Historia de España
| Historia de España | |
|---|---|
| Período | Desde la Prehistoria hasta la actualidad |
| Territorio actual | |
| Primeros asentamientos | Los primeros homínidos llegaron hace aproximadamente 1,2 millones de años, según la datación de la mandíbula de la Sima del Elefante; el Homo antecessor data de hace unos 900 000 años |
| Romanización | Desde el 218 a. C. |
| Unión dinástica | 1469 (matrimonio de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón) |
| Constitución vigente | Constitución de 1978 |
| Forma de gobierno actual | Monarquía parlamentaria |
1. Resumen[editar]
La historia de España comprende el conjunto de acontecimientos y procesos históricos ocurridos en el territorio que actualmente ocupa el Reino de
España, así como en los territorios que en el pasado estuvieron bajo su soberanía. Se trata de un espacio geográfico —la península ibérica y los archipiélagos— que ha sido encrucijada de pueblos y civilizaciones desde la Antigüedad.
La posición estratégica del territorio, puente entre Europa y África y entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico, convirtió a la península en un lugar de contacto, y con frecuencia de conflicto, entre diversas culturas. La presencia de fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes, judíos y cristianos ha dejado un legado material e inmaterial que define la identidad compleja y plural de la España actual.
El término "España" deriva del latín Hispania, nombre con el que los romanos designaron al conjunto de la península.[1] Durante la Edad Media, el término se utilizó en plural —"las Españas"— para referirse a los territorios cristianos y, ocasionalmente, al conjunto peninsular. La unión dinástica de los Reyes Católicos en el siglo XV sentó las bases del Estado moderno, y los siglos posteriores vieron la formación de un imperio de alcance global, el declive, las reformas ilustradas, las guerras civiles decimonónicas, la pérdida de las colonias y la compleja evolución hacia la democracia actual.
2. Prehistoria y pueblos prerromanos[editar]
2.1. Paleolítico y Neolítico[editar]
La presencia humana en la península ibérica se remonta al Paleolítico Inferior. Los yacimientos de la sierra de Atapuerca, en la actual provincia de
Burgos, han proporcionado restos de Homo antecessor datados en torno a los 900 000 años, así como evidencia de Homo heidelbergensis y los primeros enterramientos documentados de la humanidad en la Sima de los Huesos.[2]
El Paleolítico Superior dejó uno de los conjuntos de arte rupestre paleolítico más importantes del mundo en la cornisa cantábrica. La cueva de Altamira, cuyo descubrimiento moderno se produjo en 1879[sin verificar], es su exponente más célebre. El Neolítico llegó a la península desde el Mediterráneo alrededor del VI milenio a. C., con la introducción de la agricultura y la ganadería, así como la cerámica cardial característica de la fachada oriental.
2.2. Edad de los Metales y primeras civilizaciones[editar]
La Edad del Cobre y del Bronce vio prosperar culturas autóctonas notables. En el sureste peninsular floreció la cultura de Los Millares (c. 3200-2200 a. C.), un asentamiento fortificado con necrópolis de tumbas colectivas y una avanzada metalurgia del cobre. Posteriormente, la cultura de El Argar (c. 2200-1500 a. C.), ya en el Bronce pleno, desarrolló una sociedad jerarquizada con poblados en altura y una producción metalúrgica sofisticada.
En las islas Baleares, la Edad del Bronce dio origen a una civilización singular, la cultura talayótica, caracterizada por sus monumentales construcciones ciclópeas —talayots, navetas y taulas— cuyo uso exacto sigue siendo objeto de debate arqueológico.
Hacia el final de la Edad del Bronce y durante la Edad del Hierro, el panorama étnico y cultural de la península se definió por la convivencia y el mestizaje entre poblaciones autóctonas y colonizadores llegados del Mediterráneo oriental. Los pueblos íberos ocuparon la franja levantina, el valle del Ebro y el sur peninsular, mientras que los celtas se asentaron en el centro y el occidente, incluyendo la Meseta y la fachada atlántica. La confluencia de ambos sustratos generó la cultura celtíbera, de fuerte personalidad, en la región del alto Duero y el Sistema Ibérico.
3. La Hispania romana (218 a. C. – 476 d. C.)[editar]
3.1. Conquista y romanización[editar]
La llegada de Roma a la península se produjo en el contexto de la segunda guerra púnica. En el año 218 a. C., el ejército romano desembarcó en Emporion (actual Ampurias, en Gerona) para cortar la retaguardia de Aníbal. Lo que empezó como una operación militar contra Cartago se transformó en una ocupación que duraría dos siglos.
