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Literatura de Cuba

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PaísesMéxico · España · Venezuela · Estados Unidos · Argentina
CiudadesMadrid · La Habana · Buenos Aires · Barcelona
LiteraturaAlejo Carpentier · Rubén Darío · César Vallejo
Literatura de Cuba
Idioma principalEspañol
Primeras manifestacionesSiglo XVI (crónicas de Indias)
Período de auge nacionalSiglo XIX (independencia y modernismo)
Géneros destacadosPoesía, ensayo, novela, cuento
Figuras emblemáticasJosé Martí, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Dulce María Loynaz

1. Resumen[editar]

La literatura de Cuba constituye uno de los conjuntos literarios más influyentes y complejos del ámbito hispanoamericano. Forjada en la encrucijada de la colonización europea, la esclavitud africana, los procesos independentistas y la Revolución de 1959, ha producido voces fundamentales para la poesía, la narrativa y el pensamiento en lengua española. Desde las primeras crónicas del Descubrimiento hasta las experimentaciones narrativas del siglo XX y las escrituras de la diáspora actual, sus autores han explorado con insistencia la identidad nacional, el paisaje insular, el sincretismo cultural y los conflictos entre utopía política y libertad creadora.

El canon literario cubano incluye a figuras de talla universal cuya obra ha sido traducida a numerosas lenguas y ha influido de manera notoria en las letras latinoamericanas. Es el caso del poeta y ensayista José Martí, figura central del modernismo literario en lengua española; del poeta Nicolás Guillén, máximo exponente de la poesía negra antillana; y del novelista y musicólogo Alejo Carpentier, artífice del concepto de lo real maravilloso, decisivo para la renovación de la novela latinoamericana del Boom. A ellos se suman una constelación de autores que han contribuido a la riqueza de una tradición literaria que abarca desde el barroco habanero del siglo XVII hasta la producción del exilio en Miami, Madrid o México.

La crítica suele distinguir periodos marcados por acontecimientos históricos de gran calado: literatura colonial (siglos XVI al XVIII), conformación de la conciencia criolla y literatura independentista (siglo XIX), literatura republicana y vanguardias (primera mitad del siglo XX), literatura revolucionaria y del exilio (segunda mitad del siglo XX en adelante). Aunque estas divisiones resultan operativas, la realidad literaria presenta transiciones mucho más difusas, con autores que transitaron de un periodo a otro y estéticas que se solapan más que se suceden.

2. Época colonial: crónicas, poesía y letras criollas[editar]

Los primeros textos escritos en la isla son las crónicas de conquistadores y eclesiásticos, aunque la mayoría fueron redactadas por autores que nunca residieron de manera permanente en Cuba. La figura más importante de esta etapa temprana es Fray Bartolomé de las Casas, quien, aunque no nacido en la isla, escribió allí parte de su obra y se vinculó de manera directa con los conflictos iniciales de la colonización.[1]

En el siglo XVII aparece un texto fundacional de la literatura cubana propiamente dicha: Espejo de paciencia (1608), poema épico escrito por el canario avecindado en la isla Silvestre de Balboa. La obra relata un episodio protagonizado por el obispo de Cuba, Fray Juan de las Cabezas Altamirano, e incluye la primera representación literaria de un personaje afrodescendiente en las letras cubanas: el esclavo Salvador Golomón. El poema permaneció manuscrito hasta su descubrimiento en el siglo XIX y es considerado, pese a sus limitaciones estéticas, la partida de nacimiento de la poesía criolla.[2]

A lo largo del siglo XVIII se consolida una cultura letrada en torno a la recién fundada Universidad de La Habana (1728) y al Seminario de San Carlos, donde se formará parte de la élite criolla. En poesía destacan los llamados "poetas del Buen Gusto", influidos por el neoclasicismo español: Manuel de Zequeira y Arango y Manuel Justo de Rubalcava, que cultivaron la oda, la silva y la égloga. En este periodo, la literatura está aún estrechamente ligada a los modelos metropolitanos, si bien empiezan a aparecer temas y motivos locales, sobre todo en la poesía de circunstancias y en los primeros intentos de describir la naturaleza insular con voz propia.

