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Edad Media

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Edad Media
Otros nombresMedievo, Medioevo
Período histórico deCivilización occidental
Inicio convencional476 (caída del Imperio romano de Occidente)
Fin convencional1492 (descubrimiento de América)
Fines alternativos1453 (caída de Constantinopla), 1517 (Reforma protestante)
Precedida porEdad Antigua
Seguida porEdad Moderna
Civilizaciones centralesCristiandad latina, Imperio bizantino, mundo islámico
Procesos principalesFeudalismo, expansión del cristianismo y del islam, Reconquista, Cruzadas

1. Resumen[editar]

La Edad Media —también llamada Medievo o Medioevo— es el período histórico de la civilización occidental comprendido entre los siglos V y XV, sucesor de la Edad Antigua y predecesor de la Edad Moderna. Convencionalmente, su inicio se sitúa en el año 476 con la caída del Imperio romano de Occidente y su fin en 1492 con el descubrimiento de América.[1] Algunos autores prefieren el año 1453, cuando la caída de Constantinopla ante los otomanos coincidió con la invención de la imprenta —la publicación de la Biblia de Gutenberg— y con el fin de la guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra.[2] Con los límites 476–1492, la Edad Media abarcó un período de 1016 años.

No existe una fecha de finalización universalmente aceptada. Los historiadores actuales prefieren además matizar la ruptura entre la Edad Antigua y la Edad Media, y suelen hablar de Antigüedad Tardía para el período de transición entre los siglos III y VIII. Durante esa etapa se transformaron todos los ámbitos: en lo económico, el modo de producción esclavista dio paso al modo de producción feudal; en lo social, el concepto de ciudadanía romana cedió ante los estamentos medievales; en lo político, las estructuras centralizadas del Imperio romano dieron paso a una dispersión del poder; y en lo ideológico y cultural, la cultura clásica dejó lugar a las culturas teocéntricas cristiana e islámica.[3]

La Edad Media suele dividirse en dos grandes períodos: la Alta Edad Media (siglos V a X, sin una clara diferenciación con la Antigüedad Tardía) y la Baja Edad Media (siglos XI a XV). Esta última puede dividirse a su vez en un período de plenitud, la Plena Edad Media (siglos XI a XIII), y los dos últimos siglos, marcados por la crisis del siglo XIV.

Lejos de ser una época inmovilista, la Edad Media —que comenzó con migraciones de pueblos enteros y continuó con grandes procesos repobladores, como la Repoblación en la península ibérica o la Ostsiedlung en Europa Oriental— vio cómo en sus últimos siglos los antiguos caminos romanos decaídos se reparaban y modernizaban con puentes, y se llenaban de toda clase de viajeros: guerreros, peregrinos, mercaderes, estudiantes y goliardos. La metáfora espiritual de la vida como un viaje, el homo viator, resumía esa condición.[4]

2. Concepto y periodización[editar]

La expresión "Edad Media" nació como etiqueta para designar la segunda edad de la división tradicional del tiempo histórico. El primero en señalar la unidad del período comprendido entre los siglos V y XV fue el humanista Flavio Biondo, pero el uso temprano del término suele atribuirse al obispo de Alesia, Giovanni Andrea dei Bussi, quien en una carta de 1469 habló de media tempestas, es decir, unos "tiempos medios" que servían de puente entre la antigüedad clásica, mitificada, y los nuevos tiempos, que habían vuelto los ojos hacia aquel período de esplendor. Expresiones como medium aevum, media tempestas y media aetas aparecen en historiadores y filólogos desde comienzos del siglo XVI.[5]

La fijación académica del concepto llegó en 1688, cuando Cristóbal Keller, conocido como Cellarius, publicó en Jena su Historia Medii Aevi a temporibus Constantini Magni ad Constantinopolim a Turcis captam deducta. Keller consideraba la Edad Media como un tiempo intermedio, sin apenas valor por sí mismo, entre la Edad Antigua —identificada con el arte y la cultura de la civilización grecorromana— y la renovación cultural de la Edad Moderna, que comenzaba con el Renacimiento y el Humanismo.

Esta visión devaluadora consolidó un preconcepto erróneo, según el cual la Edad Media habría sido una época de retroceso intelectual y cultural, de aletargamiento social y económico secular, dominada por el aislamiento, la ignorancia, la teocracia, la superstición y el miedo milenarista alimentado por la inseguridad, la violencia de guerras e invasiones y las epidemias. Esa imagen fue reforzada por los revolucionarios que combatieron el Antiguo Régimen, que presentaron el feudalismo en sus rasgos más oscurantistas.[6]

La popularización de este esquema perpetuó la idea de un milenio oscuro entre dos épocas luminosas, una imagen que la historiografía profesional del siglo XX se dedicó a corregir. En ese milenio ocurrieron hechos y procesos muy diferentes entre sí, diferenciados temporal y geográficamente, respondiendo tanto a influencias mutuas con otras civilizaciones como a dinámicas internas. Muchos de ellos tuvieron una gran proyección hacia el futuro, entre ellos los que sentaron las bases de la posterior expansión europea y el desarrollo de los agentes sociales que formaron una sociedad estamental de base predominantemente rural, pero que presenció el nacimiento de una incipiente vida urbana y de una burguesía que con el tiempo desarrollaría el capitalismo.[7]

También surgieron en la Edad Media formas políticas nuevas, que van desde el califato islámico a los poderes universales de la cristiandad latina —el papado y el Sacro Imperio Romano Germánico—, el Imperio bizantino y los reinos eslavos integrados en la cristiandad oriental; en menor escala, ciudades estado como las pequeñas ciudades episcopales alemanas o repúblicas marítimas que mantuvieron imperios, como Venecia; y en el punto intermedio, la que tuvo mayor proyección futura: las monarquías feudales, que transformadas en monarquías autoritarias prefigurarían el Estado moderno.

[ Desplegar / Plegar — Principales hitos cronológicos de referencia ]
  • 313: Edicto de Milán, tolerancia del cristianismo.
  • 395: División definitiva del Imperio romano entre Oriente y Occidente.
  • 406: Cruce del limes del Rin por suevos, vándalos y alanos.
  • 410: Saqueo de Roma por los godos de Alarico I.
  • 476: Deposición de Rómulo Augústulo, fin convencional del Imperio romano de Occidente.
  • 527–565: Reinado de Justiniano I en Bizancio.
  • 529: Fundación del monasterio de Montecassino por Benito de Nursia.
  • 589: Conversión de Recaredo al catolicismo.
  • 732: Batalla de Poitiers, Carlos Martel frena la expansión musulmana.
  • 800: Coronación de Carlomagno como emperador.
  • 843: Tratado de Verdún, división del Imperio carolingio.
  • 988: Conversión del príncipe Vladimiro I de Kiev al cristianismo ortodoxo.
  • 1095: Concilio de Clermont, convocatoria de la Primera Cruzada.
  • 1099: Toma de Jerusalén por los cruzados.
  • 1085: Toma de Toledo por el reino de Castilla.
  • 1212: Batalla de Las Navas de Tolosa.
  • 1248: Toma de Sevilla por Fernando III de Castilla.
  • 1309–1377: Papado de Aviñón.
  • 1337–1453: Guerra de los Cien Años.
  • 1348–1351: Peste negra en Europa.
  • 1378–1417: Cisma de Occidente.
  • 1453: Caída de Constantinopla ante los otomanos.
  • 1492: Conquista de Granada y descubrimiento de América.

