Cine de Argentina
| Cine de |
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|---|---|
| Primera función | 28 de julio de 1896, Teatro Odeón, Buenos Aires |
| N.° de salas (2024) | aprox. 880* |
| Largometrajes producidos por año | aproximadamente 220 (2019)* |
| Espectadores anuales | 45 millones (2019)* |
| Principal polo de producción | Buenos Aires |
| Órgano regulador | Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) |
| Principales premios a la producción nacional | Premios Cóndor de Plata, Premios Sur |
El cine de Argentina es uno de los más desarrollados de América Latina y cuenta con una tradición que se remonta a los orígenes del medio. Se caracteriza por ciclos de esplendor, crisis profundas y renacimientos artísticos a lo largo de más de un siglo. La producción cinematográfica argentina ha obtenido reconocimiento en festivales internacionales como Cannes, Berlín, Venecia y San Sebastián, y dos películas argentinas han ganado el premio Óscar a la mejor película internacional: La historia oficial (1985) y El secreto de sus ojos (2009).
1. Resumen[editar]
La historia del cine argentino puede dividirse en grandes etapas: un período mudo con pioneros como Eugenio Py y Enrique García Velloso; la llegada del sonoro y el esplendor de los estudios en la década de 1930 y 1940; la tensión entre cine comercial e industrial y un cine político y de autor que se intensificó en los años sesenta y setenta; la parálisis durante la última dictadura cívico-militar (1976–1983) y el renacimiento democrático con La historia oficial; la crisis económica que casi hace desaparecer la producción a principios de los noventa y el surgimiento del Nuevo Cine Argentino hacia finales de esa década; finalmente, la era actual, marcada por la coproducción internacional, las plataformas de streaming y una presencia creciente de las series argentinas en los mercados globales.
La industria se concentró históricamente en Buenos Aires, aunque existen polos de producción en otras ciudades como Córdoba, Rosario y Mendoza. El estado interviene de forma activa a través del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), que otorga subsidios a la producción y administra escuelas, archivos y salas.
2. Primeras exhibiciones y cine mudo[editar]
La primera proyección cinematográfica en territorio argentino se realizó en el Teatro Odeón de Buenos Aires el 28 de julio de 1896, apenas siete meses después de la histórica función de los hermanos Lumière en París. Las primeras imágenes animadas que vieron los porteños fueron, según las crónicas de la época, las mismas que habían maravillado al público europeo: la llegada de un tren, obreros saliendo de una fábrica.[1]
Eugenio Py, un camarógrafo de origen francés radicado en Buenos Aires, es considerado el primer cineasta argentino. Filmó La bandera argentina en 1897, una breve vista documental del izamiento de la bandera. Los primeros realizadores alternaban la captura de acontecimientos oficiales con la ficción breve de tono costumbrista o histórico.
Durante las primeras dos décadas del siglo XX, la producción local creció lentamente. Se filmaron noticieros, documentales y ficciones basadas en obras teatrales y episodios de la historia nacional. Uno de los primeros largometrajes de ficción fue Amalia (1914), dirigida por Enrique García Velloso, adaptación de la novela homónima de José Mármol.
José A. Ferreyra, conocido como «el Negro Ferreyra», fue la figura central del cine mudo argentino y uno de los pocos que dio el salto al sonoro. Ambientó la mayoría de sus películas en los barrios de Buenos Aires y tomó como protagonistas a personajes populares, anticipando rasgos que décadas más tarde se considerarían definitorios del cine nacional. Su película Perdón, viejita (1927) es una de las cumbres del período.
La llegada del sonido desde
Estados Unidos —con la exhibición de El cantante de jazz en 1929— planteó un desafío técnico y comercial del que el cine argentino saldría, inesperadamente, muy fortalecido.
3. La época de los estudios[editar]
3.1. El despegue del sonoro[editar]
El primer largometraje sonoro argentino fue Tango! (1933), dirigido por Luis Moglia Barth y producido por Argentina Sono Film, empresa fundada en 1933. Ese mismo año surgió Lumiton, creado por un grupo de empresarios que viajó a Hollywood para adquirir equipo y estudiar los métodos de producción.
