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Imperio romano

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Imperio romano
Rēs pūblica Pōpulī Rōmānī
Imperivm Rōmānvm
Βασιλεία τῶν Ῥωμαίων
Período27 a. C.–395 d. C. (unificado)
395–476 (Occidente)
395–1453 (Oriente)
CapitalRoma (27 a. C.–286)
Milán (286–402)
Rávena (402–476)
Nicomedia (286–330)
Constantinopla (330–1453)
Idiomas principalesLatín y griego antiguo
ReligiónPoliteísmo romano (27 a. C.–270 d. C.)
Monismo solar (270–380)
Cristianismo (380–1453)
GentilicioRomano, romana
Forma de gobiernoAutocracia y tetrarquía
LemaSenatus Populusque Romanus (SPQR)
Primer emperadorAugusto (27 a. C.–14 d. C.)
Último emperadorConstantino XI (1449–1453, en Oriente)
LegislaturaSenado romano
Senado bizantino
MonedaÁureo, sólido, hiperpirón, denario, sestercio, as
Superficie2.75 millones km² (27 a. C.)
5 millones km² (117 d. C.)
4.4 millones km² (395 d. C.)
Población56.8 millones (14 d. C.)
88 millones (117 d. C., estimación moderna)
Período históricoEdad Antigua y Edad Media

1. Resumen[editar]

El Imperio romano fue el período de la civilización romana posterior a la República y caracterizado por una forma de gobierno autocrática. En su apogeo controló un territorio continuo que abarcaba desde el océano Atlántico al oeste hasta las orillas del mar Caspio y del mar Rojo al este, y desde el desierto del Sahara al sur hasta las orillas de los ríos Rin y Danubio y la frontera con Caledonia al norte. Debido a su vasta extensión y duración, las instituciones y la cultura romana tuvieron una influencia profunda y duradera en el desarrollo de la lengua, la religión, la arquitectura, la literatura y las leyes en el territorio que gobernaba.

El Estado romano, a diferencia de los Estados modernos, no disponía de un nombre oficial único ni se aludía a él con una sola denominación. Algunas formas empleadas por los romanos y los griegos para referirse al imperio eran Rēs pūblica Pōpulī Rōmānī, Imperium Rōmānōrum, Βασιλεία τῶν Ῥωμαίων ('dominio de los romanos') y Romania. Res publica, concepto latino utilizado tanto en la época republicana como en la imperial, significa literalmente 'cosa pública'.[1]

El sistema político del Imperio surgió tras las guerras civiles que siguieron a la muerte de Julio César. Tras la guerra civil que lo enfrentó a Pompeyo y al Senado, César se hizo con el poder absoluto y se nombró dictador vitalicio. En respuesta, varios miembros del Senado orquestaron su asesinato en los idus de marzo, con la esperanza de restablecer la República. El precedente no pasó inadvertido para el sobrino e hijo adoptivo de César, Octavio, quien se convirtió años más tarde en el primer emperador tras derrotar a Marco Antonio y a la reina egipcia Cleopatra VII. Octavio mantuvo todas las formas republicanas de gobierno, pero en la práctica gobernó como un autócrata. En el año 27 a. C., el Senado le otorgó formalmente el poder supremo, representado en su nuevo título de Augusto, convirtiéndolo efectivamente en el primer emperador romano.[2]

Los dos primeros siglos del Imperio vieron un período de estabilidad y prosperidad sin precedentes, conocido como la Pax Romana. Sin embargo, el sistema construido por Augusto colapsó durante la crisis del siglo III, un prolongado período de guerras civiles que dio inicio al período denominado el Dominado, durante el cual el gobierno adquirió un carácter despótico y más afín a una monarquía absoluta. En el año 286, en un esfuerzo por estabilizar al Imperio, Diocleciano dividió la administración en un Oriente griego y un Occidente latino. Para ese punto, Roma ya había dejado de ser la capital del Imperio. El Imperio se volvió a unir y a separar en diversas ocasiones hasta que, a la muerte de Teodosio I en el 395, quedó definitivamente dividido en dos mitades.

Los cristianos ascendieron a posiciones de poder tras el Edicto de Milán promulgado por Constantino I, el primer emperador en bautizarse como cristiano, en 313. Tiempo después inició el período de las grandes migraciones, el cual precipitó el declive del Imperio en Occidente. Con la caída de Rávena ante Flavio Odoacro y la deposición del usurpador Rómulo Augústulo en el 476, se señala tradicionalmente el fin de la Edad Antigua y el comienzo de la Edad Media, aunque toma cada vez más relevancia la consideración de la Antigüedad tardía como una época de transición entre ambos períodos.

El Imperio en Oriente proseguiría casi un milenio en pie como el único Imperio romano, aunque usualmente se le da el nombre historiográfico de Imperio bizantino o Bizancio, hasta la caída de Constantinopla ante los turcos otomanos de Mehmed II en 1453.