3. El inicio de la Edad Media[editar]

3.1 La Antigüedad Tardía[editar]

Aunque la fecha más extendida para el inicio de la Edad Media es el año 476, lo cierto es que no puede ubicarse un comienzo exacto: la Edad Media no nace, sino que "se hace" a consecuencia de un largo y lento proceso de unos cinco siglos. Ese proceso comienza con la crisis del siglo III, vinculada a los problemas de reproducción inherentes al modo de producción esclavista, que necesitaba una expansión imperial continua que ya no se producía tras la fijación del limes romano. Posiblemente también confluyeron factores climáticos que provocaron malas cosechas y epidemias, y de un modo mucho más evidente las primeras invasiones germánicas y las sublevaciones campesinas conocidas como bagaudas.[8]

Desde Caracalla la ciudadanía romana se extendía a todos los hombres libres del Imperio, muestra de que una condición antes tan codiciada había dejado de ser atractiva. El Bajo Imperio adquirió un aspecto cada vez más medieval desde principios del siglo IV con las reformas de Diocleciano: se difuminaron las diferencias entre esclavos, cada vez más escasos, y colonos, campesinos formalmente libres pero sujetos a condiciones crecientes de servidumbre, que perdieron la libertad de cambiar de domicilio, obligados a trabajar siempre la misma tierra. Los cargos públicos —antes disputados en reñidas elecciones— y los oficios artesanales se hicieron hereditarios y sometidos a colegiación, precedente de los gremios, todo para evitar la evasión fiscal y la despoblación de las ciudades, cuyo papel de centro de consumo, comercio y articulación de las zonas rurales se debilitaba cada vez más.

El otro cambio decisivo fue la implantación del cristianismo como nueva religión oficial. El Edicto de Milán (313), con el que Constantino I recompensó a los hasta entonces perseguidos cristianos por su ayuda providencialista en la batalla del Puente Milvio (312), precedió al Edicto de Tesalónica (380), promulgado por Teodosio I el Grande, que convirtió al cristianismo niceno en religión del Imperio. De esa alianza entre el poder imperial y la jerarquía eclesiástica surgió también la pseudo-"donación de Constantino", documento apócrifo que reclamaba la cesión del poder temporal sobre Roma al papa, y cuya falsedad demostró el humanista Lorenzo Valla en 1440.[9]

3.2 La caída del Imperio romano de Occidente[editar]

Ningún acontecimiento concreto —a pesar de la abundancia y concatenación de hechos catastróficos— determinó por sí mismo el fin de la Edad Antigua y el inicio de la Edad Media: ni los sucesivos saqueos de Roma, por los godos de Alarico I en 410, por los vándalos en 455, por las propias tropas imperiales de Ricimero en 472 y por los ostrogodos en 546; ni la pavorosa irrupción de los hunos de Atila entre 450 y 452, con la batalla de los Campos Cataláunicos y el célebre encuentro con el papa León I el Magno; ni el derrocamiento de Rómulo Augústulo, último emperador romano de Occidente, por Odoacro, jefe de los hérulos, en 476. Ninguno de estos sucesos fue considerado por sus contemporáneos como iniciador de una nueva época.

La culminación a finales del siglo V de una serie de procesos de larga duración —la grave dislocación económica, las invasiones y el asentamiento de los pueblos germanos en el Imperio romano— hizo cambiar la faz de Europa. Durante los tres siglos siguientes, Europa Occidental mantuvo un período de unidad cultural, inusual para este continente, instalada sobre la compleja y elaborada cultura del Imperio romano, que nunca llegó a perderse por completo. Nunca se olvidó la herencia clásica grecorromana, y la lengua latina, sometida a transformación en latín medieval, continuó siendo la lengua de cultura en toda Europa occidental, incluso más allá de la Edad Media. El derecho romano y múltiples instituciones continuaron vivos, adaptándose de uno u otro modo. Lo que se operó durante ese amplio período de transición —que puede darse por culminado para el año 800, con la coronación de Carlomagno— fue una suerte de fusión con las aportaciones de otras civilizaciones y formaciones sociales, en especial la germánica y la religión cristiana. En los siglos siguientes, aún en la Alta Edad Media, serían otras las aportaciones que se añadirían, destacadamente el islam.

4. Alta Edad Media (siglos V a X)[editar]

4.1 Los reinos germanorromanos[editar]

Los pueblos germánicos, procedentes del norte y del este de Europa, se encontraban en un estadio de desarrollo económico, social y cultural inferior al del Imperio romano, al que ellos mismos percibían admirativamente. A su vez, eran percibidos por los romanos con una mezcla de desprecio, temor y esperanza. Los autores cristianos romanos —Orosio, Salviano de Marsella y San Agustín de Hipona— llegaron a atribuirles un papel justiciero, aunque involuntario, desde un punto de vista providencialista.[10]

Los germanos disponían de instituciones políticas peculiares: la asamblea de guerreros libres, llamada thing, y la figura del rey, elegido temporalmente como primus inter pares (primero entre iguales). Recibieron la influencia de las tradiciones institucionales del Imperio y de la civilización grecorromana, así como del cristianismo —aunque no siempre del cristianismo católico o "atanasiano", sino con frecuencia del arriano—, y se fueron adaptando a las circunstancias de su asentamiento, sobre todo a la alternativa entre imponerse como minoría dirigente sobre una mayoría de población local o fusionarse con ella.

Los nuevos reinos germánicos conformaron la personalidad de Europa Occidental durante la Edad Media, evolucionaron en monarquías feudales y monarquías autoritarias y, con el tiempo, dieron origen a los estados-nación construidos en torno a ellas. Socialmente, en algunos de estos territorios —España o Francia—, el origen germánico —godo o franco— pasó a ser un rasgo de honor u orgullo de casta ostentado por la nobleza como distinción sobre el conjunto de la población.

