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Música de México

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MúsicaMariachi · José José · Luis Miguel · Vicente Fernández · Café Tacvba · Elvis Presley · Natalia Lafourcade · Juan Gabriel
PaísesMéxico · Estados Unidos · Puerto Rico · Colombia · España
CiudadesCiudad de México · Guadalajara · Veracruz
CinePedro Infante · María Félix
Música de México
PaísMéxico
CapitalCiudad de México
Principales instrumentosGuitarra, guitarra de golpe, vihuela, guitarrón, arpa jarocha, violín, trompeta, acordeón, bajo sexto, marimba, jarana, huéhuetl, teponaztli
Festivales destacadosFestival Internacional Cervantino, Vive Latino, Cumbre Tajín, Feria de San Marcos
Géneros representativosMariachi, ranchera, corrido, norteño, banda, son jarocho, son huasteco, bolero, balada romántica, rock en español, pop latino

1. Resumen[editar]

La música de México constituye uno de los patrimonios culturales más vastos y diversos del mundo hispanohablante. Fruto de un largo proceso de mestizaje entre las culturas indígenas originarias, la herencia europea —particularmente la española— y los aportes africanos llegados durante la época colonial, la música mexicana abarca un abanico de géneros, estilos y expresiones regionales que no solo han definido la identidad del país, sino que también han ejercido una influencia notable en toda Iberoamérica y en las comunidades latinas de Estados Unidos.

Desde los sones tradicionales que todavía se interpretan en las regiones rurales hasta los estadios llenos que convocan los artistas de rock y pop en la Ciudad de México, la música mexicana refleja la compleja geografía y la historia de la nación. El mariachi, originario del occidente del país y reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO desde 2011, se ha convertido en un emblema internacional de lo mexicano. A su lado conviven el bolero que floreció en la época de oro del cine mexicano, la música norteña que hermana a los estados fronterizos con la tradición texana, el son jarocho que cada año se celebra en el fandango veracruzano y una escena de rock alternativo que encontró su voz propia en español durante las últimas décadas del siglo XX.

La capital, Ciudad de México, funciona como el principal centro de producción, distribución y consumo musical del país, aunque ciudades como Guadalajara —cuna del mariachi moderno—, Monterrey —semillero de la música norteña y de una vigorosa escena de rock— y Veracruz —con su profunda tradición de son— mantienen perfiles musicales propios que enriquecen el panorama nacional.

En las listas de popularidad de las plataformas de streaming de la década de 2020, los artistas mexicanos ocupan posiciones destacadas junto a los de Puerto Rico, Colombia y España, lo que confirma la vitalidad contemporánea de una tradición que no ha dejado de renovarse.

2. Música prehispánica[editar]

Antes de la llegada de los españoles en el siglo XVI, el territorio que hoy ocupa México albergaba civilizaciones con tradiciones musicales complejas, vinculadas de manera estrecha a la vida ceremonial y religiosa. Las culturas mexica, maya, zapoteca y purépecha, entre otras, desarrollaron instrumentos de viento y de percusión que constituyen la raíz más antigua de la música mexicana.

Los instrumentos emblemáticos de este periodo son los de percusión: el huéhuetl —tambor vertical de madera con membrana de piel de animal— y el teponaztli —tambor de hendidura horizontal, labrado en un solo tronco, que produce dos tonos distintos—. Ambos se utilizaban para marcar los ritmos de las danzas rituales y acompañar los cantos dedicados a las deidades. Los arqueólogos han recuperado ejemplares bien conservados de teponaztli en excavaciones del centro ceremonial de Tenochtitlan y de otras ciudades mesoamericanas[1].

Entre los instrumentos de viento se cuentan las flautas de carrizo, los silbatos de barro con formas zoomorfas y antropomorfas, y las trompetas de caracol marino conocidas como atecocolli, cuyo sonido grave se reservaba para las grandes solemnidades. Las ocarinas y las flautas dobles y triples halladas en tumbas del occidente de México demuestran que ya existía una apreciación por la melodía y la armonía sencilla.

