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Helena (mitología)

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Helena
Nombre griegoἙλένη (Helénē). También llamada Helena de Esparta y Helena de Troya
ÁmbitoMitología griega; ciclo troyano
PadresZeus y Leda en la versión mayoritaria; Zeus y Némesis en una tradición alternativa. Tíndaro, rey de Esparta, es su padre humano
HermanosCástor y Pólux (los Dioscuros) y Clitemnestra
CónyugesMenelao, rey de Esparta; después Paris y, muerto este, Deífobo, ambos en Troya
HijaHermíone
Fuentes principalesIlíada y Odisea de Homero; Catálogo de mujeres atribuido a Hesíodo; palinodia de Estesícoro; Historia II de Heródoto; Helena, Troyanas y Orestes de Eurípides; Eneida de Virgilio
CultoRecibió culto como divinidad en Terapne (Esparta) y en Rodas, bajo la advocación de Helena Dendrítide

1. Resumen[editar]

Helena es, en la mitología griega, la mujer más bella del mundo y la causa nominal de la guerra de Troya. Hija de Zeus y esposa de Menelao, rey de Esparta, fue llevada a Troya por Paris —raptada o fugada, según la versión—, y los reyes griegos, obligados por un juramento previo, formaron la expedición que asedió la ciudad durante diez años.

Su importancia en la literatura griega es difícil de exagerar: junto a Heracles y Aquiles, es una de las poquísimas figuras míticas cuyo nombre basta para invocar un ciclo entero de relatos. Pero su rasgo más interesante no es la belleza, sino la inestabilidad de su culpa. La tradición nunca se puso de acuerdo sobre si Helena fue víctima o cómplice, y de esa indecisión salieron algunos de los textos más audaces de la Antigüedad: la versión de Estesícoro y Heródoto según la cual Helena nunca estuvo en Troya —los griegos y los troyanos se mataron durante diez años por un fantasma mientras la mujer real esperaba en Egipto—, la Helena de Eurípides, que dramatiza esa versión, y el Encomio de Helena de Gorgias, un ejercicio de retórica que la absuelve por cuatro caminos distintos y que es uno de los textos fundacionales del pensamiento sobre la persuasión.

Homero, que podría haberla convertido en un símbolo odioso, hace algo más sutil: en la Ilíada Helena se insulta a sí misma repetidamente, y los ancianos de Troya, al verla pasar por la muralla, admiten que es comprensible que se libre una guerra por ella y a continuación piden que se marche.

Su fama moderna pasa por una frase que no es antigua: «el rostro que botó mil naves» procede del Doctor Fausto de Christopher Marlowe, escrito a finales del siglo XVI.

2. El nombre y los orígenes[editar]

2.1 Etimología[editar]

El nombre Ἑλένη se ha relacionado tradicionalmente con ἑλένη, «antorcha» o «canasto de mimbre», y de ahí la asociación con la luz. Es una etimología antigua y discutida: hay propuestas que lo vinculan a raíces indoeuropeas relacionadas con la luz solar o con el rapto ritual de una diosa de la aurora, y otras que consideran el nombre prehelénico y por tanto no analizable en griego. Ninguna es concluyente.

Su doble denominación popular —Helena de Esparta y Helena de Troya— es en sí misma una síntesis del problema: la tradición no logra decidir de dónde es.

2.2 El huevo[editar]

La versión más difundida de su nacimiento es también una de las imágenes más reproducidas del arte occidental: Zeus se transformó en cisne y se unió a Leda, esposa de Tíndaro, rey de Esparta. De aquella unión nació un huevo, y del huevo, Helena. La misma noche Leda yació con su marido, y de ahí la fórmula habitual: de los cuatro hijos —Helena, Clitemnestra, Cástor y Pólux—, unos son de Zeus y por tanto inmortales o semidivinos, y otros de Tíndaro y por tanto mortales, con repartos que varían según la fuente.

