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Cultura de Colombia

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CiudadesBogotá · Barranquilla · Santa Marta · Cartagena · Buenos Aires · Medellín · Madrid · Candelaria
MúsicaCumbia · Shakira · J Balvin · Carlos Vives · Juanes · Maluma · Karol G · Juan Gabriel
PaísesMéxico · Argentina · Ecuador · Venezuela · España
SeriesYo soy Betty, la fea · Narcos · Netflix
LiteraturaCarlos Fuentes · Cien años de soledad
Cultura de Colombia
País
República de Colombia
Idioma oficialEspañol
Lenguas cooficiales locales65 lenguas indígenas, 2 lenguas criollas (palenquera y raizal), romaní
Población52 millones (est. 2025)
Superficie1 141 748 km²
CapitalBogotá
Regiones culturalesAndina, Caribe, Pacífica, Orinoquía, Amazonía, Insular
Patrimonio Mundial UNESCO9 sitios (6 culturales, 2 naturales, 1 mixto)
Patrimonio Inmaterial UNESCO11 manifestaciones
Figuras literarias emblemáticasGabriel García Márquez, José Asunción Silva, Álvaro Mutis, Laura Restrepo
Figuras artísticas emblemáticasFernando Botero, Alejandro Obregón, Débora Arango
Géneros musicales propiosCumbia, vallenato, bambuco, porro, currulao, joropo llanero, champeta
Festivales mayoresCarnaval de Barranquilla, Feria de Cali, Feria de las Flores, Festival de la Leyenda Vallenata

1. Resumen[editar]

La cultura de Colombia es el resultado del encuentro —a menudo violento, pero también profundamente creativo— entre los pueblos indígenas originarios, los colonizadores europeos (principalmente españoles) y las comunidades africanas traídas durante el período colonial. Sobre ese sustrato triétnico se han depositado, desde el siglo XIX, oleadas migratorias del Medio Oriente, Europa no hispánica y Asia que han añadido matices adicionales al mosaico cultural del país. Colombia ocupa el extremo noroccidental de América del Sur y es el único país sudamericano con costas tanto en el océano Pacífico como en el mar Caribe, una dualidad geográfica que ha marcado de manera indeleble su producción cultural.

La diversidad geográfica —que abarca desde nieves perpetuas en la Sierra Nevada de Santa Marta hasta selvas húmedas en la Amazonía, pasando por los Llanos orientales y los desiertos de La Guajira— ha producido una fragmentación regional que se refleja en culturas locales muy diferenciadas. No existe una cultura colombiana homogénea, sino un entramado de culturas regionales que comparten ciertos referentes nacionales: la lengua española (con variantes dialectales marcadas), la herencia católica y un imaginario común forjado por la radio, la televisión y, más recientemente, las plataformas digitales.

En el plano internacional, Colombia es conocida por varias manifestaciones culturales que han alcanzado proyección global: el realismo mágico literario encarnado en Gabriel García Márquez, la obra pictórica de Fernando Botero, géneros musicales como la cumbia y el vallenato, artistas pop como Shakira y J Balvin, y un calendario festivo que incluye el Carnaval de Barranquilla —declarado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2003— y el Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar.

2. Orígenes y fundamentos históricos[editar]

2.1. Sustrato indígena[editar]

Antes de la llegada de los europeos en 1499, el territorio que hoy ocupa Colombia albergaba una multiplicidad de pueblos indígenas con desarrollos culturales muy desiguales. En la región andina, los muiscas habían alcanzado un nivel de organización social y política que incluía confederaciones de cacicazgos, una agricultura sofisticada basada en el maíz y la papa, y una orfebrería notable —la llamada Balsa Muisca, conservada en el Museo del Oro de Bogotá, es quizás el testimonio más célebre de esa tradición—.[1] En la Sierra Nevada de Santa Marta, los taironas construyeron complejos sistemas de terrazas agrícolas y caminos de piedra; sus descendientes, los koguis, arhuacos y wiwas, mantienen hasta hoy prácticas culturales y espirituales que se remontan a ese período.

En el suroccidente, los pueblos de la familia lingüística chibcha, los quillacingas y los pastos desarrollaron una cerámica refinada y técnicas de cultivo en altura. En el Pacífico, comunidades como los emberá y los wounaan conservan tradiciones de cestería, talla en madera y pintura corporal que han sido parcialmente incorporadas al repertorio artesanal colombiano contemporáneo. En la Amazonía, pueblos como los tikuna, uitoto y yucuna elaboran máscaras rituales y practican ceremonias como el yagé, vinculadas al chamanismo.

2.2. Legado colonial[editar]

La colonización española, iniciada con la fundación de Santa Marta en 1525 y de Cartagena de Indias en 1533, impuso la lengua castellana, la religión católica y las instituciones jurídicas y administrativas de la monarquía hispánica. Cartagena se convirtió en el principal puerto de entrada de esclavizados africanos a la América española, lo que explica la impronta afrodescendiente particularmente intensa en la costa Caribe y en la región del Pacífico colombiano.

Durante el período colonial, ciudades como Santafé de Bogotá (la actual Bogotá), Tunja y Popayán se consolidaron como centros de administración y cultura letrada. La Real Audiencia de Santafé, creada en 1549, y la Real Biblioteca Pública —fundada en 1777 y considerada la primera biblioteca pública del continente—[2] sentaron las bases de una cultura urbana criolla que a finales del siglo XVIII ya producía figuras como Antonio Nariño, traductor de los Derechos del Hombre. La Expedición Botánica (1783–1816), liderada por el sacerdote y naturalista español José Celestino Mutis, representó el primer esfuerzo sistemático de producción de conocimiento científico en el territorio, y su legado iconográfico —miles de láminas botánicas— constituye uno de los tesoros documentales del país.