3. El siglo XIX: de la colonia a la república soñada[editar]

3.1. Neoclasicismo, romanticismo y primeras novelas[editar]

El siglo XIX marca la verdadera eclosión de una literatura nacional cubana, impulsada por los debates sobre la abolición de la esclavitud y la independencia de España. A principios de siglo, la tertulia de Domingo del Monte, celebrada en su casa de La Habana, actúa como centro aglutinador de la vida intelectual. Del Monte promueve una literatura que refleje la realidad cubana, y de su círculo sale la novela antiesclavista Francisco (1839), de Anselmo Suárez y Romero, escrita por encargo del propio Del Monte.[3]

Junto a ella, destaca la Autobiografía de un esclavo (1840), dictada por el esclavo Juan Francisco Manzano, quien aprendió a leer y escribir por su cuenta. Se trata de un documento único en la literatura hispanoamericana del momento, que da voz directa a la experiencia esclava y cuya calidad literaria ha sido reivindicada por la crítica contemporánea. Manzano es también autor de poemas que alternan las convenciones neoclásicas con una singular fuerza testimonial.

En poesía, la figura más notable de la primera mitad del siglo es Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en Camagüey en 1814 y desarrollada literariamente en España, donde triunfó en los teatros y publicó buena parte de su obra. Su poesía amorosa y religiosa combina rasgos románticos con una impronta personal que la aparta del tono confesional de sus contemporáneos masculinos.[4] La Avellaneda mantuvo siempre vínculos con su isla natal y es considerada una figura bicontinental de las letras cubanas y españolas.

3.2. José Martí y el modernismo[editar]

La segunda mitad del siglo XIX está dominada por la figura tutelar de José Martí (1853-1895). Poeta, ensayista, periodista y líder independentista, Martí no solo renovó la prosa en lengua española con un estilo modernista caracterizado por la plasticidad y el ritmo, sino que elevó el artículo periodístico y la crónica a categoría artística. Sus colecciones poéticas Ismaelillo (1882), Versos sencillos (1891) y Versos libres (publicación póstuma) revelan una sensibilidad que va del simbolismo intimista al verso de combate.[5]

En prosa, Martí dejó un corpus monumental de crónicas sobre la vida en los Estados Unidos, adonde llegó como exiliado, y ensayos de una penetración inusual, como "Nuestra América" (1891), texto fundacional del pensamiento latinoamericanista. La revista La Edad de Oro, que dirigió para los niños de América, muestra una faceta pedagógica que no renuncia a la más alta exigencia literaria. Su muerte en combate en 1895 selló el vínculo entre literatura y destino político que tanto ha pesado en la cultura cubana posterior.

Junto a Martí, otros modernistas cubanos como Julián del Casal (1863-1893) y Juana Borrero (1877-1896) enriquecieron el panorama poético finisecular. Casal, en particular, cultivó un modernismo más próximo al decadentismo y al simbolismo francés que al tono solariego de su coetáneo nicaragüense Rubén Darío. Su obra, breve pero de una intensidad notable, prefigura algunas de las líneas más pesimistas de la poesía cubana posterior.[6]

4. La República (1902-1958): vanguardias y madurez[editar]

La instauración de la República en 1902 no apagó el debate sobre la identidad nacional, que se trasladó ahora al terreno cultural. En las primeras décadas del siglo XX, la irrupción de las vanguardias europeas coincide con la búsqueda de una expresión auténticamente cubana, un esfuerzo que cuaja en dos vertientes complementarias: la poesía negrista y la narrativa de lo real maravilloso.

4.1. Poesía entre la tradición y la vanguardia[editar]

La poesía lírica cubana de este periodo cuenta con voces como la de Dulce María Loynaz (1902-1997), una de las poetas más singulares de la lengua española. Su obra, deliberadamente alejada de modas y escuelas, se caracteriza por una dicción íntima, una sensorialidad muy fina y un tono confesional que no teme el desgarro. En su libro Juegos de agua (1947) y, sobre todo, en su extenso poema Últimos días de una casa (1958), Loynaz alcanza una voz de rara intensidad, que le valdría el Premio Miguel de Cervantes en 1992. Su novela Jardín (1951) fue una obra de culto durante años antes de su reedición masiva.[7]

En una cuerda muy distinta se sitúa Nicolás Guillén (1902-1989), intelectual comprometido y máximo representante de la poesía negra o afrocubana. Desde la publicación de Motivos de son (1930), Guillén incorpora el ritmo del son cubano a la métrica castellana, logrando una simbiosis que supera el pintoresquismo para ahondar en la cultura y los conflictos sociales del negro y del mulato en Cuba. Su libro Sóngoro cosongo (1931) y, sobre todo, El son entero (1947) consolidan una voz poética que funde vanguardia estética y compromiso social. La crítica coincide en que Guillén transformó la poesía en lengua española al incorporar a ella la musicalidad y la oralidad de la cultura popular afrocaribeña.