Existe una segunda versión, más antigua en algunos testimonios y recogida por los Cantos ciprios: el padre es Zeus y la madre Némesis, la diosa de la retribución, que huyó del dios transformándose en distintos animales hasta que ambos acabaron convertidos en aves; el huevo resultante fue encontrado por un pastor y entregado a Leda, que lo incubó y crio a la niña como propia. Que la madre de Helena sea la personificación de la venganza divina no es un detalle neutro: convierte el nacimiento de Helena en un instrumento deliberado para castigar a la humanidad y descargar la tierra de su exceso de hombres, un motivo que aparece explícitamente en la épica arcaica.

3. Antes de Paris[editar]

3.1 El rapto por Teseo[editar]

Siendo aún niña, Helena fue raptada por Teseo, rey de Atenas, y su compañero Pirítoo, mientras danzaba en un santuario de Ártemis. Teseo la escondió en Áfidnas al cuidado de su madre Etra. Mientras Teseo estaba en el inframundo, sus hermanos, los Dioscuros, invadieron el Ática, la rescataron y se llevaron cautiva a Etra, que aparecerá años después en Troya como sierva de la propia Helena, un detalle que la épica conserva con notable coherencia interna.

El episodio importa por dos razones: establece el rapto como el modo característico de relacionarse con Helena —le ocurre dos veces— y, en algunas versiones tardías, adelanta a este momento el nacimiento de una hija, Ifigenia, entregada a Clitemnestra, una variante minoritaria que reordena todo el ciclo.

3.2 El juramento de Tíndaro[editar]

Al llegar a edad casadera, Helena atrajo a pretendientes de toda Grecia, y todos ellos poderosos. El problema era evidente: elegir a uno equivalía a ofender a decenas de reyes armados. La solución la aportó Odiseo, que a cambio pidió la mano de Penélope: Tíndaro exigiría a todos los pretendientes un juramento solemne de aceptar la elección que se hiciera y, más aún, de acudir en auxilio del elegido si alguien le arrebataba a Helena.

Todos juraron. Tíndaro escogió a Menelao, hermano de Agamenón y el más rico de los candidatos, y Helena le dio una hija, Hermíone. El juramento quedó dormido durante años, y es el mecanismo jurídico —porque de eso se trata: de una cláusula de defensa mutua— que después obligará a la Hélade entera a embarcarse hacia Troya. Es uno de los pocos elementos de la mitología griega que funciona como una institución política, y por eso se le ha llamado a veces el primer tratado de alianza de la literatura occidental.

4. Paris y la partida[editar]

4.1 El juicio de Paris[editar]

El origen remoto de la guerra está en una boda: la de Peleo y Tetis, a la que no fue invitada Eris, la Discordia, que arrojó entre las invitadas una manzana de oro «para la más bella». Hera, Atenea y Afrodita se la disputaron y Zeus, prudente, delegó el arbitraje en un mortal: Paris, príncipe troyano criado como pastor en el monte Ida.

Las tres diosas ofrecieron sobornos. Hera, el poder sobre Asia; Atenea, la victoria en la guerra y la sabiduría; Afrodita, el amor de la mujer más bella del mundo. Paris eligió a Afrodita. El detalle decisivo —y el que hace de esta historia una tragedia y no un cuento— es que Helena ya estaba casada: el premio prometido era propiedad de otro hombre y estaba protegido por un juramento colectivo.

4.2 ¿Rapto o fuga?[editar]

Paris viajó a Esparta como huésped de Menelao. Cuando este se ausentó para asistir a un funeral en Creta, Paris y Helena partieron hacia Troya llevándose además una parte considerable del tesoro real.

La tradición nunca decidió si Helena fue arrastrada o si se marchó voluntariamente, y esa indeterminación es deliberada en las mejores fuentes:

  • En la versión de la fuga voluntaria, Afrodita cumple su promesa haciendo que Helena se enamore, lo que traslada la responsabilidad a la diosa sin eliminarla del todo.
  • En la versión del rapto, Paris se la lleva por la fuerza, y Helena es una víctima pura. Esta es la lectura que privilegian los textos que buscan justificar la guerra como una acción legítima de castigo.
  • En Homero, la cuestión queda irresuelta y se le da a Helena algo que casi ninguna otra figura femenina de la épica tiene: voz para juzgarse a sí misma, y lo hace con dureza.