2.3. Aporte africano y sincretismo[editar]

La presencia africana en Colombia se remonta al siglo XVI y fue particularmente intensa en las zonas cálidas y costeras, donde la población indígena había disminuido drásticamente por las epidemias y las condiciones de trabajo impuestas. En la costa Caribe, los palenques —comunidades de esclavizados fugitivos— dieron origen a tradiciones culturales propias. El más célebre de ellos, San Basilio de Palenque, fundado en el siglo XVII cerca de Cartagena, conserva una lengua criolla de base léxica española con elementos de lenguas bantúes —el palenquero— que aún hablan varios miles de personas y que fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Oral e Inmaterial en 2005.[3]

En la música, la danza y la religiosidad popular colombianas la huella africana es profunda: los tambores de la cumbia, los ritmos del currulao en el Pacífico, la tradición oral de los cantos fúnebres conocidos como alabaos y la santería costeña —con sus altares y sus ofrendas sincréticas— son manifestaciones de una africanía que se ha transformado en contacto con lo indígena y lo español. En la gastronomía, el uso del coco, el plátano frito y el pescado en la cocina del Caribe y del Pacífico también remite a ese legado.

3. Música[editar]

Colombia es, ante todo, un país de músicas. La variedad de géneros, estilos y formatos que conviven en su territorio no tiene parangón en América Latina, y esa riqueza es consecuencia directa de la diversidad regional y del mestizaje étnico descrito en los apartados anteriores. Algunos géneros han permanecido como expresiones locales o regionales; otros han trascendido las fronteras nacionales y se han convertido en embajadores culturales del país.

3.1. Cumbia[editar]

La cumbia es el género colombiano más difundido internacionalmente y el que con mayor claridad encarna el mestizaje triétnico: la percusión africana (tambores alegre, llamador y tambora), las melodías indígenas en las flautas de millo o gaitas, y las vestimentas y coreografías de influencia europea. Originaria de la región del Bajo Magdalena y la depresión momposina, la cumbia tradicional se baila en pareja con un movimiento circular alrededor de los músicos; la mujer arrastra los pies, portando una vela o un pañuelo, mientras el hombre la corteja con giros y pasos más amplios.

A partir de mediados del siglo XX, la cumbia fue adoptada y adaptada por orquestas de baile —Lucho Bermúdez y Pacho Galán son nombres canónicos de ese proceso— que la llevaron a los salones de las ciudades y, más tarde, a escenarios internacionales. En México, Argentina, Perú y Chile la cumbia fue objeto de apropiaciones locales que generaron subgéneros propios —cumbia villera, cumbia sonidera, cumbia chilena— que en ocasiones han regresado a Colombia en un curioso proceso de retroalimentación.[4]

3.2. Vallenato[editar]

El vallenato, originario de la región comprendida entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la serranía del Perijá —el antiguo Valle de Upar, hoy departamento del Cesar—, es un género de tradición oral y narrativa que se interpreta con acordeón diatónico, caja (tambor pequeño) y guacharaca. Sus cuatro ritmos o aires —paseo, merengue, son y puya— se diferencian por el tempo, la acentuación rítmica y la función social: el paseo, el más difundido, es el vehículo por excelencia de la canción narrativa; la puya, el más rápido, se reserva a los concursos de destreza en el acordeón.[5]

El Festival de la Leyenda Vallenata, que se celebra cada año en Valledupar desde 1968, ha sido el principal instrumento de institucionalización y proyección del género. La figura más emblemática del vallenato es el compositor Rafael Escalona (1927–2009), cuyas canciones retratan personajes, anécdotas y paisajes del Caribe colombiano con un tono entre costumbrista y poético. En las décadas de 1990 y 2000, artistas como Carlos Vives fusionaron el vallenato con el pop y el rock, acercándolo a audiencias masivas dentro y fuera del país.

En 2015, la UNESCO inscribió la música vallenata tradicional del Magdalena Grande en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

3.3. Salsa caleña[editar]

Cali, la tercera ciudad de Colombia, se ha autoproclamado «capital mundial de la salsa», y aunque la salsa es un género pan-caribeño creado en gran medida por la diáspora puertorriqueña y cubana en Nueva York, la apropiación caleña tiene rasgos distintivos: un estilo de baile rápido, acrobático y de piernas ágiles que se practica en las discotecas y en los «viejotecas» —espacios de baile que florecieron en los barrios populares a partir de los años sesenta—. El baile caleño enfatiza el juego de pies, los giros múltiples y una conexión estrecha con la percusión, en particular con el sonido del timbal y la campana.

La Feria de Cali, que se celebra cada diciembre, es el mayor escaparate anual de esta cultura salsera e incluye el Salsódromo, un desfile coreográfico con miles de bailarines. Orquestas como el Grupo Niche —fundado en Bogotá pero profundamente identificado con Cali— y Guayacán han llevado la salsa colombiana a escenarios de todo el mundo. Jairo Varela (1949–2012), fundador y director del Grupo Niche, es considerado uno de los compositores más importantes del género en el ámbito hispanohablante.

