Revolución rusa
| Revolución rusa (Революция 1917 года в России) |
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| Parte de | Primera Guerra Mundial y las revoluciones de 1917–1923 |
|---|---|
| Fechas | Revolución de Febrero: 23 de febrero–2 de marzo de 1917 (juliano), equivalente al 8–15 de marzo de 1917 (gregoriano); Revolución de Octubre: noche del 6 al 7 de noviembre (gregoriano), equivalente al 24–25 de octubre (juliano) |
| Lugar | Imperio ruso |
| Causas | Autocracia zarista, derrotas en la Primera Guerra Mundial, crisis económica, hambruna, desigualdad social y descontento popular |
| Resultado | Abdicación de Nicolás II, establecimiento de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia y posterior creación de la Unión Soviética |
| Participantes | Monarquía zarista, Gobierno Provisional Ruso, Sóviet de Petrogrado, bolcheviques, mencheviques, socialistas revolucionarios, kadetes, entre otros |
| Figuras principales | Nicolás II, Aleksandr Kérenski, Vladímir Lenin, León Trotski, Yákov Sverdlov |
1. Resumen[editar]
La Revolución rusa es el término con el que se conoce al conjunto de procesos políticos y sociales que tuvieron lugar en el Imperio ruso durante 1917 y que culminaron con el derrocamiento del régimen zarista y la instauración del primer Estado socialista del mundo bajo el liderazgo de Vladímir Lenin y el Partido Bolchevique. Se suele dividir en dos fases principales: la Revolución de Febrero, que acabó con la monarquía de los Románov y estableció un Gobierno Provisional de carácter liberal y democrático, y la Revolución de Octubre, mediante la cual los bolcheviques tomaron el poder y sentaron las bases para la creación de la Unión Soviética en 1922.
El proceso se inscribió en un contexto de profunda crisis provocada por la participación del Imperio ruso en la Primera Guerra Mundial, que desangró al ejército y colapsó una economía ya de por sí frágil. El hambre en las ciudades, la escasez de combustibles y la desmoralización de las tropas en el frente oriental crearon las condiciones para un estallido que, aunque al principio fue espontáneo, pronto fue canalizado por organizaciones revolucionarias con décadas de experiencia clandestina.
A diferencia de otras revoluciones modernas, la rusa tuvo un impacto global inmediato y duradero. Inspiró movimientos comunistas en todo el planeta, redibujó el mapa político del siglo XX y estableció un modelo de Estado que durante más de siete décadas compitió con las democracias liberales capitalistas. Para el mundo hispanohablante, su influencia se sintió con particular intensidad durante la Guerra Civil Española, en la que la Unión Soviética jugó un papel determinante, así como en el surgimiento de partidos y movimientos de izquierda en América Latina a lo largo de todo el siglo.
2. Antecedentes[editar]
2.1. La Rusia imperial a principios del siglo XX[editar]
A comienzos del siglo XX, el Imperio ruso era una monarquía autocrática gobernada por la dinastía Románov desde hacía tres siglos. El zar Nicolás II, que había ascendido al trono en 1894, concentraba un poder absoluto que ejercía a través de una vasta burocracia y del aparato represivo de la policía política, la Ojrana.[1] El país se extendía desde Europa oriental hasta el océano Pacífico y albergaba una población de aproximadamente ciento setenta millones de personas, compuesta por decenas de nacionalidades, lenguas y credos religiosos.
La economía rusa era predominantemente agraria. Más del ochenta por ciento de la población vivía en el campo y dependía de una agricultura atrasada, con técnicas rudimentarias y una distribución de la tierra que concentraba la propiedad en manos de la nobleza terrateniente. La servidumbre había sido abolida en 1861, pero la reforma agraria resultante dejó a los campesinos cargados de deudas —las llamadas «deudas de redención»— y atados a comunas aldeanas, los mir, que limitaban la movilidad individual y la innovación agrícola. El descontento campesino, latente durante décadas, se expresaba en revueltas periódicas y en una demanda constante de reparto de tierras.
