Luis XIV
| Luis XIV | |
|---|---|
| El Rey Sol · Luis el Grande | |
| Rey de | Francia y de Navarra |
| Reinado | 14 de mayo de 1643 – 1 de septiembre de 1715 (72 años y 110 días) |
| Coronación | 7 de junio de 1654 Catedral de Reims |
| Nombre completo | Luis Diosdado de Borbón (en francés, Louis-Dieudonné de Bourbon) |
| Nacimiento | 5 de septiembre de 1638 Saint-Germain-en-Laye, Francia |
| Fallecimiento | 1 de septiembre de 1715 Palacio de Versalles, Francia |
| Sepultura | Basílica de Saint-Denis |
| Casa real | Casa de Borbón |
| Predecesor | Luis XIII de Francia |
| Sucesor | Luis XV de Francia |
| Regencia | Ana de Austria (1643–1651) |
| Padre | Luis XIII de Francia |
| Madre | Ana de Austria |
| Cónyuges | María Teresa de Austria (1660–1683) Madame de Maintenon (matrimonio morganático y secreto, sin fecha establecida) |
| Heredero | Luis, Gran Delfín (m. 1711) |
| Religión | Catolicismo |
1. Resumen[editar]
Luis XIV de Francia (Saint-Germain-en-Laye, 5 de septiembre de 1638 – Palacio de Versalles, 1 de septiembre de 1715), llamado Luis el Grande y, sobre todo, el Rey Sol (le Roi-Soleil), fue rey de Francia y de Navarra desde 1643 hasta su muerte. Su reinado duró 72 años y 110 días, el más largo documentado de un monarca soberano en la historia de Europa occidental.[1]
Luis XIV no construyó desde cero el poder de la monarquía francesa, pero lo llevó hasta una intensidad desconocida. Transformó una corte nobiliaria levantisca en una corte ceremonial centrada en el Palacio de Versalles, apartó a la alta nobleza de las funciones de gobierno, uniformó el reino bajo el catolicismo y convirtió a Francia en la principal referencia militar y cultural de su tiempo. Encarnó en vida la doctrina del derecho divino de los reyes y centralizó el poder en su persona como ningún monarca francés lo había hecho antes.
Su figura suele identificarse con el absolutismo, aunque su autoridad nunca fue tan ilimitada como sugirió la propaganda posterior: dependía de consejos, clientelas, cuerpos intermedios y de la negociación constante con ciudades, parlamentos y élites provinciales.[2]
Bajo su mandato la corte se trasladó de París a Versalles, que se transformó en el centro político y cultural de Europa. Reformó la administración, impulsó el mercantilismo con su ministro Jean-Baptiste Colbert, expandió las fronteras mediante una serie de guerras continentales y patrocinó las artes y las ciencias con un fervor que vinculó el prestigio cultural al poder del Estado. Su reinado, conocido como el Grand Siècle (Gran Siglo), dejó una impronta duradera en la lengua, la arquitectura, la diplomacia y el equilibrio de poder europeo. Para el mundo hispanohablante su figura es central, porque de su política dinástica surgió la rama española de los Borbones, que reina en
España hasta hoy.
2. Primeros años y regencia[editar]
Luis nació en el castillo de Saint-Germain-en-Laye el 5 de septiembre de 1638. Sus padres, Luis XIII y Ana de Austria, llevaban más de dos décadas de matrimonio sin descendencia, por lo que el nacimiento del heredero fue recibido como un acontecimiento providencial y fue interpretado por la propaganda de la época como una señal del favor divino. De ahí su segundo nombre, Dieudonné, «dado por Dios».[3] En 1640 nació su hermano Felipe, que recibió el ducado de Orleans y con el tiempo fundó la rama de Orleans de la Casa de Borbón.
Luis XIII murió el 14 de mayo de 1643, cuando su hijo tenía cuatro años y ocho meses.[4] El difunto monarca había dejado dispuesto un consejo de regencia para limitar el poder de su esposa, pero Ana de Austria obtuvo del Parlamento de París la anulación del testamento y ejerció la regencia en solitario. Para gobernar confió en el cardenal Mazarino, protegido y continuador de la política del cardenal Richelieu, impopular entre una parte de la nobleza por sus orígenes italianos y por su política de centralización.