3.4. Otros géneros tradicionales[editar]

El bambuco es el género más representativo de la región andina colombiana. Interpretado con tiple, bandola y guitarra, tiene un compás característico en 6/8 o 3/4 y una lírica que evoca el paisaje montañoso y la vida campesina. Durante gran parte del siglo XX fue considerado «el ritmo nacional» por excelencia. En la región del Tolima Grande, el pasillo y la guabina completan el repertorio andino.

En los Llanos Orientales, el joropo comparte raíces con el joropo venezolano y se interpreta con arpa llanera, cuatro y maracas. El Torneo Internacional del Joropo en Villavicencio y el Festival del Retorno en Arauca son citas anuales para los cultores del género.

En la costa Pacífica, el currulao —que se baila en pareja con pañuelos al son de la marimba de chonta, los bombos y los cununos— refleja la herencia africana de la región. La marimba de chonta, un xilófono de madera de palma, fue declarada por la UNESCO Patrimonio Inmaterial en 2010, en una candidatura conjunta con Ecuador.

La champeta, originaria de los barrios populares de Cartagena en los años ochenta, es un género de fusión que combina ritmos africanos (soukous, highlife, mbaqanga) con letras en español y en palenquero. Inicialmente estigmatizada como música de los sectores marginados, la champeta se ha consolidado como uno de los géneros urbanos más vibrantes del Caribe colombiano.

3.5. Escena pop y urbana contemporánea[editar]

Colombia es, en el siglo XXI, un actor de primer orden en la música pop y urbana global. Shakira (Shakira Isabel Mebarak Ripoll), nacida en Barranquilla en 1977, es la artista colombiana más vendida de todos los tiempos, con una carrera de más de tres décadas que ha transitado del rock en español al pop bilingüe de alcance planetario. Juanes, nacido en Medellín, encontró en la fusión de rock, pop y ritmos colombianos una fórmula que le valió reconocimiento internacional en los años 2000.

A partir de la década de 2010, la explosión del reguetón y el llamado «sonido urbano latino» tuvo en Medellín uno de sus epicentros. Artistas como J Balvin, Maluma y Karol G han llevado el acento paisa a las listas de éxitos globales, y productores como Ovy on the Drums han contribuido a crear el sonido que domina las plataformas de streaming en español. La ciudad de Medellín se ha convertido en sede de importantes estudios de grabación y en destino de colaboraciones para artistas de toda América Latina y del mercado anglosajón.

4. Danza tradicional[editar]

La danza en Colombia es un reflejo directo de su geografía y de su historia. Cada región tiene sus bailes característicos, sus trajes típicos y sus coreografías, y muchos de ellos se ejecutan principalmente en contextos festivos o rituales.

4.1. Danzas del Caribe[editar]

La cumbia, ya descrita en el apartado musical, es también un baile de pareja que narra un cortejo amoroso. La mujer, con la falda larga de cuadros o flores típica de la región, se desplaza con pasos cortos mientras agita el extremo de la falda con una mano y sostiene con la otra una vela encendida. El hombre la rodea, alternando pasos largos y cortos, en un juego de seducción que nunca llega al contacto físico.

El mapalé es un baile de origen africano que se ejecuta al ritmo de tambores con movimientos vigorosos, contorsiones y un fuerte componente de percusión corporal. Originario de las comunidades palenqueras, el mapalé se asoció durante mucho tiempo a las fiestas populares del Caribe y se caracteriza por un tempo acelerado que exige gran resistencia física a los bailarines.

El porro, en sus variantes palmoteado y tapao, se baila en las fiestas de pueblo de la sabana de Córdoba y Sucre, a menudo al compás de las bandas papayeras.

4.2. Danzas andinas[editar]

El bambuco se baila en pareja, con movimientos cadenciosos que imitan los ritmos del trabajo campesino y el galanteo. La mujer se sujeta la falda con una mano mientras el hombre agita un pañuelo o un sombrero. El sanjuanero, típico del Tolima, es una danza de cortejo con coreografías que incluyen círculos, cruces y giros. El torbellino, de las tierras altas de Cundinamarca y Boyacá, es una danza colectiva que se baila en ronda o en parejas sueltas.

4.3. Danzas del Pacífico y los Llanos[editar]

En el Pacífico, el currulao es una danza de pañuelos que simboliza la libertad —el pañuelo ondeando evoca las cadenas rotas— y que se baila sobre el suelo de tierra apisonada, con los pies descalzos y un contacto muy directo con los tambores. La jota chocoana, en contraste, es una danza más recatada que refleja la influencia de los bailes de salón europeos adaptados al contexto afrocolombiano.

En los Llanos, el joropo se baila en pareja con zapateo y escobillado, imitando las faenas del hombre de a caballo: el coleador, el jinete y el vaquero. El galerón llanero es una variante más pausada y ceremonial.

5. Literatura[editar]

La literatura colombiana hunde sus raíces en las crónicas de Indias —Juan de Castellanos, con sus Elegías de varones ilustres de Indias (1589), es uno de los primeros testimonios escritos— y alcanza su momento de mayor proyección internacional con el llamado Boom latinoamericano de los años sesenta y setenta, del cual Gabriel García Márquez es, junto con Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, una de las figuras señeras.

5.1. Del siglo XIX al modernismo[editar]

Durante el siglo XIX, la literatura colombiana estuvo marcada por el costumbrismo y las polémicas políticas que siguieron a la independencia. Autores como Jorge Isaacs, con su novela María (1867) —arquetipo del romanticismo sentimental hispanoamericano—, y Tomás Carrasquilla, que retrató la vida de la región antioqueña con un realismo minucioso en obras como Frutos de mi tierra (1896) y La marquesa de Yolombó (1928), representan dos de las cumbres del período.