La industrialización, impulsada con capital extranjero —sobre todo francés— y con una fuerte intervención estatal, había creado núcleos proletarios concentrados en unas pocas ciudades. San Petersburgo (entonces Petrogrado), Moscú, Nizhni Nóvgorod y Ekaterinoslav albergaban fábricas textiles, metalúrgicas y siderúrgicas con condiciones laborales extremadamente duras: jornadas de doce a dieciséis horas, salarios miserables, ausencia de seguridad social y prohibición efectiva de sindicatos legales. Esta clase obrera, numéricamente minoritaria pero concentrada y políticamente muy activa, se convertiría en la base social principal del movimiento revolucionario.
2.2. La Revolución de 1905[editar]
Un primer gran ensayo revolucionario ocurrió en 1905. La derrota rusa en la Guerra Ruso-Japonesa (1904–1905) desacreditó al régimen zarista y desató protestas que culminaron en el llamado «Domingo Sangriento» del 22 de enero de 1905, cuando tropas imperiales abrieron fuego contra una manifestación pacífica de obreros encabezada por el pope Gueorgui Gapón frente al Palacio de Invierno en San Petersburgo.[2]
Aquel episodio detonó una ola de huelgas, motines en la flota del mar Negro —el más célebre fue el del acorazado Potemkin— y la formación de los primeros sóviets o consejos de obreros, entre los que destacó el Sóviet de San Petersburgo, presidido brevemente por un joven León Trotski. La presión obligó al zar a promulgar el Manifiesto de Octubre, en el que se comprometió a crear una Duma (parlamento) con poderes legislativos, a conceder libertades civiles y a ampliar el sufragio. Sin embargo, en cuanto la ola revolucionaria remitió, Nicolás II fue vaciando de contenido esas concesiones: la Duma fue convocada con un sufragio censitario que favorecía a los propietarios y sus poderes fueron recortados progresivamente.
La Revolución de 1905 mostró al zarismo que el descontento podía hacer tambalear el trono, pero fue reprimida antes de que las distintas fuerzas opositoras —liberales, socialistas revolucionarios y marxistas— consiguieran coordinarse. Para el movimiento revolucionario, 1905 fue una «escuela»: los bolcheviques, los mencheviques y los socialistas revolucionarios extrajeron lecciones sobre la importancia de la huelga general, la necesidad de organizar el motín militar y el potencial revolucionario de los sóviets como órganos de poder obrero y campesino.
2.3. La Primera Guerra Mundial como catalizador[editar]
Cuando en agosto de 1914 el Imperio ruso entró en la Primera Guerra Mundial como aliado de Francia y el Reino Unido —la Triple Entente—, la ola de patriotismo inicial barrió momentáneamente el descontento social y reforzó la figura del zar. Sin embargo, la guerra se convirtió rápidamente en un desastre militar y logístico.
El ejército ruso, mal equipado y peor abastecido, sufrió derrotas aplastantes frente a las fuerzas alemanas. Las batallas de Tannenberg (agosto de 1914) y de los Lagos Masurianos aniquilaron a dos ejércitos rusos enteros y generaron centenares de miles de bajas. Para 1917, las bajas rusas —entre muertos, heridos y prisioneros— ascendían a varios millones. El sistema ferroviario, volcado en abastecer el frente, dejó a las ciudades sin alimentos ni combustible. La inflación se disparó y el poder adquisitivo de los salarios se derrumbó.
En la retaguardia, la incompetencia del gobierno zarista se hizo patente. La emperatriz Alejandra, de origen alemán, quedó al frente de los asuntos de Estado mientras el zar permanecía en el cuartel general del ejército en Maguilov. Bajo la influencia del místico Grigori Rasputín —que ejercía un poder creciente sobre la familia imperial gracias a su supuesta capacidad para aliviar la hemofilia del zarevich Alekséi—, el gobierno se convirtió en una sucesión de ministros ineptos nombrados y destituidos al capricho del favorito. La reputación de la monarquía se hundió y la oposición liberal en la Duma empezó a exigir un gobierno de confianza, terreno abonado para la chispa revolucionaria.