La música estaba íntimamente ligada a la danza. Los bailes colectivos, acompañados por grandes conjuntos de percusionistas y flautistas, constituían actos de culto público que reforzaban la cohesión comunitaria y la jerarquía social. Los cronistas del siglo XVI, como fray Bernardino de Sahagún, describieron con detalle las celebraciones del calendario mexica, en las que la música ocupaba un lugar central[2].

Aunque gran parte del repertorio prehispánico se perdió con la conquista, algunos patrones rítmicos, giros melódicos y el uso ritual de ciertos instrumentos sobrevivieron en las comunidades indígenas de las regiones más apartadas, fusionándose más tarde con los elementos musicales europeos para dar origen a los géneros mestizos.

3. Música del periodo colonial y el mestizaje[editar]

Con la conquista española y la instauración del virreinato de la Nueva España, la música europea se introdujo de manera sistemática a través de la Iglesia católica y de las cortes virreinales. Los misioneros franciscanos, dominicos y agustinos utilizaron la música como herramienta de evangelización, enseñando a los indígenas canto llano, polifonía renacentista y la construcción de instrumentos europeos como el órgano, el violín y la guitarra.

El encuentro entre las tradiciones indígenas, europeas y africanas —estas últimas llegadas mediante el comercio de personas esclavizadas— produjo un proceso de mestizaje musical del que surgieron, a partir del siglo XVII, las primeras formas del son mexicano. El son es un género cantado y bailado, con acompañamiento instrumental de cuerdas, que combina coplas poéticas con interludios instrumentales, y que se ramifica en múltiples variantes regionales según la geografía y la composición étnica de cada zona[3].

Entre las variantes más tempranas y representativas se encuentran:

  • Son jarocho, propio de la región costera del sur de Veracruz, con influencias africanas muy marcadas en su ritmo sincopado y en el uso del zapateado como elemento percusivo. Se interpreta con jarana, requinto jarocho, arpa jarocha y, ocasionalmente, pandero.
  • Son huasteco, originario de la región de la Huasteca —que abarca partes de Veracruz, San Luis Potosí, Hidalgo, Tamaulipas y Querétaro—. Destaca por el virtuosismo del violín y por el falsete característico de los cantantes. Su instrumentación clásica comprende violín, jarana huasteca y guitarra huapanguera.
  • Son de mariachi, antecesor directo del mariachi moderno, que se desarrolló en el occidente del país, particularmente en los estados de Jalisco, Nayarit y Michoacán.

Junto al son, el jarabe se consolidó como baile y género musical mestizo que mezcla melodías de origen español con ritmos indígenas. El más célebre, el Jarabe Tapatío, se convirtió en el baile nacional de México durante el siglo XIX. Los jarabes solían estar proscritos por las autoridades coloniales debido a su carácter provocador y a las letras picantes con que se acompañaban, lo que no impidió que se difundieran ampliamente entre la población.

La música religiosa no permaneció al margen del mestizaje. En las catedrales de México, Puebla y Oaxaca se cultivó un repertorio polifónico de considerable ambición, con compositores como Hernando Franco y, más tarde, Manuel de Sumaya, quien escribió obras en castellano y en náhuatl.

4. El siglo XIX: ópera, salón y banda[editar]

El México independiente abrió sus puertas a las corrientes musicales europeas que dominaban el gusto de la élite urbana. La ópera italiana encontró un público entusiasta en la Ciudad de México, donde se construyeron teatros como el Gran Teatro Nacional, escenario de temporadas líricas con cantantes llegados de Europa. La afición por la ópera estimuló la formación de compañías locales y propició que compositores mexicanos intentaran el género. Cenobio Paniagua estrenó en 1859 Catalina de Guisa, considerada la primera ópera compuesta por un mexicano, y Melesio Morales se consolidó como el operista más destacado del periodo con títulos como Ildegonda.

En paralelo, la música de salón —valses, poleas, mazurcas y chotises— animaba las tertulias de las clases medias y altas urbanas. El compositor más recordado de esta vertiente es Juventino Rosas, cuyo vals “Sobre las olas” (1888)[sin verificar] se convirtió en una de las piezas mexicanas más conocidas en el mundo, al grado de que a menudo se le confunde con un vals de Johann Strauss.