A finales del siglo XIX, José Asunción Silva (1865–1896) introdujo el modernismo en la poesía colombiana. Su Nocturno —«Una noche, una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas…»— es uno de los poemas más citados y recitados de la lengua española. Silva se suicidó a los treinta y un años, dejando una obra breve pero de una intensidad que anticipó muchas de las rupturas formales del siglo XX.

5.2. El Boom y Gabriel García Márquez[editar]

Gabriel García Márquez (1927–2014), nacido en Aracataca, Magdalena, y conocido universalmente como «Gabo», es la figura tutelar de la literatura colombiana y uno de los escritores más importantes del siglo XX en cualquier lengua. Su novela Cien años de soledad (1967) no solo fundó el canon del realismo mágico —una manera de narrar en la que lo extraordinario y lo cotidiano conviven sin fricción— sino que se convirtió en uno de los libros más leídos y traducidos de la historia, con más de 50 millones de ejemplares vendidos en más de 40 idiomas.

Otras obras fundamentales de García Márquez incluyen El coronel no tiene quien le escriba (1961), Crónica de una muerte anunciada (1981) y El amor en los tiempos del cólera (1985). En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura. Su discurso de aceptación, «La soledad de América Latina», es en sí mismo una pieza literaria que sintetiza la visión del continente que el autor cultivó durante toda su carrera.

Junto a García Márquez, Álvaro Mutis (1923–2013) —creador del personaje Maqroll el Gaviero, protagonista de una serie de novelas y poemas de tono filosófico y aventurero— representa la otra gran voz colombiana del período del Boom. Mutis recibió el Premio Cervantes en 2001.

5.3. Narrativa contemporánea[editar]

Las generaciones posteriores al Boom han producido una literatura más urbana, más introspectiva y a menudo más política. Laura Restrepo, con novelas como Delirio (2004, Premio Alfaguara) y Los divinos (2018), ha explorado las violencias colombianas desde una perspectiva íntima y femenina. Juan Gabriel Vásquez, con El ruido de las cosas al caer (2011, Premio Alfaguara), construyó una reflexión sobre las secuelas del narcotráfico en la vida cotidiana de Bogotá. Héctor Abad Faciolince, en El olvido que seremos (2006), elaboró un retrato conmovedor de su padre, el médico y defensor de derechos humanos Héctor Abad Gómez, asesinado en 1987, y de una generación diezmada por la violencia.

Otros autores destacados del panorama contemporáneo incluyen a Piedad Bonnett, William Ospina, Evelio Rosero (Premio Nacional de Literatura), Santiago Gamboa y Jorge Franco, cuya novela Rosario Tijeras (1999) se convirtió en un éxito editorial y en referente de la llamada «narco-literatura».

5.4. Poesía[editar]

La tradición poética colombiana, más recogida que la narrativa pero igualmente rica, incluye a figuras como León de Greiff (1895–1976), con su lenguaje inventivo y barroco; Aurelio Arturo (1906–1974), autor de un único libro, Morada al sur, que es considerado una de las cumbres de la lírica colombiana; y los nadaístas, un movimiento de ruptura fundado por Gonzalo Arango en 1958 que buscó sacudir a la sociedad colombiana con una poesía irreverente y contestataria. En décadas más recientes, poetas como María Mercedes Carranza (1945–2003), José Manuel Arango (1937–2002) y Raúl Gómez Jattin (1945–1997) han enriquecido el canon con voces muy personales.

6. Artes plásticas y visuales[editar]

6.1. Del período colonial al siglo XIX[editar]

El arte colonial colombiano es fundamentalmente religioso. La escuela quiteña —con la que la Nueva Granada compartió talleres e influencias— dejó en iglesias y conventos un patrimonio de pintura y escultura de notable factura. Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos (1638–1711), activo en Santafé, fue el pintor más importante del período virreinal y su obra, que cubre decenas de lienzos de temática sacra, se conserva en iglesias y museos de Bogotá, Tunja y otras ciudades.

En el siglo XIX, tras la independencia, la pintura colombiana se secularizó gradualmente. Retratistas como José María Espinosa y paisajistas como Luis García Hevia documentaron la naciente república y sus héroes.

6.2. Modernismo y vanguardias[editar]

En la primera mitad del siglo XX, artistas como Pedro Nel Gómez y Débora Arango introdujeron el muralismo de contenido social y la figuración expresionista. Arango, en particular, desafió los valores conservadores de la sociedad antioqueña con sus desnudos femeninos y sus escenas de denuncia política, y fue objeto de censura durante décadas.[6]

Alejandro Obregón (1920–1992), de origen catalán aunque profundamente colombiano, combinó el expresionismo europeo con elementos del paisaje y la simbología colombiana —cóndores, volcanes, el Caribe—, y su obra Violencia (1962) es uno de los testimonios pictóricos más potentes del período de La Violencia que sacudió al país en los años cincuenta. Enrique Grau, Omar Rayo y Eduardo Ramírez Villamizar completan, junto a Obregón, el cuarteto de los grandes nombres del arte moderno colombiano de la segunda mitad del siglo XX.