3. La Revolución de Febrero[editar]
3.1. El desencadenante[editar]
El 8 de marzo de 1917 (23 de febrero según el calendario juliano vigente en Rusia entonces) las obreras textiles de varias fábricas de Petrogrado —nombre que había adoptado San Petersburgo al empezar la guerra para evitar resonancias germánicas— salieron a la calle en el Día Internacional de la Mujer protestando por la escasez de pan y combustible. La manifestación, que pudo haber sido una más entre muchas, encontró un eco inmediato. En cuestión de horas se le sumaron obreros metalúrgicos de las grandes plantas de la ciudad y para el día siguiente la huelga era casi general.
El zar, desde el cuartel general de Maguilov, telegrafió la orden de «suprimir los desórdenes por la fuerza». Pero cuando las tropas de la guarnición de Petrogrado —compuestas en gran parte por reservistas de edad media y reclutas bisoños— recibieron la orden de disparar contra la multitud, empezaron a amotinarse. El 12 de marzo de 1917, regimientos enteros, como el legendario Regimiento Pávlovski y el Regimiento Volynski, se pasaron al lado de los manifestantes y distribuyeron armas entre los obreros. La ciudad quedó en manos de la multitud.
3.2. La abdicación del zar[editar]
Con Petrogrado irremediablemente perdido y los altos mandos militares convencidos de que solo la renuncia del soberano podía restaurar el orden y permitir continuar la guerra, los generales del Estado Mayor presionaron a Nicolás II para que abdicara. El 15 de marzo de 1917 (2 de marzo en el calendario juliano), en el vagón de su tren imperial en la estación de Pskov, el zar firmó su abdicación en favor de su hermano, el gran duque Miguel, quien sin embargo rechazó la corona al día siguiente. La dinastía Románov, que había gobernado Rusia desde 1613, dejó de existir.
La caída del zarismo fue extraordinariamente rápida: apenas ocho días separan la primera manifestación de mujeres del fin de una monarquía tricentenaria. Pero esa misma velocidad dejó sin resolver el problema de fondo: ¿quién debía gobernar ahora y con qué legitimidad?
3.3. El doble poder[editar]
A partir de febrero de 1917 se estableció en Rusia un sistema de «doble poder» (dvoevlastie) que habría de marcar todo el periodo hasta octubre. Por un lado, la Duma, dominada por los partidos liberales (kadetes y octubristas), formó un Gobierno Provisional encabezado primero por el príncipe Gueorgui Lvov y luego por el socialista moderado Aleksandr Kérenski. Este gobierno se proclamó depositario de la autoridad legal mientras se convocaban elecciones para una Asamblea Constituyente que decidiría la forma definitiva del Estado ruso.
Por otro lado, resurgieron con gran fuerza los sóviets de obreros y soldados, en particular el Sóviet de Petrogrado, que aglutinaba a los delegados de fábricas y regimientos de la capital. Aunque inicialmente los mencheviques y los socialistas revolucionarios (eseristas) dominaban los sóviets, estos órganos ejercían un poder fáctico sobre la economía y la guarnición militar gracias a la «Orden n.º 1», un decreto del Sóviet de Petrogrado que subordinaba la autoridad de los oficiales en las unidades militares a los comités de soldados elegidos por la tropa.
El Gobierno Provisional tenía la legitimidad formal pero no el control real sobre el ejército, las fábricas ni las calles; los sóviets tenían el control real pero carecían, al principio, de la voluntad de asumir el gobierno formal. Esta dualidad fue erosionándose a lo largo del verano y el otoño de 1917.
4. Del Gobierno Provisional a la Revolución de Octubre[editar]
4.1. Las tres crisis del Gobierno Provisional[editar]
El Gobierno Provisional, heredero de la Duma zarista, adoptó una agenda de reformas liberales: amnistía general, libertades civiles, abolición de la policía zarista y reconocimiento del derecho de huelga y de asociación. Pero pospuso las dos cuestiones que más preocupaban a obreros y campesinos: la salida de la guerra y la reforma agraria.
Esta postergación provocó tres crisis sucesivas. La primera, en abril de 1917, estalló cuando el ministro de Asuntos Exteriores, Pável Miliukov, envió una nota a los aliados reafirmando el compromiso ruso con la guerra «hasta la victoria final». Las calles de Petrogrado se llenaron de manifestantes, el propio Miliukov tuvo que dimitir y el gobierno se recompuso con la entrada de mencheviques y socialistas revolucionarios en un gabinete de coalición.