El siglo XIX vio también la formación de las primeras bandas de viento, herencia de las bandas militares del virreinato. Estas agrupaciones, integradas por instrumentos de metal y madera, se arraigaron profundamente en los pueblos y ciudades de todo el país. Cada comunidad procuraba tener su propia banda para amenizar las fiestas cívicas y religiosas. La tradición bandística mexicana alcanzó un desarrollo técnico notable y fue el medio por el que muchos músicos accedieron a una formación académica. En el sur, particularmente en Oaxaca y Chiapas, las bandas incorporaron la marimba, instrumento de teclas de madera de probable origen africano que se convirtió en símbolo sonoro del sureste mexicano.

Al finalizar el siglo, la canción mexicana empezó a perfilarse como género con fisonomía propia, alimentada por la tradición del son, la influencia de la ópera italiana y el romanticismo de salón. Compositores como Chucho Monge y Tata Nacho serían los puentes hacia la gran eclosión de la canción ranchera en el siglo siguiente.

5. La Revolución y la época de oro del cine mexicano[editar]

La Revolución Mexicana, iniciada en 1910, actuó como un catalizador de la música popular. La necesidad de narrar las hazañas y tragedias del conflicto armado impulsó la difusión masiva del corrido, género narrativo de origen decimonónico que encontró en la Revolución su tema por excelencia. El corrido cuenta una historia completa —un combate, una traición, la vida de un caudillo— con una estructura de coplas y un tono a menudo épico o moralizante. Canciones como La Adelita, La Cucaracha y Valentina se transmitieron de generación en generación y se convirtieron en parte del imaginario nacional.

Durante las décadas de 1930 a 1950, la cinematografía mexicana vivió su llamada Época de Oro, que funcionó como una formidable plataforma de difusión musical para toda Hispanoamérica. Las películas protagonizadas por cantantes-actores como Jorge Negrete, Pedro Infante y Javier Solís consagraron la canción ranchera como el género nacional por excelencia, con el mariachi como conjunto instrumental emblemático.

El mariachi moderno —con sus característicos trajes de charro y su dotación de violines, trompetas, guitarrón, vihuela y guitarra— se estandarizó precisamente en esta época, en buena medida gracias a la labor de directores como Rubén Fuentes y a las grabaciones realizadas en la Ciudad de México. José Alfredo Jiménez, oriundo de Guanajuato, se erigió como el compositor más fecundo e influyente del género, con un cancionero que incluye clásicos como Ella, El rey, Si nos dejan y Caminos de Guanajuato. Sus letras, directas y emocionales, abordaron el amor, el despecho, el alcohol y la mexicanidad con un lenguaje coloquial que caló profundamente en el público popular.

Junto a la ranchera, el bolero se consolidó como la otra gran corriente de la música romántica mexicana. Aunque originario de Cuba, el bolero encontró en México su principal centro de producción y consumo a partir de los años cuarenta. Compositores como Agustín Lara —que ya venía triunfando desde los años treinta con piezas como Granada y Solamente una vez— y Consuelo Velázquez, autora del inmortal Bésame mucho (1940), dieron al bolero mexicano una proyección planetaria. El Trío Los Panchos, fundado en 1944, perfeccionó la fórmula del bolero interpretado a tres voces y guitarras, y se convirtió en el conjunto más internacional de la música mexicana de su tiempo.

La radio, consolidada como medio de comunicación de masas, y las giras de los artistas por América Latina y Estados Unidos terminaron de hacer de la música mexicana la banda sonora de todo el mundo hispanohablante durante el medio siglo XX.

6. El bolero y la balada romántica[editar]

Más allá de la Época de Oro, el bolero mexicano no se extinguió, sino que se transformó y alimentó el nacimiento de la balada romántica, el género dominante en la música popular hispanoamericana durante la segunda mitad del siglo XX. La balada tomó del bolero la centralidad de la letra amorosa y la interpretación intensa, pero adoptó arreglos orquestales más amplios y una producción más pulida.