6.3. Fernando Botero y el arte contemporáneo[editar]

Fernando Botero (1932–2023), nacido en Medellín, es el artista colombiano más reconocido internacionalmente. Su estilo inconfundible —la volumetría exagerada, las figuras rotundas y la ironía socarrona— ha sido aplicado a escenas costumbristas, retratos de personajes históricos, versiones de obras clásicas de la pintura europea y, en sus últimos años, a la denuncia de la violencia (serie sobre Abu Ghraib). Las esculturas de Botero adornan plazas y avenidas de ciudades como Medellín, Bogotá, París, Nueva York y Madrid. El Museo Botero de Bogotá, que alberga una colección de más de 200 obras donadas por el artista, es uno de los más visitados del país.

En el arte contemporáneo colombiano destacan figuras como Doris Salcedo, cuya obra de instalación y escultura aborda el duelo y la memoria de las víctimas del conflicto armado —su intervención Sumando ausencias en la Plaza de Bolívar de Bogotá en 2016, en el marco del plebiscito por la paz, tuvo repercusión mundial—. Oscar Murillo, Miguel Ángel Rojas, Beatriz González y José Alejandro Restrepo son otros nombres de referencia en el arte colombiano actual.

7. Gastronomía[editar]

La gastronomía colombiana es tan diversa como su geografía y sus gentes. No existe un «plato nacional» único —aunque la bandeja paisa, el ajiaco santafereño y la arepa compiten por ese título simbólico—, sino un mosaico de cocinas regionales que han sido moldeadas por los productos disponibles en cada territorio y por las tradiciones culinarias de las comunidades que lo habitan.

7.1. Cocina andina[editar]

En el altiplano cundiboyacense, el ajiaco santafereño es el plato emblemático: una sopa espesa de tres variedades de papa (sabanera, pastusa y criolla), pollo y guasca, una hierba aromática que le da su sabor característico. Se sirve con alcaparras, crema de leche y aguacate. En el departamento de Boyacá, las sopas de maíz —como el mute y el cuchuco— y las arepas boyacenses —de maíz pelado, con cuajada— completan la tradición.

La región paisa (Antioquia, el Eje Cafetero y el norte del Valle) tiene en la bandeja paisa su plato más representativo. Se trata de un plato abundante que incluye frijoles, arroz, carne molida, chicharrón, chorizo, huevo frito, tajada de plátano maduro, arepa y aguacate. Su origen se remonta a la alimentación de los arrieros y campesinos de la región, que necesitaban un alto aporte calórico para las largas jornadas de trabajo.[7]

La arepa merece mención aparte. Aunque se consume en toda Colombia —y también en Venezuela—, cada región tiene sus variantes: la arepa paisa, delgada y sin relleno; la arepa de huevo, típica de la costa Caribe, frita y rellena con un huevo en su interior; la arepa de choclo, dulce y con queso; la arepa boyacense, de maíz amarillo; y decenas de variedades más.

7.2. Cocina del Caribe[editar]

La cocina de la costa Caribe colombiana se basa en pescados y mariscos, arroz con coco, plátano, yuca y ñame. El arroz con coco y pescado frito es una combinación clásica. La arepa de huevo y las carimañolas (fritos de yuca rellenos de carne o queso) son bocados populares. Los sancochos —de pescado, de gallina, de costilla—, cocidos a fuego lento con tubérculos y hierbas, se consumen en toda la región, especialmente los fines de semana.

En Cartagena, las fritangas callejeras y los cócteles de mariscos completan una oferta gastronómica que se ha sofisticado en las últimas décadas con la apertura de restaurantes de autor que revisitan la tradición caribeña con técnicas contemporáneas.

7.3. Cocina del Pacífico[editar]

La gastronomía del Pacífico colombiano, de fuerte ascendencia africana, utiliza profusamente el coco, el plátano verde, los pescados de río y de mar, y hierbas como el poleo y la albahaca de monte. Platos como el encocado de pescado o de camarones —cocidos en una salsa de leche de coco—, el arroz atollado y el tapacón de plátano verde frito son representativos de esta región que, por décadas de aislamiento geográfico, conservó una tradición culinaria muy diferenciada.

7.4. Bebidas[editar]

El tinto —café negro, a menudo endulzado con panela— es la bebida social por excelencia en toda Colombia. El país es uno de los mayores productores mundiales de café arábigo suave, y la cultura cafetera del Eje Cafetero fue declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2011. Las aguas de frutas —lulo, maracuyá, guanábana, mora, tomate de árbol— se preparan frescas en todos los hogares y restaurantes. En la región andina, la chicha —bebida fermentada de maíz— sobrevive como tradición popular, especialmente en Boyacá y Cundinamarca.

En cuanto a bebidas alcohólicas, el aguardiente —destilado de caña de azúcar aromatizado con anís— es la más consumida y está profundamente asociada a las fiestas populares y a la música de carrilera. Su graduación alcohólica ronda los 29 grados. El ron colombiano tiene también una tradición importante, especialmente en la costa Caribe.

8. Festividades y celebraciones[editar]

El calendario festivo colombiano es uno de los más densos del mundo. Prácticamente cada municipio celebra al menos una fiesta patronal o un festival anual, y varias de esas celebraciones han alcanzado proyección nacional e internacional.

8.1. Carnaval de Barranquilla[editar]

El Carnaval de Barranquilla, que se celebra durante los cuatro días anteriores al Miércoles de Ceniza, es la fiesta popular más importante de Colombia y fue declarado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2003. Sus orígenes se remontan a las celebraciones que los esclavizados africanos realizaban en los días de asueto concedidos por las autoridades coloniales, y a las fiestas de carnaval de tradición europea que trajeron los españoles.