La segunda crisis, en julio, fue más grave. Las «Jornadas de Julio» vieron una insurrección semicontrolada de marineros de Kronstadt, obreros armados y soldados amotinados que exigían que los sóviets tomaran el poder. Aunque los bolcheviques intentaron encauzar el movimiento, la rebelión fue aplastada por tropas leales al Gobierno Provisional. Lenin, acusado de ser un agente alemán, huyó a Finlandia; León Trotski y otros líderes bolcheviques fueron encarcelados. La represión de julio pareció aniquilar al bolchevismo como fuerza política.
La tercera crisis, en agosto, fue protagonizada por la derecha contrarrevolucionaria. El general Lavr Kornílov, comandante en jefe del ejército, intentó un golpe de Estado con la intención de implantar una dictadura militar. Kérenski, que había ascendido a primer ministro, se vio obligado a pedir ayuda a los mismos bolcheviques a los que acababa de perseguir, y estos movilizaron a la Guardia Roja obrera y a los comités de soldados para defender Petrogrado. El golpe de Kornílov fracasó sin apenas combate —los ferroviarios se negaron a transportar a sus tropas y los agitadores bolcheviques convencieron a los soldados de desertar—, pero sus consecuencias políticas fueron devastadoras para el Gobierno Provisional, que quedó desacreditado a ambos lados del espectro político.
4.2. Las Tesis de Abril y la estrategia bolchevique[editar]
Cuando Lenin regresó a Petrogrado el 16 de abril de 1917, tras un accidentado viaje desde Zúrich en un tren sellado a través de Alemania, su posición sorprendió incluso a sus propios camaradas. En las llamadas «Tesis de Abril», expuestas ante el Partido Bolchevique, Lenin rechazó cualquier apoyo al Gobierno Provisional, defendió la transición inmediata a una república de sóviets y exigió la nacionalización de tierras y bancos, el control obrero de la producción y la paz inmediata sin anexiones ni indemnizaciones. La consigna central era: «Todo el poder a los sóviets».
Al principio, las Tesis de Abril fueron recibidas con estupor dentro del propio bolchevismo, que hasta entonces había mantenido una posición de «apoyo crítico» al Gobierno Provisional. Pero a lo largo de la primavera y el verano, la radicalización de las masas y el desprestigio del gobierno hicieron que la línea leninista se impusiera. El fracaso de la Ofensiva Kérenski —una desastrosa operación militar en el frente de Galitzia en julio de 1917— y el intento de golpe de Kornílov, al que las masas identificaron con los sectores más reaccionarios del viejo régimen, empujaron a obreros y soldados hacia los bolcheviques, que aparecían como la única fuerza consecuentemente opuesta a la guerra y a la contrarrevolución.
4.3. El ascenso bolchevique en los sóviets[editar]
A lo largo del verano de 1917, los bolcheviques fueron ganando terreno en las elecciones a los sóviets de las principales ciudades y, sobre todo, en los comités de fábrica y en los sóviets de soldados del frente y de la retaguardia. En septiembre, el Sóviet de Petrogrado —el más importante del país— eligió a León Trotski como su presidente, cargo que ya había ocupado efímeramente en 1905. El Sóviet de Moscú también pasó a manos bolcheviques.
Este desplazamiento en la correlación de fuerzas dentro de los sóviets fue decisivo: significaba que el «poder dual» ya no era entre el gobierno y los sóviets en abstracto, sino entre el Gobierno Provisional y unos sóviets que ahora estaban dirigidos por un partido —el bolchevique— que abogaba abiertamente por la insurrección armada.
4.4. La Revolución de Octubre[editar]
A principios de octubre de 1917, Lenin, todavía clandestino en Finlandia, empezó a bombardear al Comité Central bolchevique con cartas exigiendo la insurrección inmediata. El argumento era que la situación era excepcionalmente favorable —los bolcheviques tenían mayoría en los sóviets de las dos capitales— y que esperar a la convocatoria de la Asamblea Constituyente o al II Congreso de los Sóviets (convocado para finales de octubre) podía dar tiempo al Gobierno Provisional a reaccionar.