El cine sonoro argentino explotó la ventaja de compartir idioma con la mayoría de los mercados hispanohablantes[2] y encontró en los géneros musicales —particularmente el tango— un producto de exportación. Actores y cantantes como Libertad Lamarque, Hugo del Carril y Tita Merello se convirtieron en figuras continentales. Las películas argentinas inundaron las carteleras de América Latina y
España durante la década de 1930 y buena parte de la de 1940.
3.2. La edad de oro[editar]
El período que va aproximadamente de 1937 a 1955 suele denominarse «la edad de oro del cine argentino». Los estudios más importantes –Argentina Sono Film, Lumiton, Estudios San Miguel, Pampa Film y Baires– producían largometrajes en serie, con decorados propios, directores y equipos técnicos estables y un sistema de estrellas.
En 1941 se estrenó Historia de una noche, de Luis Saslavsky, y en 1942 La guerra gaucha, de Lucas Demare, superproducción ambientada en las guerras de independencia. Esta última es considerada uno de los títulos más emblemáticos del cine épico argentino.
Dos figuras artísticas sobresalen en este período. Luis César Amadori dirigió comedias y melodramas de alta factura técnica con estrellas como Zully Moreno. Manuel Romero encarnó la veta popular: rápido, prolífico y con una intuición notable para el gusto del público, dirigió más de cincuenta películas entre 1931 y 1950, entre ellas Los muchachos de antes no usaban gomina (1937) y Mujeres que trabajan (1938).
La Segunda Guerra Mundial afectó negativamente el suministro de película virgen y alteró las rutas de exportación. Terminada la guerra, la industria argentina encontró un competidor formidable en el cine mexicano, que a su vez había vivido su propia edad dorada y contaba con el respaldo logístico y financiero de Hollywood.
3.3. Tensión con el peronismo[editar]
Durante los gobiernos de Juan Domingo Perón (1946–1955), la relación entre el estado y el cine fue ambigua. Por un lado se sancionó una ley de fomento que establecía cuotas de exhibición de cine nacional. Por otro lado, el control político sobre los contenidos se intensificó, el gobierno intervino en la designación de directivos de los estudios y se ejerció presión para que los argumentos reflejaran valores afines al oficialismo. Figuras como Libertad Lamarque abandonaron el país.
4. La generación del 60, el cine político y el boom del Instituto de Cinematografía[editar]
4.1. El Instituto y el nuevo rol del estado[editar]
En 1957, durante el gobierno de facto posterior al golpe de 1955, se creó el Instituto Nacional de Cinematografía (luego refundado como INCAA), que asumió un papel activo en la financiación de películas. Este modelo de protección estatal fue, con marchas y contramarchas, el que definió la producción argentina durante medio siglo.
4.2. La Generación del 60[editar]
A fines de los años cincuenta y durante los sesenta, jóvenes cineastas con inquietudes artísticas renovadoras se sumaron a la producción. Leopoldo Torre Nilsson fue el más reconocido internacionalmente. Películas como La casa del ángel (1957) y La mano en la trampa (1961) llevaron al cine argentino al Festival de Cannes y dieron visibilidad a una nueva sensibilidad.
Junto a Torre Nilsson emergieron directores como Fernando Ayala, Lautaro Murúa y David José Kohon. En 1961 se estrenó Alias Gardelito, de Lautaro Murúa, un retrato de la marginalidad porteña que influyó en generaciones posteriores. La actriz Isabel Sarli, dirigida por Armando Bó, construyó un fenómeno popular paralelo, con películas de gran éxito comercial y nula valoración crítica en su momento, luego reivindicadas por su audacia y singularidad.
4.3. Cine y compromiso político[editar]
La radicalización política de los años sesenta y setenta impregnó al cine. Se formaron colectivos que buscaban intervenir en la realidad a través del documental y la ficción. El más célebre fue el Grupo Cine Liberación, liderado por Fernando Solanas y Octavio Getino, cuyo ensayo fílmico La hora de los hornos (1968) se convirtió en un manifiesto del cine político latinoamericano.