En los años sesenta, figuras como Armando Manzanero, yucateco formado en la tradición del bolero, supieron tender el puente entre ambos géneros. Composiciones suyas como Somos novios, Esta tarde vi llover y Contigo aprendí, grabadas por una multitud de intérpretes internacionales, ejemplifican la sofisticación armónica y la economía lírica que caracterizan al mejor bolero mexicano tardío.

En los años setenta y ochenta, la balada romántica mexicana conquistó el mercado hispanoamericano con cantantes como José José —apodado “El Príncipe de la Canción”—, cuya técnica vocal y capacidad interpretativa lo convirtieron en un referente generacional. Luis Miguel, que inició su carrera siendo un niño en los años ochenta, modernizó el bolero y la balada con una imagen y una producción que combinaron la tradición con el pop internacional. Su álbum Romance (1991)[sin verificar], integrado por versiones de boleros clásicos con arreglos contemporáneos, revitalizó el género y lo colocó en las listas de éxitos de una nueva generación.

La balada mexicana de los noventa y de la primera década del siglo XXI encontró continuidad en las voces de artistas como Cristian Castro, Alejandro Fernández —hijo del legendario Vicente Fernández, quien por su parte mantuvo viva la tradición de la ranchera— y Marco Antonio Solís, líder de Los Bukis antes de emprender una exitosa carrera como solista.

7. Música regional mexicana[editar]

Bajo la etiqueta de música regional mexicana se agrupa un conjunto de géneros que comparten su arraigo en provincias específicas, una instrumentación que privilegia los metales, las cuerdas y el acordeón, y una lírica que aborda la vida cotidiana, el amor, el desamor y, en algunos casos, el mundo del narcotráfico. En la década de 2020, la música regional mexicana ha experimentado un auge internacional que la ha colocado en las principales plataformas de streaming.

La música norteña tiene su origen en los estados del norte de México —Nuevo León, Tamaulipas, Chihuahua, Coahuila— y en las comunidades mexicanas del sur de Texas. Nacida del contacto con las tradiciones musicales de los migrantes centroeuropeos —alemanes, checos y polacos que llegaron a la región en el siglo XIX—, la música norteña se caracteriza por el uso del acordeón diatónico y el bajo sexto como instrumentos rectores. El corrido norteño, evolución del corrido revolucionario, narró las andanzas de contrabandistas y, más adelante, de los personajes ligados al narcotráfico, en lo que se conoce como narcocorrido.

Monterrey, capital de Nuevo León, funcionó desde mediados del siglo XX como el principal centro de producción y difusión de la música norteña. Conjuntos como Los Cadetes de Linares, Los Invasores de Nuevo León y Ramón Ayala y los Bravos del Norte definieron los cánones del género. En el ámbito del narcocorrido, Los Tigres del Norte —originarios de Sinaloa pero radicados en California— alcanzaron una popularidad continental con canciones como Contrabando y traición y Jefe de jefes.

La música de banda, originaria de Sinaloa y estados circunvecinos, es una evolución de las bandas de viento del siglo XIX. A diferencia de la banda tradicional, la banda sinaloense incorpora la tambora —bombo que marca el ritmo— y un repertorio bailable de ritmo acelerado. Agrupaciones como Banda El Recodo, fundada en 1938, llevaron el género a todo el país y a las comunidades mexicanas en Estados Unidos. En el siglo XXI, la banda se fusionó con el pop y el reguetón, y artistas como Julión Álvarez y Banda MS llenan estadios a ambos lados de la frontera.

El mariachi, aunque a menudo se considera un género aparte, forma parte del mismo universo regional y es originario de los estados del occidente: Jalisco, Nayarit, Colima, Michoacán. Guadalajara, capital de Jalisco, es la sede del Encuentro Internacional del Mariachi y la Charrería, que cada año reúne a miles de músicos y aficionados. El mariachi moderno, con su dotación estandarizada y su repertorio que abarca sones, rancheras, huapangos y boleros, es desde hace décadas la música mexicana por antonomasia en el imaginario internacional[4].