La violación de la hospitalidad —la xenía, protegida por el propio Zeus— es en cualquier caso el delito que se invoca para la guerra: no el adulterio, sino la traición del huésped al anfitrión.

5. Helena en Homero[editar]

5.1 La Ilíada: la escena de la muralla[editar]

Helena aparece poco en la Ilíada pero cada aparición es memorable. La más famosa es la teichoscopia o «visión desde la muralla», en el canto III: Helena sube a las murallas de Troya con el anciano Príamo y va identificando para él a los caudillos griegos que se ven en la llanura —Agamenón, Odiseo, Áyax, Idomeneo—, y busca sin encontrarlos a sus hermanos Cástor y Pólux, que, comenta el poeta con una frase escalofriante, ya estaban muertos y enterrados en Esparta sin que ella lo supiera.

En esa misma escena los ancianos troyanos, al verla llegar, murmuran que no es reprochable que troyanos y aqueos sufran tanto tiempo por una mujer semejante —el elogio más eficaz de una belleza en toda la literatura, porque se hace sin describirla— y añaden inmediatamente que, aun así, más vale que se vaya en las naves y no quede como ruina para ellos y sus hijos.

Homero pone en boca de Helena expresiones de autodesprecio muy duras: se llama a sí misma perra y causa de desdichas. Y le concede el último de los tres lamentos por Héctor al final del poema, donde declara que en veinte años en Troya él fue el único que nunca le dirigió una palabra hiriente. Esa es la posición precisa de Helena en la Ilíada: odiada por todos y culpable ante sí misma, pero tratada con humanidad por el mejor de los troyanos.

5.2 La Odisea: Esparta, otra vez[editar]

En el canto IV de la Odisea, Telémaco llega a Esparta buscando noticias de su padre y encuentra a Helena y Menelao reinando juntos, con normalidad, como si nada hubiera ocurrido. Es una de las escenas más extrañas y más ricas del poema.

Helena reconoce a Telémaco por su parecido con Odiseo, y ante la emoción general echa en el vino una droga egipcia, el nepente, que suprime el dolor y el llanto durante un día entero. Después, marido y mujer cuentan sendas historias sobre Odiseo en Troya que se contradicen sutilmente en el papel que ella tuvo: en la de Helena, ayudó a Odiseo cuando entró disfrazado en la ciudad; en la de Menelao, estuvo a punto de delatar a los griegos escondidos en el caballo imitando las voces de sus esposas. Las dos versiones se pronuncian en la misma sala y ninguna se corrige. Es la mejor prueba de que la ambigüedad de Helena no es un accidente de la transmisión, sino un rasgo del personaje.

6. La versión egipcia: Helena nunca estuvo en Troya[editar]

La tradición griega produjo una alternativa radical, y es una de las ideas más sorprendentes que nos ha dejado la Antigüedad.

Según la leyenda, el poeta Estesícoro de Himera compuso un poema que culpaba a Helena y quedó ciego; comprendiendo la causa, escribió una palinodia —una retractación— cuyos versos conservados dicen que el relato no era cierto, que Helena nunca embarcó ni llegó a Troya, y recuperó la vista. En esta versión, lo que Paris se llevó fue un eidolon, un fantasma o simulacro hecho de nube y aire con la forma exacta de Helena, mientras los dioses ponían a la mujer real a salvo en Egipto, en la corte del rey Proteo.

Heródoto, en el libro II de sus Historias, informa de una versión egipcia coherente con esa idea, obtenida —dice— de los sacerdotes de Menfis, y añade un argumento racionalista que sigue siendo notable: sostiene que si Helena hubiera estado realmente en Troya, los troyanos la habrían devuelto en algún momento de los diez años de asedio, ruina y muerte, porque ningún rey sacrifica su ciudad y a sus hijos por la amante de un hijo. Que no la devolvieran, concluye, prueba que no la tenían.