2. Historia[editar]

2.1 Transición de la República al Imperio[editar]

Roma había comenzado a expandirse poco después de la fundación de la República en el siglo VI a. C., aunque no fuera de la península itálica hasta el siglo III a. C. La República no era un Estado-nación en el sentido moderno, sino una red de ciudades autónomas con distintos grados de independencia del Senado, junto con provincias administradas por comandantes militares. Estaba gobernada por magistrados elegidos anualmente, sobre todo los cónsules, en conjunto con el Senado.[3]

El siglo I a. C. fue una época de agitación política y militar que finalmente condujo al gobierno de los emperadores. El poder militar de los cónsules se basaba en la noción jurídica de imperium, que significaba 'mando' típicamente militar. Ocasionalmente, a los cónsules o generales victoriosos se les otorgaba el título honorífico de imperator ('comandante'); de allí proviene la palabra «emperador».[4]

Desde finales del siglo II a. C., Roma sufrió una serie de conflictos sociales, conspiraciones y guerras civiles, al mismo tiempo que consolidaba su influencia más allá de la península itálica. En el año 44 a. C., Julio César fue proclamado dictador perpetuo antes de ser asesinado por una facción que se oponía a la concentración de poder. Un año después, Octavio, sobrino-nieto e hijo adoptivo de César, se convirtió en uno de los miembros del Segundo Triunvirato, una alianza política junto con Lépido y Marco Antonio. Después de la batalla de Filipos en 42 a. C., la relación entre Octavio y Marco Antonio empezó a deteriorarse, lo que condujo a la disolución del triunvirato y a una guerra entre ambos. Esta finalizó con la batalla de Accio en 31 a. C., en la que Marco Antonio y Cleopatra resultaron derrotados. El posterior enfrentamiento en Alejandría en 30 a. C. supuso la anexión del Egipto Ptolemaico por parte de Octavio.[5]

2.2 Principado[editar]

En el 27 a. C., el Senado y el pueblo romano proclamaron a Octavio princeps ('primer ciudadano') y le otorgaron el poder de imperium proconsular y el título de Augusto. Este evento inició el período conocido como Principado, la primera época del período imperial, que duró entre el 27 a. C. y el 284 d. C. El gobierno de Augusto puso fin a un siglo repleto de guerras civiles y dio inicio a una época de estabilidad social y económica denominada Pax Romana (paz romana), que se prolongó durante los dos siglos siguientes. Las revueltas en las provincias eran poco frecuentes y eran sofocadas rápida y despiadadamente.[6]

Al ser el único gobernante de Roma, Augusto pudo llevar a cabo una serie de reformas militares, políticas y económicas a gran escala. El Senado le atribuyó la facultad de nombrar a sus propios senadores y la autoridad sobre los gobernadores provinciales, creando de facto el cargo que más tarde sería denominado como emperador. Aunque la república seguía existiendo en el nombre, Augusto poseía toda la autoridad significativa.[7]

Augusto implementó los principios de la sucesión dinástica, por lo que fue sucedido en la dinastía Julio-Claudia por Tiberio (r. 14–37), Calígula (r. 37–41), Claudio (r. 41–54) y Nerón (r. 54–68). El suicidio de este último llevó a un breve período de guerra civil conocido como el año de los cuatro emperadores, que concluyó con la victoria de Vespasiano (r. 69–79) y la fundación de la efímera dinastía Flavia, recordada por ser la responsable de la construcción del Coliseo de Roma.

Esta dinastía fue sucedida por la dinastía Antonina, en la que figuraron los emperadores Nerva (r. 96–98), Trajano (r. 98–117), Adriano (r. 117–138), Antonino Pío (r. 138–161) y Marco Aurelio (r. 161–180), los llamados «cinco buenos emperadores». Entre ellos, Adriano es especialmente recordado por consolidar las fronteras del Imperio y emprender ambiciosos proyectos de construcción en las provincias.[8]

En el año 212, mediante el Edicto de Caracalla promulgado por el emperador homónimo (r. 211–217), fue concedida la ciudadanía romana a todos los ciudadanos libres del Imperio. Sin embargo, y a pesar de este gesto universal, la dinastía Severa estuvo marcada por varias revueltas y desastres a lo largo de la crisis del siglo III, una época de invasiones, desestabilidad social, dificultades económicas y la llamada peste cipriana. En la periodización histórica, esta crisis es generalmente considerada el momento de la transición de la Antigüedad clásica a la Antigüedad tardía.[9]

2.3 Dominado[editar]

Diocleciano (r. 284–305) renunció al cargo de princeps y adoptó el título de dominus ('maestro' o 'señor'), lo que marcó la transición del Principado al Dominado, un estado de monarquía absoluta que se prolongó desde el 284 hasta la caída del Imperio romano de Occidente en el 476. Diocleciano impidió el colapso del imperio, aunque su reinado estuvo marcado por la gran persecución del cristianismo, conocida como la Persecución de Diocleciano. Durante su mandato, se estableció una tetrarquía y el imperio se dividió en cuatro regiones, cada una gobernada por un emperador distinto. Convencido de haber resuelto el desorden que aquejaba a Roma, abdicó junto con su coemperador, pero la tetrarquía colapsó poco después.[10]

En el año 313, la tetrarquía entró en colapso y, después de una serie de guerras civiles, Constantino I (r. 306–337) emergió como único emperador. Este fue el primer emperador en convertirse al cristianismo y estableció Constantinopla como la nueva capital del Imperio de Oriente en 330, refundando la antigua ciudad de Bizancio. A lo largo de las dinastías constantiniana y valentiniana, el imperio se dividió en una mitad occidental y otra oriental y el poder fue compartido entre Roma y Constantinopla. La sucesión de emperadores cristianos fue brevemente interrumpida por Juliano (r. 361–363), llamado el Apóstata, al intentar restaurar la religión tradicional. Teodosio I (r. 378–395) fue el último emperador en gobernar el imperio en su conjunto; murió en el 395, después de que el cristianismo se declarara religión oficial del imperio en 380.[11]