La conquista encontró una resistencia tenaz en el interior y el occidente. Las guerras celtibéricas —cuyo episodio más célebre fue el sitio de Numancia— y las guerras lusitanas —lideradas por Viriato— prolongaron el conflicto hasta la caída de Numancia en el año 133 a. C.[sin verificar]. La conquista se completó con las guerras cántabras (29-19 a. C.), dirigidas personalmente por Augusto.
El proceso de romanización fue intenso y temprano. La península proveyó a Roma de materias primas —minerales, aceite, vino, garum— y también de hombres: emperadores como Trajano y Adriano, y filósofos como Séneca, nacieron en suelo hispano. La división administrativa pasó por varias reformas. En el Bajo Imperio, la diócesis de Hispania se dividió en cinco provincias: Tarraconense, Cartaginense, Bética, Lusitania y Gallaecia.
3.2. Legado romano[editar]
La huella de Roma es profunda y visible. La lengua española es, en su mayor parte, una evolución del latín vulgar hablado en los territorios hispanos. El derecho romano constituye la base de la tradición jurídica peninsular. El cristianismo, que se extendió progresivamente desde el siglo III d. C., se convirtió en un elemento unificador de primer orden.
Las infraestructuras romanas (calzadas, puentes, acueductos como el de
Segovia, teatros como el de Mérida) articularon el territorio y la economía. Las ciudades fundadas o engrandecidas por Roma —Tarraco (
Tarragona), Caesaraugusta (
Zaragoza), Hispalis (Sevilla), Emerita Augusta (Mérida)— se convirtieron en centros de vida política, económica y cultural.
4. La España visigoda (476 – 711)[editar]
4.1. Del reino arriano al reino católico[editar]
Tras la descomposición del poder imperial romano en Occidente, diversos pueblos germánicos penetraron en la península. Los suevos establecieron un reino en la Gallaecia, mientras que alanos y vándalos atravesaron el territorio. Los visigodos, originalmente federados de Roma, consolidaron su dominio a partir de la batalla de Vouillé (507[sin verificar]) contra los francos, que los expulsó de la Galia y los replegó hacia Hispania.
El Reino visigodo de
Toledo se configuró como una monarquía de base territorial, aunque con una constante inestabilidad debida al carácter electivo de la corona y a las luchas faccionales. La unidad religiosa fue el gran proyecto político del siglo VI. El rey Recaredo, en el III Concilio de Toledo (589), abjuró del arrianismo y abrazó el catolicismo niceno, lo que permitió la fusión progresiva entre la minoría goda y la mayoría hispanorromana.
4.2. Instituciones y cultura[editar]
La obra legislativa visigoda alcanzó su cénit con la promulgación del Liber Iudiciorum o Código de Recesvinto (654[sin verificar]), que establecía un derecho territorial aplicable a todos los súbditos. La cultura eclesiástica, representada por figuras como San Isidoro de Sevilla, autor de las Etimologías, mantuvo viva la tradición clásica y sentó las bases del saber medieval hispano.
La debilidad estructural del reino —disputas nobiliarias, conflictos sucesorios, tensiones con la población judía— facilitó el colapso ante la invasión musulmana. En 711, las tropas de Tariq ibn Ziyad cruzaron el estrecho y derrotaron al rey Rodrigo en la batalla de Guadalete, dando inicio a una nueva era.
5. Al-Ándalus y la Reconquista (711 – 1492)[editar]
5.1. El esplendor de Al-Ándalus[editar]
La conquista musulmana fue rápida y, en pocos años, la mayor parte de la península quedó integrada bajo la soberanía del Califato Omeya de Damasco. El territorio tomó el nombre de Al-Ándalus. La caída de los Omeyas en Oriente y la llegada del superviviente Abderramán I a la península dieron lugar al Emirato Independiente de Córdoba (756), que en 929 se transformó en Califato bajo Abderramán III.
Los siglos del Califato constituyen la edad de oro de Al-Ándalus. Córdoba se convirtió en una de las ciudades más populosas y cultas del mundo medieval, dotada de bibliotecas, baños públicos y una mezquita que es hoy uno de los monumentos más visitados de
España. La convivencia —no exenta de tensiones— entre musulmanes, cristianos (mozárabes) y judíos propició un florecimiento intelectual cuyas obras, traducidas al latín en la Escuela de Traductores de Toledo, nutrieron el renacimiento cultural europeo del siglo XII.