Dentro del Comité Central bolchevique hubo una fuerte resistencia: Grigori Zinóviev y Lev Kámenev argumentaron que las condiciones no estaban maduras, que la clase obrera no respaldaría mayoritariamente un golpe y que era preferible esperar y acumular fuerzas. Lenin, sin embargo, logró imponerse en la votación del Comité Central el 23 de octubre de 1917 (10 de octubre del calendario juliano).
La insurrección fue planeada y ejecutada bajo la dirección organizativa de León Trotski, que presidía el Comité Militar Revolucionario del Sóviet de Petrogrado. Durante la noche del 6 al 7 de noviembre de 1917 (24 al 25 de octubre del calendario juliano), los destacamentos de la Guardia Roja y los soldados y marineros leales al Comité Militar Revolucionario ocuparon sin apenas resistencia los puntos neurálgicos de la ciudad: estaciones de ferrocarril, centrales telefónicas, oficinas de correos, la sede del Banco Estatal y los puentes sobre el río Nevá.
En la madrugada del 7 de noviembre, los insurrectos rodearon el Palacio de Invierno, sede del Gobierno Provisional, defendido por un puñado de cadetes y el Batallón de Mujeres de la Muerte. El asalto —que en la imaginería soviética sería magnificado como una gran batalla— se resolvió con escasa violencia: un cañonazo de salva del crucero Aurora, anclado en el Nevá, sirvió como señal, y los ministros del gobierno fueron detenidos prácticamente sin derramamiento de sangre. Kérenski había escapado horas antes en un coche de la embajada estadounidense.
Esa misma noche, el II Congreso de los Sóviets de toda Rusia, reunido en el Instituto Smolny, aprobó la transferencia del poder a los sóviets, adoptó el Decreto sobre la Paz —que proponía a todos los beligerantes una paz inmediata sin anexiones ni indemnizaciones— y el Decreto sobre la Tierra —que abolía la propiedad terrateniente sin compensación y entregaba las tierras a los campesinos—, y constituyó un nuevo gobierno, el Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom), presidido por Vladímir Lenin.
5. La Guerra Civil Rusa (1918–1922)[editar]
5.1. Bandos y fases[editar]
La toma del poder por los bolcheviques no fue aceptada por un amplio espectro de fuerzas políticas, sociales y militares, y desencadenó la Guerra Civil Rusa, que asoló el antiguo imperio entre 1918 y 1922.[3] El conflicto enfrentó fundamentalmente al Ejército Rojo, organizado por León Trotski como comisario de Guerra y sustentado sobre el reclutamiento obligatorio y una férrea disciplina, contra el llamado «Movimiento Blanco», una coalición heterogénea que agrupaba desde monárquicos nostálgicos del zarismo hasta liberales kadetes, socialistas moderados y oficiales del antiguo ejército imperial.
El Movimiento Blanco nunca estuvo unificado políticamente —su único denominador común era la oposición a los bolcheviques— y operó en varios frentes separados: el del sur, comandado por el general Antón Denikin y luego por el barón Piotr Wrangel; el de Siberia, bajo el almirante Aleksandr Kolchak; y el del noroeste, con el general Nikolái Yudénich. Además, la guerra se complicó con la intervención directa de potencias extranjeras —el Reino Unido, Francia, los
Estados Unidos y, sobre todo, Japón— que desembarcaron tropas en diversos puntos del territorio ruso con el objetivo declarado de mantener a Rusia en la guerra contra Alemania y, más tarde, de impedir la expansión del bolchevismo.
5.2. El comunismo de guerra[editar]
Para hacer frente a la emergencia bélica, el gobierno bolchevique implantó una política económica conocida como «comunismo de guerra»: nacionalización de toda la industria, requisa forzosa de grano y productos agrícolas a los campesinos para abastecer a las ciudades y al ejército, abolición del comercio privado y supresión del dinero como mecanismo de intercambio —los servicios públicos y el transporte pasaron a ser gratuitos—. Esta política provocó una hambruna devastadora, una caída catastrófica de la producción industrial y agrícola, y una oposición creciente entre los propios sectores que habían respaldado la Revolución de Octubre.