2.4 Fragmentación y declive[editar]

A partir del siglo V, el Imperio romano comenzó a fragmentarse a raíz de las migraciones de pueblos germánicos y de los hunos, que superaban en número a la capacidad del imperio para asimilar a los migrantes. Aunque el ejército romano pudo repeler a los invasores —el más notable de ellos fue Atila el Huno (r. 434–453)—, se había asimilado a tantos pueblos de lealtad dudosa que el Imperio empezó a desmembrarse.[12]

La mayor parte de los historiadores data la caída del Imperio romano de Occidente en el año 476, cuando el usurpador Rómulo Augústulo (r. 475–476) fue derrocado por el caudillo germánico Flavio Odoacro. Sin embargo, en lugar de asumir el título de emperador, Odoacro restituyó las insignias imperiales al emperador oriental Zenón y se proclamó a sí mismo gobernante de Italia como subordinado nominal de aquel. En la práctica, Italia quedó gobernada únicamente por Odoacro.[13]

El Imperio romano de Oriente, llamado Imperio bizantino por los historiadores posteriores, continuó existiendo hasta el reinado de Constantino XI Paleólogo, el último emperador romano. Murió en combate en 1453 contra Mehmed II y sus fuerzas otomanas durante el asedio de Constantinopla. Mehmed II adoptó el título de caesar en un intento de reclamar una conexión con el antiguo Imperio.[14]

3. Geografía y demografía[editar]

El Imperio romano fue uno de los más grandes de la historia. Dominó una extensión territorial continua a lo largo de Europa, África del Norte y Oriente Próximo. La noción de imperium sine fine ('imperio sin fin') manifestaba la ideología romana de que su imperio no estaba limitado en el espacio y el tiempo. En la Eneida de Virgilio, se dice que Júpiter concedió a los romanos un imperio sin límites.[15]

La mayor parte de la expansión romana se llevó a cabo durante la República, aunque algunos territorios del norte y centro de Europa no fueron conquistados hasta el siglo I d. C., período que correspondió a la consolidación del poder romano en las provincias. La administración imperial realizaba censos con frecuencia y mantenía registros geográficos meticulosos. Bajo Augusto se exhibió por primera vez en público un «mapa global del mundo conocido», coincidiendo con la creación de la geografía política más completa que sobrevive de la Antigüedad, la Geografía de Estrabón.[16]

El imperio alcanzó su mayor extensión territorial durante el reinado de Trajano (r. 98–117), correspondiente a un área de aproximadamente 5 millones de km², actualmente dividida entre unos cuarenta países modernos. Tradicionalmente, se estimó que la población durante este período llegó a ser de entre cincuenta y cinco y sesenta millones de habitantes, lo que representaba entre una sexta y una cuarta parte de la población mundial y el mayor número de habitantes de cualquier unidad política de Occidente hasta mediados del siglo XIX. Sin embargo, estudios más recientes estimaron que la población pudo alcanzar entre los setenta y cien millones de habitantes.[17]

Cada una de las tres ciudades más grandes del imperio —Roma, Alejandría y Antioquía— tenía aproximadamente el doble del tamaño de cualquier ciudad europea hasta principios del siglo XVII. Adriano, sucesor de Trajano, abandonó la política expansionista y optó por una de consolidación del territorio: defendió, fortificó y patrulló las regiones fronterizas, conocidas como limites. El Muro de Adriano, que separaba el mundo romano de lo que se percibía como una amenaza bárbara constante, es el principal monumento superviviente de este esfuerzo.[18]

4. Idioma[editar]

Los idiomas principales del Imperio eran el latín y el griego, aunque el Imperio era deliberadamente multilingüe. El latín fue el idioma principal en los tribunales y la administración pública del Imperio Occidental y del ejército en todo el imperio, pero no se impuso oficialmente a los pueblos bajo el dominio romano. Al conquistar nuevos territorios, los romanos conservaron las tradiciones y los idiomas locales e introdujeron gradualmente el latín a través de la administración pública y los documentos oficiales. Esta política contrasta con la de Alejandro Magno, quien impuso el griego helenístico como idioma oficial de su imperio.[19]

El griego antiguo se convirtió en la lengua franca de la mitad oriental del Imperio romano, en todo el Mediterráneo oriental y Asia Menor, como herencia del período helenístico que precedió al Imperio. En Occidente, el latín vulgar reemplazó gradualmente a las lenguas celtas e itálicas, un proceso facilitado por compartir raíces indoeuropeas. Hacia el siglo VII, tras el colapso del Imperio de Occidente, el latín hablado se fragmentó en las incipientes lenguas romances, entre las que se encuentra el español.[20]

Aunque los emperadores julio-claudios alentaron el uso del latín en los asuntos oficiales, el griego siguió siendo el idioma literario entre la élite cultural romana, y la mayoría de los gobernantes lo hablaban con fluidez. Claudio intentó limitar el uso del griego, incluso revocando la ciudadanía a quienes no sabían latín, aunque en el propio Senado había embajadores nativos griegos. En el Imperio de Oriente, las leyes y los documentos oficiales se tradujeron regularmente del latín al griego.[21]

La referencia constante a los intérpretes en la literatura y los documentos oficiales indica la prevalencia de un gran número de idiomas locales. Los juristas romanos se preocupaban por garantizar que las leyes y los juramentos se tradujeran y entendieran correctamente en idiomas como el púnico, el galo, el arameo o el copto, predominante en Egipto. En algunas regiones, como en la provincia de África, el púnico se utilizó en monedas e inscripciones en edificios públicos, algunos bilingües junto al latín. Sin embargo, la hegemonía de este último entre las élites comprometió la continuidad de varios idiomas locales, ya que la mayoría de las culturas dentro del imperio eran predominantemente de tradición oral.[22]

5. Ejército romano[editar]

El mando supremo del ejército correspondía al emperador. Fuera de Italia, en los territorios provinciales, el mando correspondía al gobernador provincial, aunque este estaba supeditado al emperador, que podía apartarlo cuando quisiera. El número de legiones osciló durante toda la época imperial, con un máximo cercano a la treintena.