El Carnaval incluye la Batalla de las Flores —un desfile de carrozas y comparsas que abre las festividades—, la Gran Parada y numerosos eventos musicales y danzarios que ocupan toda la ciudad. Las danzas tradicionales —la cumbia, el garabato, el congo, el mapalé— tienen en el Carnaval su principal escaparate anual. La Reina del Carnaval y el Rey Momo son las figuras simbólicas que presiden los festejos.

8.2. Feria de Cali[editar]

La Feria de Cali, que se celebra del 25 al 30 de diciembre, es el evento festivo más importante del suroccidente colombiano. Comenzó en 1957 como una feria taurina y de exposiciones, pero pronto la salsa —que entonces conquistaba los barrios populares de la ciudad— se adueñó del evento. Hoy la Feria es una celebración fundamentalmente salsera, con conciertos masivos, competencias de baile y el ya mencionado Salsódromo.

8.3. Feria de las Flores[editar]

Medellín celebra cada agosto la Feria de las Flores, cuyo evento central es el Desfile de Silleteros, en el que cientos de campesinos de la vereda de Santa Elena bajan a la ciudad cargando en sus espaldas silletas —grandes armazones de flores que pueden pesar hasta 70 kilogramos— con diseños artísticos elaborados durante semanas. La tradición tiene su origen en el siglo XIX, cuando los campesinos transportaban a la ciudad productos agrícolas y, en ocasiones, flores para adornar las iglesias.[8] Hoy la Feria incluye conciertos, exposiciones de orquídeas y el Festival de la Trova, una competencia de improvisación poética típica de la región paisa.

8.4. Otras festividades relevantes[editar]

El Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar (abril) reúne anualmente a acordeoneros, cantantes y compositores en un concurso que corona al «rey» de cada categoría. El Carnaval de Negros y Blancos en Pasto (enero), declarado Patrimonio Inmaterial por la UNESCO en 2009, es una celebración de origen prehispánico en la que los participantes se pintan el rostro de negro un día y de blanco al siguiente, en un ambiente de desfile de carrozas y música. El Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, creado en 1988 por Fanny Mikey, es uno de los encuentros escénicos más grandes del mundo y convierte a la capital colombiana en un gigantesco escenario cada dos años.

Otras celebraciones de alcance nacional incluyen la Semana Santa (particularmente intensa en Popayán, donde las procesiones nocturnas datan del siglo XVI y fueron declaradas Patrimonio Inmaterial en 2009), las Fiestas del Mar en Santa Marta, el Festival del Porro en San Pelayo y las corralejas de la costa Caribe.

9. Cine y televisión[editar]

9.1. Cine[editar]

El cine colombiano tuvo durante décadas una producción intermitente y un impacto limitado más allá de las fronteras. Los primeros largometrajes datan de los años veinte —María (1922), basada en la novela de Jorge Isaacs, fue una de las primeras adaptaciones—, pero la industria no alcanzó continuidad hasta la creación de la Compañía de Fomento Cinematográfico (Focine) en 1978, que impulsó algunas producciones notables.

El punto de inflexión llegó con la Ley de Cine de 2003, que creó el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico y proporcionó recursos estables para la producción. A partir de ese momento, la producción colombiana creció exponencialmente en cantidad y en diversidad temática. Películas como María, llena eres de gracia (2004, dirigida por Joshua Marston), La vendedora de rosas (1998, Víctor Gaviria), El abrazo de la serpiente (2015, Ciro Guerra) —primera película colombiana nominada al Óscar a Mejor Película de Habla No Inglesa—, y Pájaros de verano (2018, Cristina Gallego y Ciro Guerra) alcanzaron reconocimiento internacional y representan una cinematografía que oscila entre el neorrealismo urbano y la exploración poética del territorio y la historia.

En el ámbito del documental, La Sierra (2005) y Alias María (2015) han circulado por festivales internacionales y han abordado, desde ángulos diversos, las realidades del conflicto armado colombiano.

9.2. Televisión[editar]

La televisión colombiana comenzó sus emisiones en 1954 y durante décadas fue un espacio de producción de telenovelas y series que se exportaron a toda América Latina. Las telenovelas producidas por Caracol Televisión y RCN —como Yo soy Betty, la fea (1999), la telenovela colombiana más exitosa de la historia, con adaptaciones en decenas de países y una versión estadounidense, Ugly Betty—, Pasión de gavilanes, Café, con aroma de mujer y Sin tetas no hay paraíso han consolidado a Colombia como una potencia en el ámbito del melodrama televisivo.

En el siglo XXI, la producción televisiva colombiana se ha diversificado hacia las series de narcotráfico y crimen organizado —Escobar, el patrón del mal (2012), Narcos (producción estadounidense rodada en Colombia)—, las comedias familiares y los formatos de telerrealidad. Las plataformas de streaming han abierto nuevos canales de distribución para producciones colombianas, y series como Siempre bruja (2019, Netflix) han intentado conquistar audiencias globales con temáticas y elencos locales.

10. Arquitectura[editar]

La arquitectura colombiana es un palimpsesto de capas históricas que van desde el período precolombino hasta el siglo XXI. Los vestigios más notables de la arquitectura prehispánica incluyen Ciudad Perdida (o Teyuna), en la Sierra Nevada de Santa Marta —un complejo de terrazas circulares y caminos empedrados construido por los taironas alrededor del siglo VIII—, y el parque arqueológico de San Agustín, en el Huila, con sus enigmáticas estatuas líticas y tumbas monumentales.