La minoría de edad del rey transcurrió en un clima de extraordinaria agitación política y social. La presión fiscal necesaria para sostener la Guerra de los Treinta Años y las ambiciones nobiliarias de recortar el poder real desembocaron en la Fronda (1648–1653), un ciclo de revueltas parlamentarias y nobiliarias contra la regencia y contra Mazarino.
Aquellos años tuvieron un impacto profundo en el joven monarca. En dos ocasiones la familia real tuvo que huir de París y vivió la humillación de una nobleza insurrecta que controlaba la capital. De esa experiencia extrajo las dos convicciones que guiarían su política: el poder real debía estar concentrado de manera absoluta, y la aristocracia debía ser apartada de cualquier función de gobierno que pudiera amenazar a la corona.
3. El fin de la guerra con España y el matrimonio español[editar]
El inicio del reinado coincidió con la fase final de la guerra franco-española. Francia contó con el apoyo de la Inglaterra de Oliver Cromwell y obtuvo una victoria importante en la batalla de las Dunas en 1658. El conflicto se cerró con el Tratado de los Pirineos de 1659.
El tratado fijó la frontera pirenaica y otorgó a Francia varias plazas de los Países Bajos españoles y el Rosellón. Incluyó además una boda dinástica: Luis XIV se casó con su prima, la infanta española María Teresa de Austria, hija de Felipe IV de
España. La boda se celebró el 9 de junio de 1660 en San Juan de Luz.
El matrimonio debía sellar la paz entre las dos coronas, pero dejó abierto durante décadas el problema de los derechos sucesorios de María Teresa y de sus descendientes sobre la herencia española. De esa puerta entreabierta salieron, andando el tiempo, tanto la guerra de Devolución como la guerra de Sucesión española: el vínculo que cerró un conflicto abrió los dos siguientes.
4. El reinado personal[editar]
4.1 La afirmación del absolutismo (1661–1667)[editar]
Mazarino murió el 9 de marzo de 1661. El rey, que tenía veintidós años, anunció que gobernaría sin primer ministro y asumió personalmente la dirección del reino, inaugurando una fase de «gobierno personal» que duró más de medio siglo.
Luis XIV conservó a varios de los ministros más eficaces de Mazarino y organizó un sistema de consejos cuyos miembros escogía él. Jean-Baptiste Colbert dirigió la política económica, naval y de fomento; Michel Le Tellier y después su hijo, el marqués de Louvois, la guerra; Hugues de Lionne, la diplomacia. Los ministros procedían con frecuencia de familias de servicio al Estado o de la nobleza de toga más que de la alta aristocracia, y la elección era deliberada: un ministro ennoblecido dependía del rey y podía ser removido, mientras que un gran señor podía intentar imponer su propio proyecto. Al mismo tiempo, el rey vació de poder efectivo las grandes dignidades de la nobleza de espada.
El principio que rigió el sistema quedó cristalizado en el concepto del absolutismo monárquico: el rey sólo responde de sus actos ante Dios. Voltaire popularizó la célebre frase atribuida a Luis XIV, aunque probablemente apócrifa, «El Estado soy yo» (L'État, c'est moi). Más allá de la leyenda, la sentencia captura la esencia de un reinado en el que la persona del rey se identificaba conscientemente con la nación francesa.
4.2 Versalles y la domesticación de la nobleza[editar]
La corte se convirtió en el instrumento central de domesticación de la nobleza. Versalles, un modesto pabellón de caza de Luis XIII, fue ampliado por fases hasta convertirse en el palacio más grandioso de Occidente y en la sede de la corte y del gobierno. Las obras abarcaron décadas, movilizaron a decenas de miles de obreros y supusieron un coste enorme para las arcas del reino. El traslado oficial de la corte a Versalles se produjo el 6 de mayo de 1682.
Pero Versalles nunca fue un capricho arquitectónico: fue una máquina política. Luis XIV obligó a la alta nobleza a residir en la corte, lejos de sus tierras y de sus clientelas provinciales. Allí la etiqueta —un sistema rigurosamente codificado de ceremonias, jerarquías y privilegios, que el rey modificaba constantemente— ocupó a los aristócratas en luchas estériles por el honor de sostener la palmatoria o de asistir al lever matutino del rey. Los duques y pares competían por cargos ceremoniales, pensiones y proximidad al monarca.