Las clases altas de caballeros y senadores fueron desapareciendo del ejército, de modo que las legiones debían reclutarse entre los ciudadanos, primero en Italia y después progresivamente en las provincias donde estaban acantonadas, destacando los mauros, los tracios y sobre todo los ilirios. Desde Adriano, el reclutamiento se hizo casi exclusivamente en las provincias donde servía la legión, y por fin se recurrió a mercenarios extranjeros, sobre todo germanos. Con la entrada de los proletarios, el ejército se profesionalizó, si bien estos soldados tenían más facilidad para el motín y el saqueo.[23]

La legión disponía de arsenales y de talleres de fabricación y reparación. Los soldados recibían un sueldo, donativos imperiales en ocasión del acceso al trono, las fiestas o los motines, regalos y el botín de guerra. La ración de alimentos diaria fue creciendo y se le proporcionaba trigo, sal, vino, vinagre, carne fresca y carne salada.

5.1 Estructura de la legión[editar]

Una típica legión romana, cuyo emblema era un águila plateada, consistía en diez cohortes, cada una de ellas con cinco o seis centurias de ochenta hombres subdivididas en diez contubernios. Cada legión contaba pues con entre cinco y seis mil hombres de infantería, divididos en cincuenta o sesenta centurias, junto con unidades auxiliares regulares y de caballería (alae) con ciento veinte hombres de caballería.[24]

El emperador y, en su nombre, el gobernador provincial designaban a los legatus legionis, lugartenientes de la legión con funciones de pretor, y a sus asistentes los tribunos militares y los centuriones. Los centuriones eran los oficiales básicos de infantería, con la centuria de ochenta hombres como unidad fundamental. El centurión de más prestigio era el primus pilus, habitualmente el más veterano.

El equipamiento de los legionarios cambiaba sustancialmente dependiendo del rango. Durante las campañas, los legionarios iban equipados con armadura (lorica segmentata), escudo (scutum), casco (galae), una lanza pesada y una ligera (pilum), una espada corta (gladius), una daga (pugio), sandalias (caligae), una mochila de marcha (sarcina), comida y agua para dos semanas, equipo de cocina, dos estacas para la construcción de muros y una pala o cesta.

Los campamentos se convirtieron en plazas fuertes. Disponían de murallas y torreones y se dividían interiormente en cuatro partes marcadas por dos vías perpendiculares. Contenían sala de baños, sala de reuniones, capillas, oficinas, cárcel, hospital y almacenes. Los mercaderes, artistas y artesanos acudían a sus alrededores y se establecían, constituyéndose aglomeraciones urbanas que crecían en los barrios exteriores para la población civil (canabae) con casas de baños, anfiteatros y otros edificios públicos.

6. Armada romana[editar]

La Armada romana (en latín classis, literalmente 'flota') comprendió las fuerzas navales del antiguo Estado romano. A pesar de desempeñar un papel decisivo en la expansión romana por el Mediterráneo, la armada nunca tuvo el prestigio de las legiones. A lo largo de su historia, los romanos fueron un pueblo esencialmente terrestre y dejaron los temas náuticos en manos de pueblos más familiarizados con ellos, como los griegos y los egipcios, para construir barcos y mandarlos. Parcialmente debido a esto, la armada nunca fue totalmente abrazada por el Estado romano y se consideraba «no romana».[25]

En la Antigüedad, las armadas y las flotas comerciales no tenían la autonomía logística que tienen en la actualidad. A diferencia de las fuerzas navales modernas, la armada romana, incluso en su apogeo, no existió de forma autónoma, sino que operó como un adjunto del ejército romano.

En el transcurso de la primera guerra púnica, la armada fue expandida masivamente y jugó un papel vital en la victoria romana y en la ascensión de la República a la hegemonía en el Mediterráneo. Durante la primera mitad del siglo II a. C., Roma destruyó Cartago y subyugó los reinos helenísticos del este del Mediterráneo, logrando el dominio completo de todas las orillas del mar interior, que llamaron Mare Nostrum ('nuestro mar'). Las flotas romanas volvieron a tener un papel preponderante en el siglo I a. C. en las guerras contra los piratas y en las guerras civiles que provocaron la caída de la República.

Durante el período imperial, el Mediterráneo fue un pacífico «lago romano» por la ausencia de un rival marítimo, y la armada quedó reducida mayormente a patrullaje y tareas de transporte. Sin embargo, en las fronteras del Imperio, en las nuevas conquistas o, cada vez más, en la defensa contra las invasiones bárbaras, las flotas romanas estuvieron plenamente implicadas. El declive del Imperio en el siglo III se sintió en la armada, que quedó reducida a la sombra de sí misma, tanto en tamaño como en capacidad de combate. A comienzos del siglo V, las fronteras del imperio fueron quebradas y pronto aparecieron reinos bárbaros en las orillas del Mediterráneo occidental. Uno de ellos, el pueblo vándalo, creó una flota propia y atacó las costas del Mediterráneo, llegando incluso a saquear Roma, mientras las disminuidas flotas romanas fueron incapaces de ofrecer resistencia.[26]

7. Economía[editar]

La economía del Imperio se basaba en una red de economías regionales, en las que el Estado intervenía y regulaba el comercio para asegurarse sus propios ingresos. La expansión territorial permitió que se reorganizara el uso de la tierra, lo que condujo a la producción de excedentes agrícolas y a una progresiva división del trabajo, particularmente en el norte de África. Algunas ciudades se definían a sí mismas como los principales centros regionales de una determinada industria o actividad comercial. La escala de los edificios en las áreas urbanas indicaba una industria de la construcción completamente desarrollada.[27]

Durante los primeros siglos del Imperio, las redes de carreteras y transporte se expandieron significativamente, uniendo rápidamente las economías regionales. El crecimiento económico, aunque no es comparable al de las economías modernas, fue superior al de la mayoría de las sociedades previas a la industrialización.