5.2. Los reinos cristianos y el avance hacia el sur[editar]
En el norte montañoso, pequeños núcleos de resistencia cristiana dieron origen a los reinos que protagonizarían la Reconquista. El Reino de
Asturias, que tras la batalla de Covadonga (718 o 722) se consolidó como primer referente del poder cristiano, trasladó su capital a León y dio lugar al Reino de León. De él se independizó el Condado de Castilla, que se convertiría en reino en el siglo XI.
En los Pirineos centrales surgió el Reino de Aragón, que se uniría dinásticamente al Condado de Barcelona, y en los Pirineos occidentales el Reino de Pamplona, germen del Reino de Navarra. La disgregación de Al-Ándalus en reinos de taifas a partir del 1031 permitió a los reinos cristianos avanzar progresivamente hacia el sur. Las victorias de Alfonso VI (conquista de Toledo en 1085) y la derrota almohade en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) abrieron el valle del Guadalquivir y el levante peninsular.
La Corona de Castilla conquistó Córdoba (1236[sin verificar]) y Sevilla (1248[sin verificar]). La Corona de Aragón, por su parte, se expandió por el Mediterráneo: Jaime I el Conquistador tomó Mallorca y Valencia, y posteriormente la política aragonesa se orientó hacia Italia, Cerdeña y los ducados griegos. A finales del siglo XIII, Al-Ándalus había quedado reducido al Reino Nazarí de Granada.
6. Los Reyes Católicos y la Monarquía Hispánica (1474 – 1516)[editar]
6.1. La unión dinástica y el final de la Reconquista[editar]
El matrimonio de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón en 1469 no supuso la fusión inmediata de sus reinos, pero sentó las bases de la futura Monarquía Hispánica. Tras una guerra civil en Castilla y la firma del Tratado de Alcaçovas con Portugal, ambos monarcas consolidaron su poder y emprendieron una política de fortalecimiento del Estado.
La campaña final contra el Reino de Granada culminó el 2 de enero de 1492[sin verificar] con la entrada de los Reyes Católicos en la Alhambra, poniendo fin a ocho siglos de presencia política musulmana en la península.
6.2. La expansión atlántica y el descubrimiento de América[editar]
El mismo año 1492, financiado por la Corona de Castilla, Cristóbal Colón emprendió un viaje hacia las Indias por la ruta del oeste. El 12 de octubre alcanzó la isla de Guanahani, en el actual archipiélago de las Bahamas. Aquel hecho, que los contemporáneos no supieron valorar en toda su dimensión, abrió un nuevo capítulo en la historia mundial: la incorporación del continente americano a la esfera de las monarquías europeas.
El Tratado de Tordesillas (1494[sin verificar]), negociado entre Castilla y Portugal con mediación papal, estableció una línea de demarcación en el Atlántico para repartir las zonas de influencia de ambas potencias. Las conquistas posteriores —
México por Hernán Cortés, Perú por Francisco Pizarro— incorporaron vastos territorios a la Monarquía Hispánica, dando lugar a un imperio en el que, según la célebre expresión, no se ponía el sol.
6.3. Reformas interiores y política religiosa[editar]
En el plano interno, los Reyes Católicos impulsaron la modernización de las instituciones. Se creó la Santa Hermandad para garantizar el orden público, se reformó la Hacienda y se sometió a la nobleza al poder real. La política religiosa culminó con la expulsión de los judíos en 1492 y la instauración del Tribunal de la Inquisición, instrumentos de una uniformización confesional que dejó una cicatriz profunda en la historia de la península.[3]
7. Los Austrias y el Imperio español (1516 – 1700)[editar]
7.1. Carlos I: un imperio universal[editar]
Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico heredó un mosaico territorial sin precedentes: los reinos peninsulares, las posesiones italianas, los Países Bajos, los territorios americanos y la corona imperial alemana. Durante su reinado, la Monarquía Hispánica se convirtió en la potencia hegemónica europea.
El emperador hubo de hacer frente a múltiples conflictos: las guerras con Francia (Francisco I), la amenaza otomana en el Mediterráneo, la Reforma protestante en el Imperio y la revuelta interna de las Comunidades de Castilla (1520-1521) y las Germanías. La Paz de Augsburgo (1555[sin verificar]) consagró el principio de que los príncipes decidían la religión de sus territorios, pero no logró la pacificación general de la Cristiandad.
7.2. Felipe II: la Monarquía Católica[editar]
Felipe II, que no heredó el título imperial, fijó la capital en Madrid en 1561[sin verificar] y gobernó desde el monumental monasterio de El Escorial. Su política exterior tuvo como ejes la defensa del catolicismo y la preservación de la herencia territorial.