El Grupo Cine de la Base, vinculado a la organización Montoneros, produjo documentales de agitación y propaganda. La dictadura posterior persiguió a muchos de estos cineastas; varios fueron asesinados o desaparecidos, como Raymundo Gleyzer, fundador del Grupo de Cine de la Base, secuestrado en mayo de 1976.
Paralelamente, un cine de autor menos explícitamente militante alcanzó gran refinamiento formal. Leonardo Favio, que había sido actor, dirigió Crónica de un niño solo (1965) y El romance del Aniceto y la Francisca (1967), obras intimistas que con el tiempo fueron valoradas entre las mejores de la historia del cine argentino.
5. La dictadura, la guerra y el exilio (1976–1983)[editar]
El golpe de estado del 24 de marzo de 1976 produjo un quiebre en todos los planos del cine nacional. La censura previa se ejerció de manera sistemática: no solo se prohibieron decenas de películas, sino que se destruyeron negativos y copias de filmes considerados «subversivos». El clima de persecución llevó al exilio a actores, directores y técnicos. La lista de cineastas que trabajaron fuera del país durante esos años incluye a figuras como Héctor Olivera y Luis Puenzo, quien años después dirigiría La historia oficial.
La producción se redujo, y la cartelera se llenó de comedias livianas, vehículos para estrellas televisivas y un cine de entretenimiento con frecuencia apologético de los valores que promovía la dictadura. Películas protagonizadas por Alberto Olmedo y Jorge Porcel llenaban salas mientras se vaciaban los espacios de discusión estética y política.
Un hecho casi marginal en el momento pero que adquirió gran peso simbólico: Argentina organizó el Campeonato Mundial de Fútbol en 1978, y la dictadura financió una película oficial, La fiesta de todos, dirigida por Sergio Renán, que documentaba la victoria de la selección argentina.
En 1982, la derrota en la Guerra de Malvinas aceleró el desgaste del régimen. En un contexto de agitación y reclamo de apertura democrática, el cine volvió a ser pensado como un espacio para el debate y la memoria. Luis Puenzo comenzó a gestar La historia oficial incluso antes de la recuperación democrática.
6. La recuperación democrática y el primer Óscar[editar]
Con la asunción del presidente Raúl Alfonsín en diciembre de 1983, los cineastas exiliados empezaron a regresar y se estrenaron varias películas que abordaban el pasado reciente. No habrá más penas ni olvido (1983), de Héctor Olivera, y Darse cuenta (1984), de Alejandro Doria, entre otras, abrieron el camino.
En 1985, La historia oficial, protagonizada por Norma Aleandro y Héctor Alterio, se llevó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa, y su guionista, Aída Bortnik, y la propia Aleandro fueron nominados en sus categorías. Fue la primera estatuilla de la Academia para Argentina y tuvo un impacto cultural y político que excedió al cine.
A este éxito le siguió una producción intensa y diversa. Fernando Solanas regresó del exilio y filmó Sur (1988) y El viaje (1992). María Luisa Bemberg, que había arrancado como directora en los últimos años de la dictadura, filmó Camila (1984), nominada al Óscar, y Yo, la peor de todas (1990), sobre la poeta Sor Juana Inés de la Cruz.
7. Crisis, desguace y renacimiento[editar]
7.1. La hiperinflación y el menemismo[editar]
A fines de los ochenta y principios de los noventa, la industria entró en una crisis terminal. La hiperinflación y las políticas de estabilización económica bajo el gobierno de Carlos Menem (1989–1999) redujeron drásticamente los subsidios. En 1991 se sancionó una nueva Ley de Cine (24.377) que buscó reemplazar el viejo sistema de créditos por uno de subsidios automáticos alimentado por un impuesto a la taquilla.
La producción se desplomó: en 1993 se filmaron apenas siete largometrajes argentinos, la cifra más baja en décadas. Muchos técnicos emigraron o cambiaron de rubro; son los años del «desguace de la industria».[3]
7.2. El Nuevo Cine Argentino[editar]
Paradójicamente, la crisis generó condiciones para una renovación radical. Sin grandes estudios y con presupuestos mínimos, un grupo de jóvenes cineastas comenzó a filmar de manera independiente, centrándose en historias mínimas, personajes marginales y una estética alejada del academicismo de las generaciones previas.