4.2. Narrativa: Alejo Carpentier y lo real maravilloso[editar]

En narrativa, la figura descollante de la primera mitad del siglo es Alejo Carpentier (1904-1980). Aunque nació en Lausana (Suiza) y se educó entre Europa y Cuba, Carpentier se instaló en La Habana a finales de la década de 1930 y desarrolló allí una obra novelística de capital importancia para las letras hispanoamericanas. Su viaje a Haití en 1943 fue determinante para la formulación del concepto de "lo real maravilloso", que quedó plasmado en el prólogo de El reino de este mundo (1949). Allí Carpentier sostiene que la maravilla no es una invención del escritor sino un componente constitutivo de la realidad americana, visible en la historia misma del continente.[8]

Otras novelas de Carpentier como Los pasos perdidos (1953), El siglo de las luces (1962) y El recurso del método (1974) exploran temas como el viaje iniciático, la Revolución Francesa en el Caribe o las dictaduras latinoamericanas, siempre desde una prosa de aliento barroco y una imponente erudición musicológica y arquitectónica. Tras el triunfo de la Revolución Cubana, Carpentier se estableció de manera definitiva en La Habana y desempeñó cargos culturales de relevancia, aunque la crítica posterior ha matizado su identificación plena con las directrices culturales oficiales.

5. José Lezama Lima y el grupo Orígenes[editar]

La revista Orígenes, fundada en 1944 por José Lezama Lima (1910-1976) y José Rodríguez Feo, congregó durante más de una década a la vanguardia poética e intelectual cubana. En torno a ella se formó un grupo que incluía a Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego y Gastón Baquero, entre otros. Orígenes defendió una concepción de la poesía como forma de conocimiento y como ejercicio de la libertad espiritual frente a las urgencias de la política.[9]

En el centro de esta experiencia figura Lezama Lima, cuya obra es una de las más ambiciosas y herméticas de la literatura en español. Su poesía, reunida en libros como Muerte de Narciso (1937) y Enemigo rumor (1941), despliega una imaginería barroca y una sintaxis de complejidad poco común. Sin embargo, su legado más universal es su novela Paradiso (1966), una construcción verbal que funde novela de aprendizaje, autobiografía, tratado metafísico y poema en prosa. La novela fue objeto de controversia en la Cuba de su momento, tanto por su dificultad estilística como por la presencia de escenas homoeróticas que la pusieron en tensión con la censura oficial.[10]

La influencia de Lezama sobre las generaciones posteriores de narradores cubanos —de Severo Sarduy a Abilio Estévez— es inmensa, y su revalorización como uno de los grandes prosistas del siglo XX no ha dejado de crecer.

6. Literatura posterior a 1959: Revolución, exilio y disidencia[editar]

El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 alteró de manera sustancial el mapa literario. El nuevo gobierno creó instituciones como la Imprenta Nacional y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y puso en marcha una política cultural que, en sus primeros años, combinó el fomento a las artes con un progresivo control ideológico. El célebre discurso de Fidel Castro "Palabras a los intelectuales" (1961), donde sentenció "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada", marcó el horizonte de lo publicable.[11]

Parte sustancial de la literatura cubana se escribió desde entonces en el exterior. En el exilio se encuentran figuras como Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), autor de Tres tristes tigres (1967), novela de un experimentalismo verbal desbordante que retrata la noche habanera anterior a la Revolución y está considerada una de las cimas de la literatura en español del siglo XX. Cabrera Infante fundó en Londres, en 1964, la revista Mundo Nuevo, y posteriormente desarrolló una obra ensayística y narrativa que combinó el inglés y el español, con títulos como La Habana para un infante difunto (1979).

Caso distinto es el de Severo Sarduy (1937-1993), quien abandonó la isla en 1960 y se estableció en París, donde formó parte del grupo de Tel Quel y desarrolló una obra narrativa y poética marcada por el neobarroco y la teoría posestructuralista. Sus novelas, entre ellas De donde son los cantantes (1967) y Cobra (1972), son ejercicios de una radicalidad formal que llevan al extremo la herencia de Lezama.

Dentro de Cuba, el panorama fue variado. En la década de 1960 y 1970, junto a una producción narrativa de carácter testimonial (el llamado "testimonio", que tuvo en Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet, un modelo influyente), se escribieron obras que exploraron las tensiones del nuevo orden, como El mundo alucinante (1969), o la poesía coloquialista de autores como Nancy Morejón y Víctor Casaus.