7.1 Moneda y banca[editar]

La economía del Imperio se monetizaba universalmente. La normalización del dinero y las formas de pago impulsó la integración comercial y económica en las provincias. Hasta el siglo IV, la unidad monetaria básica era el sestercio, aunque al comienzo de la dinastía severa también se usó el denario de plata, que valía cuatro sestercios. La moneda de circulación corriente de menor valor era el as de bronce, que valía un cuarto de sestercio. Los romanos de los siglos I y II contaban las monedas en lugar de pesarlas, lo que indica que el valor se atribuía según su valor fiduciario y no según el valor del metal.[28]

Roma no tenía banco central, por lo que la regulación del sistema bancario era mínima. Las reservas de los bancos de la Antigüedad clásica eran en general inferiores a los depósitos totales de los clientes. La mayoría de los bancos tenían solo una sucursal, aunque algunos de los más grandes tenían hasta quince. Un banquero comercial llamado argentarius recibía y mantenía depósitos por un tiempo indefinido o a plazo fijo, haciendo también préstamos a terceros.[29]

El gobierno no pidió dinero prestado: en ausencia de deuda pública, el déficit tenía que ser financiado con reservas monetarias. Durante la crisis del siglo III, la disminución del comercio de larga distancia, la interrupción de la minería y la transferencia de valores al exterior por parte de los invasores redujeron significativamente el dinero en circulación. Los emperadores de las dinastías antonina y severa devaluaron drásticamente la moneda, particularmente el denario, debido a la presión con el pago a los militares. Diocleciano implementó varias reformas monetarias e introdujo el sólido de oro, pero el mercado crediticio nunca recuperó su fuerza anterior.

7.2 Minería y metalurgia[editar]

Las principales regiones mineras del Imperio eran la península ibérica (plata, cobre, plomo, hierro y oro); la Galia (oro, plata, hierro); Britania (principalmente hierro, plomo, estaño); las provincias del Danubio (oro, hierro); Macedonia y Tracia (oro, plata); y Asia Menor (oro, plata, hierro, estaño).[30]

La península ibérica ocupó un lugar destacado en la producción de metales preciosos, particularmente plata y oro. Las minas de la provincia de Hispania fueron explotadas intensivamente, y las Medulas en la actual provincia de León constituyen uno de los ejemplos más importantes de la técnica minera romana de ruina montium, que consistía en el derrumbe de montañas mediante la presión del agua.[31]

7.3 Transporte y comunicaciones[editar]

Los romanos favorecían el transporte de mercancías por mar o río, ya que el transporte por tierra era más difícil y costoso. Los veleros romanos navegaban no solo por el Mediterráneo, sino también por todos los principales ríos del imperio, incluidos el Guadalquivir, el Ebro, el Ródano, el Rin, el Tíber y el Nilo.[32]

El transporte terrestre hacía uso de una compleja y avanzada red de calzadas romanas. Los impuestos en especie pagados por las comunidades locales requerían viajes frecuentes de funcionarios administrativos, animales y vehículos del sistema estatal de correos y transporte implementado por Augusto, el Cursus publicus. La primera vía, la Vía Apia, fue creada en el 312 a. C. por Apio Claudio el Ciego para unir Roma con la ciudad de Capua. En su apogeo, la red de carreteras romanas tenía hasta 400.000 km de carreteras, 80.500 de las cuales estaban pavimentadas.[33]

Cada siete o doce millas romanas había una mansio, una estación de servicio para los funcionarios públicos mantenida por el Estado. Entre los empleados de estos puestos se encontraban choferes, secretarias, herreros, veterinarios y algunos militares. La distancia entre las mansiones se determinaba por la distancia que podía recorrer un carro en el transcurso de un día, y algunas podían crecer hasta convertirse en pequeñas ciudades o almacenes comerciales. Un mensajero necesitaba aproximadamente nueve días para viajar entre Roma y Mogontiacum, en la provincia de Germania Superior.

8. Sociedad[editar]

El Imperio romano era una sociedad multicultural, con una sorprendente capacidad de cohesión capaz de crear un sentido de identidad común asimilando a los pueblos más diversos. La preocupación romana por la creación de monumentos y espacios comunitarios abiertos al público, como foros, anfiteatros, circos o balnearios, ayudó a establecer el sentimiento de «romanidad» común. Si bien la sociedad romana poseía un complejo sistema de jerarquías, este es difícilmente compatible con el concepto moderno de «clase social».[34]

Las dos décadas de guerra civil previas al gobierno de Augusto dejaron a la sociedad romana tradicional en un estado de confusión y conmoción. Sin embargo, la dilución de la rígida jerarquía de la república condujo a una creciente movilidad social entre los romanos, tanto hacia arriba como hacia abajo, más expresiva que en cualquier otra sociedad antigua documentada. Las mujeres y los esclavos tuvieron oportunidades que antes les estaban prohibidas.