Mientras los nobles consumían sus energías y sus fortunas en la corte, la administración de las provincias quedaba en manos de intendentes nombrados por el rey y revocables a su antojo. De esta forma, sin suprimir formalmente los privilegios nobiliarios, Luis XIV los vació de contenido político.[5]
4.3 Colbert y la política económica[editar]
El mercantilismo, denominado en Francia colbertismo, fue la doctrina económica del reinado. Colbert creía que la riqueza mundial era un pastel de tamaño fijo y que la prosperidad de Francia debía construirse a expensas de sus rivales, fundamentalmente las Provincias Unidas (actuales Países Bajos) e Inglaterra.
Su programa se basó en cuatro pilares: fomento de las manufacturas reales, como la célebre fábrica de los Gobelinos; construcción de infraestructuras, con las carreteras y el Canal du Midi; creación de compañías comerciales privilegiadas para la explotación colonial, como la Compañía francesa de las Indias Orientales y la Compañía de la Nueva Francia; y protección del mercado interno mediante aranceles. Simultáneamente, una reorganización de la hacienda real permitió durante un tiempo aliviar el déficit crónico, aunque el coste de las guerras posteriores desbarataría en gran medida esos esfuerzos.
5. Política religiosa[editar]
Luis XIV no admitía la existencia de poderes religiosos que compitieran con la corona dentro del reino, y su política religiosa fue de una rigidez creciente. Se consideraba el monarca católico por excelencia, heredero de Carlomagno y protector de la Iglesia.
Frente a Roma fomentó el galicanismo, doctrina que limitaba la autoridad papal sobre la Iglesia de Francia. En 1681 convocó una asamblea del clero francés que, al año siguiente, adoptó la Declaración del Clero de Francia, un texto que afirmaba, entre otros puntos, que el papa no podía intervenir sin aprobación real en muchos asuntos de la Iglesia francesa. Mantuvo además un prolongado pulso con el papa Inocencio XI en torno a la regalía, el derecho del rey a administrar los ingresos de las diócesis vacantes.
Puertas adentro, y bajo la influencia de su segunda esposa, la devota Madame de Maintenon,[6] y de su confesor, el padre La Chaise, el rey fue asumiendo una ortodoxia cada vez más intransigente. El acto culminante de esa deriva fue la revocación del Edicto de Nantes en octubre de 1685, formalizada en el Edicto de Fontainebleau. El Edicto de Nantes, promulgado por su abuelo Enrique IV en 1598, había garantizado la libertad de culto a los protestantes franceses (hugonotes); su revocación prohibió el ejercicio público del protestantismo, ordenó destruir templos y clausurar escuelas, y forzó a los pastores a convertirse o a salir del reino. La medida fue acompañada de una campaña de conversiones forzadas, las dragonadas.
Un número considerable de hugonotes —artesanos, comerciantes, profesionales e intelectuales— abandonó Francia rumbo a Inglaterra, las Provincias Unidas, Suiza, Brandeburgo, los principados alemanes y América.[7] La emigración supuso un golpe duradero para la economía francesa, denunciado incluso por servidores del propio rey como el mariscal Vauban.
6. Las guerras y la hegemonía europea[editar]
El reinado estuvo marcado por un estado de guerra casi permanente. La obsesión del Rey Sol por asegurar lo que consideraba las «fronteras naturales» de Francia y por imponer el prestigio (gloire) de su dinastía lo llevó a cuatro grandes conflictos europeos.
6.1 La guerra de Devolución (1667–1668)[editar]
A la muerte de Felipe IV de España en 1665, Luis XIV reclamó territorios de Brabante en nombre de su esposa María Teresa, apoyándose en las costumbres sucesorias de la región, que favorecían a los hijos del primer matrimonio. En 1667 invadió los Países Bajos españoles y el Franco Condado.
La rápida victoria francesa alarmó a sus vecinos, y la formación de la Triple Alianza entre las Provincias Unidas, Inglaterra y Suecia presionó a favor de la paz. Por el Tratado de Aquisgrán de 1668 Francia conservó varias plazas fuertes de Flandes, pero devolvió el Franco Condado.