7.3. El siglo XVII y la decadencia[editar]
Bajo los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II —los llamados Austrias menores— la Monarquía Hispánica entró en una fase de declive, agravado por la crisis económica, las epidemias, el despoblamiento y las guerras continuas. La figura del valido (el duque de Lerma, el conde-duque de Olivares) caracterizó el gobierno de la época.
El siglo de oro de las letras y las artes —Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Velázquez, Zurbarán— contrastó con un panorama político de bancarrotas sucesivas, revueltas internas (Cataluña y Portugal en 1640, Nápoles en 1647) y el agotamiento del modelo imperial. La muerte sin descendencia de Carlos II en 1700 desencadenó una guerra de sucesión de alcance europeo.
8. Los Borbones y la crisis del Antiguo Régimen (1700 – 1808)[editar]
8.1. La Guerra de Sucesión y el reformismo de Felipe V[editar]
La Paz de Utrecht (1713) reconoció a Felipe V como rey de
España, pero al precio de ceder los territorios europeos: los Países Bajos meridionales, Milán, Nápoles y Cerdeña pasaron a Austria, mientras que Inglaterra obtuvo Gibraltar y Menorca, además de ventajas comerciales en América.
Felipe V impuso un nuevo modelo de Estado.
España se configuró como un reino unitario y centralizado.
8.2. La Ilustración española y Carlos III[editar]
A lo largo del siglo XVIII, los monarcas borbones —Fernando VI y, sobre todo, Carlos III— impulsaron políticas reformistas inspiradas en el Despotismo Ilustrado. Bajo el lema «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», se llevaron a cabo reformas en la agricultura (colonización de Sierra Morena), el comercio (liberalización del tráfico con América), la educación y la organización urbana —ejemplificada en la modernización de Madrid, que le valió a Carlos III el apelativo de «el mejor alcalde»—.
En el terreno cultural, la fundación de las Reales Academias, la creación de Sociedades Económicas de Amigos del País y la actividad de figuras como Jovellanos o el conde de Campomanes dieron testimonio de una élite ilustrada deseosa de modernizar el país.
9. La crisis del absolutismo y la construcción del Estado liberal (1808 – 1874)[editar]
9.1. La Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz[editar]
La Constitución aprobada por las Cortes de Cádiz, conocida como «La Pepa», establecía la soberanía nacional, la división de poderes y un régimen de libertades que la situó a la vanguardia del liberalismo europeo.
9.2. El reinado de Fernando VII y las guerras carlistas[editar]
La vuelta de Fernando VII —«el Deseado»— supuso la reinstauración del absolutismo, la derogación de la Constitución y la persecución de los liberales.
9.3. Isabel II y el Sexenio Democrático[editar]
El reinado de Isabel II estuvo marcado por la alternancia entre liberales moderados y progresistas, con frecuentes pronunciamientos militares como mecanismo de cambio político.
La experiencia republicana —que apenas duró once meses y conoció cuatro presidentes— se desarrolló en medio de la guerra carlista, la guerra de Cuba y la insurrección cantonal.
10. La Restauración y la crisis del 98 (1874 – 1931)[editar]
10.1. El sistema canovista[editar]
El sistema funcionó mediante el falseamiento electoral —el «caciquismo»— que garantizaba la alternancia pactada. La monarquía de Alfonso XII y, tras su temprana muerte, la regencia de María Cristina de Habsburgo, proporcionó una estabilidad política que permitió cierta modernización económica y social, aunque excluyó de la vida política a las fuerzas ajenas al turno: carlistas, republicanos y el emergente movimiento obrero.
10.2. La guerra de Cuba y el 98[editar]
La derrota supuso la pérdida de Cuba,
Puerto Rico y Filipinas —los últimos territorios de ultramar— y abrió una profunda crisis de conciencia nacional que se conoce como el Desastre del 98. Intelectuales de la talla de Unamuno, Baroja, Azorín o Antonio Machado dieron voz, desde la llamada Generación del 98, a una reflexión crítica sobre la identidad española.
11. El siglo XX: de la crisis del liberalismo a la democracia[editar]
11.1. Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera[editar]
El régimen primorriverista, inspirado en modelos como la Italia fascista, logró ciertos éxitos económicos durante la coyuntura favorable de los años veinte, pero no consiguió institucionalizarse y acabó siendo superado por la oposición creciente.