En el año 406, suevos, vándalos y alanos cruzaron el limes del Rin, inhabitualmente helado, a la altura de Maguncia, y hacia 409 llegaron a la península ibérica. Los visigodos, primero como Reino de Tolosa y luego como Reino de Toledo, fueron los primeros en institucionalizarse políticamente, valiéndose de su condición de federados mediante un foedus con el Imperio, que les encargó la pacificación de las Galias e Hispania. De los tres pueblos que llegaron a Hispania, solo los suevos lograron el asentamiento definitivo en una zona, el Reino de Braga. Los vándalos se establecieron en el norte de África y las islas del Mediterráneo Occidental, pero fueron eliminados en el siglo siguiente por los bizantinos durante la gran expansión territorial de Justiniano I, con las campañas de los generales Belisario (533–544) y Narsés (hasta 554). Simultáneamente, los ostrogodos consiguieron instalarse en Italia expulsando a los hérulos de Odoacro, pero el Reino Ostrogodo también desapareció frente a la presión bizantina.

Un segundo grupo de pueblos germánicos se instaló en Europa Occidental en el siglo VI. Destacó el Reino franco de Clodoveo I y sus sucesores merovingios, que desplazó a los visigodos de las Galias tras la batalla de Vouillé (507), forzándolos a trasladar su capital de Tolosa a Toledo, y derrotó a burgundios y alamanes, absorbiendo sus reinos. Más tarde, los lombardos se establecieron en Italia (568–569), pero serían derrotados a finales del siglo VIII por los propios francos, que reinstauraron el Imperio con Carlomagno en el año 800.

En Gran Bretaña se instalaron anglos, sajones y jutos, que crearon una serie de reinos rivales, unificados con el tiempo, con la participación de los daneses, un pueblo nórdico, en lo que terminaría por ser el reino de Inglaterra.

4.2 Las instituciones germánicas[editar]

La monarquía germánica era en origen una institución estrictamente temporal, vinculada al prestigio personal del rey, elegido por la asamblea de guerreros libres normalmente para una expedición militar concreta o una misión específica. Las migraciones a que se vieron sometidos los pueblos germánicos desde el siglo III hasta el V —encajonados entre la presión de los hunos al este y la resistencia del limes romano al sur y al oeste— fueron fortaleciendo la figura del rey, al tiempo que crecía el contacto con las instituciones romanas, acostumbradas a la idea de un poder político mucho más centralizado y concentrado en la persona del emperador. La monarquía se vinculó a las personas de los reyes de forma vitalicia, y la tendencia fue hacerse hereditaria, dado que los reyes, igual que habían hecho los emperadores romanos, procuraban asegurar la elección de su sucesor, la mayor parte de las veces en vida y asociándolos al trono. Que el candidato fuera el primogénito varón no era una necesidad, pero se terminó imponiendo como consecuencia obvia, imitada por las familias de guerreros enriquecidas por la posesión de tierras y convertidas en linajes nobiliarios emparentados con la antigua nobleza romana, en un proceso que puede denominarse feudalización. Con el tiempo, la monarquía se patrimonializó, permitiendo incluso la división del reino entre los hijos del rey.

El respeto a la figura del rey se reforzó mediante la sacralización de su toma de posesión: la unción con los sagrados óleos por parte de las autoridades religiosas y el uso de elementos distintivos como orbe, cetro y corona en una elaborada ceremonia de coronación. Se añadieron funciones religiosas —la presidencia de concilios nacionales, como los Concilios de Toledo— y taumatúrgicas —el "toque real" atribuido a los reyes de Francia para curar la escrófula—. El problema se suscitaba cuando llegaba el momento de justificar la deposición de un rey y su sustitución por otro que no fuera su sucesor natural. Los últimos merovingios no gobernaban por sí mismos, sino mediante los cargos de su corte, entre los que destacaba el mayordomo de palacio. Únicamente tras la victoria contra los invasores musulmanes en la batalla de Poitiers (732), el mayordomo Carlos Martel se vio justificado para argumentar que la legitimidad de ejercicio le daba méritos suficientes para fundar su propia dinastía, la carolingia. En otras ocasiones se recurría a soluciones más imaginativas, como forzar la tonsura —el corte eclesiástico del cabello— del rey visigodo Wamba para incapacitarle.[11]

Los problemas de convivencia entre las minorías germanas y las mayorías locales se resolvieron con más eficacia en los reinos más duraderos —visigodos y francos— mediante la fusión: se permitieron los matrimonios mixtos, se unificó la legislación y se realizó la conversión al catolicismo, frente a la religión originaria, que en muchos casos no era ya el paganismo germánico tradicional, sino el cristianismo arriano adquirido en el paso por el Imperio Oriental. Se conservaron características propias de las instituciones germanas, como el predominio del derecho consuetudinario sobre el derecho escrito propio del derecho romano. No obstante, los reinos germánicos realizaron codificaciones legislativas, con mayor o menor influencia del derecho romano o de las tradiciones germánicas, redactadas en latín a partir del siglo V: las leyes teodoricianas, el Edicto de Teodorico, el Código de Eurico y el Breviario de Alarico. El primer código escrito en lengua germánica fue el del rey Ethelberto de Kent, el primero de los anglosajones en convertirse al cristianismo a comienzos del siglo VI. El visigótico Liber Iudicorum (Recesvinto, 654) y la franca Ley Sálica (Clodoveo, 507–511) mantuvieron una vigencia muy prolongada como fuentes del derecho en las monarquías medievales y del Antiguo Régimen.

4.3 La cristiandad latina y la conversión de los reinos[editar]

La expansión del cristianismo entre los bárbaros, el asentamiento de la autoridad episcopal en las ciudades y del monacato en los ámbitos rurales —sobre todo desde la regla de San Benito de Nursia, con la fundación del monasterio de Montecassino en 529— constituyeron una poderosa fuerza fusionadora de culturas y ayudaron a asegurar que muchos rasgos de la civilización clásica, como el derecho romano y el latín, pervirtieran en la mitad occidental del Imperio, e incluso se expandieran por Europa Central y septentrional.