La vida social en el Imperio era impulsada también por la proliferación de asociaciones voluntarias y hermandades (collegia y sodalitates) formadas para diversos fines: gremios profesionales y comerciales, grupos de veteranos, asociaciones religiosas, clubes gastronómicos y compañías artísticas. En el gobierno de Nerón, no era raro que un esclavo fuera más rico que un ciudadano nacido libre, o que un équite tuviera más influencia que un senador.

8.1 Ciudadanía[editar]

Según el jurista Gayo, la principal distinción entre personas en el derecho romano era entre ciudadanos libres (liberi) y esclavos (servi). El estatus legal de los ciudadanos libres podía especificarse según su ciudadanía. Durante el comienzo del imperio, solo un número limitado de hombres tenían pleno derecho a la ciudadanía romana, lo que les permitía votar, presentarse a las elecciones y ser ordenados sacerdotes. La mayoría de los ciudadanos tenían solo derechos limitados, pero tenían derecho a protección legal y a otros privilegios que estaban prohibidos a quienes no tenían la ciudadanía. Los hombres libres que vivían dentro del imperio pero que no eran considerados ciudadanos tenían la condición de peregrinus, considerados como «no-romanos».[35]

En el año 212, mediante el Edicto de Caracalla, el emperador extendió el derecho de ciudadanía a todos los habitantes libres del imperio, revocando todas las leyes que distinguían a los ciudadanos de los no-ciudadanos. Tras esta universalización de la ciudadanía, se esperaba que los ciudadanos que no sabían latín adquirieran algunas nociones básicas del idioma, aunque muchos ciudadanos romanos carecían de conocimiento del latín.

8.2 Esclavitud[editar]

En la época de Augusto, alrededor del 35% de los residentes en Italia eran esclavos. La esclavitud era una institución compleja y económicamente útil que sustentaba la estructura social romana, puesto que la industria y la agricultura dependían de ella. En las ciudades, los esclavos podían ejercer diversas profesiones, incluidos maestros, médicos, cocineros y contables, aunque la mayoría realizaba solo tareas poco calificadas. Fuera de Italia, los esclavos constituían en promedio entre el 10 y el 20% de la población.[36]

La esclavitud romana no se basó en la discriminación racial. Durante la expansión republicana, período en el que se generalizó la esclavitud, la principal fuente de esclavos fueron los prisioneros de guerra de las más diversas etnias. La conquista de Grecia trajo a Roma un gran número de esclavos extremadamente calificados y educados. Los esclavos también podían venderse en los mercados y, ocasionalmente, ser capturados por piratas. Entre otras fuentes de esclavos se encontraban el abandono de niños y la autoesclavitud entre los más pobres.

Aunque la esclavitud disminuyó en los siglos III y IV, siguió siendo una parte integral de la sociedad romana hasta el siglo V, desapareciendo gradualmente durante los siglos VI y VII. Esto ocurrió en paralelo al declive de los centros urbanos y a la desintegración del complejo sistema económico.

9. Legado[editar]

El legado de Roma fue inmenso, especialmente en Europa Occidental. En el territorio del Imperio romano se fundaron muchas de las grandes e importantes ciudades de la actual Europa Occidental, el norte de África, Anatolia y el Levante. Ejemplos son París (Lutecia), Estambul (Constantinopla), Viena (Vindobona), Zaragoza (Caesaraugusta), Mérida (Augusta Emerita), Milán (Mediolanum), Londres (Londinium) y Lyon (Lugdunum), entre muchos otros.[37]

Varios fueron los intentos de restauración del Imperio, al menos en su denominación. Destacan las campañas de reconquista del emperador Justiniano el Grande en el siglo VI y el establecimiento del Imperio carolingio por Carlomagno en el año 800, el cual evolucionaría en el Sacro Imperio Romano Germánico. Sin embargo, ninguno llegó a reunificar todos los territorios del Mediterráneo como una vez logró la Roma de tiempos clásicos.

Las instituciones republicanas de Roma influyeron en las repúblicas de las ciudades-estado italianas del período medieval, en los primeros Estados Unidos y en las repúblicas democráticas modernas. El redescubrimiento de la ciencia y la tecnología clásicas en la Europa medieval contribuyó a la Revolución Científica. El derecho romano es la base de muchos sistemas jurídicos modernos, incluidos los de América Latina.

10. Presencia e influencia en el mundo hispanohablante[editar]

El Imperio romano dejó una huella profunda en el mundo hispanohablante, tanto en la península ibérica como en Hispanoamérica a través de la lengua y el derecho. La península ibérica fue incorporada al dominio romano a partir del siglo III a. C. y dividida en las provincias de Hispania Citerior e Hispania Ulterior, y posteriormente reorganizada en Tarraconense, Bética y Lusitania.[38]

Dos emperadores romanos nacieron en la ciudad de Itálica, en la actual provincia de Sevilla: Trajano (r. 98–117) y su sucesor Adriano (r. 117–138). Este hecho es celebrado en la historia española como muestra de la profunda romanización de Hispania.[39]

El latín hablado en Hispania evolucionó hasta convertirse en el español, y muchas ciudades de España e Hispanoamérica conservan nombres de origen romano o fueron fundadas directamente por Roma. Caesaraugusta corresponde a la actual Zaragoza, Augusta Emerita a Mérida y Tarraco a Tarragona. En América Latina, el legado romano es principalmente lingüístico y jurídico: el idioma español, lengua romance derivada del latín vulgar, y el derecho civil, heredero del derecho romano, son dos de las vías más directas de influencia.