6.2 La guerra franco-neerlandesa (1672–1678)[editar]
Fue la operación militar más personal del rey, diseñada para aplastar a las Provincias Unidas, que eran a la vez rival comercial y enemigo político por haber liderado la alianza que lo había frenado. En 1672 Francia e Inglaterra atacaron la República. La invasión provocó la caída del gobierno de Johan de Witt y el ascenso de Guillermo III,[8] cuya resistencia forzó una guerra larga. Países Bajos, España, el Sacro Imperio y Brandeburgo acabaron formando una coalición contra Francia.
La Paz de Nimega de 1678 confirmó el predominio francés: Luis XIV retuvo el Franco Condado y algunas plazas nuevas en los Países Bajos, y Francia quedó consolidada como la mayor potencia militar de Europa. El objetivo declarado de la campaña, en cambio, no se cumplió: la República de las Provincias Unidas sobrevivió y su dirigente se convirtió en el articulador de todas las coaliciones posteriores contra Francia.
6.3 Las Reuniones[editar]
Después de Nimega, Luis XIV practicó una política de anexiones llamada de las «Reuniones»: mediante cámaras judiciales creadas al efecto, la corona reclamó territorios que declaraba dependientes de las plazas obtenidas en tratados anteriores. La ocupación más simbólica fue la de Estrasburgo, ciudad libre y posición clave en el Rin, en 1681. La Tregua de Ratisbona de 1684 reconoció temporalmente estas adquisiciones, incluido Luxemburgo.
6.4 La guerra de los Nueve Años (1688–1697)[editar]
La política de las Reuniones y la revocación del Edicto de Nantes empujaron a varias potencias a unirse. En 1686 se formó la Liga de Augsburgo, que con la entrada de Inglaterra pasó a llamarse Gran Alianza. La guerra, librada entre 1688 y 1697, enfrentó a Francia con una coalición amplia y se extendió por Europa, América y los mares.
Los ejércitos franceses obtuvieron victorias notables, pero no lograron imponer una paz dictada. El Tratado de Ryswick de 1697 restableció en parte la situación anterior: Francia devolvió Luxemburgo y buena parte de lo ganado en las décadas precedentes, aunque conservó Estrasburgo, y Luis XIV reconoció a Guillermo III y María II como soberanos de Gran Bretaña. La falta de una victoria decisiva impulsó la búsqueda de una salida negociada al problema mayor que se avecinaba: la sucesión española.
7. La sucesión española[editar]
El rey Carlos II de España no tenía descendencia. Su herencia incluía no sólo España, sino también Nápoles, Sicilia, Milán, los Países Bajos españoles y un vasto imperio colonial. Francia y Austria presentaban candidatos con derechos dinásticos: Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y bisnieto de Felipe IV, y el archiduque Carlos de Austria, de la rama Habsburgo. Las potencias europeas intentaron pactar repartos del imperio español mediante tratados de partición, pero la corte española se opuso a desmembrar la herencia.
En su testamento, Carlos II ofreció la totalidad de la herencia a Felipe de Anjou. Luis XIV aceptó la oferta pese a los acuerdos previos de partición, porque consideró que la guerra con Austria era inevitable y que era más ventajoso aceptar el legado completo. Carlos II murió el 1 de noviembre de 1700 y Felipe fue proclamado rey de España como Felipe V.
La decisión desencadenó la guerra de Sucesión española (1701–1714). Gran Bretaña, las Provincias Unidas, el Sacro Imperio y la mayoría de los estados germánicos se opusieron a la unión dinástica de Francia y España. La guerra alternó campañas favorables a uno y otro bando; a partir de la derrota de Blenheim en 1704 Francia sufrió graves reveses, y hacia 1709 su situación financiera y militar era angustiosa, pero las exigencias aliadas impidieron una paz rápida.
Dos hechos cambiaron el curso del conflicto. Las victorias de las fuerzas de Felipe V en Almansa y Villaviciosa aseguraron en lo esencial la posición de los Borbones en España. Y la muerte del emperador José I en 1711 elevó al archiduque Carlos a la dignidad imperial, con lo que la unión de España y el Sacro Imperio pasó a ser un riesgo tan inaceptable para las potencias marítimas como la unión de España y Francia.