11.2. La Segunda República (1931 – 1936)[editar]
La resistencia de los sectores afectados por las reformas, la conflictividad social y la creciente polarización ideológica marcaron un quinquenio de enorme crispación.
11.3. La Guerra Civil (1936 – 1939)[editar]
El conflicto dividió a
España en dos zonas —la republicana y la sublevada— y adquirió una dimensión internacional: la Unión Soviética y las Brigadas Internacionales apoyaron a la República, mientras que la Alemania nazi y la Italia fascista respaldaron al bando franquista.
11.4. La dictadura franquista (1939 – 1975)[editar]
El régimen instaurado por Francisco Franco se configuró como una dictadura personalista que concentraba todos los poderes en la jefatura del Estado. Los primeros años se caracterizaron por la represión sistemática de los vencidos, el aislamiento internacional tras la Segunda Guerra Mundial y una política de autarquía económica que sumió al país en una larga posguerra de escasez y racionamiento.
La oposición al régimen —el movimiento obrero, los movimientos estudiantiles, los partidos clandestinos y el nacionalismo periférico— fue ganando fuerza en la fase final de la dictadura.
11.5. La Transición y la consolidación democrática[editar]
La proclamación de Juan Carlos I como rey inició un proceso de cambio político conocido como la Transición Española, que condujo al país de la dictadura a un régimen democrático homologable a los de la Europa occidental.
12.
España en los siglos XX y XXI[editar]
12.1. Desarrollo económico y transformación social[editar]
Los fondos estructurales europeos modernizaron las infraestructuras y contribuyeron a la convergencia económica con los países del entorno.
La sociedad española experimentó transformaciones profundas: la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, el crecimiento de la población inmigrante —
España pasó de ser un país de emigración a uno de recepción—, la modernización de las costumbres y la creciente diversidad cultural.
12.2. La crisis de 2008 y sus consecuencias[editar]
La crisis financiera internacional de 2008 golpeó con particular dureza a la economía española, muy dependiente del sector de la construcción.
La crisis abrió un ciclo político nuevo.
12.3. Retos y perspectivas recientes[editar]
Los fondos europeos del programa Next Generation se plantearon como una oportunidad para la transformación del modelo productivo.
En la actualidad,
España es una democracia consolidada, miembro de la Unión Europea, la OTAN y la ONU. Cuestiones como la sostenibilidad del sistema de pensiones, la transición ecológica, el encaje territorial de las nacionalidades históricas y la memoria de los episodios traumáticos del pasado continúan configurando el debate público.
13. España y el mundo hispanohablante[editar]
La historia de
España no puede entenderse sin su proyección ultramarina. La conquista y colonización de la mayor parte de América Latina, así como la presencia en Filipinas y en el norte de África, crearon una comunidad lingüística y cultural que trasciende las fronteras políticas.
La lengua española es hoy uno de los principales vínculos entre
España y las repúblicas hispanoamericanas. Los procesos de memoria histórica en relación con el pasado colonial, las relaciones bilaterales con cada país y el peso creciente de la comunidad latinoamericana en
España son elementos esenciales para comprender la España contemporánea.
14. Legado cultural y patrimonial[editar]
La historia de
España ha generado uno de los conjuntos patrimoniales más ricos del mundo.
La diversidad lingüística es otro rasgo definitorio del legado histórico español. Junto al castellano, idioma oficial del Estado, son cooficiales en sus respectivas comunidades autónomas el catalán, el valenciano, el gallego y el euskera, mientras que el aranés —variedad del occitano— tiene carácter oficial en el Valle de Arán.
Las tradiciones culturales —desde el flamenco, patrimonio inmaterial de la humanidad, hasta las fiestas populares como los Sanfermines, las Fallas o la Semana Santa, que ha sido documentada y representada en el cine y la literatura— son parte de una identidad viva y en constante reelaboración.
Una de las hipótesis más difundidas sostiene que Hispania podría provenir del fenicio i-spn-ya, que significaría «tierra de conejos» o «isla de los damanes». Otra teoría lo vincula a una voz íbera o celtíbera. ↩︎
La acumulación de restos humanos en la Sima de los Huesos se interpreta como una práctica funeraria intencionada. Se han hallado allí más de 6 000 fósiles humanos correspondientes a individuos de Homo heidelbergensis. ↩︎
Se estima que la comunidad judía en Castilla y Aragón rondaba los 80 000 a 200 000 miembros en el momento del edicto. Muchos optaron por la conversión; los que partieron al exilio se dirigieron mayoritariamente al norte de África, los Balcanes y el Imperio otomano. ↩︎