Los francos se convirtieron al catolicismo durante el reinado de Clodoveo I, en 496 o 499, y a partir de entonces expandieron el cristianismo entre los germanos del otro lado del Rin. Los suevos, cristianos arrianos desde Remismundo (459–469), se convirtieron al catolicismo con Teodomiro (559–570) por las predicaciones de San Martín de Dumio. En ese proceso se adelantaron a los visigodos, cristianizados previamente en Oriente en la versión arriana durante el siglo IV, que mantuvieron durante siglo y medio la diferencia religiosa con los católicos hispanorromanos, incluso con luchas internas dentro de la clase dominante goda, como demostró la rebelión y muerte de San Hermenegildo (581–585), hijo del rey Leovigildo. La conversión al catolicismo de Recaredo (589) marcó el comienzo de la fusión de ambas sociedades y de la protección regia al clero católico, visualizada en los Concilios de Toledo, presididos por el propio rey. Los años siguientes vieron un verdadero "renacimiento visigodo", con figuras de la influencia de San Isidoro de Sevilla —y sus hermanos Leandro, Fulgencio y Florentina, los "cuatro santos de Cartagena"—, Braulio de Zaragoza o Ildefonso de Toledo, de gran repercusión en el resto de Europa y en los futuros reinos cristianos de la Reconquista.

Los ostrogodos, en cambio, no dispusieron de tiempo suficiente para realizar la misma evolución en Italia. No obstante, el grado de convivencia con el papado y los intelectuales católicos se reflejó en que los reyes ostrogodos elevaron a los cargos de mayor confianza a Boecio y Casiodoro, ambos magister officiorum con Teodorico el Grande, aunque también quedó de manifiesto su vulnerabilidad: el primero fue ejecutado en 523 y el segundo apartado por los bizantinos en 538. Sus sucesores en el dominio de Italia, los también arrianos lombardos, tampoco llegaron a experimentar la integración con la población católica sometida; sus divisiones internas hicieron que la conversión al catolicismo del rey Agilulfo (603) no tuviera mayores consecuencias.

El cristianismo fue llevado a Irlanda por San Patricio a principios del siglo V y desde allí se extendió a Escocia, desde donde un siglo más tarde regresó por la zona norte a una Inglaterra abandonada por los cristianos britones a los paganos pictos y escotos y a los también paganos germanos procedentes del continente. A finales del siglo VI, con el papa Gregorio Magno, Roma envió misioneros a Inglaterra desde el sur, con lo que se consiguió que en el transcurso de un siglo Inglaterra volviera a ser cristiana.

A su vez, los britones habían iniciado una emigración por vía marítima hacia la península de Bretaña, llegando incluso hasta lugares tan lejanos como la costa cantábrica entre Galicia y Asturias, donde fundaron la diócesis de Britonia. La supervivencia en Irlanda de una comunidad cristiana aislada de Europa por la barrera pagana de los anglosajones provocó una evolución diferente, denominada cristianismo celta: conservó mucho de la antigua tradición latina y, apenas la oleada invasora se hubo calmado, estuvo en condiciones de compartirla con Europa continental. Tras su extensión a Inglaterra en el siglo VI, los irlandeses fundaron en el siglo VII monasterios en Francia, en Suiza (Saint Gall) e incluso en Italia, destacándose particularmente los nombres de Columba y Columbano. Las islas británicas fueron durante unos tres siglos vivero de importantes nombres para la cultura: el historiador Beda el Venerable, el misionero Bonifacio de Alemania, el educador Alcuino de York o el teólogo Juan Escoto Erígena, entre otros.

4.4 Otras cristianizaciones medievales[editar]

La extensión del cristianismo entre los búlgaros y la mayor parte de los pueblos eslavos —serbios, moravos y los pueblos de Crimea y las estepas ucranianas y rusas— fue muy posterior y corrió a cargo del Imperio bizantino, con el credo ortodoxo, mediante las predicaciones de Cirilo y Metodio en el siglo IX. La conversión del príncipe Vladimiro I de Kiev, en el año 988, marcó la cristianización del pueblo ruso.

La evangelización de otros pueblos de Europa Oriental —el resto de los eslavos: polacos, eslovenos y croatas; bálticos y húngaros— y de los pueblos nórdicos —los vikingos escandinavos— se hizo por el cristianismo latino partiendo de Europa Central, en un período más tardío, entre los siglos XI y XII. La conversión de Hungría, con San Esteban I hacia el año 1000, permitió las primeras peregrinaciones por vía terrestre a Tierra Santa.

4.5 Los jázaros[editar]

Los jázaros eran un pueblo turco procedente de Asia central, donde desde el siglo VI se había formado el imperio de los köktürks, que en su parte occidental dio origen a un importante estado que dominaba el Cáucaso y las estepas rusas y ucranianas hasta Crimea en el siglo VII. Su clase dirigente se convirtió mayoritariamente al judaísmo, peculiaridad religiosa que lo convertía en un vecino excepcional entre el califato islámico de Damasco y el imperio cristiano de Bizancio.[12]

4.6 El Imperio bizantino[editar]

La división entre Oriente y Occidente fue, además de una estrategia política —inicialmente de Diocleciano en 286 y hecha definitiva con Teodosio I en 395—, un reconocimiento de la diferencia esencial entre ambas mitades del Imperio. Oriente, en sí mismo muy diverso —la península balcánica, el Mezzogiorno, Anatolia, el Cáucaso, Siria, Palestina, Egipto y la frontera mesopotámica con los persas—, era la parte más urbanizada y con una economía más dinámica y comercial, frente a un Occidente en vías de feudalización, ruralizado, con una vida urbana en decadencia, mano de obra esclava cada vez más escasa y una aristocracia cada vez más ajena a las estructuras del poder imperial, recluida en sus lujosas villae autosuficientes cultivadas por colonos en régimen similar a la servidumbre. La lengua franca en Oriente era el griego, frente al latín de Occidente.

En la implantación de la jerarquía cristiana, Oriente disponía de todas las sedes patriarcales de la Pentarquía menos la de Roma: Alejandría, Antioquía y Constantinopla, a las que se añadió Jerusalén tras el concilio de Calcedonia de 451. Incluso la primacía romana, la sede pontificia de San Pedro, era un hecho discutido, porque el Estado bizantino operaba según el cesaropapismo, iniciado por Constantino I y fundado teológicamente por Eusebio de Cesarea, en el que el emperador ejercía autoridad sobre los asuntos eclesiásticos.

El Imperio bizantino fue la única institución política, aparte del papado, que mantuvo su existencia por la totalidad del período medieval. Su esplendor máximo llegó con Justiniano I en el siglo VI, quien acometió la Recuperatio Imperii —la reconquista del norte de África e Italia— y elevó Santa Sofía de Constantinopla (532–537) como símbolo de su poder. La expansión, sin embargo, no pudo consolidarse. El Imperio sobrevivió a las crisis de los siglos VII y VIII, se estabilizó bajo la dinastía macedonia y, después de siglos de contracción territorial, cayó en 1453 ante los turcos otomanos, fecha que es también uno de los finales convencionales de la Edad Media.[13]

La porosa frontera oriental y la larga confrontación con los persas sasánidas, y luego con el islam, definieron buena parte de la historia bizantina. La crisis iconoclasta de los siglos VIII y IX enfrentó a iconódulos e iconoclastas en torno a la legitimidad de las imágenes religiosas, y dejó una huella profunda en la teología y en el arte. Pese a sus contracciones, el Imperio preservó ininterrumpidamente la herencia clásica griega, el derecho romano —codificado en el Corpus Iuris Civilis de Justiniano— y una administración sofisticada, y desempeñó un papel de frontera entre Europa, Asia y el Mediterráneo oriental.