Gran Bretaña y Francia iniciaron entonces negociaciones bilaterales que condujeron a la Paz de Utrecht en 1713. El acuerdo con el Imperio llegó al año siguiente en dos pasos: el Tratado de Rastatt, firmado el 6 de marzo de 1714 entre Francia y el Imperio Habsburgo, y el Tratado de Baden del 7 de septiembre, que lo modificó ligeramente y cerró la paz con el Sacro Imperio.
El resultado consolidó a Felipe V como rey de España, pero con condiciones: renunció a sus derechos al trono de Francia, quedó prohibida la unión dinástica de las dos coronas y la monarquía española perdió sus dominios europeos no peninsulares, mientras que Gran Bretaña recibió Gibraltar y Menorca.
8. Apogeo cultural: el Gran Siglo[editar]
Si algo comprendió Luis XIV fue la utilidad política de la cultura, y convirtió el mecenazgo en un instrumento de gobierno. Bajo su protección se fundaron o reorganizaron las academias reales: la Academia Francesa, la Academia de Pintura y Escultura, la Academia Real de Danza (1661), la Academia de Ciencias (1666), la Academia de Ópera o de Música (1669) y la Academia de Arquitectura (1671). Estas instituciones fijaban los cánones estéticos y científicos del clasicismo francés, que irradiaban después a toda Europa, y la creación de las dos últimas academias musicales impulsó el desarrollo del ballet y de la música escénica francesa.
En literatura, los nombres de Molière, Jean Racine, Pierre Corneille y Jean de La Fontaine brillaron bajo el patronazgo real. Molière estrenó en la corte obras como Tartufo o El enfermo imaginario, y el propio rey bailó en ballets de corte junto al compositor Jean-Baptiste Lully. La arquitectura y la jardinería, con André Le Nôtre y Jules Hardouin-Mansart, alcanzaron su cumbre en Versalles.
La corte fue además un gran escenario de representación del poder: fiestas, ballets, óperas, sermones y ceremonias regulaban la vida de los cortesanos y exponían la grandeza del rey ante los enviados extranjeros. La lengua francesa se codificó y se expandió como lengua de cultura y de diplomacia, reemplazando paulatinamente al latín. En este sentido, el reinado de Luis XIV es el momento en que París se convierte en el referente cultural de Occidente, un estatus que conservaría hasta el siglo XX.
9. La imagen del rey[editar]
Luis XIV dominó como pocos la construcción de su propia imagen pública. Retratos, medallas, historias oficiales, tapices y monumentos lo representaron como monarca victorioso, protector de las letras y las ciencias, y como el Sol que iluminaba su reino.
Uno de los gestos simbólicos más poderosos fue la elección, en 1662, del emblema solar —de ahí su apodo—, un astro que ilumina, otorga vida y ocupa el centro del universo. El propio rey había danzado en ballets de corte en su juventud asumiendo los papeles de Apolo y del Sol. La lógica era política además de estética: como el sol, el rey debía ser el centro visible que ordenaba el movimiento de todos los astros de la monarquía. La divisa elegida, Nec pluribus impar («no inferior a varios»), condensaba esa ambición de superioridad y de centralidad.
La memoria póstuma fue ambivalente. La corte y la posteridad inmediata recordaron la grandeza, pero también el coste de las guerras, la fiscalidad y la uniformización religiosa. Con el tiempo, el reinado de Luis XIV se volvió el ejemplo clásico de la monarquía absoluta y, para la Ilustración, un símbolo del poder personal y de la intolerancia. La Revolución francesa, un siglo después, terminó por enterrar el modelo político del Antiguo Régimen que el rey había perfeccionado.
10. El declive y la muerte[editar]
La última década del reinado fue amarga. La guerra de Sucesión española drenó los recursos y llevó a Francia al borde de la bancarrota, las malas cosechas del invierno de 1709 provocaron una hambruna terrible y las derrotas militares hicieron temer una invasión del reino. La paz de Utrecht permitió conservar la integridad esencial del territorio francés, pero supuso la renuncia a buena parte de lo conquistado en guerras anteriores y la aceptación implícita de un equilibrio europeo en el que Gran Bretaña emergía como nueva árbitro. Aun así, el rey conservó hasta el final el control del gobierno.