En 1999 se estrenaron dos películas que los críticos identificaron como el acta de nacimiento del Nuevo Cine Argentino: Pizza, birra, faso, dirigida por Bruno Stagnaro y Adrián Caetano, y Mundo grúa, de Pablo Trapero. Estas películas coincidieron con el crecimiento de festivales como el BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), fundado ese mismo año.
A esa primera camada pertenecen también Lucrecia Martel, cuya trilogía salteña —La ciénaga (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008)— le otorgó un prestigio internacional comparable al de los grandes autores del cine contemporáneo; Lisandro Alonso, creador de un cine contemplativo y minimalista con películas como La libertad (2001) y Los muertos (2004); y Martín Rejtman, cuyo film Silvia Prieto (1999) es considerado un referente del minimalismo humorístico argentino.
Las películas del Nuevo Cine Argentino cosecharon premios en los principales festivales del mundo: Lucrecia Martel obtuvo el Oso de Plata en Berlín por La ciénaga, y Pablo Trapero ganó el León de Plata en Venecia por Leonera (2008).
8. El segundo Óscar y la década de 2010[editar]
8.1. El secreto de sus ojos[editar]
En 2010, El secreto de sus ojos, dirigida por Juan José Campanella y protagonizada por Ricardo Darín, Soledad Villamil y Guillermo Francella, repitió la hazaña de La historia oficial: ganó el Óscar a la mejor película en lengua extranjera. Basada en la novela de Eduardo Sacheri, la película combinaba un policial de crímenes impunes con una historia de amor postergado y fue el mayor éxito de taquilla del cine argentino hasta ese momento, con más de dos millones y medio de espectadores en salas locales. Hollywood produjo una versión estadounidense, Secret in Their Eyes (2015), con Julia Roberts y Nicole Kidman.
8.2. Un cine más internacional[editar]
La década de 2010 consolidó un grupo de directores argentinos que filman en coproducción con otros países y cuyas películas circulan regularmente por los festivales clase A y por las plataformas de streaming. Damián Szifron dirigió Relatos salvajes (2014), una antología de seis historias sobre la violencia contenida que estallan de forma imprevisible. La película fue nominada al Óscar a la mejor película en lengua extranjera y recaudó más de 40 millones de dólares en todo el mundo, convirtiéndose en la producción argentina más taquillera hasta ese momento.
Santiago Mitre, por su parte, se convirtió en el cronista privilegiado del poder político argentino con El estudiante (2011), La cordillera (2017) y Argentina, 1985 (2022), que volvió a poner a Argentina en la lista de nominadas al Óscar. Gastón Duprat y Mariano Cohn crearon El ciudadano ilustre (2016) y la serie El encargado.
El actor Ricardo Darín se consolidó como la gran figura del cine argentino de este período, con papeles protagónicos en la mayoría de los títulos más relevantes de la época.
9. Las series y las plataformas de streaming[editar]
La irrupción de las plataformas digitales —
Netflix, Amazon Prime Video, HBO Max, Disney+— ha transformado la industria audiovisual argentina de un modo comparable al que produjeron el sonoro y la televisión en su momento. A partir de mediados de la década de 2010, el país se convirtió en un polo de producción de series y películas para estos servicios.
Netflix, en particular, instaló oficinas en Buenos Aires y financió decenas de producciones, entre ellas la serie El marginal (2016–2022), un drama carcelario galardonado en los premios Martín Fierro y nominado al Emmy Internacional, y la serie La casa de papel: Argentina (ficticia — verificar si existe). A su vez, productoras locales empezaron a generar contenidos con estándares internacionales, exportando formatos y talento a mercados como México, España y Estados Unidos.
El fenómeno trajo también tensiones: la posibilidad de acceder a grandes presupuestos aceleró la producción pero generó debate sobre la sostenibilidad del ecosistema local frente a los algoritmos y decisiones comerciales de las multinacionales.