En cuanto a visitas turísticas, los sitios romanos en España —como el acueducto de Segovia, el teatro de Mérida y el anfiteatro de Itálica— son destino habitual de viajeros latinoamericanos interesados en la historia antigua. Sin embargo, no existe un equivalente a un «estreno en español» para un tema histórico como este; la recepción del Imperio romano en el mundo hispanohablante se transmite principalmente mediante la educación formal, los museos y la literatura histórica en español.[40]

El Imperio romano no realizó, como tal, giras o eventos en territorios actualmente hispanohablantes de América, ya que el continente americano no formó parte del mundo romano. La conexión es puramente heredada: a través de la lengua, el derecho y la tradición cultural europea trasladada a América a partir del siglo XV.


  1. El Estado romano no disponía de un nombre oficial único. Algunas formas empleadas por los romanos y los griegos eran Rēs pūblica Pōpulī Rōmānī, Imperium Rōmānōrum y Βασιλεία τῶν Ῥωμαίων ('dominio de los romanos'). El término Romania aparece en las fuentes griegas y latinas del siglo IV en adelante y fue empleado durante el período bizantino. ↩︎

  2. Los gobernantes del Imperio romano clásico nunca usaron el título de «emperador romano»; es una abreviatura práctica para una complicada reunión de cargos y poderes. Lo más cercano a un título imperial fue el nombre de Augustus, aunque Imperator fue el término que acabó popularizándose en Europa occidental. ↩︎

  3. La República no era un Estado en el sentido contemporáneo, sino más bien una red de ciudades, en la que cada una contaba con un grado diferente de autonomía en relación con el Senado. Las provincias eran administradas por cónsules y pretores, elegidos para ejercer un mandato de un año. ↩︎

  4. Imperator no adquirió el significado de «gobernante» hasta finales del siglo I d. C. Tanto Caesar como Augustus evolucionaron hasta convertirse en títulos formales; en algunas lenguas, Caesar dio origen a la palabra «emperador», como en alemán Kaiser y en algunas lenguas eslavas tsar. ↩︎

  5. La batalla de Accio, librada el 2 de septiembre de 31 a. C. frente a las costas de Grecia, fue la batalla naval decisiva que puso fin a las guerras civiles de la República tardía. ↩︎

  6. Las revueltas en las provincias eran poco frecuentes y eran sofocadas, en palabras de la historiadora Mary T. Boatwright, «despiadada y rápidamente». ↩︎

  7. Aunque la república seguía existiendo en nombre, Augusto poseía toda la autoridad significativa. El historiador Ronald Syme describió este arreglo como «la Revolución romana», en la que las formas republicanas ocultaban un régimen monárquico. ↩︎

  8. Adriano es particularmente notable por consolidar las fronteras del Imperio. En Judea, tras la revuelta de Bar Kokhba (132–135 d. C.), refundó Jerusalén como colonia romana con el nombre de Aelia Capitolina, superponiendo un nuevo plano urbano romano sobre la ciudad judía destruida. ↩︎

  9. La crisis del siglo III fue un período de invasiones, guerras civiles, desorden económico y peste que amenazó la existencia del Imperio. Los imperios galo y palmireno se separaron temporalmente, y una serie de emperadores de corta duración gobernaron el Imperio, que fue reunificado bajo Aureliano (r. 270–275). ↩︎

  10. La tetrarquía fue un sistema de gobierno instaurado por Diocleciano en el que el Imperio se dividió en cuatro regiones, cada una gobernada por un emperador distinto: dos emperadores mayores con el título de Augusto y dos subordinados con el título de César. ↩︎

  11. La división del Imperio en el año 395, a la muerte de Teodosio I, es una convención moderna. Los romanos continuaron considerando el Imperio como un solo Estado con dos copríncipes hasta la caída de la mitad occidental en 476. ↩︎

  12. Atila el Huno, que estaba en gran medida romanizado, fue el invasor más notable al que se enfrentó el Imperio. El ejército romano pudo repelerlo, pero el Imperio ya había asimilado a tantos pueblos germánicos de lealtad dudosa que comenzó a desmembrarse. ↩︎

  13. Odoacro, un caudillo germánico de origen hérulo o esciro, destronó a Rómulo Augústulo en 476. En lugar de asumir el título de emperador, devolvió las insignias imperiales a Constantinopla y gobernó Italia como subordinado nominal del emperador Zenón. ↩︎

  14. Mehmed II adoptó el título de Kayser-i Rûm ('César de Roma') en un intento de reclamar una conexión con el antiguo Imperio. Su reclamación fue pronto reconocida por el Patriarcado de Constantinopla, pero no por los monarcas europeos. ↩︎

  15. La expresión imperium sine fine manifestaba la ideología romana de que su imperio no estaba limitado en el espacio y el tiempo. En la Eneida de Virgilio, se dice que Júpiter concedió a los romanos un imperio sin límites. ↩︎

  16. Bajo Augusto se exhibió por primera vez en público en Roma un «mapa global del mundo conocido», en coincidencia con la creación de la geografía política más completa que sobrevive de la Antigüedad, la Geografía de Estrabón. ↩︎

  17. Las estimaciones tradicionales de población (55–60 millones) se basan en censos oficiales que, sin embargo, no reflejan la verdadera realidad demográfica. El capítulo VIII de las Res gestae Divi Augusti registra 4.937.000 ciudadanos romanos, una cifra que solo representa una pequeña parte del Imperio. Los estudios demográficos del siglo XXI han argumentado un pico de entre 70 y más de 100 millones de habitantes. ↩︎