4.7 El islam y la expansión musulmana[editar]

El siglo VII presenció la aparición del islam en la península arábiga. Tras la muerte del profeta Mahoma en 632, los ejércitos islámicos conquistaron en pocas décadas un vasto territorio que iba desde la península ibérica hasta Asia central. La expansión musulmana rompió la unidad del Mediterráneo, hito fundamental de la época según el historiador belga Henri Pirenne en su obra clásica Mahoma y Carlomagno.[14]

Del califato islámico surgieron formas políticas nuevas: el califato omeya de Damasco, el califato abasí de Bagdad y el califato de Córdoba en la península ibérica. El choque entre cristianismo e islam se manifestó en la Reconquista española y en las Cruzadas, pero tuvo también su parte de fértil intercambio cultural. La Escuela de Traductores de Toledo y la Escuela Médica Salernitana permitieron que la ciencia clásica y los saberes árabes ampliaran los horizontes intelectuales de Europa, hasta entonces limitada a los restos de la cultura clásica salvados por el monacato altomedieval y adaptados al cristianismo.

4.8 El Imperio carolingio[editar]

La alianza entre el papado y los francos, iniciada en el siglo VIII, culminó el 25 de diciembre del año 800, cuando el papa León III coronó a Carlomagno como emperador en Roma. El acto restauraba la idea imperial en Occidente y sentaba las bases del futuro Sacro Imperio Romano Germánico. El Imperio carolingio impulsó un renacimiento cultural —el llamado "renacimiento carolingio"—, con figuras como Alcuino de York en la corte de Aquisgrán, y extendió el cristianismo latino hacia Europa central y del norte, en particular con las campañas contra los sajones y los lombardos.

Tras la muerte de Carlomagno, las disputas entre sus sucesores llevaron a la división del Imperio en el Tratado de Verdún (843), que configuró tres grandes bloques: la Francia occidental, la Francia oriental y la Francia media, una fragmentación que marcó el rumbo descentralizado de la Europa feudal.

4.9 Las segundas invasiones[editar]

Entre los siglos IX y X, una segunda oleada de invasiones sacudió Europa occidental. Los vikingos, procedentes de Escandinavia, atacaron las costas atlánticas y remontaron los ríos interiores; los musulmanes consolidaron su presencia en el sur y en el Mediterráneo; y los magiares, pueblo de las estepas, asolaron Europa central hasta su derrota en la batalla de Lechfeld (955) frente al rey germano Otón I. Estas incursiones debilitaron el poder real y reforzaron la tendencia a la feudalización: la seguridad local pasó a depender de los señores y de sus castillos, y el campesinado buscó protección a cambio de trabajo y rentas.

5. La sociedad feudal[editar]

5.1 Señores y campesinos[editar]

La sociedad medieval de la cristiandad latina se organizó como una sociedad estamental de base predominantemente rural. La historiografía discute el alcance del feudalismo: para la escuela institucionalista o restrictiva, encabezada por François-Louis Ganshof, se trata de un sistema político basado en las relaciones personales de poder en torno a la institución del vasallaje; para la escuela materialista, con Georges Duby, es un modo de producción basado en las relaciones sociales de producción en torno a la tierra del feudo. El debate sobre la aplicación del feudalismo al caso español es particularmente intenso: la historiografía tradicional defendió que "el sistema feudal no alcanzó en los Estados de la Reconquista su completo desarrollo", mientras que autores de orientación materialista han cuestionado críticamente esa visión.[15]

Los estamentos medievales se dividían clásicamente en oratores (los que rezan: el clero), bellatores (los que combaten: la nobleza) y laboratores (los que trabajan: campesinos y artesanos). El vínculo feudal se sellaba en la ceremonia del homenaje, en la que el vasallo juraba fidelidad al señor a cambio de protección y de la concesión de un feudo, generalmente tierras. En la base, los campesinos, fueran libres o siervos, trabajaban los mansos y pagaban rentas en especie, trabajo o moneda al señor, que ejercía además funciones de justicia y de gobierno sobre su dominio.

5.2 La nobleza y el vasallaje[editar]

La nobleza constituía una minoría armada que concentraba tierras, poder político y prestigio. Su origen se vinculaba a los séquitos armados de los reyes germánicos y a la antigua aristocracia romana. El vasallaje creaba redes de fidelidad personales que estructuraban el poder de forma piramidal: del rey a los grandes señores, de estos a los caballeros, y de todos al campesinado, que sostenía con su trabajo el conjunto. La Iglesia, por su parte, era también un gran señor feudal: obispos y abades poseían tierras, cobraban rentas y participaban de la lógica vasallática.

6. Plena Edad Media (siglos XI a XIII)[editar]

6.1 El renacimiento urbano[editar]

A partir del siglo XI, la cristiandad latina vivió un período de expansión demográfica, agraria y comercial. Las mejoras técnicas —el arado de vertedera pesado, la rotación trienal, el herrado de caballos, los arneses, el molino hidráulico— permitieron aumentar la productividad agrícola. Los excedentes alimentaron un renacimiento urbano: las ciudades, que nunca habían desaparecido del todo en Italia, revivieron en Flandes, en las rutas comerciales del Rin y del Danubio, en las ferias de Champaña y en las repúblicas marítimas italianas, con Venecia a la cabeza.

Del crecimiento urbano surgió una incipiente burguesía —artesanos, mercaderes, cambistas— que con el tiempo desarrollaría el capitalismo. Las comunas italianas, las ciudades episcopales alemanas y los burgos de los reinos feudales se convirtieron en espacios de libertades, donde los siervos que residían en ellas durante un período determinado podían obtener la libertad personal: "el aire de la ciudad hace libre", según la fórmula jurídica que se consolidó en la época.

6.2 Las Cruzadas[editar]

El movimiento cruzado, impulsado por el papado a partir del Concilio de Clermont (1095), movilizó a la cristiandad latina hacia Tierra Santa. La Primera Cruzada culminó con la toma de Jerusalén en 1099 y la creación de los estados latinos de Oriente. Las cruzadas posteriores consolidaron y luego perdieron esas posiciones: la caída de Jerusalén ante Saladino en 1187 y la caída de Acre en 1291 marcaron el final de la presencia latina en el Levante.