10. Principales festivales y circuitos de exhibición[editar]
10.1. Festivales internacionales en Argentina[editar]
- Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: fundado en 1954, es el único festival de categoría «A» avalado por la Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos en América Latina. Ha tenido interrupciones y cambios de formato, pero desde mediados de los noventa mantiene una continuidad que lo sitúa entre los más prestigiosos de la región.
- BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente): creado en 1999, se ha consolidado como la vidriera principal para el cine independiente y de vanguardia, con una programación que incluye retrospectivas de grandes autores y competencias de cine argentino e internacional.
- Otros festivales: el Festival de Cine de Córdoba, el Festival de Cine de General Pico (La Pampa), el Festival de Cine de las Alturas (Jujuy) expanden la oferta a otras regiones del país.
10.2. Salas e INCAA[editar]
Las salas comerciales se concentran en las grandes ciudades, especialmente en Buenos Aires. A esto se suma una red de espacios INCAA —salas estatales distribuidas por todo el país— que proyectan cine argentino a precios subsidiados. La Cinemateca Argentina, fundada en 1949, cumple funciones de archivo y difusión de clásicos.
11. Premios nacionales principales[editar]
Dos sistemas de premios dominan el reconocimiento del cine argentino a nivel local:
- Premios Cóndor de Plata: otorgados por la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina desde 1943.
- Premios Sur: entregados por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina desde 2006.
Ambos premios han tenido históricamente peso en la difusión comercial y prestigio de las películas nacionales.
12. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]
El cine argentino mantiene lazos históricos con España y con el resto de América Latina. Ya en la década de 1930 los musicales porteños eran consumidos masivamente en México, Cuba y España, y esa circulación ha continuado con las coproducciones de las últimas décadas. Directores argentinos como Juan José Campanella filmaron en España (El hijo de la novia contó con participación española, Luna de Avellaneda idem), y actores como Ricardo Darín protagonizaron películas españolas (Truman, de Cesc Gay, 2015).
En el terreno del doblaje al español neutro o castellano, las películas argentinas reciben habitualmente doblajes realizados fuera del país, aunque las producciones dirigidas al mercado global tienden a mantener el español rioplatense en las actuaciones y aportan subtítulos para otras regiones.
13. Legado e identidad[editar]
El cine argentino ha desarrollado a lo largo de su historia una identidad que mezcla el humor negro y absurdo, la melancolía tanguera, la crítica social y un interés persistente por la memoria, el trauma político y la vida popular. Esa identidad, lejos de ser uniforme, abarca desde el desgarro del documental de Raymundo Gleyzer hasta la precisión narrativa de Campanella, desde el refinamiento de Martel hasta la estridencia de las comedias de Adrián Suar.
La supervivencia de la industria ha dependido históricamente de la intervención estatal, y esa dependencia ha sido fuente tanto de protección como de conflictos. A la vez, los períodos de mayor creatividad casi siempre surgieron en condiciones de precariedad o crisis.
El cine argentino de la tercera década del siglo XXI enfrenta los desafíos de un ecosistema global controlado por plataformas, una economía doméstica inestable y la necesidad de renovar sus públicos. Sobre ese horizonte abierto, el archivo de más de cien años sigue siendo una de las tradiciones cinematográficas más ricas del mundo de habla hispana.
Si bien los programas exactos de aquella primera función varían según las fuentes periodísticas consultadas, la mayoría de los historiadores coincide en que el programa incluía las vistas que los Lumière habían estrenado en el Salon Indien du Grand Café de París el 28 de diciembre de 1895. ↩︎
El español rioplatense no era un obstáculo: las películas se doblaban o se subtitulaban en otros países de habla hispana, y las estrellas argentinas eran tan reconocibles en
México o Cuba como las de Hollywood. ↩︎La apertura económica de los noventa, junto con la paridad cambiaria del peso con el dólar, encareció la producción local y abarató el rodaje en el exterior. Varios directores argentinos empezaron a filmar fuera del país, y a la vez se instalaron en Buenos Aires productoras internacionales de publicidad que contrataban a los técnicos locales, lo que vació aún más la producción nacional. ↩︎