El episodio más dramático de esta oposición fue la Rebelión de Kronstadt de marzo de 1921, cuando los marineros de la base naval de Kronstadt —los mismos que habían sido «la gloria y el orgullo de la revolución» en 1917— se alzaron contra el gobierno bolchevique al grito de «¡Sóviets sin bolcheviques!». La rebelión fue aplastada sangrientamente por el Ejército Rojo bajo el mando de Mijaíl Tujachevski, pero dejó claro que el régimen no podía seguir con las políticas de guerra una vez derrotados los ejércitos blancos.
5.3. La Nueva Política Económica[editar]
En el X Congreso del Partido Comunista de Rusia (bolchevique), celebrado en marzo de 1921, Lenin anunció la Nueva Política Económica (NEP), un repliegue estratégico que reintroducía elementos de mercado en la economía: los campesinos podían vender sus excedentes en el mercado libre tras pagar un impuesto en especie, se autorizaba el pequeño comercio privado y se permitían algunas empresas mixtas con capital extranjero, aunque el Estado retenía el control de los grandes sectores estratégicos (banca, gran industria, transporte). La NEP permitió una rápida recuperación económica y una cierta pacificación social, aunque a costa de generar nuevas tensiones en el seno del Partido Comunista entre quienes la veían como una traición a los principios revolucionarios y quienes la defendían como un mal necesario.
5.4. La ejecución de la familia imperial[editar]
Uno de los episodios más controvertidos de la Guerra Civil fue la ejecución del zar Nicolás II, la zarina Alejandra y sus cinco hijos —Olga, Tatiana, María, Anastasia y el zarevich Alekséi— junto con varios criados, ocurrida la noche del 16 al 17 de julio de 1918 en la Casa Ipátiev de Ekaterimburgo, en los Urales. La familia imperial, que llevaba meses bajo arresto domiciliario tras haber sido trasladada de Tsárskoye Seló a Tobolsk y luego a Ekaterimburgo, fue fusilada y sus cuerpos quemados y enterrados en una mina abandonada por orden del Sóviet Regional de los Urales, con el consentimiento tácito o explícito de la dirección bolchevique en Moscú. Durante décadas, el régimen soviético ocultó los detalles del asesinato y mantuvo la ficción de que solo el zar había sido ejecutado.
6. La fundación de la Unión Soviética[editar]
Tras la victoria en la Guerra Civil, el mapa político del antiguo Imperio ruso había cambiado radicalmente. Las regiones periféricas —Ucrania, Bielorrusia, el Cáucaso, Asia Central— habían sido escenario de la formación de repúblicas soviéticas formalmente independientes pero gobernadas por partidos comunistas subordinados al centro ruso. En diciembre de 1922, en el I Congreso de los Sóviets de la Unión, celebrado en Moscú, la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, la República Socialista Soviética de Ucrania, la República Socialista Soviética de Bielorrusia y la República Socialista Federativa Soviética de Transcaucasia se unieron para formar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
La estructura federal de la URSS, plasmada en la Constitución de 1924, establecía una doble autoridad: por un lado, las repúblicas conservaban formalmente el derecho a la secesión y un cierto margen de autonomía cultural y administrativa; por otro, el Partido Comunista, dirigido desde Moscú y organizado según el principio del «centralismo democrático» —decisión tomada, ejecución obligatoria—, funcionaba como el verdadero centro de poder que unificaba el conjunto. Esta tensión entre federalismo formal y centralismo real sería una de las constantes de la historia soviética y, en última instancia, una de las causas de su desintegración en 1991.
7. Consecuencias y legado[editar]
7.1. Impacto en la política mundial[editar]
La Revolución rusa de 1917 alteró el curso de la historia del siglo XX de una manera que pocos acontecimientos pueden igualar. Por primera vez, un partido que se reclamaba marxista no solo había tomado el poder, sino que lo había mantenido, sobrevivido a una guerra civil y empezado a construir un Estado que se proclamaba alternativo al capitalismo. La creación de la Internacional Comunista (Comintern) en 1919, con sede en Moscú, extendió esta influencia a escala global: los partidos comunistas de todo el mundo se adhirieron a las «veintiuna condiciones» impuestas por Lenin y quedaron como secciones nacionales de una organización dirigida por el Partido Comunista de la Unión Soviética.
