XX (1992). Montejo recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2004.
  • Juan Sánchez Peláez (1922-2003), iniciador del surrealismo pleno en la poesía venezolana con Elena y los elementos (1951).

En las últimas décadas destacan voces como la de Rafael Castillo Zapata, Yolanda Pantin, Armando Rojas Guardia e Igor Barreto, entre una nómina muy nutrida.

8. Teatro venezolano[editar]

Aunque el teatro venezolano ha vivido tradicionalmente a la sombra de la novela y la poesía, cuenta con figuras de relieve como César Rengifo (1915-1980), autor de un teatro de denuncia social de raíz realista —Lo que dejó la tempestad (1950)—, y Román Chalbaud (n. 1931), quien ha compaginado su creación dramática con una carrera de resonancia popular como director de cine y telenovelas. Eloy J. Anzola, Isaac Chocrón y José Ignacio Cabrujas contribuyeron a la renovación de las tablas en la segunda mitad del siglo XX, con obras que combinan la crítica social con formas no realistas.

9. Ensayo y pensamiento[editar]

La tradición ensayística venezolana es robusta. A Andrés Bello y Simón Bolívar se les suma en el siglo XIX Cecilio Acosta (1818-1881), humanista, periodista y educador. En el siglo XX, Mariano Picón Salas (1901-1965), renovador de la historiografía cultural con títulos como De la conquista a la independencia (1944), es el puente hacia la generación de Arturo Uslar Pietri, quien no cesó de producir ensayos sobre historia, economía y cultura venezolana hasta el final de su vida centenaria.

10. Presencia y reconocimiento en el mundo hispanohablante[editar]

La literatura venezolana ha gozado de momentos de gran proyección internacional, aunque su visibilidad ha sido, a menudo, discontinua. Doña Bárbara fue la primera novela venezolana leída masivamente en todo el continente y sigue siendo un título de referencia en el canon escolar de muchos países. El Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, instituido en 1964 y concedido por primera vez en 1967 a Mario Vargas Llosa por La casa verde, situó a Venezuela como un polo de atracción del diálogo literario latinoamericano.

En poesía, la concesión del Premio Reina Sofía a Eugenio Montejo (2004) y del Premio Cervantes a Rafael Cadenas (2022) ha supuesto un importante espaldarazo a las letras venezolanas. No obstante, la crisis económica y política que Venezuela atraviesa en el siglo XXI ha generado una vasta diáspora de escritores —entre ellos Keila Vall de la Ville, Karina Sainz Borgo y Juan Carlos Méndez Guédez— que publican desde el extranjero y nutren una literatura venezolana de la diáspora, a caballo entre la memoria del país de origen y la integración en los circuitos editoriales de España, Colombia, Chile y los Estados Unidos.

[ Desplegar / Plegar galardonados con el Premio Rómulo Gallegos ]
  • 1967: Mario Vargas Llosa, La casa verde (Perú)
  • 1972: Gabriel García Márquez, Cien años de soledad (Colombia)
  • 1977: Carlos Fuentes, Terra nostra (México)
  • 1982: Fernando del Paso, Palinuro de México (México)
  • 1987: Abel Posse, Los perros del paraíso (Argentina)
  • 1993: Mempo Giardinelli, Santo oficio de la memoria (Argentina)
  • 1999: Roberto Bolaño, Los detectives salvajes (Chile)
  • 2003: Isaac Rosa[sin verificar], El vano ayer (España)
  • 2009: Eduardo Lalo, Simone (Puerto Rico)
  • 2013: Rodrigo Rey Rosa, Los sordos (Guatemala)
  • 2021: Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre (Colombia)

11. Instituciones literarias y actualidad[editar]

La Academia Venezolana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española, fue fundada en 1883 y tiene entre sus directores históricos a figuras como Andrés Bello (póstumamente reconocido) y Ramón J. Velásquez. La Universidad Central de Venezuela y la Universidad de los Andes han sido canteras de grupos y revistas —Sardio, En letra roja, Ficción Breve— que han vertebrado la vida literaria nacional.

En la actualidad, coexisten las publicaciones de autor bajo sellos editoriales transnacionales, el resurgimiento de editoriales independientes caraqueñas y la producción de una generación de jóvenes narradores y poetas que, desde el país o en el exilio, mantienen vivo el pulso literario venezolano.


  1. El primer intento sistemático de recoger y estudiar estas tradiciones se produjo a mediados del siglo XX. ↩︎

  2. La fecha exacta y las circunstancias de la primera imprenta caraqueña son materia de debate entre historiadores. ↩︎

  3. Algunos estudios hablan de una “escuela musical y literaria” en la Caracas de fines del XVIII. ↩︎

  4. Aunque Uslar usó el término antes de que Gabriel García Márquez lo convirtiera en sello de la narrativa latinoamericana, la paternidad exacta de la expresión ha sido atribuida también al crítico alemán Franz Roh. ↩︎