  18. El Muro de Adriano, construido a partir del año 122 d. C. en el norte de Inglaterra, separaba el mundo romano de lo que se percibía como una amenaza bárbara constante y es el principal testimonio superviviente de la política de consolidación fronteriza del emperador Adriano. ↩︎

  19. Esta política contrasta con la de Alejandro Magno, quien impuso el griego helenístico como idioma oficial de su imperio. Los romanos, en cambio, conservaron las tradiciones y los idiomas locales e introdujeron gradualmente el latín a través de la administración pública y los documentos oficiales. ↩︎

  20. El español es una lengua romance derivada del latín vulgar. El momento decisivo de la fragmentación lingüística del latín hablado se sitúa hacia el siglo VII d. C., tras la conquista islámica del norte de África e Iberia, que interrumpió las conexiones entre las regiones occidentalmente romanizadas. ↩︎

  21. Se ha descrito el uso simultáneo del latín y el griego como un estado de diglosia, aunque el término no explica completamente la situación: el griego era «alto» frente a un latín «superalto». ↩︎

  22. En la provincia de África, el púnico se utilizó en monedas e inscripciones en edificios públicos hasta el siglo II d. C. La última referencia al galo se encuentra en la obra de Gregorio de Tours, entre 560 y 575. ↩︎

  23. Los ilirios destacaron especialmente como soldados del ejército romano. Con la entrada de los proletarios en el ejército, este se profesionalizó, pero estos soldados tenían más facilidad para el motín y el saqueo. ↩︎

  24. La legión romana consistía en diez cohortes, cada una de ellas con cinco o seis centurias de ochenta hombres subdivididas en diez contubernios. El contubernio era la unidad básica de ocho legionarios que compartían tienda. ↩︎

  25. La armada romana se consideraba «no romana» en parte porque los romanos dejaban los asuntos náuticos en manos de griegos y egipcios, pueblos más familiarizados con el mar. La legión, en cambio, era vista como la institución militar romana por excelencia. ↩︎

  26. Los vándalos, pueblo germánico establecido en el norte de África, crearon una flota propia y saquearon Roma en el año 455. Las flotas romanas, ya muy disminuidas, no pudieron ofrecer resistencia. ↩︎

  27. Documentos en papiro demuestran métodos de contabilidad complejos que sugieren elementos de racionalismo económico en una economía altamente monetizada, aunque el crecimiento económico no es comparable al de las economías modernas. ↩︎

  28. En el sistema monetario del Alto Imperio, un áureo de oro equivalía a 25 denarios de plata; un denario equivalía a 4 sestercios; un sestercio equivalía a 4 ases; y un as equivalía a 4 cuadrantes. ↩︎

  29. Se tiene conocimiento de al menos una crisis crediticia en el Imperio, ocurrida en el año 33, durante la cual el gobierno central intervino en el mercado con un rescate financiero (mensae) de 100 millones de sestercios. ↩︎

  30. La península ibérica fue una de las principales regiones mineras del Imperio, con importantes yacimientos de plata, cobre, plomo, hierro y oro. Las minas de Río Tinto en Huelva y las del Alto Guadalquivir fueron explotadas intensivamente por Roma. ↩︎

  31. Las Médulas, en la actual provincia de León, España, son uno de los ejemplos más importantes de la técnica minera romana de ruina montium, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. ↩︎

  32. Los veleros romanos navegaban por todos los principales ríos del imperio. En la península ibérica, el Guadalquivir (Baetis) y el Ebro (Iberus) fueron vías de transporte fundamentales para los productos agrícolas y mineros. ↩︎

  33. La red de calzadas romanas alcanzó hasta 400.000 km de carreteras, 80.500 de las cuales estaban pavimentadas. La Vía Apia, construida en 312 a. C., unía Roma con Capua y posteriormente se extendió hasta Brindisi. ↩︎

  34. El concepto moderno de «clase social» es difícilmente aplicable a la sociedad romana, que poseía un complejo sistema de jerarquías basadas en la ciudadanía, el estatus jurídico, la riqueza y el grado de influencia social. ↩︎

  35. En el año 212, el Edicto de Caracalla extendió la ciudadanía a todos los habitantes libres del imperio. Sin embargo, la mayoría de los habitantes del Imperio siguió sin tener acceso a los cargos políticos superiores, reservados a las élites senatoriales y ecuestres. ↩︎

  36. La esclavitud romana no se basó en la discriminación racial; la principal fuente de esclavos fueron los prisioneros de guerra de las más diversas etnias. La proporción de esclavos en Italia en tiempos de Augusto se estima en alrededor del 35% de la población. ↩︎

  37. Muchas de las grandes ciudades de la actual Europa Occidental, el norte de África, Anatolia y el Levante fueron fundadas o desarrolladas por Roma. La red urbana romana sentó las bases del sistema de ciudades europeo que perdura hasta hoy. ↩︎

  38. La península ibérica fue incorporada al dominio romano a partir de la segunda guerra púnica (218–201 a. C.) y completada con las guerras cántabras (29–19 a. C.) bajo Augusto. La provincialización inicial distinguió entre Hispania Citerior e Hispania Ulterior. ↩︎

  39. Trajano nació en Itálica en el año 53 d. C. [sin verificar] y Adriano en el mismo lugar o en Roma en el año 76 d. C. [sin verificar]. Ambos pertenecían a familias senatoriales de origen itálico. ↩︎

  40. A diferencia de obras audiovisuales, el Imperio romano no tiene un «estreno en español»; la recepción en el mundo hispanohablante se transmite principalmente mediante la educación formal, los museos y la literatura histórica. ↩︎