Otros géneros regionales que mantienen vitalidad son el son jarocho veracruzano, revitalizado en los años noventa por grupos como Mono Blanco y, sobre todo, por el fenómeno comercial que encabezó Café Tacvba con su apropiación de elementos jarochos, y el son huasteco, que ha conocido un resurgimiento gracias a festivales y encuentros de huapango en la región huasteca.

8. Rock, pop y alternativo[editar]

El rock en México tiene una historia que se remonta a finales de los años cincuenta, cuando las primeras bandas de rock and roll, influidas por Elvis Presley y Bill Haley, empezaron a tocar y a grabar versiones en español de los éxitos estadounidenses. Durante los años sesenta, surgieron grupos que compitieron con el British Invasion traducido, y figuras como Los Teen Tops y Los Rebeldes del Rock alcanzaron popularidad en todo el mundo hispanohablante.

A partir de los años setenta, el rock mexicano entró en una fase de búsqueda de una voz propia, en diálogo con el rock argentino y el español. Los años ochenta vieron la consolidación de una escena subterránea en la Ciudad de México, con bandas que cantaban en español y abordaban preocupaciones locales. Caifanes, formada en 1987, se convirtió en el grupo emblema de esta generación, con una propuesta que combinaba el post-punk británico con ritmos y temáticas mexicanas.

Los años noventa representaron la edad de oro del rock alternativo mexicano. Café Tacvba, formada en Ciudad Satélite, publicó en 1992 su primer disco homónimo y, a partir de su segundo álbum, Re (1994), se consolidó como una de las bandas más influyentes en español, gracias a su capacidad para fusionar rock, electrónica, ska y una amplia gama de tradiciones mexicanas —del son huasteco al danzón—. En el mismo periodo, Molotov irrumpió con un rap-rock cargado de crítica social y humor irreverente, y Fobia, La Lupita y Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio contribuyeron a una efervescencia creativa que no tenía precedentes en la música mexicana.

Monterrey desarrolló una escena de rock propia que dio figuras como Plastilina Mosh y El Gran Silencio, que mezclaron rock con música norteña y cumbia, en lo que se conoció como “la Avanzada Regia”.

En el ámbito del pop, los años ochenta y noventa estuvieron dominados por figuras que surgieron de telenovelas y programas de televisión. Timbiriche funcionó como una escuela de talentos juveniles de la que saldrían cantantes como Thalía y Paulina Rubio, que más tarde desarrollarían carreras internacionales. Luis Miguel, con una trayectoria que abarcó la balada, el bolero y el pop, se convirtió en el artista mexicano de mayores ventas globales de su generación.

En el siglo XXI, el rock mexicano ha diversificado sus vertientes. Bandas como Zoé y Porter transitaron hacia un indie-rock con elementos electrónicos que les valió una audiencia internacional. Natalia Lafourcade, formada en el pop pero profundamente interesada en la tradición del bolero y el son jarocho, ha construido un puente entre la música popular contemporánea y el cancionero tradicional mexicano. Su álbum Musas y, en particular, Un canto por México ejemplifican una tendencia de relectura de la tradición desde el presente.

9. La música mexicana en el mundo hispanohablante[editar]

La influencia de la música mexicana en el conjunto de los países hispanohablantes es difícil de exagerar. Durante la Época de Oro del cine mexicano, las películas protagonizadas por Pedro Infante, Jorge Negrete y María Félix se proyectaron en todas las salas de América Latina y España, y las canciones que aquellos filmes contenían se incorporaron al cancionero popular de países tan distantes como Chile, Cuba o la propia España peninsular.

El bolero mexicano, en particular, se convirtió en un lenguaje común. Cuando un cantante español, argentino o colombiano interpretaba Bésame mucho o Solamente una vez, estaba interpretando canciones compuestas por mexicanos pero que ya formaban parte del repertorio propio de cada país. Este fenómeno de apropiación y resignificación se repitió con las rancheras, que en Colombia y en el Perú fueron adoptadas como música de cantina y de serenata hasta arraigarse en las costumbres locales.