El «fantasma del comunismo», que Karl Marx y Friedrich Engels habían invocado en el Manifiesto Comunista de 1848, adquirió un cuerpo estatal. En los años veinte y treinta, la Unión Soviética fue simultáneamente un modelo de emancipación para los movimientos obreros y anticoloniales y un adversario existencial para las democracias liberales y los regímenes fascistas. La polarización del mundo en dos bloques después de la Segunda Guerra Mundial —la Guerra Fría— no puede entenderse sin la Revolución rusa como punto de partida.
7.2. Debate historiográfico[editar]
La Revolución rusa ha sido objeto de un intenso debate historiográfico que continúa hasta hoy. Durante la era soviética, la historiografía oficial presentaba octubre de 1917 como un acontecimiento inevitable, el resultado necesario de las leyes del desarrollo histórico tal como las había formulado el marxismo-leninismo; la revolución era un acto heroico de las masas guiadas por el Partido Bolchevique bajo la genial dirección de Lenin. La historiografía liberal y conservadora occidental tendió a presentarla, por el contrario, como un golpe de Estado ejecutado por una minoría fanática que impuso una dictadura sobre una sociedad mayoritariamente hostil.[4]
La apertura parcial de archivos soviéticos tras el colapso de la URSS en 1991 ha enriquecido el panorama. Sabemos hoy mucho más sobre el funcionamiento del Partido Bolchevique, las tensiones internas del régimen, las dimensiones de la represión durante la Guerra Civil y la naturaleza del apoyo popular —y de la oposición— a los bolcheviques en los distintos sectores sociales y regiones del antiguo imperio.
7.3. De la NEP al estalinismo[editar]
La Revolución rusa también contiene en germen el debate sobre lo que vino después. El periodo de la NEP fue una década de transición, de tensión entre las aspiraciones utópicas de la revolución y las realidades de un país atrasado y agotado por siete años de guerra. La muerte de Lenin en enero de 1924 desató una lucha por el poder que enfrentó, en sucesivas fases, a los principales dirigentes bolcheviques: León Trotski, Iósif Stalin, Nikolái Bujarin, Zinóviev y Kámenev. La victoria de Stalin a finales de los años veinte implicó el abandono de la NEP, el inicio de la colectivización forzosa de la agricultura y la industrialización acelerada por medio de los planes quinquenales, y la implantación de un régimen de terror de masas que costaría millones de vidas.
Qué relación existe entre la Revolución de 1917 y el estalinismo es una de las preguntas fundamentales de la historiografía y de la teoría política del siglo XX. Para unos, el estalinismo es la negación y la traición a la revolución —la tesis de la «revolución traicionada» que el propio León Trotski formuló en el exilio—; para otros, la revolución llevaba en su interior, ya desde las prácticas leninistas de partido único, represión de la disidencia y supresión de la democracia interna en los sóviets, las semillas del régimen que construiría Stalin.
8. Presencia en el mundo hispanohablante[editar]
8.1. Recepción e impacto en España[editar]
En
España, la Revolución rusa tuvo un impacto inmediato y profundo, sobre todo entre el movimiento obrero. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) vivió un intenso debate sobre la adhesión a la Internacional Comunista. Partidarios de la Tercera Internacional, encabezados por un sector de las Juventudes Socialistas, escindieron el partido en 1921 y fundaron el Partido Comunista de España (PCE). El eco de octubre de 1917 resonó con especial fuerza durante la Guerra Civil Española (1936–1939), cuando la Unión Soviética se convirtió en el principal —y durante largos periodos, el único— aliado militar de la República, mientras que las Brigadas Internacionales, organizadas por la Comintern, incluían a numerosos voluntarios que habían luchado en la Guerra Civil Rusa o militaban en partidos comunistas de todo el mundo. La ayuda soviética fue decisiva para prolongar la resistencia republicana, pero también implicó una creciente influencia del PCE sobre el gobierno republicano y la represión de las organizaciones de izquierda no estalinistas, como el POUM y los anarquistas de la CNT-FAI, episodio que George Orwell relataría en su célebre Homenaje a Cataluña.