En el plano personal, la muerte golpeó implacablemente a la familia real. En apenas un lustro Luis XIV perdió a su hijo, el Gran Delfín, en 1711; a su nieto, el duque de Borgoña, en 1712; y al hijo mayor de éste, el duque de Bretaña, pocas semanas después. Sólo sobrevivió para heredar la corona un bisnieto de cinco años, el duque de Anjou.
Luis XIV falleció de gangrena el 1 de septiembre de 1715 en su cama de Versalles, cuatro días antes de cumplir setenta y siete años. Según los testimonios de la corte, sus últimas palabras habrían sido «me marcho, pero el Estado permanece» (Je m'en vais, mais l'État demeurera), una formulación que resume la trascendencia que él mismo quiso dar a su cargo. Su cuerpo fue trasladado a la Basílica de Saint-Denis, necrópolis de los reyes de Francia. Como apunte de la ambivalencia de su legado, su cortejo fúnebre fue objeto de burlas en los caminos por parte de un pueblo agotado por décadas de guerra y sacrificios. Su bisnieto lo sucedió como Luis XV, bajo la regencia de Felipe II de Orleans.
11. Luis XIV y el mundo hispánico[editar]
11.1 Los tres vínculos con la monarquía española[editar]
La figura de Luis XIV ocupó desde muy pronto un lugar destacado en la memoria histórica del mundo hispánico, y los vínculos entre su reinado y el de la monarquía española son fundamentalmente tres: el Tratado de los Pirineos de 1659, su matrimonio con la infanta María Teresa en 1660 y, sobre todo, la instauración de su nieto en el trono de España como Felipe V en 1700, que dio inicio a la dinastía Borbón en España.
Aunque el testamento de Carlos II lo designó heredero y la guerra de Sucesión ratificó la decisión, la influencia de Versalles no se limitó a la sucesión nominal. Felipe V, formado en la corte de su abuelo y profundamente marcado por el modelo versallesco, introdujo en España el centralismo administrativo de inspiración francesa.
11.2 El reformismo borbónico en España e Hispanoamérica[editar]
El cambio fue especialmente notable en la organización territorial de la monarquía hispánica. Los Decretos de Nueva Planta (1707–1716), inspirados en el modelo centralista francés, abolieron los fueros e instituciones de los reinos de la Corona de Aragón y de Valencia, castigados por haber apoyado al candidato rival, el archiduque Carlos, durante la guerra. Así, el absolutismo borbónico reemplazó al antiguo sistema de monarquía compuesta de los Habsburgo españoles.
De igual manera, la administración colonial en América comenzó a reestructurarse, aunque de forma más gradual, bajo los principios de eficiencia y centralización que Colbert había teorizado décadas antes. Durante el siglo XVIII la dinastía borbónica introdujo en España y en sus dominios americanos reformas administrativas, militares y económicas inspiradas en experiencias francesas, muchas de ellas desarrolladas durante el reinado del Rey Sol. En la historiografía latinoamericana, esa política colonial sigue siendo un tema de estudio central para explicar las reformas que desembocarían en las tensiones de la Independencia.
11.3 Presencia cultural y memoria[editar]
El interés que la figura del Rey Sol despierta en el lector hispanohablante está arraigado en una doble lectura de su reinado, como esplendor y como amenaza. En la literatura española del Siglo de Oro tardío, y en autores ya del siglo XVIII como Benito Jerónimo Feijoo o el padre Isla, el Rey Sol aparece como un antagonista constante, símbolo del expansionismo que España debía contener. A la vez, la admiración por el modelo cultural y político francés fue una constante en las élites ilustradas hispánicas, desde Nueva España hasta el Río de la Plata. El francés se consolidó como lengua de corte y de ilustración, y palacios reales españoles como La Granja de San Ildefonso imitaron directamente el modelo de Versalles. Las modas, la etiqueta cortesana y los cánones artísticos versallescos se irradiaron, mediados por la administración virreinal, hacia las élites de la Nueva España y del
Perú, y sentaron un patrón estético que perduró durante todo el siglo XVIII.