Eurípides convirtió el material en teatro en su Helena (412 a. C.): la protagonista lleva diecisiete años en Egipto, casta y desesperada, defendiendo su reputación ante un mundo que la maldice por algo que no hizo, mientras Menelao naufraga en la costa con el fantasma a bordo. Cuando ambos se encuentran, el fantasma se disuelve en el aire. La obra plantea de frente una pregunta que sigue viva: si toda la guerra se libró por una apariencia, ¿qué fue exactamente aquello por lo que murieron?

El Encomio de Helena de Gorgias, del siglo V a. C., aborda el mismo problema desde la retórica y no desde el mito. Argumenta que Helena es inocente en cualquiera de los cuatro casos posibles: si actuó por voluntad de los dioses, por la fuerza, por la persuasión de la palabra o por amor, en ninguno cabe reprocharle nada. La tercera vía —la palabra como fuerza física que arrastra al alma— es el núcleo del texto y una de las primeras teorías del poder del lenguaje que se conservan en Occidente.

7. Helena en la tragedia ática[editar]

Si Homero deja la culpa de Helena en suspenso, la tragedia ateniense del siglo V a. C. la somete literalmente a juicio, y lo hace tres veces con resultados incompatibles entre sí. Es el mejor testimonio de hasta qué punto el personaje era un problema abierto para los propios griegos.

Las troyanas (415 a. C., estrenada en las Grandes Dionisias, donde Eurípides obtuvo el segundo premio) contiene la escena decisiva. La obra transcurre entre las ruinas de Troya, con las mujeres de la ciudad repartidas ya como botín, y en su centro hay un agón, un debate formal, entre Helena y Hécuba, la reina viuda, con Menelao como juez.

  • Helena se defiende con dos argumentos jurídicos: la responsabilidad última es de Príamo, que no mató a Paris al nacer pese a la profecía que anunciaba la ruina de la ciudad; y la culpa inmediata es de Afrodita, que prometió a Paris la mujer más bella y cumplió su promesa. Nadie, sostiene, puede resistirse a una diosa.
  • Hécuba responde con una demolición racionalista que es una de las páginas más citadas del teatro griego: sostiene que no fue Afrodita quien venció, sino la aphrosýne, el descontrol, la insensatez del deseo; y que los hombres dan nombre de diosa a sus propias pasiones para no responder de ellas. Es, en el siglo V a. C., un argumento de psicología moral.
  • Menelao falla a favor de Hécuba y anuncia que ejecutará a Helena al llegar a Esparta. Hécuba, que conoce el desenlace tan bien como el público, le advierte que no la lleve en su nave: la belleza de Helena hará el resto durante la travesía. La sentencia se dicta y el espectador sabe que no se cumplirá.

Esa combinación —condena razonada y absolución de hecho— es la posición exacta que la tradición griega mantuvo sobre Helena durante siglos.

La misma obra hay que leerla en su contexto político: se estrenó meses después de la destrucción de Melos por Atenas, con la matanza de los hombres y la esclavización de mujeres y niños, y la relación entre ambos hechos ha sido objeto de estudio académico. Las troyanas es, entre otras cosas, la obra en la que una ciudad imperial se contempla a sí misma en el papel del vencedor.

En Orestes (408 a. C.), Eurípides ofrece un final opuesto: cuando Orestes y Pílades intentan matar a Helena, esta desaparece arrebatada por los dioses y es divinizada, lo que conecta con su culto real en Esparta. Y Helena (412 a. C.), ya descrita más arriba, la declara inocente de todo porque nunca estuvo allí.

Tres obras del mismo autor, en siete años, y tres veredictos distintos.