8.2. Influencia en América Latina[editar]
En América Latina, la Revolución rusa inspiró la fundación de partidos comunistas a lo largo de los años veinte y treinta, muchos de ellos vinculados inicialmente a la Comintern. La Revolución mexicana, que había estallado en 1910, compartió con la revolución rusa ciertos temas —la cuestión agraria, el anticlericalismo, la tensión entre revolución política y revolución social— aunque con trayectorias y desenlaces muy diferentes. La Revolución cubana de 1959 se reivindicó, sobre todo a partir de su giro hacia el marxismo-leninismo en 1961, como heredera de octubre de 1917, y la Unión Soviética se convirtió en el principal sostén económico y militar del régimen de Fidel Castro hasta su colapso en 1991. Los movimientos guerrilleros que proliferaron en Centroamérica y Sudamérica en los años sesenta, setenta y ochenta —en
Colombia,
Perú,
Guatemala,
El Salvador, Nicaragua— encontraron en la Revolución rusa una genealogía y un modelo de referencia, aunque a menudo mediado por las experiencias china y cubana.
8.3. En la cultura y la literatura hispánicas[editar]
La Revolución rusa ha dejado también una huella considerable en la cultura hispanohablante. Escritores como César Vallejo —que visitó repetidamente la Unión Soviética y le dedicó su libro Rusia en 1931— y Rafael Alberti reflejaron en sus obras la fascinación y el conflicto que la experiencia soviética despertaba entre los intelectuales de izquierda. En el cine, la figura de León Trotski —asilado en
México desde 1937 hasta su asesinato en 1940 por Ramón Mercader, un agente estalinista español— conecta directamente la Revolución rusa con la historia mexicana y española, y ha sido abordada en numerosas películas, documentales y novelas en español. El Museo Casa de León Trotsky en Coyoacán, Ciudad de México, es hoy uno de los lugares de memoria más visitados por quienes se interesan por la historia de la revolución.[5]
La Ojrana, formalmente el Departamento de Protección del Orden y la Seguridad Pública, fue la policía secreta zarista creada en 1881 tras el asesinato del zar Alejandro II. Sus funciones iban desde la infiltración de grupos revolucionarios hasta la censura y la persecución de movimientos obreros y estudiantiles. ↩︎
Entre las víctimas del Domingo Sangriento, las cifras oficiales de la época contabilizaron alrededor de un centenar de muertos y varios cientos de heridos, aunque fuentes opositoras elevaron el número a más de mil muertos. La brecha entre las cifras oficiales y las de la oposición se convirtió en sí misma en un arma política. ↩︎
La delimitación exacta del periodo de la Guerra Civil es polémica. Algunos historiadores la sitúan entre el verano de 1918 y finales de 1920, mientras que otros extienden su duración hasta 1922, incluyendo las campañas contra movimientos campesinos como la Revuelta de Tambov y la intervención japonesa en el Extremo Oriente ruso. ↩︎
Entre los hitos de esta controversia destacan las obras de la escuela «revisionista» anglosajona de los años setenta y ochenta —autores como Sheila Fitzpatrick, Alexander Rabinowitch y Ronald Suny—, que utilizaron fuentes soviéticas antes inaccesibles para matizar tanto la narrativa triunfalista soviética como la condena liberal, mostrando, por ejemplo, que los bolcheviques gozaban de un respaldo social significativo en los sóviets urbanos y en el ejército en octubre de 1917, pero también que la deriva autoritaria posterior fue temprana y no meramente una reacción a las circunstancias de la Guerra Civil. ↩︎
Trotski llegó a México a finales de 1937 gracias a las gestiones del pintor Diego Rivera, quien intercedió ante el presidente Lázaro Cárdenas para que se le concediera asilo político. Tras romper con Rivera, se instaló con su esposa Natalia Sedova en una casa de la calle Viena, en Coyoacán, donde fue asesinado en agosto de 1940. Mercader, el asesino, había nacido en Barcelona y era hijo de Caridad Mercader, una militante comunista española que colaboró con los servicios secretos soviéticos. ↩︎