La arquitectura colonial tiene en Cartagena de Indias su expresión más completa. El centro histórico amurallado, declarado Patrimonio Mundial en 1984, conserva iglesias, conventos, palacios y calles empedradas que conforman uno de los conjuntos urbanos coloniales mejor preservados de América. En Bogotá, el barrio de La Candelaria alberga construcciones de los siglos XVII y XVIII, incluida la iglesia de San Francisco y la Casa de la Moneda. Villa de Leyva, en Boyacá, y Barichara, en Santander, son pueblos declarados Monumento Nacional que conservan su trazado y arquitectura originales casi intactos.

El siglo XIX trajo el estilo republicano, visible en el Capitolio Nacional de Bogotá y en el Teatro Colón. En las primeras décadas del siglo XX, arquitectos como el francés Gaston Lelarge y el colombiano Pedro Nel Gómez introdujeron elementos del art nouveau y del neoclasicismo.

La arquitectura moderna colombiana tiene en Rogelio Salmona (1927–2007) a su figura más celebrada. Sus Torres del Parque en Bogotá y el edificio del Archivo General de la Nación son ejemplos de un lenguaje moderno sensible al contexto urbano y al paisaje. Germán Samper, discípulo de Le Corbusier, y Fernando Martínez Sanabria completan la nómina de los grandes arquitectos del siglo XX colombiano.

En las últimas décadas, ciudades como Medellín han recibido atención internacional por sus intervenciones de urbanismo social: el Metrocable, que conecta los barrios informales de las laderas con el centro de la ciudad; los parques biblioteca, diseñados por arquitectos de renombre como Giancarlo Mazzanti; y el centro de innovación Ruta N son ejemplos de una arquitectura que busca reparar el tejido urbano y social.

11.1. El español colombiano[editar]

El español de Colombia goza de una reputación, dentro y fuera del país, de ser una de las variedades más «limpias» o «correctas» de la lengua. Esta percepción, que los lingüistas matizan —no existe una variedad intrínsecamente más correcta que otra—, se debe en parte a la larga tradición de instituciones como la Academia Colombiana de la Lengua, fundada en 1871, y a la influencia de la radio y la televisión bogotanas, que durante décadas irradiaron una norma culta hacia el resto del país.

El español colombiano presenta variantes dialectales muy marcadas que se corresponden grosso modo con las regiones geográficas. El español bogotano o del altiplano se caracteriza por la distinción entre /s/ y /θ/ en algunas zonas rurales (fenómeno en retroceso), el uso del ustedeo generalizado —incluso entre familiares y amigos— y una entonación más pausada. El español costeño (Caribe) es de ritmo rápido, aspira o elide la /s/ final de sílaba y utiliza el tuteo. El español paisa se distingue por la entonación cantarina y el uso del voseo —con la forma pronominal «vos» acompañada a menudo de la conjugación tuteante—, un rasgo que comparte con el español del Valle del Cauca y de algunas zonas del Eje Cafetero.

A las lenguas indígenas —cerca de 65, de las cuales las más habladas son el wayuunaiki (La Guajira), el nasa yuwe (Cauca) y el emberá— y a las dos lenguas criollas (palenquero y creole raizal de San Andrés y Providencia) se suma el romaní hablado por comunidades rom.

La cultura popular colombiana está atravesada por la televisión, la radio y, cada vez más, por las redes sociales. El vallenato, la salsa y la música popular —conocida como «música de carrilera» o «popular»— ocupan buena parte de la programación radial. La radio sigue siendo, en muchas zonas rurales, el principal medio de entretenimiento e información.

El fútbol es la pasión deportiva mayoritaria y un componente central de la identidad cultural colombiana. La selección nacional —apodada «Los Cafeteros»— y los grandes clubes (Atlético Nacional, América de Cali, Millonarios) generan adhesiones profundas. La figura de Carlos «El Pibe» Valderrama, con su inconfundible melena rubia, es un ícono deportivo de alcance continental.

El ciclismo colombiano produjo en los años ochenta una generación de escaladores —Luis «Lucho» Herrera, Fabio Parra— que conquistaron etapas en el Tour de Francia y la Vuelta a España, y más recientemente ha dado figuras como Nairo Quintana, Egan Bernal (primer latinoamericano en ganar el Tour de Francia) y Rigoberto Urán.

El tejo —juego que consiste en lanzar un disco metálico contra una caja de arcilla con pequeñas mechas de pólvora que estallan al ser alcanzadas— es el deporte autóctono por excelencia y fue declarado deporte nacional.

11.3. Artesanías[editar]

La producción artesanal colombiana es una de las más variadas de América Latina. El sombrero vueltiao, originario de las comunidades zenúes de la sabana de Córdoba y Sucre, está tejido con fibras de caña flecha y se ha convertido en un símbolo nacional. Las mochilas wayuu, tejidas por mujeres del pueblo wayuu en La Guajira, son objetos de deseo en mercados internacionales y combinan diseños geométricos que transmiten saberes ancestrales. La cerámica de Ráquira (Boyacá), la filigrana de Mompox, los barnices de Pasto y las máscaras del Carnaval de Barranquilla completan un panorama artesanal que representa tanto una fuente de ingresos para comunidades vulnerables como un patrimonio cultural vivo.