En los años 1990, el derrumbe del bloque soviético y el inicio del llamado "Período Especial" trajeron consigo una renovación significativa. Surgieron narradores que abordaron la realidad cubana con un lenguaje despojado y una mirada crítica, a menudo limitada por las condiciones de publicación. Escritores como Leonardo Padura, con su tetralogía de novelas policiacas Las cuatro estaciones (1991-1998), protagonizada por el detective Mario Conde, consiguieron proyectar la narrativa cubana al mercado internacional. Padura, formado en la UNEAC, ha sabido sortear las difíciles aguas entre la crítica al presente cubano y la permanencia en la isla, erigiéndose en una de las voces más autorizadas de las letras cubanas contemporáneas.

7. Ensayo, pensamiento y orígenes de la cubanidad[editar]

La tradición ensayística cubana es una de las más robustas de América Latina. A lo largo del siglo XX, la pregunta por la identidad nacional —"¿qué es lo cubano?"— generó un corpus que va de la antropología a la crítica literaria.

Fernando Ortiz (1881-1969) es el fundador de los estudios afrocubanos. Su libro capital, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), introduce el concepto de "transculturación", clave para entender los procesos de intercambio e hibridación cultural en el Caribe.[12] Ortiz fue también un infatigable investigador de las culturas de origen africano en Cuba, con obras como Los instrumentos de la música afrocubana (1952-1955).

En el campo de la crítica literaria, Cintio Vitier (1921-2009) desempeñó un papel articulador fundamental. Su libro Lo cubano en la poesía (1958) es una obra de referencia para entender la evolución de la lírica insular. Vitier, junto con Fina García Marruz, compuso además una vasta obra poética y ensayística de inspiración católica y vocación integradora.

Otro ensayista imprescindible es Roberto Fernández Retamar (n. 1930), poeta y director durante décadas de la revista Casa de las Américas. Su ensayo Calibán (1971), que reelabora la metáfora shakespeariana para reivindicar la condición mestiza y rebelde de América Latina frente al colonialismo cultural europeo, generó un debate internacional y sigue siendo texto de discusión en los estudios poscoloniales.

8. Presencia de la literatura cubana en el mundo hispanohablante[editar]

La difusión de la literatura cubana en España y en los países de lengua española ha sido constante desde el siglo XIX. La figura de Martí, admirado tempranamente por la generación del 98 en España, fue reivindicada por poetas como Juan Ramón Jiménez. En la segunda mitad del siglo XX, editoriales españolas como Seix Barral, Tusquets y Anagrama promovieron la obra de autores cubanos del exilio y de la isla, facilitando su circulación en un mercado editorial que la administración revolucionaria no podía controlar.

En América Latina, la influencia cubana fue notable durante los años del Boom, en particular a través de Carpentier y Cabrera Infante. Ambos participaron activamente en la vida literaria de México, Buenos Aires y París, y contribuyeron a la configuración de una narrativa que se leyó como continental. Guillén, por su parte, mantuvo un diálogo constante con poetas como el argentino Raúl González Tuñón y el peruano César Vallejo, y su poesía fue musicada y difundida por cantautores de toda la región.

En el terreno de la traducción y la recepción, la literatura cubana presenta un desfase: mientras autores como Carpentier, Cabrera Infante y Guillén gozan de un reconocimiento canónico sólido, otros como Lezama Lima o Virgilio Piñera han tenido una recepción más lenta y fragmentaria fuera del ámbito académico. La literatura escrita por mujeres cubanas —Dulce María Loynaz, Lydia Cabrera, Fina García Marruz, Carilda Oliver Labra— ha sido objeto de una reivindicación crítica creciente en las últimas décadas, que está modificando el canon recibido.

9. Literatura infantil y juvenil[editar]

Cuba cuenta con una tradición notable de literatura para niños y jóvenes. Como se indicó más arriba, La Edad de Oro de Martí es la fundación de esta línea, con cuentos, poemas y artículos que evitan el tono paternalista y confían en la inteligencia del lector infantil. En el siglo XX, autores como Dora Alonso (1910-2001) y Onelio Jorge Cardoso (1914-1986) escribieron cuentos para niños que incorporaban elementos de la fauna y el paisaje cubanos. La obra de Alonso, en particular, ha sido destacada por su capacidad para tratar temas complejos desde una sensibilidad próxima a la infancia. En la actualidad, la literatura infantil cubana sigue siendo un campo activo, si bien su difusión exterior es limitada.