El movimiento incluyó también cruzadas en la península ibérica —como parte de la Reconquista—, en el Báltico y contra la herejía cátara en el sur de Francia. Las Cruzadas fueron un fenómeno complejo, mezcla de fervor religioso, proyecto político papal y empresa militar y comercial, y su balance es objeto de intenso debate historiográfico: si bien estimularon el intercambio comercial y cultural entre el Mediterráneo oriental y Europa, también institucionalizaron la violencia contra judíos, musulmanes y disidentes religiosos.[16]

6.3 La Reconquista[editar]

En la península ibérica, los reinos cristianos del norte se expandieron progresivamente hacia el sur frente a los estados musulmanes de al-Ándalus. La Reconquista no fue un proceso lineal, sino que alternó avances, repliegues y pactos. La toma de Toledo en 1085 por el reino de Castilla, la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), que abrió el valle del Guadalquivir, y la toma de Sevilla en 1248 por Fernando III consolidaron el avance castellano. El proceso culminó en 1492 con la conquista del reino nazarí de Granada por los Reyes Católicos, en el mismo año del descubrimiento de América. La península fue también un espacio de convivencia y de mestizajes —el arte mudéjar es uno de sus mejores testimonios— entre las tres culturas: cristiana, musulmana y judía, una convivencia que alternó entre el enfrentamiento y la tolerancia, el aislamiento y la influencia mutua.[17]

6.4 Las universidades y la escolástica[editar]

Uno de los grandes logros institucionales de la Plena Edad Media fue el nacimiento de las universidades. Bolonia se especializó en derecho, París en teología y artes, Salerno y Montpellier en medicina. El método escolástico —basado en la disputa de argumentos de autoridad— produjo una síntesis intelectual que alcanzó su cumbre en el siglo XIII con Tomás de Aquino, quien integró la filosofía aristotélica, recuperada a través de los comentaristas árabes —especialmente Averroes—, con la teología cristiana. Las nuevas órdenes mendicantes, dominicos y franciscanos, dominaron las cátedras universitarias y la vida intelectual del siglo, con figuras como Buenaventura o Duns Escoto.

7. Baja Edad Media y crisis del siglo XIV[editar]

Los siglos XI a XIII fueron de expansión; los dos últimos siglos medievales presenciaron la crisis del siglo XIV. Hubo una sucesión de malas cosechas —posiblemente ligadas al enfriamiento que puso fin al óptimo climático medieval—, la gran hambruna de 1315–1317, la peste negra de 1348–1351[sin verificar], que redujo drásticamente la población europea, y un ciclo de guerras, entre ellas la guerra de los Cien Años (1337–1453) entre Francia e Inglaterra. La crisis demográfica provocó desorganización agrícola, abandono de tierras y, paradójicamente, una mejora relativa de la condición campesina en algunas regiones, al encarecerse la mano de obra.

La crisis se manifestó también en el plano religioso e institucional: el papado de Aviñón (1309–1377), el Cisma de Occidente (1378–1417), con la coexistencia de dos y hasta tres papas rivales, y los movimientos de reforma y disidencia —como los de John Wyclif en Inglaterra y Jan Hus en Bohemia— erosionaron la autoridad universal del papado. Las revueltas populares —la jacquerie francesa de 1358, la revuelta inglesa de 1381, el levantamiento florentino de los ciompi en 1378— expresaron el malestar social.

Sin embargo, la crisis no fue uniforme: mientras algunas regiones se estancaron, otras —como los reinos ibéricos, Flandes o Italia— se adaptaron mejor. Los siglos XIV y XV presenciaron el fortalecimiento de las monarquías autoritarias, que concentraron poder frente a la nobleza y a las ciudades, y prefiguraron el Estado moderno. En la península ibérica, los Reyes Católicos unificaron dinásticamente Castilla y Aragón (1479) y completaron la conquista de Granada (1492), en el umbral mismo de la modernidad.

8. Arte y cultura medieval[editar]

8.1 Estilos artísticos[editar]

El arte medieval de Europa occidental presentó una impresionante sucesión de estilos: el prerrománico de los siglos VI a X, el románico de los siglos XI y XII, y el gótico, que nació en la Île-de-France en el siglo XII y se extendió por Europa hasta el siglo XV. En las zonas de frontera, estos estilos se mezclaron también con el arte islámico, dando lugar al arte mudéjar, al arte andalusí y al arte árabe-normando; y con el arte bizantino, cuyos mosaicos de fondos dorados influyeron en toda la cuenca del Mediterráneo y en la iconografía cristiana.

El gótico, con sus catedrales de verticalidad y luz, coincidió con el auge urbano y con una espiritualidad que buscaba la elevación hacia lo divino. Como observó Umberto Eco en su Historia de la Belleza, las miniaturas medievales, realizadas quizás en ambientes oscuros apenas iluminados por una única ventana, "están llenas de luz, incluso de una luminosidad especial, producida por la proximidad de colores puros: rojo, azul, oro, plata, blanco y verde, sin matices ni claroscuros".[18]

8.2 Literatura medieval[editar]

La literatura en lenguas vernáculas nació en los siglos XII y XIII: la épica en lengua romance —como el Cantar de Mio Cid en castellano o la Chanson de Roland en francés—, la lírica trovadoresca en occitano, los romances de caballería y la poesía de los goliardos. El latín siguió siendo la lengua de la teología, la filosofía y la ciencia, con figuras como Pedro Abelardo, Tomás de Aquino o Duns Escoto. La literatura árabe y hebrea floreció en al-Ándalus y desde allí irradió hacia la Europa cristiana, de modo paralelo al papel de la Escuela de Traductores de Toledo en la transmisión del saber clásico.

9. Ciencia y tecnología[editar]

La ciencia medieval no respondía a una metodología moderna, pero tampoco lo había hecho la de los autores clásicos, que se ocuparon de la naturaleza desde su propia perspectiva; y en ambas edades el saber teórico permaneció desconectado del mundo de las técnicas, relegado al trabajo manual de artesanos y campesinos, responsables de un lento pero constante progreso en las herramientas y en los procesos productivos. La diferenciación entre oficios viles y mecánicos, por una parte, y profesiones liberales vinculadas al estudio intelectual, por otra, convivió con una teórica puesta en valor espiritual del trabajo en el entorno de los monasterios benedictinos, cuestión que no pasó de ser un ejercicio piadoso, sobrepasado por la mucho más trascendente valoración de la pobreza, determinada por la estructura económica y social y expresada en el pensamiento económico medieval.