En la actualidad, el Palacio de Versalles es uno de los destinos internacionales más visitados por turistas hispanohablantes. Existen versiones españolas de las memorias del duque de Saint-Simon, la crónica cortesana más vívida del reinado, así como una amplia tradición de novelas históricas, obras de teatro y series en español que recrean su corte. No existe, en cambio, un caudal de películas y series en español dedicadas específicamente a su persona comparable al de otros monarcas europeos: el personaje aparece sobre todo en obras sobre los Borbones, la corte francesa y la guerra de Sucesión.
12. Véase también[editar]
- Palacio de Versalles
- Jean-Baptiste Colbert
- Cardenal Mazarino
- Madame de Maintenon
- Felipe V de España
- Guerra de Sucesión española
- Absolutismo
- Edicto de Nantes
- Casa de Borbón
13. Bibliografía básica[editar]
- Bluche, François. Luis XIV. París: Fayard, 1986. (Biografía de referencia en la historiografía moderna).
- Burke, Peter. La fabricación de Luis XIV. Madrid: Nerea, 1995. (Estudio clásico sobre la construcción de la imagen pública del rey).
- Petitfils, Jean-Christian. Luis XIV. París: Perrin, 2002. (Síntesis biográfica exhaustiva y actualizada).
- Saint-Simon, duque de. Memorias. Madrid, diversas ediciones. (Fuente primaria indispensable, aunque fuertemente sesgada, sobre la vida en la corte de Versalles).
Los 72 años y 110 días se cuentan entre el 14 de mayo de 1643 y el 1 de septiembre de 1715, y las dos fechas los confirman exactamente. Sólo lo superan en la historia europea reinados de difícil verificación o de naturaleza no soberana; suele citarse el caso de Sobhuza II de Suazilandia, nominalmente más largo. Considerando únicamente monarcas soberanos con fechas documentadas y poder efectivo sobre un gran Estado, el de Luis XIV es el más largo de la historia de Europa occidental. ↩︎
La palabra «absolutismo» se consagró más tarde, y buena parte de la historiografía reciente la usa con matices. Luis XIV no gobernó sin límites: el reino conservó privilegios locales, cortes soberanas, fueros y jurisdicciones particulares, y el rey dependía de la cooperación de las élites y de la venalidad de los cargos. ↩︎
La noción de «niño milagroso» fue explotada por panfletistas y poetas cortesanos de la época, y se mantuvo como un elemento permanente de la imaginería real durante la edad adulta del monarca. ↩︎
La edad se deduce de las dos fechas, que ninguna fuente discute: nacido el 5 de septiembre de 1638, el 14 de mayo de 1643 tenía cuatro años, ocho meses y nueve días. Es frecuente encontrar publicado que subió al trono «a los cinco años», cifra que no concuerda con esas dos fechas; se advierte aquí porque quien coteje con otras obras la encontrará. ↩︎
La población de la corte osciló, según los momentos, entre 3.000 y 10.000 personas, todas alojadas y reglamentadas bajo un código de etiqueta que el rey modificaba constantemente. ↩︎
El matrimonio de Luis XIV con Madame de Maintenon fue morganático y secreto, y no se conserva un acta que lo feche. La datación más repetida lo sitúa, probablemente, a finales de 1685; otras versiones lo adelantan a 1684. Ninguna de las dos está establecida, y por eso la ficha no le asigna fecha. ↩︎
Las estimaciones sobre la emigración protestante varían mucho según los autores y las regiones consideradas. La cifra más repetida ronda los 200.000, y hay estudios que la elevan hasta unos 400.000. En las Provincias Unidas estos refugiados contribuyeron de forma significativa al desarrollo de las manufacturas textiles y de la banca, mientras que en Inglaterra reforzaron las corrientes intelectuales que llevarían a la Ilustración temprana. ↩︎
Guillermo III, de la casa de Orange, dirigió la resistencia neerlandesa contra la invasión francesa de 1672 y se convirtió en el articulador de las coaliciones europeas contra Luis XIV. El Tratado de Ryswick de 1697 lo reconoció, junto con María II, como soberano de Gran Bretaña. ↩︎