12. Patrimonio cultural y presencia internacional[editar]

12.1. Sitios y manifestaciones declarados por la UNESCO[editar]

Colombia cuenta con un número importante de sitios y manifestaciones inscritos en las listas del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Entre los sitios culturales se encuentran el puerto, las fortalezas y el conjunto monumental de Cartagena (1984), el centro histórico de Santa Cruz de Mompox (1995), el parque arqueológico de San Agustín (1995), el parque arqueológico de Tierradentro (1995) y el Paisaje Cultural Cafetero (2011). Los sitios naturales incluyen el Parque Nacional Los Katíos (1994) y el Santuario de Flora y Fauna de Malpelo (2006). En 2018 fue inscrito el Parque Nacional Chiribiquete, reconocido como sitio mixto —cultural y natural— por sus valores arqueológicos y ecológicos.[9]

En cuanto al patrimonio inmaterial, la lista incluye el Carnaval de Barranquilla (2003), el espacio cultural de San Basilio de Palenque (2005), las procesiones de Semana Santa de Popayán (2009), el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto (2009), los conocimientos tradicionales de los chamanes jaguares del Yuruparí (2011), la música de marimba y cantos tradicionales del Pacífico sur (2010), el sistema normativo de los wayuus (2010), la fiesta de San Francisco de Asís en Quibdó (2012), la música vallenata tradicional (2015) y las músicas de gaita y tambor del Caribe colombiano (2021 o 2022).

12.2. Proyección cultural en el exterior[editar]

La cultura colombiana ha experimentado en las últimas décadas un proceso de internacionalización impulsado por varios vectores: el éxito global de sus artistas musicales, el prestigio de su literatura, la expansión de su gastronomía (restaurantes colombianos en ciudades como Nueva York, Madrid y Buenos Aires), y una diáspora de varios millones de colombianos que ha llevado consigo sus tradiciones y su identidad.

Ferias internacionales como la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo, creada en 1988) y eventos como el Hay Festival Cartagena —que reúne anualmente a escritores y pensadores de todo el mundo— han contribuido a posicionar al país como un destino cultural. El creciente número de turistas que visitan Colombia —más de 4 millones en 2019, antes de la pandemia— refleja un interés renovado por su patrimonio y su oferta cultural.

12.3. Desafíos contemporáneos[editar]

La cultura colombiana enfrenta desafíos significativos: la preservación de las lenguas indígenas, muchas de las cuales están en riesgo de extinción; la sostenibilidad económica de las industrias culturales y creativas en un país con profundas desigualdades; la protección del patrimonio frente al desarrollo urbano descontrolado y la minería ilegal; y la necesidad de integrar a las comunidades afrodescendientes e indígenas en los circuitos culturales hegemónicos sin despojarlas de la autonomía sobre sus propias producciones.

A pesar de esos desafíos —o quizás en diálogo con ellos—, la cultura colombiana ha mostrado una vitalidad extraordinaria. La creatividad de sus gentes, la riqueza de sus tradiciones y la capacidad de reinventarse sin perder los vínculos con el pasado son, probablemente, los rasgos que mejor definen el perfil cultural de Colombia en el siglo XXI.


  1. La Balsa Muisca es una pieza de orfebrería en tumbaga (aleación de oro y cobre) del período precolombino, hallada en Pasca, Cundinamarca, y datada entre los años 600 y 1600 d. C. Representa una ceremonia de investidura del cacique y es la pieza más emblemática de la colección del Museo del Oro. ↩︎

  2. La Real Biblioteca Pública de Santafé fue fundada por el virrey Manuel Antonio Flórez y abrió sus puertas el 9 de enero de 1777. Su colección inicial provenía de la biblioteca de los jesuitas, expulsados de los dominios españoles en 1767. Es el antecedente directo de la actual Biblioteca Nacional de Colombia. ↩︎

  3. San Basilio de Palenque, ubicado en el departamento de Bolívar, es considerado el primer pueblo libre de América. Su lengua, el palenquero, es hablada por unos 3 000 a 5 000 habitantes y constituye un caso excepcional de supervivencia de una lengua criolla en el continente. ↩︎

  4. La internacionalización de la cumbia colombiana comenzó en los años cuarenta con las giras de Lucho Bermúdez por el Caribe y Centroamérica. En Argentina, la cumbia llegó a través de grupos como Los Wawancó y Cuarteto Imperial en los años sesenta, y posteriormente evolucionó hacia la cumbia villera en los barrios populares de Buenos Aires. ↩︎

  5. La distinción entre los cuatro aires del vallenato no es solo musical sino también funcional. El son y el paseo pueden ser cantados; la puya se toca casi siempre en contextos competitivos. El merengue vallenato, de compás más rápido, no debe confundirse con el merengue dominicano. ↩︎

  6. Débora Arango (1907–2005) vio muchas de sus exposiciones clausuradas por las autoridades eclesiásticas y civiles. Su reconocimiento como una de las artistas más audaces del arte colombiano no llegó hasta los años ochenta. En 2016, el Museo de Arte Moderno de Medellín le dedicó una sala permanente. ↩︎

  7. La bandeja paisa como plato reconocible data de mediados del siglo XX. Antes de esa fecha, los componentes se consumían por separado. La denominación «bandeja paisa» se popularizó en los restaurantes de carretera y luego en Bogotá, como representación de la gastronomía antioqueña. ↩︎

  8. La silleta fue originalmente un medio de transporte de carga —una estructura de madera que se cargaba a la espalda sujetada con una correa en la frente—. La evolución hacia la silleta decorativa con flores comenzó a principios del siglo XX y se institucionalizó con la primera Feria de las Flores. ↩︎

  9. El Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete, con una extensión de más de 4,3 millones de hectáreas, es el área protegida más grande de Colombia y contiene una de las mayores concentraciones de arte rupestre del continente, con pinturas que datan de hace más de 20 000 años según algunas estimaciones. ↩︎