Sin embargo, el progreso técnico fue constante: el molino hidráulico, el arado pesado, la herradura, los arneses, el estribo, la brújula, el papel y la pólvora se difundieron en Europa durante los siglos medievales, muchos de ellos procedentes de Asia a través del mundo islámico. Las universidades del siglo XIII integraron el saber clásico recuperado de Aristóteles, Ptolomeo o Galeno, a menudo mediante traducciones árabes. Roger Bacon y los ópticos desarrollaron estudios empíricos que prefigurarían el método experimental. La imprenta, uno de los inventos que cierra convencionalmente el período, fue el resultado de una acumulación técnica que maduró en la Baja Edad Media.

10. "Edad Media" fuera de Europa[editar]

Es impropio hablar de Edad Media en otras civilizaciones. Las grandes migraciones de la época de las invasiones significaron paradójicamente un cierre del contacto de Occidente con el resto del mundo. Muy pocas noticias tenían los europeos del milenio medieval —tanto los de la cristiandad latina como los de la cristiandad oriental— de que, aparte de la civilización islámica, que ejerció de puente pero también de obstáculo entre Europa y el resto del Viejo Mundo, se desarrollaban otras civilizaciones.[19]

El desarrollo marcadamente autónomo de China, la más desarrollada civilización de la época —aunque volcada hacia su propio interior y ensimismada en sus ciclos dinásticos: Sui, Tang, Song, Yuan y Ming—, y la escasez de contactos con ella —el viaje de Marco Polo, o la mucho más importante expedición marítima de Zheng He, que destacan por lo inusuales y por su ausencia de continuidad— no permiten denominar a los siglos V a XV de su historia como "historia medieval", aunque a veces se haga, incluso en publicaciones especializadas, de forma más o menos impropia.

La historia de Japón, que durante este período estaba en formación como civilización, adaptando las influencias chinas a la cultura autóctona y expandiéndose desde las islas meridionales a las septentrionales, suele ser asociada al término "medieval" con más frecuencia, aunque tal denominación se acota a un período que se localiza entre los años 1000 y 1868, para adecuarse al denominado feudalismo japonés anterior a la era Meiji. La historia de la India —con el Sultanato de Delhi, el Sultanato de Bahmani y el Imperio Vijayanagara— y la del África subsahariana a partir del siglo VII —con el Imperio de Malí y el Imperio Songhay— contaron con mayor o menor influencia musulmana, pero se atuvieron a dinámicas propias bien diferentes. Incluso llegó a producirse una destacada intervención sahariana en el mundo mediterráneo occidental: el Imperio almorávide.

De un modo todavía más claro, la historia de América, que atravesaba sus períodos clásico y postclásico, no tuvo ningún tipo de contacto con el Viejo Mundo, más allá de la llegada de la denominada colonización vikinga en América, limitada a una presencia reducida y efímera en Groenlandia y en la enigmática Vinland, o de las posibles expediciones posteriores de balleneros vascos en zonas del Atlántico Norte, un hecho que ha de entenderse en el contexto del gran desarrollo de la navegación de los últimos siglos de la Baja Edad Media, ya encaminada a la Era de los Descubrimientos.

Lo que sí ocurrió, y puede considerarse una constante del período, fue la periódica repetición de interferencias centroasiáticas en Europa y el Próximo Oriente en forma de invasiones de pueblos de Asia Central, destacadamente los turcos —köktürks, jázaros, otomanos— y los mongoles, unificados por Gengis Kan. La Horda de Oro estuvo presente en Europa Oriental y conformó la personalidad de los Estados cristianos que se crearon en las estepas rusas y ucranianas, a veces vasallos y a veces resistentes. En una rara ocasión, la primitiva diplomacia de los reinos europeos bajomedievales vio la posibilidad de utilizar a los mongoles como contrapeso frente a los turcos: la frustrada embajada de Ruy González de Clavijo a la corte de Tamerlán en Samarcanda (1401–1406), en el contexto del asedio mongol de Damasco, en la que también intervino como diplomático Ibn Jaldún. Los mongoles ya habían saqueado Bagdad en 1258.

11. La Edad Media en el mundo hispanohablante[editar]

La Edad Media es un período central para la historia de España y, a través de ella, para la historia de Hispanoamérica. En la península ibérica se vivieron procesos medievales específicos: la convivencia de las tres culturas, la expansión de los reinos cristianos frente a al-Ándalus, el arte mudéjar, el nacimiento de las lenguas romances y la formación de instituciones que más tarde se trasplantarían a América.

Conviene no confundir: la Edad Media como categoría histórica se refiere a la civilización occidental europea. Las civilizaciones prehispánicas de América vivían sus propios períodos clásico y postclásico, sin contacto con el Viejo Mundo salvo las breves y limitadas navegaciones nórdicas. El encuentro de 1492, que puso fin convencionalmente a la Edad Media, abrió una época completamente nueva para ambas orillas del Atlántico.

El español, como lengua romance, nació precisamente durante los siglos medievales, a partir del latín vulgar hablado en los reinos cristianos del norte peninsular. Los textos conocidos como Glosas Emilianenses y Glosas Silenses, del siglo X, registran los testimonios más tempranos del romance ibérico, y el Cantar de Mio Cid hacia 1200[sin verificar] es el gran monumento de la épica castellana. En el siglo XIII, Alfonso X el Sabio impulsó decisivamente el uso del romance en la prosa legal, histórica y científica, una decisión que consolidó la lengua que se expandiría por el mundo a partir de 1492.

12. Legado y debates historiográficos[editar]

El legado medieval es inmenso. Como resumió Jacques Le Goff: "Todo esto significa que la Edad Media fue el período en que apareció y se construyó Europa".[20] En efecto, los estados-nación europeos, las universidades, las monarquías, el parlamentarismo, la banca y el capitalismo, el calendario festivo y las rutas de peregrinación son, en buena medida, creaciones medievales. La diversidad de las incipientes naciones y la unidad procedente de la religión cristiana, que se impuso en todas partes y que reconoció la distinción entre clérigos y laicos, conformaron el doble movimiento que dio origen a Europa.[21]

El debate sobre la valoración de la Edad Media sigue abierto. La imagen negativa, popularizada por la Ilustración y luego difundida por la literatura romántica de castillos y caballeros, ha convivido con la reivindicación académica del período. La historiografía del siglo XX —con la escuela de los Annales, la historia económica marxista, la historia de las mentalidades y, más recientemente, la historia cultural— transformó la comprensión del milenio medieval, integrando la economía, la sociedad, las mentalidades y la cultura material. La Edad Media, lejos de ser la "edad oscura" del tópico, se revela como un período de creatividad institucional, artística e intelectual, cuyas huellas llegan hasta el presente y cuyos debates —sobre el feudalismo, sobre la periodización, sobre el choque y el intercambio entre civilizaciones— continúan vivos en la disciplina histórica.