En España, la música mexicana ha tenido un impacto particular. La ranchera y el mariachi son géneros perfectamente reconocibles para el público español, y artistas como el propio Luis Miguel han llenado plazas de toros y estadios en la península. En sentido inverso, el rock y el pop mexicanos han encontrado una recepción entusiasta entre la juventud española, y grupos como Café Tacvba y Molotov han realizado giras multitudinarias por ciudades españolas.

En Estados Unidos, la música mexicana es la banda sonora de la comunidad de origen mexicano, que representa la mayor parte de la población hispana del país. La música regional mexicana —norteño, banda, mariachi— es, junto al reguetón, el género más consumido por los latinos en Estados Unidos, y Los Ángeles funciona como una capital paralela de la industria musical mexicana, con una potente escena de producción y una amplia red de estaciones de radio en español.

10. Festivales y espacios emblemáticos[editar]

México alberga algunos de los festivales de música más importantes de Iberoamérica, y cuenta con una red de recintos y espacios que han sido escenarios de conciertos y celebraciones musicales memorables.

  • El Festival Internacional Cervantino, celebrado cada otoño en la ciudad de Guanajuato desde 1972, es el encuentro cultural multidisciplinario de mayor tradición en México. Aunque abarca teatro, danza y artes visuales, la música ocupa un lugar preponderante en su programación, con presentaciones de orquestas sinfónicas, agrupaciones de cámara, solistas internacionales y representantes de las músicas tradicionales de todo el mundo.
  • El Vive Latino, que tiene lugar anualmente en la Ciudad de México desde 1998[sin verificar], es el festival de rock y pop más multitudinario del país y uno de los más grandes de habla hispana. Reúne a varios cientos de bandas a lo largo de dos o tres jornadas y ha sido plataforma de lanzamiento para muchos grupos mexicanos y latinoamericanos.
  • La Cumbre Tajín, en la zona arqueológica de El Tajín, Veracruz, combina música contemporánea y tradicional con actividades de promoción de la cultura totonaca. Su cartel incluye tanto a grandes figuras del pop internacional como a intérpretes del son huasteco y jarocho de la región.
  • La Feria de San Marcos en Aguascalientes[sin verificar], conocida popularmente como “La feria de México”, es una de las ferias más antiguas del país y su programación musical incluye corridas de toros, conciertos masivos de música regional mexicana y pop, y bailes populares.
  • El Palacio de Bellas Artes, en el centro histórico de la Ciudad de México, es el recinto de conciertos más prestigioso del país. Su escenario ha albergado desde las presentaciones de la Orquesta Sinfónica Nacional hasta conciertos emblemáticos de artistas populares mexicanos. Juan Gabriel, uno de los cantautores más queridos de México, ofreció allí algunos de los conciertos más recordados de su carrera.
  • La Arena Ciudad de México y el Auditorio Nacional son los dos espacios cubiertos de mayor aforo en la capital y reciben cada año las giras de los artistas internacionales más importantes, además de las presentaciones de las grandes figuras de la música mexicana.

En el plano de los espacios simbólicos, la Plaza Garibaldi, en el centro histórico de la Ciudad de México, merece una mención aparte. Durante décadas, mariachis de todas las regiones del país se han reunido en esta plaza para ofrecer sus servicios a quienes desean una serenata improvisada o una canción a la carta. Garibaldi es, para millones de visitantes, el rostro más conocido de la música mexicana en vivo.


  1. Los teponaztlis mejor conservados presentan tallas en bajorrelieve que representan figuras mitológicas; el llamado “teponaztli de Malinalco”, por ejemplo, lleva esculpida una efigie de un jaguar. ↩︎

  2. Sahagún dedicó varios capítulos del Códice Florentino a describir los cantos, las danzas y los instrumentos que observó en el Valle de México durante el siglo XVI. ↩︎

  3. Algunas clasificaciones musicológicas distinguen hasta nueve variantes regionales de son en México, aunque las más estudiadas y difundidas son el son jarocho, el son huasteco, el son de mariachi, el son abajeño de Michoacán y el son istmeño de Oaxaca. ↩︎

  4. La UNESCO inscribió el mariachi en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2011, destacando que “transmite los valores, la herencia y la lengua de México”. ↩︎