10. Desafíos y panorama actual[editar]

La literatura cubana del siglo XXI se caracteriza por una situación paradójica: una producción abundante y de calidad contrasta con un ecosistema editorial doméstico frágil, afectado por la escasez de papel y la censura intermitente. A ello se suma la dualidad entre los escritores que residen en la isla y aquellos que escriben desde la diáspora, en particular desde Miami, Madrid y Barcelona. La llamada "literatura del exilio", que ya era una realidad en los años sesenta y setenta, se ha visto renovada por las olas migratorias posteriores a 1990 y a 2021, y ha generado un corpus narrativo que aborda desde el desgarro migratorio hasta el reencuentro con la isla desde la distancia.

Autores como Wendy Guerra, Karla Suárez, Abilio Estévez, Reinaldo Arenas (cuya obra ha cobrado una segunda vida póstuma) y los poetas del llamado "grupo Diáspora(s)" confluyen en un escenario descentralizado, donde la condición insular se convierte a menudo en una poderosa metáfora de la identidad amenazada y en construcción constante. La crítica reciente insiste en que, pese a las dificultades materiales y políticas, la literatura escrita desde Cuba y desde su periferia diásporica sigue siendo una de las más vitales y propositivas del ámbito hispanoamericano contemporáneo.


  1. Las Casas llegó a la isla en 1500 y en ella comenzó su largo debate sobre el tratamiento a los indígenas, que culminaría en la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552). Su influencia sobre las letras y la conciencia crítica cubana es reconocida por ensayistas del siglo XX como Fernando Ortiz. ↩︎

  2. El manuscrito original fue hallado por el bibliógrafo José Antonio Echeverría en 1838. La primera edición impresa corrió a cargo de la Revista de Cuba en 1880. ↩︎

  3. Domingo del Monte (1804-1853) fue un crítico, mecenas y escritor nacido en Venezuela pero formado en Cuba. Su epistolario constituye una fuente imprescindible para la historia cultural cubana de la primera mitad del siglo XIX. ↩︎

  4. Su novela Sab (1841), que aborda la historia de un esclavo mulato enamorado de una mujer blanca, fue publicada en España y circuló de manera clandestina en Cuba por su contenido antiesclavista. Está considerada una de las primeras novelas abolicionistas escritas en español. ↩︎

  5. Versos sencillos contiene algunos de los poemas más conocidos de la lengua española, entre ellos el poema I ("Yo soy un hombre sincero") que, musicalizado como "Guantanamera", se ha convertido en un emblema de Cuba en todo el mundo. ↩︎

  6. Casal murió a los 29 años, durante una velada en casa de un amigo, de una hemorragia provocada por una antigua afección tuberculosa. ↩︎

  7. La trayectoria de Loynaz es atípica: publicó poco, vivió en su quinta habanera rodeada de una leyenda de excentricidad, y fue objeto de redescubrimiento tardío. Su reconocimiento con el Cervantes supuso la consagración definitiva de una obra que había circulado de manera muy restringida durante décadas. ↩︎

  8. La formulación de Carpentier ha sido muy debatida. Se la ha emparentado con el realismo mágico de Gabriel García Márquez, aunque el autor cubano insistió siempre en la especificidad de su concepto, ligado a lo histórico y a lo barroco, más que a lo fabuloso y a lo mítico. ↩︎

  9. La revista se publicó entre 1944 y 1956, con 40 números. Su etapa final estuvo marcada por la ruptura entre Lezama y Rodríguez Feo, que dio lugar a la publicación paralela de Ciclón, de signo más abiertamente político. ↩︎

  10. Las dificultades para la distribución de la novela fueron notables. El propio Lezama se vio sometido a un periodo de ostracismo en los años siguientes. No obstante, el reconocimiento internacional fue casi inmediato, con ediciones en México, Argentina y España, y el elogio entusiasta de escritores como Octavio Paz y Julio Cortázar. ↩︎

  11. El discurso se produjo en la Biblioteca Nacional José Martí, en una serie de reuniones con escritores y artistas convocadas tras el escándalo suscitado por la prohibición del documental P.M., de Sabá Cabrera y Orlando Jiménez Leal. ↩︎

  12. El término "transculturación" fue acuñado por Ortiz como alternativa al de "aculturación", que consideraba demasiado unidireccional. Su propuesta subraya la creación de algo nuevo a partir del contacto entre culturas, un proceso que él observaba en la sociedad cubana desde su formación histórica. ↩︎