  1. La división tradicional de la historia en Edad Antigua, Media y Moderna fue popularizada por el historiador alemán Cristóbal Cellarius con su Historia Medii Aevi (Jena, 1688). ↩︎

  2. Un tercer punto de cierre, manejado por algunos autores, es 1517, año del inicio de la Reforma protestante, que subraya la dimensión religiosa del cambio de época. ↩︎

  3. El análisis de esta transición como paso de un modo de producción a otro fue desarrollado de forma influyente por Perry Anderson, Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo (1974). ↩︎

  4. La imagen del homo viator era central en la espiritualidad medieval: la vida terrenal como tránsito hacia la vida eterna, reflejada en las rutas de peregrinación, entre ellas el Camino de Santiago. ↩︎

  5. Fueron utilizadas, entre otros, por Joaquín de Wat (1501), Juan de Heerwagen (1532), Marco Welser y Adriano Junius (1575). En el siglo XVII aparecen en Conisius (1601), Goldats (1604) y Vossius (1662). Jorge Horn, en su Arca Noé (1665), llamó medium aevum al período entre los años 300 y 1500. Du Cange, en su célebre Glosario (1678), habló de mediae et infimae latinitatis ("latinidad media e inferior"). ↩︎

  6. El historiador francés Jacques Le Goff, uno de los grandes renovadores de los estudios medievales, defendió que la Edad Media fue ante todo "un gran periodo creador": en el arte, en las instituciones, en las ciudades (por ejemplo, con el nacimiento de las universidades) y en el pensamiento, donde la filosofía escolástica alcanzó altas cumbres del saber. La Edad Media creó "lugares de encuentro" comerciales y festivos —ferias, mercados y fiestas— "en los que seguimos inspirándonos". Le Goff reconoció también el balance negativo: la violencia contra los judíos, con el comienzo del antisemitismo, la represión de los disidentes y las Cruzadas. ↩︎

  7. El historiador británico Rodney Hilton, representante de la corriente marxista, estudió el nacimiento de la burguesía urbana y el papel del campesinado en la crisis del feudalismo. ↩︎

  8. Las bagaudas fueron revueltas rurales de campesinos empobrecidos y esclavos huidos, documentadas sobre todo en la Galia y en la Hispania de los siglos III a V. ↩︎

  9. La donación de Constantino fue un documento falsificado, probablemente elaborado en el siglo VIII, que los Estados Pontificios utilizaron durante siglos para reclamar dominio temporal sobre Roma y sobre Occidente. Valla demostró su falsedad mediante análisis filológico. ↩︎

  10. La denominación "bárbaro" (del griego βάρβαρος) proviene de la onomatopeya bar-bar, con la que los griegos se burlaban de los extranjeros no helénicos, y que los romanos —bárbaros ellos mismos, aunque helenizados— utilizaron desde su propia perspectiva. Los historiadores alemanes del siglo XIX rechazaron la denominación "invasiones bárbaras" y acuñaron Völkerwanderung, "migración de pueblos", término menos violento que sugiere el desplazamiento completo de un pueblo con sus instituciones y cultura, y que incluye también a hunos, eslavos y otros. ↩︎

  11. La tonsura trasladaba a la legitimidad eclesiástica un acto político: un rey tonsurado quedaba inhabilitado para reinar según la tradición goda, dado que la consagración monárquica exigía la plenitud seglar del candidato. ↩︎

  12. La conversión de los jázaros al judaísmo es objeto de debate entre los especialistas: se discute la fecha, la profundidad de la adopción religiosa y si afectó solo a la elite o también al conjunto de la población. ↩︎

  13. El término "bizantino" es una convención historiográfica moderna; los propios habitantes del Imperio se llamaban a sí mismos "romanos" (rhomaioi). Tampoco existe un consenso absoluto sobre la fecha de nacimiento del Imperio bizantino: suele usarse 330, con la fundación de Constantinopla por Constantino, o 395, con la división definitiva del Imperio. ↩︎

  14. La tesis de Pirenne sostiene que la ruptura del comercio mediterráneo por la expansión árabe, y no tanto las invasiones germánicas, fue lo que realmente separó la Antigüedad de la Edad Media. La posterior investigación ha matizado la tesis, pero sigue siendo un punto de partida inevitable para la discusión sobre el fin del mundo antiguo. ↩︎

  15. La escuela institucionalista se remonta a la obra de Ganshof, ¿Qué es el feudalismo? (1947); la materialista, a trabajos como Señores y campesinos de Georges Duby. Para el caso español, la tesis de la "no feudalización" castellana fue formulada por Luis García de Valdeavellano y matizada luego por Salvador de Moxó; críticos como Salustiano Moreta, Julio Valdeón Baruque o Reyna Pastor de Togneri han analizado el feudalismo castellano como modo de producción. ↩︎

  16. La valoración de las Cruzadas oscila entre quienes destacan la violencia indiscriminada —incluidos los pogromos contra comunidades judías europeas durante la Primera Cruzada— y quienes subrayan los contactos comerciales, diplomáticos e intelectuales que facilitaron. Georges Duby las analizó también como expresión de la ética guerrera de la caballería feudal. ↩︎

  17. El término "Reconquista" es problemático para parte de la historiografía: presupone una continuidad política y religiosa directa entre los reinos cristianos medievales y el reino visigodo, lo que no siempre se sostiene empíricamente. Hoy suele usarse con reservas, y algunos autores prefieren hablar de "conquista cristiana" o "expansión territorial de los reinos cristianos". ↩︎

  18. La cita corresponde a Umberto Eco, Historia de la Belleza, y se refiere a la estética de la luz en el arte medieval. La aparente paradoja entre una vida cotidiana poco iluminada y un arte lleno de luminosidad ha sido señalada por los historiadores del arte como una clave de la sensibilidad de la época. ↩︎

  19. Incluso un vasto reino cristiano como el de Etiopía, al quedar aislado, se convirtió en el imaginario cultural europeo en el mítico reino del Preste Juan, apenas distinguible de las islas atlánticas de San Brandán y del resto de las maravillas dibujadas en los bestiarios y en los escasos, rudimentarios e imaginativos mapas. ↩︎

  20. Le Goff, en La civilización del Occidente medieval, desarrolla la idea de que la Edad Media produjo la cristalización de Europa a partir de la religión común y, a la vez, sentó las bases de una sociedad laica. ↩︎

  21. La visión de Le Goff se completa con la de otros grandes historiadores del período, como Georges Duby —que estudió la economía rural, la aristocracia y el arte— y Marc Bloch, fundador de la escuela de los Annales junto con Lucien Febvre, y autor de La sociedad feudal. ↩︎