8. Después de la guerra[editar]

Tras la muerte de Paris, Helena fue entregada a Deífobo, otro hijo de Príamo, en un matrimonio que las fuentes describen como impuesto y que ella no lamentó: la noche de la caída de Troya, según la Eneida, guio a Menelao hasta la casa de Deífobo, que fue mutilado y muerto.

La escena del reencuentro con Menelao es un motivo iconográfico frecuentísimo en la cerámica griega: el rey avanza con la espada desnuda para matarla y, al verle el pecho descubierto, deja caer el arma. La combinación de venganza anunciada y perdón instantáneo resume el estatuto imposible del personaje.

Sobre su destino final, las tradiciones divergen por completo:

  • Regreso a Esparta, donde reina con Menelao, como muestra la Odisea, y donde ambos son llevados a los Campos Elíseos en lugar de morir, por ser Helena hija de Zeus.
  • Matrimonio con Aquiles en la isla blanca de Leuce, en el Ponto, una tradición de ultratumba que une a los dos personajes más hermosos del ciclo, que en vida nunca se encontraron.
  • Muerte violenta en Rodas: expulsada de Esparta tras la muerte de Menelao, se refugia con Polixo, viuda de un guerrero caído en Troya, que finge acogerla y ordena a unas sirvientas disfrazadas de Erinias que la ahorquen de un árbol. De ahí procede su culto rodio como Helena Dendrítide, «Helena de los árboles».

Esa última tradición es la puerta a un hecho poco conocido y muy importante: Helena recibió culto religioso. En Terapne, cerca de Esparta, existía un santuario dedicado a Helena y Menelao —el Menelaion, cuyos restos se han excavado— donde ella era venerada con rasgos claramente divinos, asociada a la belleza y a la protección de las muchachas en el paso a la edad adulta. Muchos especialistas consideran que Helena fue originalmente una divinidad prehelénica —vinculada a la vegetación, a la luz o a la fertilidad— que la épica degradó a mujer mortal, y que el culto espartano conserva la capa más antigua.

9. Recepción posterior[editar]

La Helena posthomérica siguió dos caminos opuestos. En la tradición latina y medieval, Virgilio, Ovidio —que le dedica un par de cartas en las Heroidas—, Dictis y Dares fijaron una Helena más culpable, y de ahí pasó al Roman de Troie y a toda la materia troyana medieval, que Europa leyó durante siglos como historia y no como mito.

En el Renacimiento y después, su nombre se convierte en la fórmula misma de la belleza destructora. Christopher Marlowe le dio en el Doctor Fausto la frase que la define para el lector moderno: el rostro por el que se botaron mil naves y se incendiaron las torres de Ilión. Goethe, en la segunda parte del Fausto, lleva la idea al extremo y hace que Fausto se case con Helena, en una alegoría del encuentro entre el espíritu germánico y la Antigüedad clásica.

En el siglo XX y XXI la lectura ha cambiado de signo: la crítica feminista y la novela histórica han vuelto sobre la Helena silenciada, sobre el hecho de que el mito la convierte en objeto de un juramento entre hombres, y sobre la versión egipcia como metáfora de la guerra librada por un pretexto vacío. En el cine, el personaje aparece en las grandes producciones sobre la guerra de Troya, entre ellas la de 1956 con Rossana Podestà y Troya (2004), donde la interpreta Diane Kruger, y en series recientes.

Para el lector en español, el punto de entrada más frecuente sigue siendo la traducción de la Ilíada y la propia expresión «el caballo de Troya», pero el texto que más se estudia en las facultades hispanohablantes es el Encomio de Gorgias, precisamente porque no habla de Helena: habla de por qué las palabras convencen.

10. Véase también[editar]

  • Guerra de Troya — el conflicto que Helena desencadena y del que este artículo es sólo una pieza.
  • Ítaca — la isla de Odiseo, el pretendiente que ideó el juramento que hizo posible la guerra.
  • Ilíada y Odisea — los dos poemas en los que Helena aparece con más matices.
  • Troya — la adaptación cinematográfica de 2004 del ciclo troyano.